"Cuentos de Canterbury"
por Geoffrey Chaucer

      

 


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SECCIÓN DÉCIMA

1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO.
2. EL CUENTO DEL PÁRROCO.
3. LA DESPEDIDA DEL AUTOR.

1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO

Para cuando el intendente hubo terminado el cuento, el sol estaba tan bajo que, según pude estimar, su elevación no era mayor de veintinueve grados. Por mis cálculos, debían de ser las cuatro, ya que en aquel momento mi sombra era, más o menos, de once pies, mientras que mi estatura es de seis. Además, la exaltación de la luna -quiero decir Libra- estaba todavía en ascensión mientras nos acercábamos a las afueras de un pueblo. Aquí, como de costumbre, nuestro anfitrión se hizo cargo de nuestro feliz grupo y se dirigió a nosotros con estas palabras:
-Señores todos, necesitamos ahora solamente un cuento más. Mis reglas e instrucciones han sido llevadas a cabo, y creo que hemos escuchado uno de cada rango y estado de los que forman nuestro grupo; mi plan ha sido casi cumplido del todo. ¡Que Dios dé buena suerte al que cuente el último y más alegre cuento de todos!
-Señor cura -continuó-, ¿sois un vicario o quizá un párroco? ¡Vamos, sacadlo ahora! Sea lo que sea, no estropeéis nuestro juego, pues todos, salvo vos, han contado su cuento. Aflojaos el cinturón y dejadnos ver lo que lleváis en la bolsa. Ahora en serio: a juzgar por vuestra apariencia, parecéis capaz de enhebrar el hilo con un tema de importancia. ¡Por los huesos de un gallo! Contadnos una fábula, ¡corcho!
-No conseguiréis fábulas de mí -replicó el párroco--. Pues, en su Epístola a Timoteo, Pablo riñe a los que se apartan de la verdad y cuentan fábulas y tonterías así. ¿Por qué mi mano debe sembrar la broza cuando lo que deseo es poder sembrar el grano de trigo? Por tanto, digo que, si queréis oír algún asunto moral y edificante y estáis dispuestos a prestarme atención, entonces tendré sumo gusto, con la bendición de Cristo, en daros el placer legítimo que pueda.
»Pero soy un sureño, no lo olvidéis; no soy partidario de esta aliteración rum-ram-raf, ni creo que la rima sea mucho mejor, Dios lo sabe. Por tanto, si no os importa, no usaré estos artificios, sino que os contaré un cuento satisfactorio en prosa para terminar con el juego y ponerle fin. Que Jesús, en su gracia, se digne enviarme el ingenio necesario para que pueda mostraros, en este esfuerzo mío, el camino de ese perfecto y glorioso peregrinaje conocido como la Jerusalén Celestial. Si estáis de acuerdo, empezaré mi cuento inmediatamente, por lo que decidme qué opináis. No puedo ser más justo.
»Sin embargo, someto esta homilía que sigue a la corrección de los eruditos, pues no estoy versado en textos. Podéis estar seguros de que solamente sintetizo su significado general. Por tanto, os declaro que espero ser corregido.
A esto pronto asentimos todos. Es decir, a darle la oportunidad de una audiencia y, por consiguiente, terminar con algo virtuoso y edificante, que parecía ser lo correcto. Por lo que le pedimos a nuestro anfitrión que le dijese que todos le rogábamos que relatase su cuento.
El anfitrión era nuestro portavoz.
-Señor cura -le dijo-. ¡Os deseo la mejor suerte! Dadnos vuestra homilía, pero apresuraros, pues el sol se está poniendo. Dadnos vuestra cosecha, pero no os toméis demasiado tiempo. ¡Que Dios os dé su gracia para que os salga un buen trabajo! Decid lo que queráis, que os escucharemos satisfechos.
Y así empezó el párroco su sermón.

El CUENTO DEL PÁRROCO

Paraos en los caminos, ved y preguntad cuáles son las sendas antiguas, cuáles el recto camino y seguidlo, y hallaréis refrigerio para vuestras almas.

