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SECCIÓN SÉPTIMA
EL CUENTO DEL MARINO.
SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA.
PRóLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA.
EL CUENTO DE LA PRIORA.
LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER
EL CUENTO DE SIR TOPACIO.
INTERRUPCIÓN.
EL CUENTO DE MELIBEO.
LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MONJE.
EL CUENTO DEL MONJE.
PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.
EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.
EPÍLOGO AL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS.
1. EL CUENTO DEL MARINO
En Saint Denis vivió una vez un comerciante muy rico, al que, dada su riqueza, se le tenía por astuto. Su esposa era de una gran belleza, muy sociable y a la que gustaban sobremanera las reuniones (cosa que origina más gastos de lo que valen todas las cortesías y halagos que prodigan los hombres en fiestas y bailes). Estas frases corteses y estos saludos pasan como sombras chinescas y compadezco al que tiene que pagar por ellos. Siempre es el pobre marido al que le toca rascarse el bolsillo. Para su propio crédito debe adornarnos a nosotras, las mujeres, con los vestidos y joyas que utilizamos en los bailes. Y si resulta que no puede o no quiere correr con el gasto y piensa que es un despilfarro, entonces alguien tiene que pagar el pato o prestarnos dinero, y ahí es donde halla el peligro.
Este excelente comerciante poseía una casa con mucha servidumbre. Os quedaríais maravillados de la cantidad de personas que acudían a ella, gracias a la hospitalidad de su esposa o debido tal vez a su gran belleza. Pero dejad que prosiga el relato. Entre sus diversos invitados -venían de todos los rangos- había un monje, tipo osado y guapetón, de unos treinta años, según creo, que frecuentaba muchísimo la casa. Este apuesto monje se había familiarizado hasta tal punto con el buen hombre que, desde que se conocieron, llegó a gozar en la casa del amigo de la máxima intimidad.
Como que tanto el comerciante como el monje habían nacido en el mismo pueblo, el monje reclamó un parentesco, que el comerciante, a su vez, nunca negó, pues le daba placer a su corazón y le hacía tan feliz como a un pájaro en primavera. Así fue como quedaron unidos por una eterna amistad y se juraron recíprocamente considerarse hermanos de por vida.
Este monje, el hermano Juan, era un derrochador empedernido cuando se alojaba en la casa. Mostraba gran ahínco en ser generoso y resultar agradable, y nunca se olvidaba de dar propina, aunque fuese al paje de menos categoría en el lugar. Siempre que iba, daba a su anfitrión y a cada uno de los criados un regalo adecuado a su posición en la casa. Con lo que los criados estaban tan contentos de su llegada como los pájaros del amanecer. Y de esto ya basta, por el momento.
Sucedió que un día el comerciante dispuso lo necesario para marcharse a la ciudad de Brujas a comprar mercancías, por lo que envió al hermano Juan un mensajero a París invitándole a pasar unos días en Saint Denis con él y con su esposa, antes de partir hacia Brujas, como había previsto.
Este excelente monje del que hablo gozaba de la confianza de sus superiores y poseía influencia, por lo que había obtenido permiso del abad para salir a inspeccionar graneros y granjas distantes siempre que quería. Pronto, pues, llegó a Saint Denis. ¿Quién mejor recibido que nuestro hermano Juan, nuestro queridísimo y fino primo? Como de costumbre, trajo consigo un barril de malvasía y otro de dulce vino italiano y, además, una pieza de caza. Voy a dejar ahora al comerciante y al monje comiendo, bebiendo y divirtiéndose de lo lindo durante un día o dos.
Al tercer día, el comerciante se levantó y empezó a prestar atención a sus negocios. Subió a su casa de contabilidad, muy probablemente para ver cómo estaban las cosas para él aquel año, calcular los gastos y establecer si había tenido o no beneficios. Para ello extendió ante sí los libros y las bolsas de dinero encima del mostrador, y [como sea que su tesoro era muy grande] cerró bien la puerta de su casa de contabilidad, dando órdenes al mismo tiempo de que, mientras estuviera allí, nadie le interrumpiera en sus cuentas. Así permaneció encerrado hasta bien tocadas las nueve de la mañana.
El hermano Juan se había levantado también al romper el alba y deambulaba arriba y abajo por el jardín rezando devotamente su oficio. Mientras éste paseaba de un lado para otro, la buena mujer se deslizó al jardín sin ser vista y le saludó como había hecho muchas otras veces anteriormente. Le acompañaba una niña que ella tenía bajo su custodia y que todavía estaba sujeta a su autoridad.
-Hermano Juan, mi querido primo -dijo ella-. ¿Cómo es que te has levantado tan temprano? ¿Pasa algo? -Sobrina -replicó él-, cinco horas de sueño por la noche deberían ser suficientes, excepto para algún anciano fatigado como uno de estos hombres casados que duermen encogidos como una liebre después de ser perseguida sañudamente por una jauría. Pero ¿por qué estás tan pálida, querida sobrina? Estoy segurísimo que nuestro buen amigo ha estado trabajando desde que anocheció. ¿No sería mejor que fuese a tomar un buen descanso?
Al decir eso, lanzó una alegre carcajada y se ruborizó de su propio pensamiento.
Pero la hermosa esposa negó con la cabeza
-Dios lo sabe todo -dijo ella-. No, primo, no es eso en absoluto, sino que en el cuerpo y el alma que Dios me dio, no hay mujer en todo el reino de Francia que obtenga menos placer de este triste juego. Oh, sí, puedo cantar:
¡Ay, y qué triste estoy como jamás he estado!
Pero no me atrevo a contar a nadie lo que me pasa. Realmente estoy tan asustada y preocupada, que he llegado a pensar en salir del país o terminar conmigo.
El monje la miró fijamente.
-¡Ay, sobrina! -le respondió-. Que Dios suprima el miedo o la pena que te puedan impulsar a suicidarte. Pero dime: ¿.cuál es el problema? Quizá pueda yo aconsejarte o ayudarte en tu dificultad. Así que cuéntame tus preocupaciones, que no saldrá de mí. Mira, juro sobre este libro de oraciones que nada me hará jamás traicionar tu confianza mientras viva, para bien o para mal.
-Y yo te digo lo mismo -añadió ella-. Juro por Dios y por este libro de oraciones que aunque me despedazaran nunca diré ni una palabra de lo que tú me digas, incluso si por ello tuviera que ir al infierno, y no por ser primos, sino únicamente por cariño y confianza.
Después de haber efectuado estos juramentos se besaron y empezaron a abrir sus corazones el uno al otro, con toda libertad.
-Primo -dijo ella-, si hubiera tenido tiempo, que no lo he tenido, especialmente en este lugar, te habría contado la historia de un martirio: todo lo que he sufrido de mi esposo desde que me convertí en su esposa, aunque tú eres su primo...
-¡No! -exclamó el monje-. Por Dios y por San Martín, él no es más primo mío que esta hoja que cuelga del árbol. Por San Diomsio de Francia que si así le llamo es únicamente para tener más excusas para verte, pues te amo muy por encima de cualquier otra mujer. ¡Lo juro en mi calidad de monje! Dime lo que te sucede; apresúrate, no sea que baje él, en cuyo caso te vas.
-Querido amor mío -empezó ella-, ¡oh, queridísimo hermano Juan!, preferiría callarme esto, pero debo decirlo: ya no aguanto más. En lo que a mí me afecta, mi marido es el peor hombre que haya vivido jamás desde que el mundo es mundo. Como esposa no está bien que explique a persona alguna sobre nuestros asuntos privados, en la cama o en cualquier otra parte. ¡Dios no permita que diga nada de ellos! Ya sé que una esposa no debería decir nunca nada en descrédito de su marido, pero a ti sólo te diré esto, y que Dios me perdone; de cualquier modo que lo mires, no vale lo que una mosca. Pero lo que más me saca de quicio es su tacañería. Tú sabes muy bien que las mujeres -yo la primera- deseamos instintivamente seis cosas: que nuestros respectivos esposos sean valientes, inteligentes, ricos y también generosos; considerados con sus esposas y fogosos en la cama. Pero, por Nuestro Señor que derramó su sangre por nosotros, resulta que antes del próximo domingo tengo que pagar el vestido que debo llevar, para hacerle quedar bien; cien francos o quedar arruinada. Antes preferiría no haber nacido que soportar el escándalo o la desgracia -aparte de que si mi esposo lo descubre alguna vez, estoy totalmente perdida-, por lo que tengo que pedirte que me prestes esta cantidad, o tendré que morir. Hermano Juan, por favor, préstame estos cien francos, y si lo haces, te juro que no te decepcionaré con mi agradecimiento. Te lo devolveré puntualmente, y si hay algo que quieras, cualquier cosa que te agrade, cualquier servicio que pueda hacer por ti, lo haré, y, si no lo hiciere, que Dios me castigue más que al traidor Ganelón de Francia.
El buen monje replicó con estas palabras:
-Amada mía, estoy verdaderamente apenado por ti. Te doy mi palabra de honor que, cuando tu esposo haya marchado a Flandes, te ayudaré a salir de este pequeño apuro. Te traeré los cien francos.
Entonces, cogiéndola por el talle, la estrechó fuertemente entre sus brazos y la besó una y otra vez.
Vete ahora -dijo él- lo más silenciosamente que puedas y comamos tan pronto consigas arreglarlo, pues por mi reloj6 de bolsillo son las nueve de la mañana. Vete ahora y séme tan fiel como yo lo soy para ti.
-Que Dios no permita que te falte -dijo ella marchándose alegre como una alondra a decir a los cocineros que se apresurasen para poder comer sin más dilación. Entonces subió a ver a su esposo y llamó decididamente a la puerta de la casa de contabilidad.
-¿Quién está ahí? preguntó él.
-Por San Pedro, soy yo -repuso ella-. ¿Cuándo vas a comer? ¿Cuánto tiempo más estarás con tus sumas y cálculos y libros mayores y otras tonterías? ¡Que el diablo lleve las cuentas! ¿Es que Dios no te ha dado ya bastante? ¡Cielos, baja y deja tus bolsas de dinero solas por un rato! ¿No te da vergüenza dejar al hermano Juan ayunando miserablemente toda la mañana? Oigamos misa y luego vayamos a comer.
-Querida esposa -añadió el comerciante-. Qué poco entiendes los intríngulis de los negocios. Por Dios y por San Ivo, apenas si dos de cada doce comerciantes tienen ganancias constantes durante toda su vida de trabajo. Tenemos que poner buena cara a las cosas, mantener las apariencias, vivir nuestra vida lo mejor que podamos y guardar en secreto todos nuestros asuntos del negocio hasta la muerte; y si es preciso, tomar unas vacaciones y salir en peregrinación para escapar de los acreedores. Por esto es necesario que no quite ojo a este mundo tan extraño, pues en los negocios siempre se está a merced de la suerte y de las circunstancias.
»Me voy a Flandes mañana, al romper el alba, pero regresaré lo antes que pueda. Por consiguiente, querida esposa, por favor, sé amable y complaciente con todos. Vigila bien las mercancías y procura que la casa funcione bien, pues dispones de todo lo que se pueda necesitar para ella. No careces de ropa y víveres y tienes mucho dinero en tu bolsa.