Nuestro dulce Señor de los Cielos, que no quiere que hombre alguno perezca, sino que todos alcancen el conocimiento de Él y de la vida perdurable, así nos exhorta a través del profeta jeremías con estas palabras:
«Permaneced en los caminos, ved y preguntad cuáles son las antiguas sendas (a saber, las enseñanzas primitivas), cuál el buen camino; transitadlo y hallaréis refrigerio para vuestras almas.»
Los caminos de espiritualidad que conducen a los creyentes a Jesucristo Nuestro Señor y a la gloria son numerosos. Entre ellos existe uno lleno de nobleza y muy conveniente, imprescindible para todo hombre o mujer que, a causa del pecado, se ha desviado del recto camino a la Jerusalén Celestial. Esta vía recibe el nombre de penitencia. Todos deberían escuchar con alegría y escudriñar con todas sus fuerzas la naturaleza de la penitencia, el porqué recibe tal nombre y qué variedades presentan sus diversas obras, facetas y manifestaciones, y lo que pertenece y se adecua a ella.
San Ambrosio afirma que la penitencia es el dolor del hombre por el mal realizado, y nada hay por la que él deba manifestar más pesar. Cierto doctor manifiesta: «La penitencia es la lamentación mostrada por el hombre ante su pecado y el tormento que le producen sus errores.» La penitencia, en circunstancias determinadas, es el verdadero arrepentimiento de alguien que conserva el dolor y la pena por sus pecados. Y para que la penitencia sea verdadera, deberá en primer lugar lamentar las faltas cometidas, tener el firme propósito en su corazón de confesarse oralmente, cumplir la penitencia, no volver a realizar algo de lo que uno deba lamentarse o sentir pesar, y tener el propósito de perseverar en el bien; en caso contrario, su penitencia resulta inútil. Porque, como afirma San Isidoro: «El que a renglón seguido hace algo de lo que debe arrepentirse, no es un verdadero penitente, sino un embaucador y un embustero.»
El lamentarse y perseverar en el pecado no resulta provechoso. Con todo, se debe esperar que, siempre que uno cae, por elevada que sea su reincidencia, pueda levantarse mediante la penitencia si se le concede tal gracia. Porque, como dice San Gregorio: «Apenas se puede levantar del pecado quien está abrumado por el peso de las malas obras». Y, por consiguiente, la Santa Madre Iglesia asegura la salvación de los penitentes que evitan y desechan el pecado antes de que éste los rechace a ellos. La misma Santa Iglesia confía en la salvación de aquel que peca y se arrepiente de corazón en el último momento a causa de la gran misericordia de Jesucristo Nuestro Señor; pero optad por el camino más seguro.
Y ahora, una vez descrita su naturaleza, deberéis saber que tres son los actos de la penitencia. El primer acto afecta a quien recibe el bautismo después de haber pecado. San Agustín afirma: «A menos que se arrepienta de los pecados de su vida anterior, no puede emprender una vida nueva». Pues, ciertamente, si se le bautiza sin estar arrepentido de su culpa anterior, recibe el carácter bautismal, pero sin la gracia ni la remisión de sus pecados, hasta que esté verdaderamente arrepentido.
Otro defecto es éste: el que los hombres caigan en pecado mortal después de haber recibido las aguas bautismales. El tercer defecto consiste en que los hombres, después del bautismo, cometen pecados veniales a diario. De eso afirma San Agustín que «la penitencia de las gentes humildes y buenas constituye la penitencia de cada día».
La penitencia es de tres clases. Una es pública; otra, común, y la tercera, privada. La penitencia pública es de dos especies: una consiste en ser expulsado del seno de la Santa Madre Iglesia durante la cuaresma por degollar a niños y por otros pecados semejantes; la otra -aplicada a quien ha pecado abiertamente de modo que la falta se ha divulgado por la comarca- consiste en hacer penitencia pública obligada después del juicio condenatorio de la Santa Iglesia.
La penitencia común es la que se aconseja en general a los hombres en ciertos casos, como, por ejemplo, el ir poco abrigados o descalzos durante una peregrinación. La penitencia privada es aquella que los hombres practican a diario por pecados particulares: se confiesan en privado y reciben tam­bién penitencia privada.
A continuación te enterarás de los requisitos y condiciones para una penitencia verdadera y perfecta. Esta se fundamenta en tres premisas: contrición de corazón, confesión oral, y cumplimiento de la penitencia. Por ello afirma San Juan Crisóstomo: «La penitencia doblega al hombre a aceptar como resignación cualquier castigo que se le señale, con arrepentimiento de corazón y confesión oral, con satisfacción y toda suerte de obras de humildad.» Y en esto consiste la verdadera penitencia.
De nuevo, irritamos a Jesucristo Nuestro Señor de tres modos: por pecado de pensamiento, por descuido en el hablar y por obras malvadas y pecaminosas. Y en contra de estas perversas acciones se erige la penitencia, que puede ser comparada a un árbol. La raíz de este árbol es la contrición, que, al igual que la de un arbusto, penetra en tierra y se esconde en el corazón verdaderamente arrepentido. El tallo que soporta a los vástagos y a las hojas de la confesión y a los frutos de la satisfacción brota de las raíces de la contrición.
Jesucristo declara al respecto en su Evangelio: «Haced dignos frutos de penitencia». Pues por este fruto los hombres pueden conocer a este árbol (no por la raíz escondida en el corazón humano, ni por las ramas, ni por las hojas de la confesión). Y, en consecuencia, Jesucristo Nuestro Señor afirma lo siguiente: «Por sus frutos los conoceréis».
También de esta raíz surge una simiente de gracia, y esta semilla es fuente salvífica: es una semilla viva y ardiente. La gracia de esta simiente procede de Dios mediante el recuerdo del día del juicio y de las penas infernales. Sobre el tema, Salomón afirma que el hombre rechaza el pecado por el te­mor de Dios. El vigor de esta semilla radica en el amor a Dios y en el deseo de gloria sempiterna. Esta fuerza atrae el corazón del hombre hacia Dios y le hace odiar el pecado. Pues, en verdad nada sabe tan bien a un niño como la leche de su nodriza, y nada le resulta más repugnante que esa misma leche mezclada con otro alimento. Del mismo modo, el hombre pecador amante del pecado cree que éste es para él más dulce que cualquier otra cosa.
Pero en cuanto se enseñorea de él un comprometido amor hacia Jesucristo nuestro Señor y el deseo de vida perdurable no existe en realidad para él práctica más detestable. Pues ciertamente, la ley de Dios se recapitula en el amor a Él; a este efecto el profeta David afirma: «He amado tu ley y rechazado la maldad y el odio». Aquel que ama a Dios, guarda su ley y su palabra. Este es el árbol que el profeta Daniel contempló en espíritu con ocasión de la visión del rey Nabucodonosor cuando le aconsejó que hiciera penitencia. La penitencia es el árbol de la vida para aquellos que la aceptan; y bendito sea aquel que vive de modo penitente, según la máxima de Salomón.
En esta penitencia o contrición uno debe distinguir cuatro elementos, a saber: en qué consiste la contrición, cuáles son las causas que impelen a uno a tener un corazón contrito, cómo se debe alcanzarla y qué utilidad tiene para el alma.
La contrición es el dolor sincero de los propios pecados, acompañado del firme propósito de confesarse, hacer penitencia y no reincidir jamás en ellos. Y este dolor, en palabras de San Bernardo, tendrá las siguientes características: «Será grave y profundo, y extremadamente vivo y acerbo en el corazón.» En primer lugar, porque el hombre ha pecado contra su Señor y Creador, y tanto más profundo y acerbo cuando que ha pecado contra su Padre celestial; y estas cualidades se incrementan al considerar que ha irritado a Aquel que le ha redimido con su preciosísima sangre y le ha rescatado de las ligaduras del pecado, de la crueldad del demonio y de las penas del infierno.
Seis son las causas que deben impeler al hombre a la contri­ción. Primera, el recuerdo de los propios pecados. Pero considera que ese recuerdo no es para él agradable en manera alguna, sino motivo de vergüenza y dolor por sus culpas. Pues Job afirma: «Los hombres pecadores ejecutan actos dignos de confusión». Y, por consiguiente, comenta Ezequías: «Los recordaré todos los años de mi vida con amargura de corazón».
Dice Dios en el Apocalipsis: «Recuerda de dónde has caído». Pues antes de pecar erais hijos de Dios y miembros de su reino, pero a causa de vuestros pecados habéis quedado esclavizados y corruptos, os habéis convertido en miembros del maligno, odiados por los ángeles, denunciados por la Santa Iglesia, y en alimento de la falsa serpiente y combustible perpetuo del fuego infernal. Y aún más corrupto y reprobable, por nuestras frecuentes transgresiones, como hace el perro que ingiere todo lo que ha vomitado. Y con todo ello queda mancillado por su insistente contumancia en el pecado y en los hábitos pecaminosos, por lo que te corromperás en tu pecado cual bestia en sus excrementos. Semejante modo de pensar impele a que el hombre se avergüence de su pecado y no se solace en él tal como Dios declara a través del profeta Ezequiel: «Acuérdate de tus caminos y te desagradarán». Verdaderamente los pecados son las sendas que conducen al infierno.
El segundo motivo por el cual se debe despreciar al pecado es éste. Como afirma San Pedro: «El que peca se convierte en esclavo del pecado»; es decir, el pecado esclaviza al hombre. Y, por consiguiente, el profeta Ezequiel dice: «Deambulé despreciándome a mí mismo». Y, ciertamente, se debe despreciar el pecado y apartarse de esa esclavitud y acción depravada. Y consideradlo: ¿cuál es la opinión de Séneca en este asunto? Afirma lo siguiente: «Aunque creyese que ni Dios ni el hombre lo llegasen jamás a conocer, rechazaría el pecado.» Y el mismo Séneca también declara: «Para mayores cosas he nacido que para esclavizarme a mi cuerpo, o convertir a éste en esclavo».
No existe servidumbre más corrupta en hombre o mujer que el entregar el propio cuerpo al pecado. En tal caso, su esclavitud y corrupción superan a la más depravada y esclavizada situación de viviente, hombre o mujer, más despreciable. Cuanto de más alto cae el hombre, mayor es su esclavitud, y mas vil y rechazable a los ojos de Dios y del mundo. ¡Oh buen Dios! ¡Cómo el hombre debe despreciar el pecado, ya que por culpa de él ha perdido su anterior libertad y se ha transformado en siervo!
Por consiguiente, afirma San Agustín: «Si desprecias a tu siervo porque ha obrado mal o pecado, entonces, si tú pecas debes despreciarte a ti mismo». Considera tu valía de forma que no te mancilles. ¡Ay!, cuánto se debe despreciar la servidumbre y esclavitud del pecado, y qué amarga vergüenza propia se debe sentir; pues el Dios de infinita bondad los ha colocado en un elevado estado, otorgado sabiduría, fortaleza corporal, salud, belleza, prosperidad y rescatado de la muerte con la sangre de su corazón y, con todo, corresponden a esta bondad con una vileza antinatural, asesinando a sus propias almas. ¡Oh buen Dios! Vosotras, mujeres de tan gran belleza, acordaos de aquella máxima de Salomón: «La mujer hermosa que mancilla su cuerpo es como un anillo de oro en el morro de una marrana». Pues al igual que una marrana escarba en todas las basuras, así sumerge aquélla su beldad en las pestilentes basuras del pecado.
La tercera causa que debe impeler a uno a la contrición es el temor al día del juicio y a las horribles penas del infierno. Pues, como San Jerónimo afirma: «Tiemblo cada vez que recuerdo el día del Juicio; cada vez que como, o bebo, o hago cualquier otra cosa, me parece que resuena en mis oídos la trompeta: resucitad, vosotros que estábais muertos, y venid a ser juzgados.» ¡Oh Dios de bondad! ¡Cuánto se debe temer a semejante juicio! Pues, como afirma San Pablo: «Todos seremos convocados ante el trono de Jesucristo Nuestro Señor»; y nadie podrá ausentarse de esta convocatoria general. Pues, ciertamente, de nada servirán los pretextos o las excusas legales. Y no sólo se nos juzgarán nuestras faltas, sino también se conocerán públicamente todas nuestras acciones.
En palabras de San Bernardo: «De nada servirán los pretextos o los fingimientos. Daremos allí cuenta de toda pala­bra ociosa». Tendremos allí un juez al que no podremos engañar o corromper. Y ¿por qué? Ciertamente, todos nuestros pensamientos quedarán patentes ante él, que no se dejará corromper ni ante las súplicas ni ante los sobornos. Por consiguiente, declara Salomón: «La ira de Dios no dejará incólume a persona alguna a causa de las súplicas o de ofrendas». Y, por tanto, no existe posible escapatoria al día del Juicio.
Por ello como San Anselmo comenta: «Los pecadores estarán angustiadísimos en tal ocasión. En el estrado se sentará el iracundo y severo juez, y a sus pies se abrirá el horrendo foso infernal para destruir a los que no reconozcan sus pecados (que se mostrarán públicamente ante Dios y ante toda criatura). Y a su izquierda, para apoyar y arrastrar a las almas pecadoras a las penas del infierno, una legión inimaginable de demonios. Y en el interior de sus corazones las personas tendrán remordimientos de conciencia, y, al mismo tiempo, toda la tierra empezará a arder. ¿Adónde irá entonces el miserable pecador a refugiarse? Ciertamente, no podrá escon­derse: deberá adelantarse y presentarse».
Como ciertamente afirma San Jerónimo: «La tierra le expulsará de su seno, al igual que el mar y el aire, que estará lleno de truenos y relámpagos.»
Ahora, ciertamente, me figuro que para quien tenga bien presente todo eso, el pecado no será para él motivo de satisfacción, sino de gran pesar ante el temor de las penas del infierno. Y así declara Job a Dios: «Permíteme, Señor, que por un instante llore y me lamente antes de emprender el viaje sin retomo a la sombría tierra cubierta por la oscuridad de la muerte, a la tierra de las sombras y la aflicción, donde reina esa oscuridad mortal, donde no existe orden alguno, sino un horrible temor que durará por siempre» Mirad: aquí podéis ver al orgullo atenazado de Job, lamentando y llorando sus faltas, pues verdaderamente un día de lamentación es mejor que todos los tesoros del Universo. Y aunque un hombre se reconcilie con Dios a través de la penitencia en este mundo, y no mediante ofrendas, debe rogar a Dios que le conceda tiempo para llorar y lamentar sus faltas. Pues es cierto que toda la pena que un hombre pudiera experimentar desde que el mundo es mundo se reduce a la nada comparada con la del infierno.
La razón por la cual Job define el infierno como «la tierra de la oscuridad» es doble: por un lado, el término «tierra» significa estabilidad sin zozobra; por otro, «oscuridad» significa que en el infierno existe una carencia de luz fisica. Pues la luz oscura que surge de las entrañas del fuego sempiterno producirá tormento por doquier: le mostrará al condenado los horrendos demonios que le torturan.
«Cubierto por la oscuridad de la muerte»: es decir, que el condenado no gozará de la visión de Dios, ya que la misma constituye la vida perdurable. «La oscuridad de la muerte» es el cúmulo de pecados que el condenado ha cometido y que le privan de ver la faz de Dios, al igual que una nube oscura que se interpone entre el sol y nosotros. «La tierra de las aflicciones», porque hay tres modos de fallar respecto a tres cosas que la gente de este mundo tiene en elevada estima, a saber: honores, placeres y riquezas. En vez de honor tienen vergüenza y confusión infernal. Pues bien sabéis que los hom­bres denominan «honor» al respeto que una persona otorga a otra; pero en el infierno ni el honor ni el respeto existen. En verdad, no habrá más muestras de respeto para un rey que para un villano.
Al respecto, Dios afirma mediante el profeta jeremías: «Despreciaré a los que me desprecian». Al «honor» también se le denomina gran autoridad; allí nadie servirá a otro excepto para dañarle y atormentarle. «Honor» también equivale a elevada dignidad y nobleza, pero en el infierno todos serán pisoteados por los demonios. Y Dios afirma: «Los horripilantes demonios transitarán por las cabezas de los condenados». Su humillación y degradación será tanto más elevada cuanto mayor haya sido su posición en esta vida. Además, en contraste con las riquezas de este mundo, sufrirán los escarnios de la escasez.
Y esta pobreza se cifrará en cuatro cosas: en la carencia de tesoros, acerca de las cuales afirma el profeta David: «Los ricos que abrazan y dejan absorber su corazón por las riquezas de este mundo dormirán el sueño de la muerte y sus manos estarán vacías sin tesoro alguno». Y además la incomodidad del infierno consistirá en la falta de alimento y bebida. Pues así afirma Dios en palabras de Moisés: «Conocerán las punzadas del hambre, las aves del averno los devorarán de modo horrendo hasta morir, y la hiel del dragón será su bebida y sus bocados los venenos del mismo».
Incluso más, su tormento también abarcará la falta de vestido, pues carecerán de ellos totalmente: irán desnudos excepto por el fuego abrasador y otras inmundicias. Y su alma estará desnuda de toda suerte de virtudes, pues éstas forman su vestimenta. ¿Dónde quedan, pues, los alegres ropajes, las suaves sábanas y las tenues camisas? Considerad lo que Dios opina de ellos a través del profeta Isaías: «Tu jergón será de larvas y tu manta de gusanos infernales». Todavía más: se atormentarán por la falta de amigos, pues el que tiene buenas amistades no es pobre. Pero allí carecerán de ellas, pues ni Dios ni criatura alguna será su amigo y todos se odiarán entre sí de un modo exacerbado.
«Los hijos y las hijas se rebelarán contra sus padres, los parientes contra los parientes, y se increparán y despreciarán recíprocamente, tanto de día como de noche», tal como afirma Dios en boca del profeta Miqueas. Y los cariñosos hijos que otrora se amaron con tanta sensualidad se devorarían unos a otros si pudieran. Pues, ¿por qué deberían amarse en medio de los tormentos del infierno si existía un odio recíproco en el próspero transcurso de esta vida?
Pues podéis estar seguros, su amor sensual era un odio mortífero, tal como declara el profeta David: «El que ama a la maldad, odia su alma». Y aquel que odia a su propia alma es incapaz de amar a ninguna otra persona. Y, por consiguiente, no existe ni amistad ni consuelo; cuanto más próximo al parentesco camal, tanto más se lanzarán increpaciones, maldiciones, y odio mortífero se profesarán entre ellos.
Más aún, carecerán de todos los placeres sensuales. Pues ciertamente, el placer sensual se deriva de los cinco sentidos vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero en el infierno su vista estará repleta de humo y oscuridad y, en consecuencia, cargada de lágrimas; y su oído, lleno de «lamentos y crujir de dientes», tal como afirma Jesucristo; sus fosas nasales estarán henchidas de un hedor maloliente. Y, como afirma el profeta Isaías: «Su gusto sabrá a amarga hiel.» Y el sentido del tacto en todo su cuerpo estará cubierto de «un fuego inextinguible y de gusanos imperecederos», tal como Dios afirma en boca de Isaías.
Y como no albergarán la esperanza de morir de dolor, y mediante esta suerte escapar de él, captarán las palabras de Job cuando afirma: «Allí reinarán las sombras de la muerte». Ciertamente la sombra guarda semejanza con la cosa que la proyecta, pero ambas difieren entre sí. De igual modo acontece con las penas del infierno. Son como mortales por la horrible angustia que engendran. ¿Por qué motivo? El condenado se tortura como si fuera a morir al instante, pero cierta­mente no morirá. Pues, como afirma San Gregono: «Estas desgraciadas criaturas morirán sin morir, y finalizarán sin finalizar, y desfallecerán sin fallecer.» Pues su muerte estará siempre avivada, y su fin siempre comenzará, y sus faltas no fallarán. Al respecto afirma San Juan Evangelista: «Seguirán a la muerte y no la arrastrarán, desearán morir y ésta huirá de ellos».
También Job afirma que en el infierno reina un completo desorden. Y aunque Dios ha creado todo de acuerdo con un orden, y nada hay desordenado, sino que todas las cosas están organizadas y clasificadas; con todo, los condenados estarán desordenados, pues la tierra no producirá frutos. El profeta David afirma: «Dios hará que la tierra sea -para ellos- infructuosa. Las aguas no desprenderán humedad para esos malditos, ni el aire frescor, ni el fuego luz.» San Basilio, asimismo, comenta: «Dios dará el ardor del fuego de este mundo a los condenados del infierno, pero la claridad y la luz las reserva para sus hijos en el cielo», al igual que un hombre justo da la carne a sus hijos y los huesos a los perros. Y para que no tengan esperanza de escapar, dice el santo Job que finalmente habrá allí horror y horrible temor sin fin.
El horror es siempre el temor del daño venidero, y este temor morará eternamente en el corazón de los condenados. Y en consecuencia, han perdido toda esperanza debido a siete causas.
La primera, porque Dios, que es su juez, será inmisericorde con ellos; no podrán agradecerle a Él o a sus santos, ni podrán hablarle, ni evadirse de los tormentos, ni podrán esgrimir mérito alguno para liberarse de sus penas. Y, por consi­guiente, manifiesta Salomón: «El hombre malvado perece, y cuando esté muerto, no abrigará esperanza para escaparse de su dolor.» Quien, pues, comprenda estos tormentos, y piense que los ha merecido a causa de sus pecados, ciertamente estará más proclive a lamentarse y a llorar que a cantar y a jugar. Pues, como escribe Salomón al respecto: «Quien conozca los tormentos reservados y ordenados para los pecados, se arrepentirá.» «Este conocimiento -afirma San Agustín- hace que el hombre tenga un corazón contrito.»
El cuarto punto que induce a un hombre a la contrición radica en el recuerdo doloroso del bien que ha dejado de ejecutar durante su vida terrena, y también en tener presente el bien perdido. A saber, las buenas obras omitidas son, además de las acciones meritorias llevadas a cabo antes de caer en pecado mortal, las ejecutadas mientras permaneció en pecado. En realidad, las buenas obras practicadas antes de incurrir en pecado han quedado desvirtuadas, suprimidas y anuladas por la falta mencionada. El resto de las buenas acciones ejercidas mientras permaneció en pecado no le cuentan para nada por lo que respecta a la vida perdurable celestial.
Entonces todas las acciones meritorias que han sido anuladas por el frecuente pecado -es decir, las acciones ejecutadas mientras estuvo en gracia de Dios- no podrán renacer sin verdadera penitencia. Y acerca del tema Dios declara, por boca del profeta Ezequiel, que si «el justo se desviare de su justicia y cometiese la maldad según las abominaciones que suele ejercer el impío, todas cuantas obras buenas hubiere hecho, se echarán en olvido: por la infidelidad en que ha incurrido y por el pecado que ha cometido, por eso morirá».
Sobre este mismo versículo San Gregorio comenta lo siguiente. Que se debería captar esencialmente esto: que cuando hemos cometido un pecado mortal, para nada sirve recordar o rememorar las buenas obras ejecutadas con anterioridad; en otras palabras, ellas no nos alcanzarán la vida perdurable del cielo. Pero, con todo, esas mismas buenas acciones resucitan y se actualizan de nuevo, y ayudan y sirven para lograr la vida perdurable celestial cuando estamos contritos. Aunque, verdaderamente, las buenas obras ejecutadas por los hombres en estado de pecado mortal puede que ja­más tengan validez.
Ciertamente, algo que nunca estuvo dotado de vida no puede resucitar; y, con todo, a pesar de que resulten estériles para lograr la vida perdurable, sirven, sin embargo, para abreviar las penas del infierno; también para lograr bienes temporales, o para que Dios quiera aclarar e iluminar el corazón del hombre pecador para que se arrepienta; asimismo sirven para que uno se acostumbre a realizar buenas obras de modo que el enemigo ejerza menos influencia sobre el alma.
Y así Jesucristo misericordioso no quiere que obra buena alguna se pierda, para que sea de utilidad. Pero del mismo modo que las buenas acciones que los hombres ejecutan en estado de gracia perecen todas a causa del subsiguiente pecado, y que todas aquellas ejecutadas por el hombre mientras permanece en estado de pecado mortal están completamente muertas a la vida perdurable, bien podría cantar el hombre que no obra el bien aquella reciente canción francesa: He perdido mi tiempo y mis esfuerzos. Pues, en verdad, el pecado despoja al hombre de la bondad de la naturaleza y también de la bondad de la gracia. Porque, de hecho, la gracia del Espíritu Santo opera como el fuego que jamás está ocioso; pues el fuego deja de ser efectivo en cuanto se apaga, y del mismo modo la gracia cesa de obrar en cuanto deja de estar presente. Así, el hombre pecador pierde la gracia de la gloria, que sólo es prometida a los hombres buenos que trabajan y se esfuerzan. El arrepentimiento es posible, pues aquel que, mientras viva, debe toda su vida a Dios, no posee ninguna bondad para pagar su deuda con Dios, el dador de toda la vida. Puedes tener la seguridad de que «rendirá cuenta -tal como afirma San Bernardo- de todos los bienes recibidos en esta vida, y de cómo los ha gastado, hasta el punto que incluso deberá dar cuenta de una hora de su tiempo y de un segundo de una hora, si lo ha malgastado».
La quinta cosa que debe inducir al hombre a la penitencia es el recuerdo de la Pasión que Jesucristo Nuestro Señor padeció a causa de nuestros pecados. Porque, como afirma San Bernardo: «Mientras vivas recordarás las penalidades que Nuestro Señor Jesucristo sufrió durante su predicación, la fatiga del camino, las tentaciones cuando ayunó, sus largas veladas en oración, sus lágrimas compasivas por la buena gente, las miserias, comentarios vergonzosos y calumnias que los hombres dijeron de él, los escupitajos asquerosos que le dirigieron a su rostro, los bofetones que le propinaron, los escarnios de las muchedumbres, y las reprimendas que los hom­bres le dirigieron, los clavos con los que fue clavado en la cruz, y todo lo demás que sufrió durante la pasión por sus pecados, sin culpa alguna por su parte.»
Y comprenderéis que el pecado del hombre altere fundamentalmente toda clase de orden y jerarquía. Pues es cierto que Dios, la razón, la sensualidad y el cuerpo del hombre están ordenados de modo que cada uno de estos elementos ejerzan predominio sobre los otros. Y así, Dios debería prevalecer sobre la razón, y la razón sobre la sensualidad, y la sensualidad sobre el cuerpo del hombre. Pero en verdad el hombre, al pecar, distorsiona todo este orden o jerarquía. Y, por consiguiente, ya que la razón humana no quiere estar sujeta y obedecer a Dios, que es, por derecho, su Señor, pierde por consiguiente el predominio que debiera poseer sobre la sensualidad y también sobre el cuerpo.
¿Por qué? La sensualidad se rebela, pues, contra la razón, y de este modo la razón pierde el dominio sobre la sensualidad y el cuerpo. Porque así como la razón se rebela contra Dios, así también la sensualidad se rebela contra la razón y el cuerpo. Y, ciertamente, Jesucristo Nuestro Señor nos redimió con su preciosísima sangre de este desorden y rebelión; y escuchad de qué manera.
Al rebelarse la razón contra Dios, siguiese que el hombre se hace capaz de arrepentirse y morir. Esto sufrió Jesucristo Nuestro Señor por la Humanidad después de haber sido traicionado por su discípulo, arrestado y maniatado, de forma que la sangre fluía, como afirma San Agustín, de sus clavadas manos. Y todavía más, ya que la razón del hombre no ha subyugado su sensualidad cuando debía, por ello es merecedor a sentirse avergonzado. Por este motivo aceptó Jesucristo Nuestro Señor el que le escupieran al rostro. E incluso más: ya que el cuerpo cautivo del hombre se rebela contra la ra­zón y la sensualidad, por ello es merecedor de la muerte. Muerte que Jesucristo Nuestro Señor sufrió en la cruz por la Humanidad. No hubo parte alguna de su cuerpo que se viera libre de grandísimo dolor y amargo sufrimiento. Y todo eso sufrió Jesucristo Nuestro Señor, que jamás pecó: «Estoy sometido a grandísimos tormentos por cosas que jamás merecí, y excesivamente mancillado por desgracias que la Humanidad ha merecido.» Y, en consecuencia, bien podría afirmar el pecador, como dice San Bernardo: «Maldita sea la amargura de mis faltas, por cuya culpa tuvo que padecerse tan acerbamente.» Pues, en verdad, después de los variados desórdenes de nuestra malicia, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo puso orden a diversas cosas tal como a continuación se relata.
De hecho, el alma pecadora del hombre es traicionada por el diablo mediante la codicia de la prosperidad temporal, y despreciado por el engaño cuando se afana por los placeres camales, y con todo, le tortura la impaciencia de la adversi­dad, y es escupido por la servidumbre y sujeción del pecado, y finalmente perece. Por estos desórdenes del hombre pecador Nuestro Señor Jesucristo fue traicionado en primer lugar, y a renglón seguido, maniatado para que nosotros quedáramos liberados del pecado y del dolor. Fue a continuación menospreciado. Él, que debiera haber sido objeto de honra, por encima de todo. A continuación su rostro fue infamemente escupido, Él que debía ser el ansiado objeto de contemplación de toda la Humanidad y de toda la milicia angélica.
Luego, aquel que estaba sin pecado, fue azotado. Y, finalmente, murió crucificado. A continuación se cumplió la profecía del profeta Isaías, cuando afirma que fue herido por nuestros pecados y mancillado por nuestras felonías. En resumen, ya que Jesucristo cargó sobre sí el dolor de toda nuestra maldad, el hombre pecador debe llorar mucho y lamentarse, pues por sus pecados el Hijo del Dios de los Cielos habría estado sometido a todos estos sufrimientos.
La sexta cosa que debe incitar al hombre a la contrición es la espera de tres logros, a saber: el perdón de los pecados, la gracia de Dios para alcanzarlo y la gloria del cielo con la cual Dios recompensará al hombre por sus buenas obras. Y porque Jesucristo nos otorga estos dones a causa de su magnanimidad y bondad soberanas, por eso se le llama: Jesús Nazarenus rex Iudeorum. Iesus, es decir, «salvador» o salvación, en el cual los hombres cifran alcanzar el perdón de los pecados, que es propiamente la salvación de los mismos. Y, por consiguiente, dijo el ángel a José: «Le pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará a su pueblo de sus pecados. No se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos ser salvados».
Sobre este tema afirma San Pedro: «No existe nombre bajo el cielo que se pueda dar a un hombre mediante el cual uno pueda ser salvo, excepto Jesús»54. Nazarenus equivale a «floreciente»; a través de El la Humanidad espera la remisión de los pecados y la concesión de la correspondiente gracia para lograrlo. Pues la esperanza del fruto en el momento adecuado reside en la flor, y en el perdón de los pecados la esperanza de la gracia para lograrlo: «He aquí que estoy a la puerta, y llamo -afirma Jesús-. Si alguno escuchare mi voz y me abriese la puerta, tendrá el perdón de sus pecados, y entraré a él y cenaré con él», por las buenas obras que realizará; esas obras constituyen el alimento de Dios, «y cenará conmigo» por la inmensa alegría que le proporcionaré. Así el hom­bre esperará que Dios le otorgue su reino, tal como afirma en el Evangelio, por sus obras de penitencia.
Ahora sabrás de qué forma. Afirmo que el arrepentimiento debe ser universal y total, es decir, uno deberá tener sincero arrepentimiento de todos sus pecados de pensamiento con delactación sensual, pues tal deleite es sumamente peligroso. Dos son los modos de consentir. Uno de ellos recibe el nombre de consentimiento afectivo; en tal caso una persona se inclina a pecar y se refocila pensando en dicho pecado: detecta perfectamente que ha quebrantado la ley de Dios, y, con todo, su razón no aparta este malvado deleite o apetito, aunque uno sea consciente de que le aleja del temor de Dios. Por más que la razón sea plenamente consciente de este quebrantamiento a la ley de Dios, no rechaza este deleite o apetito pecaminoso. A pesar de que la razón no consienta en cometer este pecado de obra, algunos doctores afirman que semejante delectación prolongada, aunque nimia, se toma muy peligrosa.
Asimismo uno debería arrepentirse, especialmente por todo lo que ha deseado en contra de la ley de Dios con perfecto consentimiento de su razón, pues no existe duda de ello: el consentir constituye pecado mortal. Ciertamente, no existe pecado mortal que no se albergue primeramente en el pensamiento y después en la delectación, y luego en el consentimiento, para acabar en la acción. Por consiguiente, afirmo que muchos hombres jamás se arrepienten de tales pensamientos y delectaciones: solamente se confiesan de los pecados externos de obra. En consecuencia, afirmo que tales malvados pensamientos y delectaciones constituyen sutiles engaños de aquellos que se condenarán.
Aún más: el hombre debe arrepentirse tanto de sus malas palabras como de sus perversas acciones, pues, ciertamente, el arrepentimiento de un solo pecado sin el de los restantes, o el hacerlo de los restantes y no de uno singular, de nada sirve. Estad plenamente convencidos: el Dios Todopoderoso está lleno de bondad y, por ende, perdona todos los pecados, o en caso contrario no lo está.
Al respecto afirma San Agustín: «Sé con certeza que Dios es enemigo de todo pecador.» ¿Y cómo, pues el que se esclaviza a un pecado obtendrá el perdón de los restantes? No. Por otra parte, la contrición debería ser extremadamente penosa y llena de angustia. Y, en consecuencia, Dios le otorga la plenitud de su misericordia. Así, «cuando mi alma estaba poseída por la angustia, recordé a Dios para que le llegase mi súplica».
Todavía más: la contrición deber ser perseverante y uno debe tener el firme propósito de confesarse y de enmendar su conducta. Pues, ciertamente, mientras procure la contrición siempre se puede esperar el perdón. Y de él se deriva la aversión al pecado que destruye el poder de la culpa tanto en uno mismo como en otros. Por lo cual afirma David: «Los que amáis a Dios, odiáis la maldad.» Pues estad seguros, amar a Dios significa amar lo que Él ama y odiar lo que Él odias.
La última cosa que el hombre entenderá por penitencia es ésta: ¿para qué sirve la contrición? Afirmo que a veces la contrición limpia al hombre de pecado. Sobre ello sentencia David: «Me formulé el propósito de confesarme, y Tú, Dios, me absolviste de mi pecado». Y así como la contrición no sirve para nada sin el firme propósito de confesarse, si uno tiene la oportunidad, así la confesión o absolución sin contrición de nada vale. Incluso más: la contrición destruye las cárceles del infierno y transforma en débil y frágil toda la fortaleza demoníaca, y restablece los dones del Espíritu Santo y todas las virtudes; también limpia al alma de pecado, la libe­ra de las penas del infierno, de la compañía del diablo, de la esclavitud del pecado, y establece todos los bienes espirituales y la unión y comunión con la Santa Iglesia. Más aún: transforma al pecador de hijo de ira en hijo de Dios.
Todas estas afirmaciones se prueban por las Escrituras. En consecuencia, el que quiera comprender estas cosas, prudente es, ya que verdaderamente carecerá de fuerzas para pecar durante toda su vida: al contrario, se abandonará en cuerpo y alma al servicio de Jesucristo, y, al hacerlo, le rendirá homenaje. Pues, ciertamente, nuestro dulce Señor Jesucristo nos ha librado tan graciosamente de nuestras locuras, que si Él no tuviese misericordia de nuestras almas, entonaríamos todos una triste canción.