Después de decir esto, cerró la puerta de la casa de contabilidad y bajó las escaleras sin dilación. La misa fue celebrada prontamente, las mesas puestas con diligencia y se dirigieron rápidamente a comer, donde el comerciante obsequió espléndidamente al monje.
Poco después de la comida el hermano Juan puso semblante serio y se llevó al comerciante para tener una conversación privada con él.
-Primo, veo que te marchas a Brujas. Que Dios te proteja y San Agustín te guíe. Cuídate cuando cabalgues, primo, y sé moderado en la mesa, especialmente con este calor que hace. No es preciso que hagamos ceremonias, por lo que te deseo buen viaje y que Dios te proteja de todo daño. Y si hubiere algo que quisieras que hiciese por ti, y que yo pueda hacer, no te prives de pedírmelo, que lo realizaré como tú desees.
»Antes de que te vayas hay una cosa que quisiera pedirte, si puedo. ¿Me podrías prestar cien francos durante una semana o dos? Es para ganado que tengo que comprar para una de nuestras granjas que -¡Dios nos salve!- ojalá fuese tuya. Te aseguro que te lo devolveré puntualmente; aunque fuesen mil francos, no te haría esperar ni un cuarto de hora. Sólo te pido que lo mantengas en secreto, pues esta noche todavía tengo que comprar el ganado. Y ahora, queridísimo primo, adiós y mil gracias por tu hospedaje y amabilidad.
El buen comerciante repuso suavemente:
-Hermano Juan, mi querido primo, es algo muy pequeño lo que me pides. Mi dinero es tuyo siempre que lo necesites, y no sólo mi dinero, sino también mi mercancía. Toma lo que desees. ¡No quiera Dios que sea escaso! Pero no es preciso que te diga una cosa sobre nosotros los comerciantes: el dinero es nuestro arado. Podemos conseguir crédito mientras nuestro nombre tenga fama. Pero no es ninguna broma estar corto de dinero en metálico. Devuélvemelo cuando te convenga; me complace poder ayudarte hasta donde pueda.
Entonces fue a buscar los cien francos y sigilosamente se los entregó al hermano Juan. Aparte de él y del comerciante, nadie sabía nada del préstamo. Así que durante un rato bebieron, charlaron y pasearon a sus anchas hasta que el hermano Juan regresó a la abadía montado en su caballo.
A la mañana siguiente, el comerciante se puso en camino hacia Flandes. Su aprendiz resultó un guía excelente y llegaron sin novedad a la ciudad. Y allí se afanó en rematar sus transacciones, efectuando sus compras a crédito. Ni jugó a los dados ni bailó; en pocas palabras, se portó como un comerciante. Por eso le dejo negociando.
El domingo siguiente al de la partida del comerciante el hermano Juan llegó a Saint Denis con una nueva tonsura y una barba acabada de afeitar. Toda la casa, hasta el más pequeño sirviente, se sintió feliz de que el «señor hermano Juan» hubiera regresado. Pero vayamos al grano. La hermosa esposa había hecho este trato con el hermano Juan: había aceptado pasar toda la noche en sus brazos a cambio de los cien francos. Este acuerdo se cumplió escrupulosamente; ambos pasaron la noche alegremente ocupados hasta el alba, momento en que el hermano Juan partió nuevamente después de despedirse de la servidumbre. Ningún miembro de ella albergaba la menor sospecha hacia el monje, ni tampoco ningún habitante de la ciudad. El se encaminó hacia su alojamiento, en la abadía u otra parte. No diré nada más de él por ahora.
Cuando la transacción hubo terminado, el comerciante regresó a Saint Denis, en donde celebró un festejo y se divirtió con su mujer. Ahora bien, le contó que había pagado un precio tan alto por su mercancía que tendría que negociar un préstamo, pues había aceptado pagar veinte mil coronas dentro de muy breve plazo. Por lo que tomó algún dinero y partió hacia París para que sus amigos le prestaran el resto. Cuando llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue ir a hacer una visita al hermano Juan, debido a su gran cariño y afecto por él. No a pedirle ni a tomarle dinero prestado, sino para ver cómo estaba de salud y comentar con él sus tratos comerciales, como suelen hacer los buenos amigos cuando se encuentran. El hermano Juan le acogió muy cordialmente y le otorgó un trato distinguido.
Por su parte, el comerciante le contó con todo lujo de detalles los tratos beneficiosos que -gracias a Dios- había efectuado comprando mercancías. La única pega era que, de algún modo, tenía que conseguir un préstamo para poder vivir tranquilo.
El hermano Juan replicó:
-Me satisface muchísimo que hayas vuelto a tu casa sano y salvo. ¡Ay, Dios mío! Si fuese rico, no te faltarían las veinte mil coronas, pues tú bien me prestaste dinero el otro día. No sé cómo agradecértelo. ¡Por Dios y por Santiago! Sin embargo, yo devolví el dinero a tu buena esposa y lo puse en tu arcón. Ella seguro que lo sabrá por ciertas prendas de agradecimiento que le, haré recordar. Y ahora, si me perdonas, no puedo estar más tiempo contigo, pues nuestro abad está a punto de partir de la ciudad y debo reunirme con su séquito. Da recuerdos a tu buena esposa, mi dulce sobrina. Y ahora, adiós, primo, hasta la vista.
El comerciante, un hombre astuto y sensato, tomó prestado a crédito y luego hizo el pago a través de unos banqueros lombardos de París, que le devolvieron la fianza. Contento como unas pascuas regresó a su hogar, pues sabía que, a pesar de los gastos que había tenido, volvía a casa con un millar de francos limpios de polvo y paja.
Su esposa estaba junto al portal esperándole como solía hacerlo y pasaron la noche celebrándolo, pues había regresado rico y libre de deudas. Por la mañana, el comerciante volvió a abrazar a su esposa y a besarle la cara, y, ¡puf!, otra vez sintió el hervor de la sangre.
-¡Basta! -exclamó ella-. Ya has tenido bastante. ¿Dónde iríamos a parar?
Pero se volvió hacia él, incitante, hasta que él al final le dijo:
-Realmente estoy un poco molesto contigo, mujer, y me aflige bastante. ¿Sabes por qué? Pues te lo diré: por lo que se tú has sido la causa de cierto enfriamiento entre mi primo y yo. Tenías que haberme advertido que él te ha pagado cien francos a cambio de prendas de mayor valor y ha pensado que no se lo agradecía bastante, cuando le salí a hablar de tomar dinero prestado, o al menos así me lo pareció por la cara que puso. Pero, que el Cielo me sea testigo, nunca pensé pedirle nada. Por lo que, por favor, no lo hagas otra vez, querida; dime siempre antes de que marche si algún deudor ha saldado su deuda en mi ausencia, ya que, de lo contrario, por tu poco cuidado, es posible que le pida lo que ya ha devuelto.
Su esposa, ni asustada ni consternada, replicó seca y decididamente:
-Me importa un rábano este monje embustero, el hermano Juan. ¿Qué me importan sus prendas? Él me trajo una cantidad de dinero, ya lo sé, ¡mala suerte para su bocaza de monje! Nuestro Señor sabe que yo estaba perfectamente segura de que me la había dado por causa tuya, para que la gastase vistiendo alegremente, porque es primo tuyo y por la hospitalidad que ha tenido aquí. Pero ya veo que estoy en una posición falsa, por lo que te daré una respuesta muy corta. Tú tienes peores deudas que yo. Yo te pagaré pronto y enjugaré mi deuda un poco cada día, y si te decepciono, bueno... soy tu mujer: ¡embísteme! Te pagaré en cuanto buenamente pueda. Te doy mi palabra de que no he despilfarrado el dinero, sino que me lo he gastado todo en vestir, y ya que lo he sabido emplear tan bien y todo para hacerte quedar bien, ¡por el amor de Dios!, no estés enojado. Oye, en lugar de enojarte, ríe y sé feliz. Aquí está mi hermoso cuerpo como prenda. No pienso pagarte sino es en la cama. Por lo que, querido, perdóname, date la vuelta y ¡vuelve a sonreír!
El comerciante vio que aquello no tenía remedio: era inútil reñirla por cosas que no podían enmendarse.
Te perdono, querida -dijo él-, pero no te atrevas a dilapidar así otra vez. Y ten más cuidado con mi dinero. ¡Es una orden!
Así termina mi cuento, y que Dios haga que nuestras cuentas cuadren al final de nuestros días.
AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL MARINO
2. SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA
-Bien dicho, Hostia -exclamó el anfitrión-. ¡Vida larga de traficante marino tengas! ¡Que Dios conceda mil carretadas de años malos! ¡Compañeros! ¡Cuidado con estas tretas! ¡Este monje colocó un mono en la capucha del mercader! ¡Y en la sala de su esposa también!
¡Por San Agustín! ¡No deis cobijo a monjes en vuestra casa! Pero dejemos esto y busquemos otro narrador entre este grupo. Y con estas palabras y con modales de doncella dijo: -Señora priora, con vuestro permiso, con tal de no enojarnos, considero que ahora os toca contarnos un cuento, si queréis. ¿Queréis cumplir vuestra obligación?
La priora contestó:
Acepto gustosa. Lo intentaré.
PRÓLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA
¡Señor, Dios nuestro!.
-¡Señor, Señor! ¡Cuán maravilloso es tu nombre en el universo mundo! -dijo-. No sólo te alaban los hombres de elevada dignidad, sino tam bién surge tu alabanza de la boca de los infantes que, al tomar el pecho, también ensalzan tu nombre.
Por consiguiente es en tu honor, y en el del blanco lirio que te engendró, sin ser mancillada por varón, que relato este cuento de la mejor forma posible. No por ello voy a acrecentar su honor, pues ella es, después de su Hijo, la misma fuente de bondad y honra y la misma salvación.
¡Oh Virgen Madre! ¡Madre Virgen de bondad! ¡Oh zarza incombustible, consumiéndose ante Moisés! ¡Tú que hiciste rebajar a la Deidad, gracias a tu humildad, por mediación del Espíritu que iluminó tu corazón! ¡Tú que concebiste al Padre de la Sabiduría!, ¡ayúdame a contar esto con reverencia!
¡Señora! No hay lengua ni saber que expresar puedan tu bondad, magnificencia, virtud y profunda humildad. A veces, tú, Señora, antes de que los mortales acudamos a ti, en tu bondad previsora y con tu intercesión, obtienes luz para cada uno de nosotros de forma que ésta nos guíe hacia tu bendito Hijo.
Mi habilidad descriptiva es escasa, Reina bendita. ¿Cómo voy a proclamar tu dignidad y mantener los argumentos que quiero demostrar? Del mismo modo que un bebé de un año a duras penas puede expresar una palabra, así soy yo. Por consiguiente, ¡ten piedad de mí! ¡Guíame a lo largo del relato que te dedico!