FINALIZA LA PRIMERA PARTE DE LA PENITENCIA Y SIGUE LA SEGUNDA

La segunda parte de la penitencia consiste en la confesión, signo de la contrición. A continuación deberéis captar en qué consiste, si debe o no debe hacerse, y cuáles son los requisitos apropiados a una verdadera confesión.
En primer lugar debéis saber que la confesión consiste en la sincera manifestación de los pecados a un sacerdote. Es decir, «sincera», pues se debe confesar a él todas las circunstancias inherentes a su pecado en cuanto sea posible. Todo debe decirse, sin paliativos, ni amagos, ni edulcorantes; sin envanecerse de las buenas acciones. Incluso más: es preciso comprender el origen de los pecados, cómo se reiteran y su naturaleza.
Sobre el origen de los pecados San Pablo afirma lo siguiente: que así como el pecado entró en este mundo a través de un hombre, y por él la muerte, así, del mismo modo, la muerte entró en todos los hombres que pecaron. Y este hombre era Adán, a través del cual, cuando rompió el mandato divino, el pecado entró en este mundo. Y, por consiguiente, aquel que primeramente fue tan poderoso que no debería haber muerto se convirtió en uno necesariamente sujeto a la muerte, independientemente de su voluntad, y con él toda su progenie de este mundo que en tal hombre pecó. Considera el estado de inocencia cuando Adán y Eva deambulaban por el Paraíso desnudos, sin sentirse para nada avergonzados, cómo la serpiente, el más astuto de los animales que Dios había creado, le dijo a la mujer:
-¿Conque os ha mandado Dios que no comáis frutos de todos los árboles del Paraíso?
-Del fruto de los árboles que hay en el Paraíso sí comemos -replicó la mujer-. Mas del fruto del árbol que está en medio del Paraíso mandónos Dios que no comiéramos ni lo tocásemos, para que no muramos.
-¡Oh! Ciertamente no moriréis -dijo la serpiente-. Sabe Dios que el día que comiéreis de él se os abrirán vuestros ojos: seréis como dioses, conocedores del bien y del mal.
La mujer vio, pues, que el fruto del árbol era bueno para comer, bello a los ojos, y de hermoso aspecto. Cogió del fruto y lo comió, y dio de él a su marido, el cual también comió y al instante se les abrieron a entrambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, asieron unas hojas de higuera y se hicieron unos delantales para camuflar sus órganos genitales.
De todo ello se puede colegir que el pecado mortal se inicia con una sugerencia del diablo, representado aquí por la serpiente; y luego, la delectación carnal, simbolizada en este caso por Eva; y a continuación, el consentimiento de la mente, figurada aquí por Adán.
Medítalo bien. Aunque sea cierto que el maligno tentase a Eva, es decir, la carne, y la carne se deleitase en la hermosura del fruto prohibido, con todo, ciertamente, hasta que la mente, es decir, Adán, consintió en comer del fruto, conservó su estado de inocencia original.
Del mismo Adán quedamos contagiados del pecado original, pues él es el progenitor fisico de todos nosotros: somos engendrados de una sustancia vil y corrupta. Y cuando a nuestro cuerpo se le insufla el alma, inmediatamente contraemos el pecado original, y lo que al principio fue solamente aflicción de la concupiscencia se convierte en aflicción y pecado. Y, por consiguiente, todos hemos nacido hijos de la ira y de eterna condenación, si no fuera por el bautismo que recibimos y nos redime de la culpa. Pero, en verdad, el tormento que permanece en nosotros recibe el nombre de concupiscencia. Y esta concupiscencia, cuando radica en el alma de modo desordenado y mal dispuesto, le hace apetecer, a través del apetito camal, los pecados de la carne por la visión de los objetos terrenales, y el apetito de honores mediante el orgullo de corazón.
Por lo que respecta al primer apetito, es decir, a la concupiscencia derivada de las exigencias de nuestros órganos genitales, que fueron legítimamente creados por el recto juicio de Dios, afirmo que cuando el hombre no obedece a Dios, su Señor, entonces la carne se rebela contra él mediante la concupiscencia, que alimenta y da pie al pecado. Por consiguiente, mien­tras uno se sienta acuciado por la concupiscencia resulta imposible que no sea tentado y su carne no le incline a pecar.
Y así será mientras viva. Puede que el poder del bautismo y de la gracia a través de la penitencia refuerce esta debilidad y fragilidad, pero aunque quede refrenado por la enfermedad, o por el mal obrar de hechicería o bebidas frías, la concupiscencia jamás será saciada.
Mira lo que San Pablo afirma al respecto: «Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne, como que son cosas entre sí opuestas; por cuyo motivo no hacéis vosotros todo lo que queréis». El mismo San Pablo, después de sus sufrimientos en el mar y en tierra firme -en el mar, un día y una noche con grandes peligros y sufrimientos; en tierra firme, hambre, sed, frío, desnudez- y apedreamiento casi hasta morir, dijo con todo: «¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me li­bertará de este cuerpo tan miserable?». Y San Jerónimo, después de haber morado largo tiempo en el desierto donde no tenía otra compañía que los animales salvajes, donde su único alimento eran las hierbas y su única bebida el agua, su lecho, la desnuda tierra, por lo que su piel se tornó negra como la de un etíope a causa del calor y casi agrietada por la intemperie, a pesar de todo afirmaba que sentía bullir en su cuerpo el fervor de la lascivia.
Por consiguiente, sé con toda seguridad que se engañan los que afirman que no son tentados en su cuerpo. Comprueba el testimonio del apóstol Santiago cuando afirma que «cada uno es tentado por su propia concupiscencia»; es decir, que cada uno tiene motivo y ocasión de ser tentado por este incentivo pecaminoso que radica en nuestro cuerpo. Por ello afirma San Juan Evangelista: «Si afirmamos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no radica en nosotros».
Ahora os enteraréis de qué modo ese pecado se incrementa o crece en el hombre.
La primera cosa se refiere al acicate pecaminoso que he mencionado anteriormente: la concupiscencia camal. Su secuela es la sujeción al demonio, es decir, a los fuelles diabólicos con los que él insufla en el hombre el fuego de la concupiscencia camal. Y después de ello, el hombre sopesa si hará o no aquello que ha sido objeto de tentación. A continuación, si uno se resiste y capea la primera acometida de su carne y del diablo, entonces no peca. En caso contrario, siente entonces las llamaradas del placer. Acto seguido bien le valdría ser cauto y cuidadoso, no fuera que entonces consintiera en pecar; y después lo haría si tuviera ocasión y tiempo propicios.
Moisés opina al respecto, a través del diablo: «El diablo lo dice: Acosaré y perseguiré al hombre con tentaciones malignas, y le apresaré acuciándole e instigándole a pecar. Escogeré mi presa o mi víctima con deliberación, y mi deseo se verá logrado a través del placer sexual. Esgrimiré mi espada en el consentimiento». Pues, ciertamente, así como una espada escinde algo en dos, así el consentimiento aleja al hombre de Dios. «Y entonces le haré perecer con mi propio brazo haciéndole pecan»; así afirma el diabólico. De hecho, en tales circunstancias, la muerte se enseñorea del alma del hombre. Y de este modo cae en pecado mediante la tentación, la delectación y el consentimiento. En tal caso el pecado se llama actual.
Hay dos clases de pecado: mortal y venial.
Cuando uno ama a una criatura más que a Jesucristo nuestro Creador, entonces se comete pecado mortal. Se comete pecado venial cuando se ama a Jesucristo menos de lo debido. Pues, en verdad, el cometer un pecado venial es muy peligroso, ya que disminuye el siempre creciente amor que los hombres debieran profesar a Dios. Y por ello, si un hombre comete muchos pecados veniales, seguramente, a menos que él de vez en cuando los borre mediante la confesión, le pueden muy fácilmente disminuir el amor que profesaba a Jesucristo Nuestro Señor. Y así se desliza uno del pecado venial al mortal.
En la práctica, cuanto más uno agrava su alma con pecados veniales, tanto más proclive se es a caer en pecado mortal. En consecuencia, no seamos negligentes en desembarazarnos de los pecados veniales. Pues, tal como afirma el proverbio, «poquito a poco hilaba la vieja el copo». Y atended a este ejemplo. A veces una poderosa ola del mar arremete con tan gran violencia, que echa a pique a un barco. Y el mismo daño ocasiona a veces la acción de diminutas gotas de agua que penetran en la bodega por una pequeña hendidura y en el fondo del barco, si la tripulación es tan negligente que no achica la inundación oportunamente. Y, por consiguiente, aunque existe una diferencia entre estas dos causas de hundimiento, éste acontece en ambas ocasiones. Así ciertamente sucede también en ocasiones con el pecado venial y con esas embarazosas faltas veniales cuando se incrementan hasta tal punto que las cosas terrenales a las que uno está apegado, las cuales le llevan a pecar venialmente, cautivan su corazón tanto como el amor de Dios, y a veces incluso más. Y, en consecuencia, el amor de cualquier cosa que no está basado en Dios ni ejecutado principalmente por su amor, aunque uno lo ame menos que a Dios, es, con todo, pecado venial.
Se da pecado mortal cuando el amor por algo crece en el corazón tanto o más que el amor de Dios. Como dice San Agustín: «El pecado mortal se da cuando uno aparta su corazón de Dios, que es la genuina e inalterable soberana bon­dad, y lo entrega a un objeto que puede cambiar y es perece­dero.» Así sucede con todo, excepto con Dios celestial. Sucede que si uno entrega su amor -que de modo indiscutible debe ofrendarlo enteramente a Dios-, ciertamente quedará tanto o más privado de Dios cuanto más entregue aquél; en consecuencia, comete pecado. El que se aparta de Dios no le entrega todo lo que le debe, a saber, todo el amor de su corazón.
Ahora que habéis captado de un modo genérico la natura­leza del pecado venial, resultará apropiado describir especialmente aquellos pecados que acaso uno no los considere como tales, y que, por tanto, no se confiese de ellos y, a pesar de todo, sean verdaderos pecados, tal como los eruditos escriben. A saber, en toda ocasión que se come o se bebe más de lo necesario a la manutención corporal, en cierto modo se comete pecado. Y, asimismo, cuando se habla más de lo necesario también se peca. Lo mismo sucede cuando no se atiende con benignidad a las lamentaciones de los pobres. También cuando uno goza de salud corporal y no quiere ayunar cuando debe, sin causa justificada. Al igual que cuando se duerme más de lo debido o cuando por cualquier razón se llega tarde a la iglesia o a otras obras caritativas. Igual­mente cuando usa de su mujer sin el supremo deseo de en­gendrar por el honor de Dios o con el propósito de realizar con su esposa el débito conyugal. Igual sucede si, pudiéndo­lo hacer, no se visita a los enfermos y presos. Asimismo si ama a su esposa o a sus hijos u otro objeto material más de lo razonable. También si reduce o suprime las limosnas al necesitado; si adereza los alimentos con más delicadeza de lo necesario o los ingiere con avidez, por glotonería; si falta al silencio en la iglesia o durante los servicios divinos, o si habla palabras ociosas o vanas o maliciosas, pues de todas ellas deberá rendir cuenta en el día del juicio. También cuando promete o asegura hacer cosas que luego no puede cumplir. O cuando por ligereza o indiferencia habla cuando se burla de su prójimo. O cuando sospecha mal sin fundamento de cosas que no conoce bien. Estas y otras innumerables formas son, como afirma San Agustín, materia pecaminosa.
A continuación comprenderás que, aunque no existe humano sobre la faz de la tierra que pueda evitar todos los pecados veniales, con todo, se pueden refrenar por el ardiente amor que se profesa hacia Jesucristo Nuestro Señor, por las oraciones, la confesión y otras obras buenas, de modo que perjudiquen de forma mínima. En sentencia de San Agustín: «Si uno ama a Dios de tal modo que todas sus acciones reflejan el amor de Dios, y las ejecuta verdaderamente por amor hacia El, pues le ama con ardor, considera hasta qué punto una gota de agua que cae en un horno de crepitante fuego lo afecta o perjudica; así también un pecado venial afecta a uno que está imbuido del amor de Jesucristo.» Los hombres pueden también apartarse del pecado venial recibiendo dignamente el preciosísimo Cuerpo de Jesucristo, santificándose también con agua bendita, mediante limosnas, recitando el Confesor durante la misa y durante las Completas mediante la bendición de los obispos y sacerdotes, y con otras buenas obras.