4. EL CUENTO DE LA PRIORA
Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que existía un ghetto. Estaba protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le siguen; la gente podía circular libremente por él, pues la calle no tenía barricadas y estaba abierta por ambos extremos. Abajo, en el extremo más lejano, se levantaba una pequeña escuela cristiana en la que una gran multitud de niños recibían instrucción año tras año. Se les enseñaban las cosas acostumbradas a los niños pequeños durante la infancia, es decir, leer y cantar. Entre ellos se hallaba el hijo de una viuda, un muchachito de siete años, un chico del coro que acotumbraba ir diariamente a la escuela; también solía arrodillarse y rezar una Avemaría como se le había enseñado, siempre que viese la imagen de la Madre de Jesucristo por la calle. Pues la viuda había educado a su hijo a venerar siempre a Nuestra Señora de este modo, y él no lo olvidaba, pues un niño inocente siempre aprende con rapidez. Por cierto que cada vez que pienso en ello, me acuerdo de San Nicolás, que también había reverenciado a Jesucristo en la misma tierna edad.
Cuando este niño pequeño se sentaba en la escuela con su cartilla, estudiando su librito, oía a otros niños que cantaban Alma Redemptoris mientras practicaban con sus libros de himnos. Disimuladamente él se acercó cada vez más, todo lo que se atrevió. Escuchó atentamente la letra y la música hasta que se aprendió el primer verso de memoria. Debido a sus pocos años, desconocía lo que significaba en latín, hasta que un día empezó a pedir a un compañero que le explicase el significado en su lengua materna y por qué se cantaba. Muchas veces se arrodilló ante su amigo rogándole que le tradujese y explicase la canción, hasta que finalmente su compañero mayor le dio esta respuesta:
-He oído decir que la canción fue compuesta para saludar a Nuestra Señora y pedirle que sea nuestra ayuda y socorro cuando muramos. Esto es todo lo que puedo decirte sobre ello. Estoy aprendiendo a cantar, pero no sé mucho de gramática.
-¿Así que esta canción está hecha en honor de la Madre de Jesucristo? -preguntó el inocente-. Entonces haré cuanto pueda para aprenderla antes de la Navidad, aunque me riñan por no saber la cartilla y me peguen tres veces cada hora. La aprenderé para honrar a Nuestra Señora.
Y así, este amigo se la enseñaba secretamente cada día al regresar a casa hasta que la supo de memoria y la cantó con aplomo, palabra por palabra, entonada con la música.
sí, cada día, esta canción pasaba dos veces por su garganta: una, al ir a la escuela, y la otra, al regresar a casa; pues todo su corazón lo tenía puesto en la Madre de Nuestro Señor.
Como ya he dicho, este niño iba siempre cantando alegremente Alma Redemptons cuando, al ir o al venir, atravesaba el ghetto, pues la dulzura de la Madre de Jesucristo había traspasado tanto su corazón, que no podía contenerse de cantar alabanzas en su honor mientras iba de camino. Pero nuestro primer enemigo, la serpiente de Satanás, que ha construido su nido de avispas en el corazón de cada judío, se encolerizó y gritó:
-¡Oh, pueblo judío! ¿Os parece bien que un muchacho como éste deba andar por donde le plazca, mostrándoos su desprecio al cantar canciones que insultan vuestra fe?
Desde entonces, los judíos empezaron a conspirar para mandar al niño fuera de este mundo. Para ello contrataron a un asesino, un hombre que tenía un escondite secreto en una callejuela. Cuando el muchachito pasó, este infame judío le agarró con fuerza, le cortó el cuello y lo arrojó dentro de un pozo seco. Sí, lo echó en un pozo negro en el que los judíos vacían sus intestinos. Pero ¿de qué puede aprovecharos vuestra malicia, oh condenada raza de nuevos Herodes? El crimen se descubrirá, esto es cierto, y precisamente en el lugar que servirá para aumentar la gloria de Dios. La sangre clama contra vuestro perverso crimen.
-¡Oh, mártir perpetuamente virgen! -exclamó la priora-, que sigas eternamente cantando al blanco Cordero celestial del que escribiera en Patmos San Juan Evangelista diciendo que los que preceden al Cordero cantando una nueva canción, jamás han conocido cuerpo de mujer.
Toda la noche estuvo la viuda esperando el regreso del niño, pero en vano. Tan pronto clareó, salió a buscarlo a la escuela y por todas partes, con el corazón encogido y el rostro lívido de temor, hasta que, al fin, averiguó que la última vez que había sido visto se hallaba en el ghetto. Con su corazón estallando de piedad maternal, medio enloquecida, fue a todos los sitios a los que su imaginación febril pensaba probablemente encontrar a su hijo, mientras invocaba a la dulce Madre de Jesucristo. Por fin se decidió a buscarle entre los judíos. De forma lastimera pidió y rogó a todos y a cada uno de los judíos que vivían en el ghetto que le dijeran si el niño había pasado por allí, pero le respondieron que no. Luego, Jesús en su misericordia quiso inspirar a la madre a que llamase a su hijo en voz alta cuando se hallaba junto al pozo en el que había sido arrojado.
¡Dios Todopoderoso, cuyo elogio cantan las bocas de los inocentes, contempla aquí tu poder magnífico! Con el cuello cortado, esta gema y esmeralda de castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar Alma Redemptoris con voz tan fuerte, que todo el lugar resonó.
Los cristianos que pasaban por la calle se agolparon a mirar maravillados. A toda prisa mandaron a buscar al preboste. Éste vino de inmediato, y después de haber alabado a Jesucristo, rey de los cielos, y a su Madre, gloria de la especie humana, ordenó que se atase a los judíos. Con lamentaciones que acongojaban, subieron al niño, que seguía cantando su canción, y le llevaron en solemne procesión a una abadía cercana. Su madre se hallaba caída junto al féretro, sin fuerzas, como una segunda Raquel, y la gente trataba en vano de apartarla de él.
Después, el preboste dispuso que cada uno de los judíos que habían intervenido en el crimen fuese torturado y ejecutado de forma vergonzosa, pues no quería tolerar una semejante maldad de índole tan abominable en su jurisdicción. «El mal debe recibir su pago debido.» Por eso los hizo descuartizar con caballos salvajes y luego ser colgados de acuerdo con la ley.