SIGUEN LOS SIETE PECADOS CAPITALES
CON SUS CLASES, CIRCUNSTANCIAS Y VARIEDADES

De la soberbia

Ahora es necesario enumerar los siete pecados capitales mortales, a saber, los pecados capitales.
Todos corren en la misma traílla, aunque de modos diversos. Se les llama capitales, pues son la fuente y el origen de todos los otros pecados. La soberbia, u orgullo, es la raíz de estos siete pecados, pues de él se originan todos los males. De esta raíz brotan diversas ramas, como la ira, envidia, pereza u holgazanería, avaricia o codicia (para que todos lo entiendan), glotonería y lujuria. Y cada uno de estos pecados capitales posee ramas y ramificaciones, tal como se desarrollará en los apartados siguientes.
Y aunque nadie puede contar exhaustivamente el número de brotes y los perjuicios derivados del orgullo, con todo, voy a enumerar algunos de ellos, tal como bien veréis. Son: la desobediencia, vanidad, hipocresía, desprecio, arrogancia, descaro, jactancia de corazón, insolencia, altivez, impaciencia, contumacia, presunción, irreverencia, pertinacia, vanagloria, y otras muchas ramificaciones que no puedo mencionar.
El desobediente es aquel que rechaza y menosprecia con desdén los mandamientos de Dios, de su superior y de su director espiritual. El que se envanece de las obras buenas o malas realizadas es un vanidoso. Hipócrita es quien esconde lo que es y se muestra diferente de lo que realmente es. Despectivo es aquel que desdeña a su prójimo, es decir, a su correligionario, o aquel que ejecuta con desdén lo que debe hacer.
Arrogante es el que cree que posee en su ser cualidades de las que carece, o cree que debería poseer por sus merecimientos, o también considera que es lo que en realidad no es. Descarado es aquel que no se avergüenza de sus faltas. La jactancia de corazón se da cuando uno se alegra por el mal realizado. La insolencia refleja un desprecio mental hacia el valor, conocimiento, don de la palabra y comportamiento de los otros.
Ser altivo equivale a no soportar ni al superior ni al igual. El impaciente es aquel que no soporta que se le advierta o reprenda por sus defectos, y se querella a sabiendas contra la verdad y se aferra a su locura. El contumaz se opone -a través de su indignación- a todo poder y autoridad que ra­dica en sus superiores. La presunción, llamada también exceso de confianza, hace emprender tareas que uno no debe ni puede.
La irreverencia se da cuando uno no rinde cuando debe y, a su vez, espera se le reverencie.
Cuando alguien se aferra a sus devaneos y tiene demasiado apego a su propio juicio, entonces se dice que es pertinaz.
La vanagloria consiste en hacer ostentación y delectarse en la grandeza temporal envaneciéndose en el status de este mundo terreno.
La charlatanería hace hablar a uno en exceso ante los demás, y charlar de modo ininterrumpido, sin poner cuidado alguno en lo que se dice.
Se da, con todo, una clase particular de soberbia: la de quien espera ser saludado antes de que él lo haga, aunque uno sea acaso menos digno que el otro; y también pretende o ansía sentarse, o preceder en las comitivas a los demás, o ser el primero en dar el beso de la paz en la misa, o ser incensado, o llevar la ofrenda antes que el prójimo, y cosas por el estilo a las que no tiene derecho; en una palabra, su corazón y su propósito están totalmente imbuidos por el deseo de ser honrados y glorificados ante los demás.
Existen dos clases de orgullo: uno radica en el interior del corazón y el otro en el exterior. Los vicios anteriormente mencionados, y otros muchos, pertenecen al orgullo interior; las otras clases de orgullo son exteriores.
Sin embargo, cada una de estas clases de orgullo es indicio de otro, al igual que el alegre haz de hojas en la taberna simboliza el vino de la bodega.
Así acontece con muchos aspectos relacionados con las palabras, con el comportamiento y con el excesivo adorno en la vestimenta. Pues ciertamente, si el vestir no constituyera pecado, Cristo no hubiera observado y mencionado el traje de aquel hombre rico en el Evangelio68. Como afirma San Gregorio, el dispendio en el vestir es vituperable, por su carestía, por su delicadeza, su rareza, su elegancia, su superficialidad y por su exagerada parvedad. Por desgracia, ¿por qué los hombres no pueden ver en la actualidad el pecaminoso coste del lujo en el vestir, su superficialidad, y también en su excesiva parvedad?
Por lo que respecta al primer pecado, la exageración en el vestir que tanto lo encarece en perjuicio de la gente radica no sólo en el coste del bordado, los encajes primorosos, las telas listadas, las tiras onduladas, pliegues verticales, dobleces, rebordes, sino también en parejos despilfarros de vanidad. Igualmente se dan costosos adornos de piel en los vestidos, y numerosas perforaciones con los cinceles para practicar ojales, y variados recortes de flecos con las tijeras; del mismo modo, los mencionados vestidos, al ser exageradamente largos, los arrastran, tanto los hombres como las mujeres, por las inmundicias y barro, bien a caballo o también a pie, ya que todo lo que se arrastra, al ser gastado, raído y consumido, se echa a perder y se consume por el lodo, en vez de darlo a los pobres, con el consiguiente daño para los mencionados menesterosos.
Todo ello acontece de diversos modos. Cuanto más tela se malgasta, tanto más afecta a la gente, debido a su escasez. Y todavía más: no resulta conveniente el dar vestidos calados y con flequillos a la gente humilde, pues son inadecuados para paliar sus necesidades, a saber, resguardarles de las inclemencias climáticas.
Por lo que respecta al vicio opuesto, la desordenada y horrible parvedad en el vestir se refleja en esos menguados vestidos o jubones, que al ser tan cortos, con depravado propósito, no cubren las partes vergonzosas del hombre. Por desgracia, algunos de ellos muestran el bulto de los órganos genitales y los repelentes miembros henchidos, de modo que se parecen a una hernia, envueltos en sus calzones; y también hacen ostentación de sus nalgas como si fueran las posaderas de una mona en plena luna llena.
Incluso más. Los viles y henchidos miembros que se adivi­nan gracias a la moda, al dividir las calzas en rojo y blanco, parece como si se hubieran desollado la mitad de sus órganos vergonzosos y secretos; y si colocaran las calzas de otro modo, como blanco y negro, o blanco y azul, o negro y rojo, etcétera, resulta como si, por la diferencia de color, media parte de sus miembros íntimos estuviera infectada por la erisipela o el cáncer u otra enfermedad por el estilo. El espectáculo que proporcionan sus posaderas resulta horripilante, pues esta zona del cuerpo por donde se evacuan los fétidos excrementos se muestra a los demás con orgullo, en detrimento de la modestia que Jesucristo y sus seguidores guardaron en vida de modo palpable.
Con referencia a los exagerados atavíos femeninos, Dios sabe que aunque los rostros de algunas mujeres parezcan muy púdicos y bondadosos, con todo, manifiestan su carácter orgulloso y disoluto en los adornos de su vestimenta. No afirmo que la decencia en la indumentaria masculina y femenina sea inconveniente, sino que, ciertamente, la superfluidad y la parvedad exagerada son dignas de reproche.
El pecado del ornato o atavío se encuentra asimismo en el terreno de la equitación, como en las monturas excesivamente regaladas, mantenidas por deleite, y que al ser tan primorosas y cebadas, resultan muy costosas. Lo mismo vale para los numerosos y viciosos criados mantenidos a causa de los corceles; y también para los lujosos arneses, sillas de montar, gruperas, petos y bridas, recubiertos de ricos paños y hermosas barras y láminas de oro y plata. Al respecto afirma Dios por boca del profeta Zacarías: «Confundiré a los jinetes de se­mejantes monturas».
Esta gente no presta atención de qué modo el Hijo del Dios de los cielos cabalgó a lomos de un asno, cuyos únicos arreos eran los humildes vestidos de sus discípulos. Tampoco se lee que jamás utilizara otra montura. Lo menciono para referirlo al pecado de exceso, y no por los que se hacen busto honor en casos razonables.
Y aún más: ciertamente, el orgullo aparece de manifiesto al llevar un séquito numeroso cuando resulta de poca o nula utilidad. A saber, cuando la comitiva es dañina o perjudicial a los demás, por la insolencia de una posición elevada, o por ocupar un cargo. Pues, en verdad, tales señores venden su autoridad al dios de los infiernos al mantener la maldad de su tropa. O también cuando esta gente de baja condición, como los que cuidan de las posadas, ocultan los hurtos cometidos por sus empleados con las tretas más diversas. Esta clase de personas son como las moscas que van tras la miel, como los perros que siguen a la presa. Las personas citadas asfixian espiritualmente a sus superiores. Así, pues, afirma el profeta David al respecto: «Una muerte indigna sobrevendrá a tales amos, y Dios les hará descender a los abismos infernales, pues en su casa mora la nequicia y la iniquidad», y no el Dios de los Cielos. Y verdaderamente si se enmiendan, así como Dios otorgó su bendición a Labán por los servicios de Jacob, y a Faraón por los servicios de José, así Dios otorgará su maldición a semejantes señores que financian la iniquidad de su servidumbre, a menos que enmienden sus errores.
La soberbia en la mesa se da también con mucha frecuencia, pues es cierto que a los ricos se les convida a los banquetes, mientras que a los pobres se les mantiene apartados o se les aleja de ellos.
Asimismo se da en los excesos de los variados manjares y, especialmente, en las sofisticadas empanadas y platos de carne, fuentes flambeadas y decoradas con papiros almenados, y otros dispendios que da vergüenza incluso figurárselos. Al igual que la excesiva suntuosidad de vasos y rebuscado acompañamiento musical que excitan todavía más a los placeres lascivos.
Si todo esto implica el distraer el corazón de Nuestro Señor Jesucristo, entonces, ciertamente, es pecado. Y en verdad, en este campo, los deleites pueden ser de tal magnitud, que fácilmente inducen a caer al hombre en pecado mortal.
Es indudable que las ramificaciones derivadas del orgullo, a saber, cuando proceden de la malicia premeditada, consciente y querida, o del hábito, constituyen pecado mortal.
Ahora nos podríamos preguntar de dónde procede y nace el orgullo. Respondo que, en ocasiones, se deriva de los beneficios de la Naturaleza y, a veces, de los de la Fortuna y, en ocasiones, de la Gracia. Es cierto: los beneficios de la Naturaleza consisten en los bienes corporales y espirituales. Ciertamente los beneficios corporales son la salud, la fuerza, la actividad, la belleza, la alcurnia y la libertad. Los bienes de la Naturaleza referidos al espíritu son: la cordura, la agudeza intelectual, el ingenio sutil, las facultades naturales y una memoria feliz. Los bienes de la Fortuna se basan en las riquezas, los elevados puestos de autoridad y los honores de la gente. Los bienes de la Gracia están formados por la sabiduría, la capacidad de soportar aflicciones espirituales, la bondad, la meditación, la resistencia a las tentaciones y cosas por el estilo.
Ciertamente gran locura sería cifrar su orgullo en cualquiera de estos beneficios que se han mencionado con anterioridad. Por lo que respecta a los favores de la Naturaleza, Dios sabe que a veces los poseemos tanto para nuestro perjuicio como para provecho propios. En lo referente a la salud corporal, por cierto harto efímera, también da pie muy a menudo a la enfermedad espiritual. Pues Dios sabe que la carne es enemiga encarnizada del espíritu, y, por consiguiente, cuanto más sano está el cuerpo, más estamos en peligro de caer. Asimismo extrema locura constituye el enorgullecerse de la fortaleza fisica, pues ciertamente la carne codicia en contra del espíritu, y cuanto más fuerte ésta sea, más enferma puede resultar aquélla.
Y además de todo esto, la fortaleza fisica y la intrepidez mundanas originan frecuentemente peligros y desgracias para muchas personas. También el enorgullecerse de la nobleza de cuna constituye gran locura, pues muy a menudo la alcurnia despoja al alma de su nobleza. Todos procedemos de una madre y un padre; todos, tanto ricos como pobres, procedemos de una naturaleza infecta y corrupta. Pues, de hecho, la nobleza digna de encomio es la que adorna la disposición natural del hombre con cualidades y virtudes. Pues creed que, por poder que tenga, el hombre pecador se convierte en esclavo del pecado.
Los indicios comunes de nobleza son: el alejamiento del vicio y de la bajeza y servidumbre del pecado de palabra, obra y apariencia; asimismo, el ejercicio de la virtud, de la delicadeza y de la pureza, y el ser liberal, a saber, generoso con moderación, pues el que se excede en la mesura es un loco y un pecador. Otro indicio estriba en recordar los beneficios recibidos de los demás y en ser clemente con los súbditos buenos. Sobre ello Séneca afirma: «No hay nada más adecuado a un hombre de elevada posición que la conveniencia y piedad. Y, por consiguiente, estas moscas que los hombres denominan abejas, al nombrar a su reina, escogen a una sin aguijón para que no pueda picar».
Otro se basa en que uno posea un corazón noble y diligente para lograr metas virtuosas y elevadas. Pues verdaderamente es completa locura que uno se enorgullezca de los dones de la gracia, ya que esos dones espirituales, que le debieran haber inclinado a la bondad y a su curación, se con­vierten para él, tal como afirma San Gregorio, en veneno y confusión.
También el que se envanece de los bienes de la Fortuna está loco de remate. Pues, en ocasiones, uno es por la mañana un gran señor, y antes del anochecer se convierte en un miserable y desgraciado. A veces, también, la prosperidad material ocasiona la muerte. En algunas circunstancia los placeres son origen de una grave enfermedad que acarrea la muerte. Ciertamente la aprobación del vulgo es con frecuencia demasiado falsa y frágil para fiarse de ella: hoy alaban, mañana vituperan. Dios lo sabe: el ansia de la aprobación del vulgo ha ocasionado la muerte a muchos hombres prósperos.

Remedios contra el pecado de soberbia

Puestas así las cosas, una vez enterados de lo que sea el orgullo, de sus clases y de sus causas y orígenes, comprenderéis la naturaleza del remedio contra el pecado de soberbia: la humildad o mansedumbre. Esa es una virtud por la cual uno adquiere el genuino conocimiento de si mismo, y no tiene estimación ni aprecio alguno por lo que respecta a sus méritos, y siempre tiene en cuenta su fragilidad.
Se dan tres clases de humildad: la humildad del corazón, la humildad de palabra y la de obras. La humildad del corazón se subdivide en cuatro. La primera, cuando uno se considera a sí mismo indigno ante el Dios de los Cielos; la segunda se da cuando no se desprecia a nadie; la tercera, cuando uno no se preocupa de que los hombres le tengan en estima; la cuarta, cuando no se entristece si le humillan.
La humildad de palabra es de cuatro clases: la moderación y sencillez en el hablar, el confesar de palabra lo que él realmente es en su corazón, y el alabar la bondad ajena sin disimularla.
La humildad en el obrar se divide también en cuatro clases. La primera consiste en colocar a los demás antes que a uno mismo; la segunda, en escoger el lugar más bajo de todos; la tercera, en aceptar un buen consejo con agrado; la cuarta, en aceptar de buen grado las decisiones de sus jefes o superiores. Ciertamente, éste es un proceder eminentemente humilde.

Sigue la envidia

Después de la soberbia, paso a referirme al desagradable pecado de la envidia, que, según palabras de los sabios, es el pesar por la prosperidad ajena y, según escribe San Agustín, es el dolor por la prosperidad y la alegría por el mal ajenos. Este vil pecado se opone francamente al Espíritu Santo. Aunque todo pecado va contra el Espíritu Santo, sin embargo, por cuanto en tanto la bondad corresponde al mismo Espíritu, y la envidia se deriva propiamente de la malicia, ataca, por consiguiente, frontalmente, a la bondad del susodicho espíritu.
Esta malicia es de dos especies, a saber: empecinamiento del corazón en la maldad; en tal caso la carne del hombre se toma tan ciega, que uno no considera que ha pecado ni se preocupa de haberlo cometido: es el atrevimiento demoníaco. La otra clase de malicia se da cuando se lucha contra la verdad a sabiendas de que lo es, y también cuando se com­bate la gracia que Dios ha otorgado a su prójimo. Todo ello a causa de la envidia.
Ciertamente, la envidia es el peor de todos los pecados. Indudablemente, los restantes pecados atentan, en ocasiones, contra una sola virtud en concreto; mas la envidia se opone a todas las virtudes y bondades, pues es el pesar por lo bueno de los otros; y en esto se diferencia de los restantes pecados. Difícilmente existe algún pecado, si exceptuamos a la envidia con su inherente carga de angustia y dolor, que no conlleve algún deleite.
Voy a enumerar a continuación las diferentes clases de envidia. En primer lugar está el dolor por la bondad y prosperidad ajenas. Por su naturaleza, la prosperidad es materia de alegría; luego la envidia es un pecado contra la Naturaleza. La segunda clase de envidia es la alegría por el mal ajeno, la cual asemeja a uno al diablo, que siempre se alegra del daño causado a los demás. La calumnia procede de estas dos clases, y este pecado de calumnia o detracción es de diversas especies.
Algunos hombres alaban al prójimo con depravada intención, pues siempre tienen por finalidad el urdir intrigas. Siempre encuentran un «pero» final que tiene más valor de vituperio que todo el resto del encomio. La segunda variedad consiste en que si un hombre es bondadoso y hace o dice algo con buena intención, el calumniador tergiversará todo lo bueno para satisfacer sus perversos designios. La tercera consiste en disminuir la bondad de su pró­jimo. La cuarta clase de calumnia es ésta: si uno habla bien de otro, entonces, para despreciar a aquel que recibe la alabanza de los hombres dirá el calumniador: «A fe mía, fulano de tal es todavía mejor que él.» La quinta clase consiste en asentir y escuchar con alegría la maledicencia sobre otras personas. Este pecado es muy grave y siempre se incrementa según el malvado propósito del calumniador.
Después de la calumnia sigue la difamación o murmura­ción. A veces tiene su origen en la impaciencia hacia Dios o hacia el hombre. Es contra Dios cuando uno se lamenta de las penas del infierno o de la pobreza o de la pérdida de riquezas, o de las lluvias y tempestades, o maldice de que los malvados gocen de prosperidad, o de que los hombres justos sufran adversidades. Y todas estas cosas deben padecerlas los hombres con paciencia, ya que provienen del recto juicio y disposición divinos.
Algunas veces las quejas provienen de la avaricia, como cuando judas se lamentó de que la Magdalena ungiese la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo con un ungüento precioso. Esta clase de murmuración es la que se da cuando un hombre maldice del bien que hace o cuando se lamenta de sus bienes.
A veces la murmuración dimana del orgullo, como cuando Simón el Fariseo murmuró de que la Magdalena se acercara a Jesús y se arrojara a sus pies para llorar sus pecados.
En otras ocasiones la murmuración procede de la envidia, al descubrirse una falta oculta de alguien o acusarle de algo que es falso.
La murmuración también se da entre los criados que se quejan cuando sus amos les ordenan ejecutar tareas razonables; y a pesar de que no se atreven a resistirse abiertamente a los mandatos de sus amos, sin embargo, hablan mal, se lamentan y murmuran con verdadero desprecio. Semejantes comentarios reciben, por parte de la gente ignorante, el apelativo de Padrenuestro del diablo, aunque está claro que el diablo jamás tuvo un Padrenuestro. En ocasiones las quejas se derivan de la ira o cólera secretas que, como luego explicaré, alimentan el odio en el corazón.
A continuación también viene la amargura de corazón, por la cual cualquier buena obra ajena le parece a uno amarga y desabrida. Sigue luego la discordia, que desata toda clase de amistad. A renglón seguido, el desdén hacia el prójimo, por bien que éste actúe siempre. Sigue la acusación. Por ella uno siempre busca ocasión de molestar al prójimo. Es ésta ocupación semejante a la del diablo, siempre, día y noche, al acecho para acusarnos.
Sigue la malignidad. Mediante ella se busca molestar al prójimo en privado si se puede, y, en caso contrario, no se ponen reparos hasta, incluso, en quemar su vivienda furtivamente, o envenenar o sacrificar su ganado, y cosas semejantes.

Remedios contra los pecados de envidia

Ahora mencionaré los remedios contra el desagradable pecado de la envidia. El primero y más importante consiste en amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, pues, ciertamente, no se puede dar uno sin el otro. Y considera que por prójimo debes entender el nombre de tu hermano. En ver­dad, todos poseemos un padre y una madre carnales, es decir, Adán y Eva; y también un padre espiritual, a saber, el Dios de los Cielos. Todos estamos obligados a amarlo y desearle todos los bienes. Y, en consecuencia, afirma Dios: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», es decir, hasta la salvación de su vida y de su alma.
Todavía más. Le amarás de palabra, le amonestarás y corregirás con dulzura, le confortarás en sus aflicciones, y rogarás por él con todo tu corazón. Y le amarás de obra de tal suerte que por amor le harás a él lo que quisieras te hicieran a ti. Y, por consiguiente, no le lastimarás corporalmente, ni le dañarás de palabra, ni a sus bienes, ni a su alma, incitándole con ejemplos malvados. No desearás a su mujer ni a sus posesiones. También debes comprender que bajo el nombre de prójimo es preciso incluir a los enemigos.
Ciertamente, el hombre tiene la obligación de amar a su enemigo por mandato divino. En efecto, debes amar a tu amigo en Dios. Te lo digo, amarás a tu enemigo por amor de Dios, por su mandato. Pues si resultara razonable que un hombre odiara a su enemigo, Dios no nos recibiría en su amor, pues serían sus enemigos.
Para contrarrestar los tres agravios que el enemigo nos infiere, uno debe corresponder de tres modos. A saber, contra el odio y rencor de corazón, debe colocar el amor de corazón. Contra las reprensiones y palabras dañinas, orará por su enemigo. Y responderá con buenas obras a las malvadas de su enemigo.
Pues Cristo afirma: «Amad a vuestros enemigos, orad por los que os maldicen, y también por los que os acosan y persiguen; y haced el bien a los que os odian». Mira, pues, cómo nos manda Jesucristo que nos comportemos con nuestros enemigos. Pues ciertamente la Naturaleza nos incita a amar a nuestros amigos, y en verdad que nuestros enemigos tienen más necesidad de amor que nuestros amigos. Y, de hecho, los hombres deben volcarse en hacer el bien a los más necesitados, pues, al obrar así, rememoramos el amor de Jesucristo, que murió por sus enemigos. Y cuanto más difícil de cumplir resulta este amor, tanto más grande es el mérito, y, por consiguiente, el amor de Dios ha contrarrestado el veneno diabólico.
Pues así como el diablo es derrotado por la humildad, igualmente el amor hacia nuestros enemigos le hiere mortalmente. Con certeza, pues, el amor es el medicamento que arroja el veneno de la envidia fuera del corazón del hombre. Las subdivisiones de esta sección se explican con más detalle en los siguientes apartados.