Durante todo este tiempo el niño inocente yacía en su féretro ante el altar mayor mientras se cantaba la misa. Luego, el abad y sus monjes se apresuraron a darle sepultura, pero cuando le rociaron con agua bendita y ésta cayó sobre el niño, éste cantó nuevamente Alma Redemptons Mater. Ahora bien, el abad, que era un santo varón, como lo son o deberían serlo siempre los monjes, empezó a preguntar al niño y le dijo:
-Querido niño, te conjuro por la Santísima Trinidad que me digas: ¿cómo puedes cantar, cuando todos podemos ver que tienes el cuello completamente cercenado?
-Mi cuello está cortado hasta el hueso del pescuezo -respondió el niño-, y, según todas las leyes de la Naturaleza, debería haber muerto hace mucho tiempo, si no fuera porque Jesucristo ha querido, como podéis leer en las Sagradas Escrituras, que su gloria sea recordada y perdure. Por ello, en honor de su Santa Madre, puedo todavía cantar Alma con voz clara y fuerte. En lo que a mí concierne, siempre he amado este manantial de gracia, la dulce Madre de Jesucristo, por lo que cuando tuve que entregar mi vida, ella vino y me pidió que cantase este himno, incluso en mi muerte, como acabáis de oír. Y mientras yo cantaba, me pareció que Ella colocaba una perla sobre mi lengua. Por consiguiente, canto, como siempre debo cantar, en honor de esta bendita Virgen, hasta que me quiten la perla, pues ella me dijo: «Mi niño, vendré a buscarte cuando te quiten la perla de la lengua. No temas, que no te abandonaré.»
Entonces, aquel santo varón -el abad-, cuando el niño suavemente entregó su espíritu, le extrajo con cuidado la lengua y tomó la perla. Al ver este milagro, el abad derramó abundantes lágrimas y se echó de bruces a tierra, permaneciendo inmóvil y como encadenado al suelo, mientras los demás monjes se postraban también sobre el pavimento, llorando y proclamando las alabanzas de la Madre de Jesucristo. Entonces se levantaron y sacaron al mártir del féretro y encerraron su tierno cuerpecito en una tumba de mármol claro. ¡Que Dios nos conceda el privilegio de reunimos con él!
¡Oh, joven Hugo de Lincoln, muerto por los viles judíos, como es muy bien sabido (pues hace poco tiempo que ocurrió el suceso), ruega por nosotros, gente débil y pecadora! ¡Que Dios en su misericordia multiplique sus bendiciones sobre nosotros, por causa de su Santa Madre María! Así sea.
5. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER
Todos se emocionaron ante el relato milagroso. Daba gusto verlo. Finalmente, el anfitrión comenzó a chancearse y se dirigió a mí y me dijo:
-¿Qué clase de hombre eres? Parece como si intentases cazar una liebre. Siempre llevas la mirada clavada en tierra. Acércate y levanta los ojos con alegría. Hagan sitio, señores; déjenle que ocupe su lugar. Tiene una cintura tan esbelta como la mía. Sería como un muñeco en brazos de una hermosa y pequeña mujer. Hay algo de enigmático en su aspecto: nunca habla jocosamente. Di algo ahora. Otros ya han hablado. Cuéntanos ahora mismo un cuento alegre.
-Anfitrión -dije-, espero que no te molestes. Sólo conozco un cuento muy antiguo, con rima y todo. De los otros no sé ninguno.
-Está bien -dijo-. Por tu cara adivino que vamos a escuchar algo delicado.
EL CUENTO DE SIR TOPACIO
EL PRIMER ENVITE
Escuchad, señores, con la mejor voluntad,
y creedme si os cuento
las alegres aventuras
de aquel caballero de tanto arrojo
en tomeos y en batallas
que se llamó sir Topacio.
Nació en un país lejano:
en Flandes, más allá del mar.
Popering fue el lugar.
Su padre era de alto rango,
pues era señor de aquel país;
gracias al Cielo hay que dar.
Sir Topacio creció hecho un apuesto doncel;
su rostro era blanco como la más blanca harina;
sus labios, rojos como una rosa,
y su color parecía teñido de escarlata.
Es la pura verdad si digo que
tenía una hermosa nariz.
Color de azafrán tenían su barba y su pelo,
y hacían juego con su cinto preciso;
sus botas eran de cuero español;
sus calzas pardas procedían de la feria de Brujas;
su ropaje de seda era incomparable,
y le había costado muchos sueldos.
Era cazador de silvestres venados,
y solía cabalgar y practicar la cetrería junto al río
con un halcón posado en el puño.
Además, era muy buen arquero,
y luchando con el cuerpo no tenía rival,
pues siempre ganaba sus apuestas.
Muchas doncellas en su cámara
habían suspirado por él con loco deseo
(mejor habría sido que hubieran dormido).
Pero él era casto, y nada libertino,
y más dulce que la flor del zarzal,
que aporta un fruto escarlata.
En verdad voy a cantar
lo que sucedió aquel día.
Sir Topacio salió a cabalgar;
montó en su corcel gris,
y, empuñando una lanza, marchó a galope,
con una larga espada al cinto.
Atravesó galopando un hermoso bosque
lleno de fieras salvajes,
sí, y de gamos y liebres.
Galopó hacia Oriente y Occidente,
y explicaré ahora cómo casi
cayó en una falaz añagaza.
Allí florecían hierbas de toda clase,
como el regaliz, y la raíz del ajenjo,
y clavos, y muchas más.
Y las nueces que ponéis en la cerveza,
sea negra o clara,
o guardáis para mejor ocasión.
Y los pájaros cantaban, ¡no lo puedo callar!
El gavilán y la cotorra,
daba gusto escucharles.
El zorzal macho tocó su flauta,
y la paloma torcaz lo hizo en la cascada.
Su canto era fuerte y claro.
Y cuando él oyó cantar al zorzal,
el caballero quedó lleno de ansias amatorias,
y, clavando las espuelas al caballo, huyó de allí como un loco;
su buen corcel siguió galopando,
empapado hasta los huesos de tanto que sudaba,
con ambos costados bañados de sangre.
Luego, sir Topacio se sintió tan fatigado
de galopar, pisando la tierna hierba.
Tan ardiente era su coraje,
que allí mismo desmontó
para dar un respiro al caballo,
al que dio también forraje.
«Oh, Santa María, ¡haz que el Cielo me bendiga!
¿Por qué este amor me causa tanto desasosiego
y me ata con su soga?
Toda la noche pasada soñé, ¡ay de mí!,
que la reina de los Elfos sería mi enamorada
y dormiría bajo mi manto.
Yo solamente amaré a la reina de las Hadas.
Ninguna mujer he visto jamás
que fuese adecuada para ser mi pareja en la ciudad.
Todas las demás mujeres no me importan:
yo seguiré la pista a la reina de los Elfos
por valles y praderas.»
Entonces subió a su montura,
galopó saltando cercas y charcos,
para encontrar a la reina de las Hadas.
Cabalgó mucho tiempo al trote y al galope,
hasta que al fin encontró, en un lugar secreto
el país de las Hadas.
Tan silvestre;
pues en aquel país no había nadie
que se atreviese a enfrentársele:
ni mujer ni infante.
Hasta que vino un forzudo gigante,
que se llamaba sir Elefante:
un hombre peligroso, por cierto.
Él dijo: «Señor caballero: por Misa, Mesa y Masa,
yo vivo por aquí; galopad, pues, a vuestra casa,
o mataré a vuestro corcel,
con la maza.
Pues aquella reina de las Hadas
con arpa, y flauta y tamboril,
hizo de este lugar, su casa y plaza.»
El caballero dijo: «Señor, creedme:
mañana me enfrentaré a vos,
cuando lleve la armadura.
Y a fe mía, si tengo ocasión,
pagaréis con esta gruesa lanza
y cantaréis otra canción.
Vuestro rostro
será traspasado desde la mejilla al espinazo
antes de que sean más de las nueve y media,
y aquí haré el trabajo.»
Sir Topacio tuvo que retirarse precipitadamente;
este gigante hizo caer sobre él
una lluvia de pedruscos que lanzaba con su terrible honda.
Pero escapó, ¡vaya si escapó sir Topacio!
Y fue todo gracias al Cielo, a la Providencia
y a su propio noble comportamiento.
Sin embargo, escuchad, maestros, mi cuento
más contentos que un ruiseñor,
y os haré saber cómo sir Topacio,
el de las esbeltas pantorrillas,
galopando a través de puentes y orillas,
volvió de nuevo a la ciudad.
A sus alegres hombres les mandó
que hiciesen jarana y jolgorio,
pues tenía que salir a luchar y a vencer
a un monstruo gigante, que tenía tres cabezas.
Todo ello por amor y liviandad
de una que brillaba con tanto esplendor.
«Llamad para que vengan, llamad a todos mis juglares
-dijo él-, y pedidles que cuenten algún cuento,
mientras me coloco la armadura encima.
Algún romance que sea verdaderamente propio de un rey,
de obispo, papa o cardenal,
y también de un enamorado triste.»
Primero le trajeron vino exquisito,
aguamiel en cazos de arce y pino,
toda clase de especias reales,
y galletica de jengibre de la buena, buena,
y regaliz y dulces cominos,
y azúcar, que va tan bien.
Luego se colocó su piel de marfil,
calzones del más puro lino.
También se puso una camisa,
y encima de la camisa no dejó de
ponerse guata y una cota de malla
para proteger su corazón.
Y encima una magnífica cota de malla,
trabajo de artesanía costosísimo
hecho del acero más fuerte.
Y sobre todo ello, su armadura y coraza,
más blanca que la flor del lirio,
en la que iba a tomar el campo.
Su escudo era de oro rojísimo,
adomado con una gran cabeza de verraco
y un carbunclo al lado.
Y luego juró por la cerveza y el pan
que el gigante pronto estaría muerto,
¡pasara lo que pasara!
Sus grebas eran de resistente cuero.
Envainó su espada en marfil
y llevó un yelmo de metal.
Sobre una montura de ballenas se sentaba,
y como el sol su brida brillaba
o como la luna y las estrellas.
Su lanza estaba hecha del mejor ciprés,
lo que quiere decir que era de guerra,
no de paz: tan afiladamente había sido pulida la punta.
Su corcel era gris moteado,
y fue a paso lento todo el rato,
y suavemente caminó por ahí,
en el país.
Bien, caballeros: éste es el primer envite.
Si queréis saber más de él,
ya veré qué puedo hacer.
Ahora, cerrad la boca, por caridad,
todo cortés caballero y hermosa dama,
y escuchad mi cuento
de batalla y de caballería,
de cortejo y de cortesía,
que estoy a punto de contar.
Se habla de todas estas magníficas historias antiguas
de Hom y de sir Ypotis,
de Bevis y de sir Guy;
de Libelao16 y de sir Pleyndamour17.
Pero sir Topacio se lleva la palma
de la caballería real.
Montó en su noble caballo gris
y avanzó rápidamente,
como chispa de una llama.
Sobre su penacho había una torre
en donde estaba plantada una flor de lirio.
¡Que Dios lo proteja de toda deshonra!