Sigue la ira

Después de la envidia paso a describir el pecado de ira. Porque, sin duda, aquel que siente envidia de su prójimo, encontrará de inmediato en él un objeto de ira, de palabra o de obra. Y la ira procede tanto de la soberbia como de la envidia, pues aquel que es orgulloso o envidioso se torna iracundo con facilidad.
Este pecado de ira, tal como lo describe San Agustín, consiste en la malvada voluntad de vengarse de palabra o de obra. Según los sabios, la ira es la ardiente sangre de un corazón inflamado, por la cual uno quiere causar daño a aquel que odia.
Pues, en efecto, el corazón del hombre, por el enardecimiento en incitación de su sangre, se vuelve tan desordenado, que pierde el control de su juicio y de su razón.
Comprenderéis con facilidad que la ira es de dos clases. Una de ellas es buena; la otra, maligna. La primera consiste en el celo por el bien, a través del cual uno se irrita contra la maldad; y, en consecuencia, un hombre prudente afirma que la ira es mejor que la mofa. Esta variedad de ira nace de la benignidad y carece de amargura; no es ira contra el hombre, sino contra sus pecados. Lo afirma el profeta David: «Estremeceos, pero no pequéis».
La ira maligna es de dos clases, a saber: súbita o arrebatada, sin advertencia o consentimiento de la razón. El significado o sentido de esto es que la razón humana no asiente a esta ira arrebatada, y, por consiguiente, es pecado venial. Otra ira -muy aviesa por cierto- es la derivada de la crueldad del corazón, con premeditación y deliberación, con maligna intención de venganza. Y si la razón consiente, entonces se comete pecado mortal. Esta ira no resulta muy agradable a los ojos de Dios: perturba su morada y expulsa al Espíritu Santo del corazón del hombre, y aniquila y destruye la semejanza con Dios -es decir, la gracia que reside en el alma humana- e inserta en él la semejanza con el diablo, alejando al hombre del Creador, su legítimo dueño.
Esta ira otorga al diablo verdadero placer: es el horno demoníaco que se enciende con el fuego del infierno. Pues, sin duda, así como el fuego resulta más eficaz que cualquier otro medio para destruir los objetos materiales, así la ira es poderosa para aniquilar todas las cosas espirituales. Considera cómo esa hoguera de pequeñas ascuas casi amortiguadas bajo las cenizas se reaviva en contacto con el azufre. Así, igualmente, la ira se avivará de nuevo en contacto con el orgullo que recubre el corazón humano. Pues, evidentemente, el fuego no se origina de la nada, sino que reside en la mis­ma cosa de forma natural: el fuego se obtiene del pedernal y del hierro.
De igual suerte acontece con el orgullo: a menudo origina la ira, como el rencor la alimenta y fomenta. Hay una especie de árbol, afirma San Isidoro, que cuando el hombre hace fuego con él, y recubre sus carbones con cenizas, la hoguera dura un año o más. Así acontece con el rencor. Cuando anida en el corazón del hombre, dura ciertamente quizá de una a otra Pascua o más. Pero sin duda que semejante hombre, durante este periodo, está muy alejado de la misericordia de Dios.
La anteriormente mencionada hoguera diabólica está alimentada por tres malvados: el orgullo, que siempre enciende y aviva el fuego con palabras aviesas y contenciosas; sigue la envidia, que mantiene un hierro candente en el corazón humano con un par de largas tenazas de hondo rencor; y finalmente, el pecado de rebelión, o pendencia y querella, que lo azuza y forja con aviesos reproches.
Este maldito pecado perjudica tanto al hombre mismo como a su prójimo. Pues, sin duda, casi todo el daño que el hombre ocasiona a su prójimo proviene de la ira. En verdad, la ira desatada hace ejecutar todo lo que el diablo ordena, pues no deja a salvo ni a Cristo ni a su dulce Madre.
Y, por desgracia, con este enfado o ira desatados, muchos sienten su corazón lleno de inquina hacia Jesucristo y hacia sus santos. ¿No es éste acaso un pecado perverso? Ciertamente lo es. Por desgracia, priva al hombre de su entendimiento y razón, y de toda la bondad de su vida espiritual que debería proteger a su alma. Sin duda, también le arrebata el debido señorío del bien, que reside en el alma del hombre, y el amor al prójimo. Asimismo lucha siempre de continuo contra la verdad, le roba la paz de su corazón y trastorna su alma.
De la ira se originan esos pestilentes engendros. En primer lugar, el odio, que es la antigua ira; luego, la discordia, por la cual uno deja a su antiguo amigo al que ha amado tanto tiempo. A continuación vienen las guerras, y todos los perjuicios -tanto corporales como materiales- que uno ocasiona al prójimo.
De este maldito pecado de ira también proceden los homicidios. Comprended que el homicidio, es decir, el asesinato, se ejecuta de formas diversas. Algunos homicidios son espirituales; otros, corporales.
El homicidio espiritual es de tres especies. La primera procede del odio. Tal como afirma San Juan: «El que odia a su hermano es un homicida». La difamación es también homicidio. De los maledicentes afirma Salomón que tienen dos espadas con las cuales exterminan a sus prójimos. Pues, sin duda, tan avieso resulta arrebatar su buen nombre como su vida. También es homicidio el dar un consejo malvado y fraudulento y el imponer impuestos y tributos dañinos. Sobre ello afirma Salomón: «Estos crueles señoríos son como leones rugientes y hambrientos», pues retienen o recortan las pagas, salarios o gajes de sus sirvientes, o también practican la usura o se abstienen de dar limosnas a los menesterosos. Por ello, el hombre sabio afirma: «Alimentad a aquel que está a punto de perecer de hambre»; si no lo alimentas, lo sacrificas. Y todos éstos son pecados mortales.
El homicidio corporal se produce de cuatro formas. Uno es legal: la justicia condena a muerte a un culpable. Sin embargo, cuide la justicia en obrar correctamente, y que no lo haga por el placer de verter sangre, sino para mantener la ley. El segundo homicidio es el de necesidad. En tal caso uno mata a otro -no hay otro modo de evitar la muerte- en de­fensa propia. Pero resulta indudable que si se puede uno escapar sin dar muerte a su atacante y lo mata, comete pecado, y deberá hacer penitencia por pecado mortal.
También si un hombre por azar o por casualidad lanza una piedra con la que mata a un hombre, es un homicida. Igualmente, si una mujer se acuesta sobre su hijo durante la noche por negligencia, es una homicida y comete pecado mortal. Asimismo si uno impide la concepción de un ser, y vuelve estéril a una mujer mediante brebajes de hierbas venenosas -por culpa de ellas no puede concebir- o da muerte a un niño con brebajes emponzoñados, o introduce ciertos objetos en sus partes privadas para matar al feto, o peca contra la Naturaleza -el hombre o mujer arroja el esperma de modo o lugar que la concepción no se pueda llevar a cabo-, o si una mujer que ha concebido asesina a su hijo dañándose a sí misma, es homicida.
¿Qué decir también de las preñadas que asesinan a sus hijos por el temor del qué dirán? Sin duda, es un horrendo homicidio. También es homicidio si un hombre se acerca a una mujer con deseos lujuriosos, y por ello el niño perece, o también si golpea a sabiendas a una mujer, lo que ocasiona la muerte del niño. Todos estos actos son homicidios y horrendos pecados mortales.
De la ira también se derivan muchos otros pecados, tanto de palabra como de pensamiento y obra. Por ejemplo, aquel que vitupera a Dios, o le echa las culpas por algo de lo que sólo él es culpable, o desprecia a Dios y a sus santos, como hacen esos malditos jugadores en numerosas comarcas. Cometen este maligno pecado cuando albergan en su corazón sentimientos de entera maldad hacia Dios y sus santos. También, cuando tratan de forma irreverente al sacramento eucarístico: este pecado es de tal gravedad, que a duras penas puede ser perdonado, si no fuese que la misericordia de Dios sobrepasa a todas las acciones. Tan grande y benigno es Él.
De la ira también se deriva la furia venenosa. Cuando a uno se le amonesta en la confesión a abandonar el pecado, entonces se pone iracundo y contesta con menosprecio y enfado, y defiende y excusa su pecado por la debilidad de su carne, o por haber pecado para congraciarse con sus camaradas, o también, dice, porque el maligno le sedujo; o que lo hizo por su juventud, o porque era de temperamento tan fogoso que no se pudo controlar, o que tal es su destino a cierta edad; o porque asegura se deriva de la casta de sus antepasados y otras cosas por el estilo.
La gente de tal clase se recubre de tal forma con sus pecados, que no quiere desembarazarse de ellos. Pues, sin duda, ninguna persona que se autoexcusa arteramente de sus pecados podrá liberarse de ellos hasta que los reconozca humildemente.
Después de este pecado viene el de jurar, que va directamente contra el mandamiento de Dios: esto acontece a menudo por ira y por cólera. Dios declara: «No tomarás el nom­bre de Dios en vano». También Nuestro Señor Jesucristo afirma en palabras de San Mateo: «No juréis de ninguna manera: ni por el Cielo, pues es el trono de Dios, ni por la Tierra, pues es el escabel de sus pies, ni por Jesucristo, pues es la ciudad del gran Rey. Ni tampoco juréis por vuestra cabeza, pues no está en vuestra mano el hacer blanco o negro un solo cabello. Sea, pues, vuestro modo de hablar sí sí, no no; que lo que pase de esto, de mal principio proviene».
Por amor de Cristo no juréis tan pecaminosamente de modo que desmembréis de modo inicuo el alma, corazón, huesos y cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, ciertamente, parece que os figuráis que los malvados judíos no desmembraron ya suficientemente la preciada persona de Cristo para que todavía lo hagáis vosotros.
Si aconteciera que la ley os impeliera a prestar juramento, guiaros entonces por la ley de Dios, tal como dice Jeremías en el capítulo cuarto: «Observarás tres condiciones: jurarás con verdad, con justicia y con rectitud». Es decir, jurarás en verdad, pues toda mentira va contra Jesucristo, ya que Cristo es la verdad misma. Y piensas bien esto: que todo aquel que jura sin estar obligado por la ley conservará en su casa esta plaga mientras cometa juramentos ilegítimos.
Jurarás también con justicia cuando estés obligado por tu juez a ser testigo de la verdad. Tampoco jurarás ni por envidia, ni por favor, ni por soborno, sino por rectitud y para declarar, para gloria de Dios y ayuda de los cristianos. Y, en consecuencia, todo hombre que toma el nombre de Dios en vano, jura de palabra en falso, toma sobre sí mismo el nombre de Cristo para llamarse cristiano, y no vive de acuerdo con los ejemplos de Cristo y sus enseñanzas, toma el nombre de Dios en vano.
Considera también lo que San Pedro afirma en los Hechos (cap. IV): Non est aliud nomen sub coelo, etc. «No hay otro nombre -afirma San Pedro-- bajo el cielo dado a los hombres por el cual puedan ser salvos.» Es decir, por el nombre de Jesucristo. Considerad también cómo por el preciado nombre de Cristo, como afirma San Pablo en su Epístola a los filipenses (cap. II): E nomine Jesu, etc. «Que al nombre de ] esús se doblen todas las rodillas de los seres celestiales, o terrenos, o de los infiernos, pues es tan sublime y digno de reverencia, que el maligno en los infiernos tiembla al oírlo».
Entonces parece que los hombres juran tan horriblemente por su nombre, lo desprecian todavía con más atrevimiento que los malvados judíos, o incluso el diablo, que al oír su nombre tiembla.
Así, pues, ya que el jurar, a menos que sea en juicio, está tan terminantemente prohibido, mucho peor será el hacerlo en falso y sin necesidad. ¿Qué vamos a decir de aquellos que se deleitan en jurar y consideran esa costumbre como varonil y novedosa y que no cesan de formular grandes juramentos, aunque sea por una causa fútil? Sin duda, es éste un horrible pecado.
El jurar repetidamente sin premeditación es también pecado. Pero consideremos ahora el horrendo pecado del exorcismo y del conjuro, tal como hacen esos falsos exorcistas y practicantes de la nigromancia en baldes de agua o sobre objetos relucientes, círculos, o sobre la hoguera o un omóplato de oveja. Sólo puedo afirmar que obran con maldad y de modo condenable en contra de Cristo y de la fe de la Santa Iglesia.
¿Qué vamos a decir de los que creen en las adivinaciones a través del canto o del vuelo de los pájaros, o de las bestias, o en el echar suertes, o en el chirriar de las puertas o en el crujir de las casas, en las roeduras de los ratones y otras vilezas semejantes? Ciertamente, todo esto lo prohíbe Dios y la Santa Iglesia. Todos los que se adhieren a estas inmundas creencias están recusados hasta que se enmienden. Los hechizos para las heridas y enfermedades humanas o animales, caso de surtir algún efecto, es por un azar tolerante de Dios, por lo que la gente debería dar más crédito y reverencia a su nombre.
Mencionaré, acto seguido, a la mentira que, por lo común, resulta de utilizar una palabra con falso significado con el propósito de engañar a los correligionarios. Algunas mentiras no producen ventaja alguna a nadie; otras originan bienestar y provecho a uno y malestar y perjuicio a otro. Otras veces se miente para salvaguardar la vida o la hacienda. Otras se miente por el placer de mentir, y, a tal efecto, urdirán una larga trama que adornarán con todo detalle, a pesar de que todo es falso. Otras mentiras se derivan del mantener la palabra; otras, de la ligereza impremeditada y cosas por el estilo.
Vayamos ahora al vicio de la adulación, que no fluye voluntariamente a no ser por temor o por codicia.
La adulación consiste en una falsa alabanza. Los aduladores son las nodrizas diabólicas que alimentan a sus hijos con la leche de la lisonja. Pues es verdad que Salomón afirma que la lisonja es peor que la detracción. A veces la detracción convierte en más humilde a un hombre arrogante por temor a la misma detracción. Es cierto que la adulación vuelve al hombre más altanero de pensamiento y de porte. Los aduladores son los hechiceros diabólicos, pues hacen pensar a uno de si mismo que no hay nadie comparable a él. Son como judas: traicionan a uno para venderlo a sus enemigos, es decir, al diablo. Los aduladores son los capellanes diabólicos que cantan el Placebo. Detecto la adulación en los pecados de ira, pues, a menudo, si un hombre está encolerizado con otro, entonces adulará a alguien para que le apoye en su lucha.
Mencionaremos a continuación las maldiciones que brotan de un corazón iracundo. En general, la maldición consis­te en todo género de potencia dañina. El maldecir de este modo despoja al hombre, tal como afirma San Pablo, del reino de Dios. Y muy a menudo, ésta recae sobre el mismo maledicente, cual pájaro que regresa de nuevo a su mismo nido. En particular, los hombres han de evitar maldecir a sus hijos y entregar su propia prole al diablo, en cuanto a ellos corresponda: el hacerlo es ciertamente peligroso y constituye pecado grave.
Hablemos a continuación de la querella y de los reproches, que constituyen gravísimas heridas en el corazón humano, pues deshacen las costuras de la amistad en el corazón del hombre. Porque, en efecto, a duras penas puede alguien estar de acuerdo con aquel que, mediante la calumnia, le ha injuriado e increpado abiertamente. Como afirma Jesús en el Evangelio, es gravísimo pecado.
Y considérese igualmente al que censura a los demás o reprocha a otra persona algún triste defecto corporal, como «leproso», «jorobado», «villano» o algún pecado cometido. Si le reprocha el daño que sufre, entonces dirige la reprimenda a Jesucristo Nuestro Señor, pues el mal es fruto de un justo y consentido mensaje divino, sea la lepra, lesión o enfermedad.
Si se censura implacablemente al hombre por su pecado llamándole «lascivo», «borrachín» y otros calificativos por el estilo, en este caso cae en la regocijada esfera del demonio, que siempre se alegra cuando el hombre peca. Sin duda, la censura sólo puede brotar de un corazón vil: con mucha frecuencia, de la abundancia del corazón habla la boca.
Y debéis comprender esto: siempre que un hombre deba reprender a otro, ha de evitar la censura y el reproche. Pues, ciertamente, si no adopta precauciones, puede reavivar con suma facilidad el fuego de la ira y de la cólera, en vez de apagarlo, y quizá sacrifique a aquel a quien pudo corregir con benevolencia. Tal como afirma Salomón: «Una lengua afable es el árbol de la vida», a saber, la vida espiritual.
Indudablemente, un deslenguado mata el alma del que censura y también del censurado. Observad la advertencia de San Agustín: «No existe nada tan parecido al hijo del diablo como aquel que regaña con frecuencia.»
San Pablo también añade: «El reprender no es adecuado a un siervo de Dios». Y ya que la riña es cosa villana entre toda suerte de gentes es, sin duda, todavía más impropia en­tre marido y mujer, pues entonces jamás reina la tranquili­dad. Y por tal motivo comenta Salomón: «Casa descubierta y con goteras y mujer reñidora son parejas». El hombre que mora en casa con muchas goteras, aunque evite las de un lugar, otras caerán sobre él en otro sitio. Así acontece con la mujer reñidora: si no riñe con él en una ocasión, lo hará en otra. Y así, «mejor es un bocado de pan con alegría que casa llena de suculencias con discordias», manifiesta Salomón. Tal como dice San Pablo: «¡Oh vosotras, mujeres, permaneced sujetas a vuestros maridos de modo conveniente! Y vosotros, esposos, amad a vuestras esposas» (A los colosenses, cap. III).
Pasemos, acto seguido, a mencionar el desprecio. Es éste un depravado pecado, especialmente cuando se desprecia a un hombre por su bien obrar. Ya que, ciertamente, los que desprecian se comportan como el repugnante sapo, que es incapaz de soportar el suave aroma de una vid en flor. Estos desdeñosos son copartícipes del diablo, ya que sienten gran alegría si el demonio gana y gran pena si sale derrotado. Son enemigos de Jesucristo, pues odian lo que Él ama, es decir, la salvación de las almas.
Hablemos ahora del mal consejo. Aquel que da un mal consejo es un traidor, ya que engaña a quien en él confía, como Achitofel a Absalón. Pero, no obstante, un mal consejo opera, en primer lugar, contra él mismo. Como afirma el sabio, toda falsa forma de vida tiene una propiedad inherente: que al pretender dañar a otro hombre se perjudica a sí mismo en primer lugar. Y es preciso saber que el hombre no ha de recibir consejo de personas mentirosas, ni de gente iracunda ni apesadumbrada, ni de la que notoriamente ama su propio provecho de modo desmesurado, ni de la excesivamente mundana, en especial por lo que se refiere a los con­sejos espirituales.
Viene ahora el pecado de los sembradores e introductores de discordia entre su prójimo -pecado éste que Jesucristo aborrece de plano. Cosa nada sorprendente, pues Él mismo murió para pacificar. Infieren ellos a Jesucristo mayor afrenta que quienes le crucificaron, pues Dios quiere que la armonía reine entre los hombres, ya que la estimó más que a su propio cuerpo, entregado por la unidad. Por consiguiente, los que están dispuestos a sembrar la discordia son comparables al diablo.
Viene luego el pecado de doblez en el que incurren los que hablan bien ante los demás y mal detrás de ellos; y también los que aparentan hablar con buenas intenciones o por chanza o broma y, con todo, albergan torcidos propósitos.
También está el que divulga confidencias, y es uno, por ende, difamado. De hecho, es muy difícil resarcirse de los daños.
La amenaza, que viene a continuación, es una tremenda locura, pues el que amenaza a menudo, amaga, en muchísimas ocasiones, más de lo que puede llevar a cabo.
¿Y qué decir de las palabras ociosas? El que las profiera, al igual que el que las oye, no obtiene provecho alguno. Pues por palabras ociosas entendemos las que no son necesarias o sin intención de obtener algún provecho natural. Y aunque esas palabras ociosas constituyen pecado venial, con todo, deberíamos desconfiar, ya que de ellas daremos cuenta a Dios.
Sigue después la murmuración, que siempre es pecado. Como afirma Salomón: «Es un pecado de completa locura.» Y, por consiguiente, cuando a un sabio le preguntaron cómo los hombres pueden agradar a sus congéneres, él les contestó: «Obrad con frecuencia el bien, y murmurad poco». ­
A continuación viene el pecado de los burlones, que son los monos diablo, pues hacen reír a la gente con sus gracias, como con las monadas de aquellos animales. San Pablo prohíbe este proceder. Considerad cómo esas santas y virtuosas palabras confortan a los que se esfuerzan al servicio de Jesucristo. Así las malvadas palabras y pullas de los chistosos confortan a los que están al servicio del diablo. Todos estos pecados de la lengua se derivan de la ira y de otros vicios.

Siguen los remedios contra los pecados de ira

El remedio contra la ira es la virtud que los hombres llaman mansedumbre. Ésta consiste en la afabilidad y también en lo que se ha venido a denominar paciencia o tolerancia.
La afabilidad aleja y modera las apetencias y apetitos íntimos de la naturaleza humana de tal modo que no surgen ni por cólera ni por ira. La resignación acepta como mansedumbre todas las molestias e injusticias provenientes del hombre que afectan al exterior de la persona.
San jerónimo afirma, por consiguiente, que la afabilidad no causa ni dice daño a nadie, ni por cosa dañina que los hombres hagan o digan, no se enciende contra la razón. Esta virtud es, a veces, natural, pues, como afirma el filósofo, el hombre es muy sensible, de natural afable y capaz de ser dirigido hacia la bondad; pero cuando la afabilidad está conformada por la gracia, entonces es todavía más paciente.
La paciencia -el otro remedio contra la ira- es una virtud que soporta con dulzura todas las cualidades humanas y, al mismo tiempo, no se irrita por mal alguno que se le ocasiona. El filósofo afirma que «la paciencia es aquella virtud que soporta con agrado todos los ultrajes de la adversidad y todas las palabras malignas». Esta virtud hace al hombre se­mejante a Dios y lo transforma en hijo predilecto suyo, tal como afirma Jesucristo.
Tal virtud desconcierta a tu enemigo, pues, tal como explica el hombre sabio: «Aprende a sufrir si quieres vencer a tu enemigo».
Y has de saber que el hombre soporta cuatro tipos de agravios exteriores. Contra ellos debe adoptar cuatro formas de paciencia.
El primer agravio procede de las palabras malignas. Este es el agravio que Jesucristo sufrió sin quejarse, con toda paciencia, cuando los judíos le despreciaron y reprendieron con tanta frecuencia. Soporta, pues, pacientemente, ya que el hombre sabio afirma que «si luchas con un necio, por más que éste esté alegre o iracundo, no tendrás descanso».
El otro agravio exterior consiste en causar perjuicio a tus propiedades. Esto lo sufrió Jesucristo con mucha paciencia al ser despojado de todas sus posesiones en vida, sus vestidos incluidos.
El tercer agravio consiste en dañar el cuerpo de alguien. Eso lo padeció Cristo durante toda su pasión con gran mansedumbre. La cuarta afrenta es el ultraje de obra. Por consiguiente, afirmo que la gente que somete a sus subordinados a trabajos excesivos, o en días inadecuados, como en los fes­tivos, comete ciertamente pecado grave. Eso mismo también lo padeció Jesucristo de modo muy paciente, y con ello nos enseñó a tener resignación, al llevar sobre sus benditos hombros la cruz en la que iba a sufrir muerte ignominiosa. De ello la Humanidad puede aprender a ser paciente, pues ciertamente no sólo los cristianos son pacientes por el amor de Jesucristo y por el galardón de la vida beatífica perdurable; de hecho, los mismos paganos que jamás fueron cristianos recomendaron y practicaron esta virtud.
En cierta ocasión un sabio que quería azotar a un discípulo suyo por un importante error que le había irritado sobremanera trajo un bastón para azotar al niño. Cuando éste vio el bastón, le espetó a su maestro:
-¿.Qué piensas hacer?
-Te voy a azotar para que te enmiendes -le replicó su maestro.
Verdaderamente -contestó el niño-, primero debes corregirte a ti mismo por haberte impacientado por culpa de un niño.
-Gran verdad es ésta -comentó el maestro con grandes lloros-. Hijo mío, aquí tienes el bastón y corrígeme por mi poca paciencia.
De la paciencia se deriva la obediencia, por la cual el hombre es sumiso a Cristo y a todos aquellos a quienes debe ser obediente en Cristo. Y acepta perfectamente que la obediencia entera implica el ejecutar voluntariamente y con prontitud, con alegría de corazón, todas sus obligaciones. Mediante esta virtud llevamos a la práctica la doctrina de Dios y de los superiores, a los cuales debemos someternos con toda justicia.

Sigue la pereza

Después del pecado de ira y envidia, mencionaré el de la pereza. Pues si la envidia ciega el corazón del hombre, y la ira lo desestabiliza, la acidia o pereza le toma pesado, malhumorado y colérico. La envidia y la ira dejan un poso de amargura en el corazón; esa amargura es madre de la acidia y priva al amor de toda bondad. De modo que la pereza consiste en la angustia de un corazón turbado. Sobre ella afirma San Agustín: «Es el pesar de lo bueno y alegría de lo malo».
De hecho, este pecado es digno de vituperio, pues ocasiona una ofensa a ]esucristo en tanto en cuanto aleja al hombre de su fiel y diligente dependencia de Jesucristo, tal como afirma Salomón. Pero la acidia no practica esta diligencia; al contrario, ejecuta todo a disgusto y con tristeza, dejadez y falsa excusa, con holgazanería y desgana. Por todo lo cual dice la Escritura: «Maldito sea quien cumple el servicio de Dios con negligencia».
En consecuencia, la acidia se opone a todo estado del hombre. Uno es el de inocencia, como lo fue el de Adán antes de la caída, estado que le impulsaba a adorar y alabar a Dios; otro estado es el del hombre pecador, en el cual las personas están obligadas a adorar y alabar a Dios para que se le remitan sus faltas y para que Él les conceda el verse libres de ellas; el tercer estado es el de gracia, y en él uno está obligdo a hacer penitencia.
Sin duda, la acidia es contraria y opuesta a todas estas cosas, ya que no se deleita en diligencia alguna. Así, pues, de hecho, este inicuo pecado de acidia es a la vez enemigo acerrimo de la vida corporal, pues no toma providencia alguna acerca de las necesidades del cuerpo, pues por su negligencia dilapida, arruina y destruye todos los bienes temporales.
La cuarta característica es la pereza; por ella uno se asemeja a los condenados del infierno por culpa de su holgazanería y vagancia, ya que éstos están tan esclavizados, que son incapaces de actuar o pensar bien. La pereza es la primera causa que obstaculiza o impide el que el hombre realice el bien, y, por ello, tal como dice San Juan, Dios considera abominable tal pecado.
A continuación viene la indolencia, que se resiste a acep­tar cualquier molestia o sufrimiento. Pues en verdad la indo­lencia es tan delicada y sensible que, como afirma Salomón, con ella el hombre se resiste a soportar incomodidades o molestia alguna y, por ende, destruye todo cuando se hace.
Contra este corrumpido pecado de acidia e indolencia el hombre debería ejercitarse en obrar el bien, y acumular coraje virtuoso y varonil, pensando que Jesucristo Nuestro Señor recompensa toda buena acción por mínima que sea.
La costumbre del trabajo es algo muy grande, ya que hace, como afirma San Bemardo, que el trabajador posea fuertes brazos y recia musculatura; la indolencia, por el contrario, los vuelve débiles y delicados.
Viene después el temor de comenzar a obrar el bien, pues, ciertamente, el que es proclive al pecado se figura que acometer buenas acciones es notoria empresa y se imagina que las circunstancias del bien obrar son tan incómodas y fatigosas de aguantar, que no se atreve a emprender el camino del bien,, tal como afirma San Gregorio.
A continuación tenemos la esperanza vana, que consiste en desesperar de la divina misericordia, la cual, a veces, tiene su origen en una pena exacerbada; y en otras, en un exagerado temor, pensando que uno ha pecado tanto, que esa misericordia resultará inútil, aunque uno se arrepienta y abandone la senda del pecado. Como afirma San Agustín, esta clase de miedo desesperado entrega el corazón a toda suerte de pecados. Si este vituperable pecado llega a su culminación, se denomina pecado contra el Espíritu Santo. Esta terrible falta es tan peligrosa, que si uno está sumido en ella, no alberga temor alguno en cometer cualquier felonía o pecado.
Por consiguiente, éste es, sobre todos los pecados, el más desagradable y opuesto a Jesucristo. De hecho, el que desespera se asemeja a un campeón cobarde y apocado que admite la derrota sin necesidad. ¡Ay, ay! Su desespero y su cobardía resultan vanos. Sin duda, la misericordia divina siempre está dispuesta a perdonar a cualquier penitente y es superior a todas sus obras. Por desgracia, ¿no puede el hombre meditar sobre el Evangelio de San Lucas (cap. XV), donde, como afirma Cristo, «habrá en el Cielo el mismo júbilo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia»?.
Considerad igualmente, en el susodicho Evangelio, el jolgorio y alegría de aquel buen hombre cuando su hijo, pródigo y arrepentido, regresó a la casa paterna. ¿No puede la Humanidad recordar también, como relata el Evangelio de San Lucas (cap. XXIII), cuando el ladrón que fue crucificado junto a Jesucristo dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino»? La respuesta de Jesucristo fue ésta:
«En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso».
En efecto, no existe falta humana alguna que no pueda ser destruida en vida por la penitencia, en virtud de la pasión y muerte de Jesucristo. Así, pues, ¿por qué desesperarse si la misericordia divina está tan dispuesta y es tan magnánima? Pedid y se os dará.
Luego viene la somnolencia, a saber, el sueño indolente que causa en el hombre modorra y torpeza corporal y espiritual. Este pecado tiene su origen en la pereza. En verdad, de acuerdo con los postulados de la razón, no se debe dormir por la mañana, a menos de causa justificada. Sin duda, las horas matutinas son las más adecuadas para que el hombre se ponga en oración, para pensar en Dios y honrarle y dar limosna al primer menesteroso que llega en nombre de Jesucristo. Mirad lo que declara Salomón: «El que por la mañana esté despierto y me busque, me hallará».
A renglón seguido viene la negligencia o dejadez, que no se preocupa de nada. Y del mismo modo que la ignorancia es la madre de todos los males, la negligencia es, sin duda, la nodriza del mismo. La negligencia no se preocupa de si se obra bien o mal al ejecutar una acción.
Referente al remedio de estos dos pecados, el sabio declara lo siguiente: «Quien teme a Dios no se abstiene de ejecutar lo que debe.» Y quien ama a Dios se mostrará diligente en agradarle y dedicarse con todas sus fuerzas al bien obrar.
Sigue después la ociosidad, que es la puerta de todos los males. El hombre ocioso se asemeja a un lugar sin cercas: el diablo puede penetrar por cualquier lado y disparar sobre él, indefenso, ocasionándole toda suerte de tentaciones. Esta ociosidad es el albañal de todos los malos e inicuos pensamientos y de todas las murmuraciones, necedades y de toda impureza. Ciertamente el Cielo lo alcanzan quienes se esfuerzan, no así los ociosos. Además, David declara que «los que están en la labor de los hombres, no serán azotados con los hombres», es decir, en el purgatorio. Parece, pues, que si ésos, por tanto, no hacen penitencia, serán atormentados con el demonio en el infierno.
A continuación tenemos el pecado que los hombres denominan tarditas. Éste consiste en la tardanza o aplazamiento excesivo del hombre en desear volver a Dios. Verdaderamente este pecado constituye gran insensatez. Es como si alguien cayera en una fosa y no quisiera levantarse. Y este pecado se origina en una falsa esperanza: uno piensa que gozará de larga vida; pero esta esperanza falla con mucha frecuencia.
Sigue después la holgazanería. Ésta consiste en iniciar una buena acción y a continuación dejarla y abandonarla de inmediato, como hacen los que deben supervisar a una persona y no cuidan de ella en cuanto surge cualquier tropiezo o molestia. Éstos son los párrocos modernos que, a sabiendas, dejan que sus ovejas vayan corriendo hacia el lobo que se halla agazapado entre breñales, o descuidan su propio ministerio. De todo ello se deriva la pobreza y la destrucción de todo, tanto al nivel espiritual como temporal.
Acto seguido viene una clase de frialdad que congela por entero el corazón del hombre. Le sigue la poca devoción que ciega al hombre de tal modo que, como afirma San Bernardo, su alma adquiere tal languidez, que le resulta imposible leer o cantar en los lugares sagrados, u oír o meditar sobre devoción alguna, o dedicarse a cualquier obra buena manual, y todo lo encuentra desabrido y pesado. Se toma, pues, lento y somnoliento, y pronto a la cólera y rápidamente proclive a la envidia y al odio.
Sigue a continuación el pecado de la mundana aflicción que se denomina melancolía. Como declara San Pablo, mata al hombre. Pues, efectivamente, tal aflicción origina la muerte corporal y espiritual, ya que de ella proviene el que uno se asquee de la propia existencia. Semejante pesar abrevia con muchísima frecuencia la vida humana antes de que llegue su hora por vía natural.

Remedio contra el pecado de acidia

Contra este terrible pecado de acidia y sus correspondien­tes ramificaciones existe una virtud, la fortitudo o fortaleza, que es una inclinación a menospreciar todo lo molesto. Esta virtud es tan poderosa y fuerte, que se atreve a resistir con eficacia y a evitar discretamente las ocasiones peligrosas, así como a luchar contra las asechanzas del maligno. En efecto, vitaliza y refuerza el alma, de igual modo que la pereza la rebaja y debilita: la fortaleza sabe sufrir con perseverante paciencia las tribulaciones que sean menester.
Esta virtud es de variadas clases. La primera se denomina magnanimidad, es decir, grandeza de ánimo. Pues, indudablemente, se precisa gran fortaleza contra la pereza, para que ésta no devore el alma mediante el pecado de melancolía o la aniquile por la desesperación. Esta virtud lleva a la gente a emprender tareas difíciles y costosas, por voluntad propia, siempre de forma prudente y razonable. Y por cuanto el diablo combate al hombre más con artificio y astucia que a base de fuerza, por consiguiente, los hombres han de oponérsele con la inteligencia, la razón y el buen sentido.
Siguen después las virtudes de la fe y esperanza en Dios y sus santos. Con su ayuda se llevan a cabo y realizan las buenas obras en las que uno se propone perseverar con firmeza.
A continuación se encuentra la seguridad o firmeza mediante la cual uno no vacila en afanarse en el futuro con las buenas obras comenzadas.
Sigue luego la magnificencia, a saber, el que uno lleve a cabo y realice numerosas obras buenas. Y ésta es la finalidad por la que se han de llevar a cabo las buenas obras, ya que mediante su realización se obtiene un gran galardón.
Viene, a renglón seguido, la constancia, es decir, la firmeza de voluntad, que debe hallarse en todo corazón con fe inquebrantable, así como en las palabras, comportamiento, aspecto y obras.
Asimismo existen remedios especiales contra la pereza en diferentes obras, y en la meditación sobre las penas del infierno y los goces del cielo, y en la confianza en la gracia que le otorgará el Espíritu Santo para ejecutar sus buenos propósitos.

Sigue la avaricia

Después de la pereza mencionaré a la avaricia y a