Este caballero era tan aventurero,
que nunca pemoctaba en casa alguna,
sino que se envolvía en su capa.
Su almohada era su reluciente yelmo,
mientras su caballo pacía junto a él
comiendo pasto verde y bueno.
Y él bebía agua del pozo,
como lo hacía el caballero sir Percival,
cuya armadura era tan bonita.
Hasta que un día...
7. INTERRUPCIÓN
Hasta, por caridad cristiana -exclamó nuestro anfitrión-. Me estás cansando con este parloteo. Tomo a Dios por testigo para asegurar que me duelen los oídos de escuchar las sandeces que pronuncias. ¡Que el diablo se lleve estos cuentos! A esto es lo que yo llamo aleluyas o canciones de ciego.
-¿Por qué? -dije yo-. ¿Por qué interrumpes mi cuento y no lo has hecho con el de otro, cuando es la mejor balada que conozco?
-¡Dios todopoderoso! -replicó-. En pocas palabras, si es que lo quieres saber, te diré que este rimado de mierda no vale nada. No haces nada más que perder el tiempo. En una palabra, señor, no más rimas. Veamos si sabes relatar uno de aquellos romances antiguos o, por lo menos, algo en prosa que sea edificante o divertido.
-Con mucho gusto -le respondí-. Por Dios que os contaré un relato corto en prosa que probablemente os complacerá, creo; en caso contrario, es que sois muy dificil de contentar. Es un cuento muy edificante, con moraleja -aunque debo aclarar que distintas personas lo explican de maneras diferentes. Por ejemplo, ya sabéis que cuando los evangelistas describen la Pasión de Jesucristo, no expresan cada uno de ellos de igual forma cómo ocurrieron las cosas; sin embargo, cada uno de ellos dice la verdad, y todos concuerdan en el significado general, aunque en la manera de decirlo pueda haber diferencias. Algunos de ellos explican más cosas; otros, menos. Pero cuando ellos -es decir, Mateo, Marcos, Lucas y Juan- escriben su conmovedora Pasión, no hay duda de que ellos querían darle idéntico significado. Por consiguiente, caballeros, os ruego que no me culpéis si he introducido cambios en el cuento, si -es un decir- utilizo más proverbios de lo corriente en este pequeño relato para reforzar el efecto, o si no me sirvo de las mismas palabras que hubieseis podido escuchar anteriormente, pues no hallaréis diferencia entre la idea general y el pequeño tratado del que he sacado este magnifico cuento. Por lo tanto, escuchad lo que voy a decir, y, esta vez, dejadme terminar.
8. EL CUENTO DE MELIBEO
Cierto joven llamado Melibeo, hombre rico y poderoso, engendró de Prudencia, su mujer, una hija, a la que dieron el nombre de Sofia.
Sucedió un día que Melibeo salió al campo para solazarse y dejó en casa a su esposa e hija después de haber atrancado fuertemente las puertas. Sin embargo, tres antiguos enemigos suyos estaban al acecho, y con la ayuda de escaleras apoyadas en el muro del edificio, penetraron en él por los ventanales e infligieron malos tratos a su esposa e hirieron a su hija en cinco zonas, a saber: en los pies, en las manos, en los oídos, en la boca y en la nariz. Y se dieron a la fuga, dejándola por muerta.
Cuando, más tarde, Melibeo regresó a su casa y contempló aquel panorama rompió en llantos y gemidos y se rasgó las vestiduras.
Prudencia, su mujer, intentó calmarle, suplicándole que dejara de llorar, pero él arreciaba en sus lamentos.
Con todo, la noble Prudencia se acordaba de la máxima de Ovidio en su obra Remedio de amor: «Quien interrumpe a la madre cuando llora la muerte de su hijo está loco. Porque, durante cierto tiempo, debe dejarla que desahogue su llanto; y, pasado aquél, intentará lograr que cesen las lágrimas con dulces palabras». Por este motivo dejó la digna Prudencia que su marido sollozara un rato. Luego, después de un tiempo prudencial, le habló de la siguiente manera:
-¿Por qué, señor mío, te comportas de un modo tan insensato? Pues, indudablemente, tu profundo dolor es indiscreto. Si Dios quiere, tu hija sanará y saldrá del peligro. Y aunque sucediera que ahora estuviera muerta, no deberías permitir que tal circunstancia te destruyera. Séneca afirma: «El hombre prudente no debe sentir mucho la muerte de sus hijos, sino soportarla con paciencia, del mismo modo que espera la suya propia».
La respuesta de Melibeo fue inmediata. Dijo:
-¿Cómo puede uno dejar de llorar cuando existe una razón profunda para lamentarse?
El mismo Jesucristo Nuestro Señor lloró la muerte de su amigo Lázaro.
-Sé muy bien -respondió Prudencia- que al afligido no se le prohibe llorar con moderación. El apóstol San Pablo, en su Epístola a los romanos, escribe: «Uno debe reír con los que ríen y llorar con los que lloran». Pues si un llanto moderado está permitido, no así el desmesurado, ya que la máscara del llanto debe medirse según la doctrina de Séneca: «A la muerte de tu amigo no permitas que tus ojos se inunden de lágrimas ni que estén excesivamente secos, y aunque las lágrimas acudan a tus ojos, no las dejes correr libremente». Así, en cuanto pierdas a un amigo, has de intentar buscarte otro. Esta conducta es más inteligente que llorar al amigo perdido, pues la pérdida no tiene remedio. En consecuencia, si te dejas llevar por la sabiduría, expulsarás el dolor de tu corazón. Jesús de Sirach afirma: «Quien tiene el corazón alegre y contento se conserva vigoroso a través de los años, pero un corazón entristecido reseca los huesos». Y también añade que la tristeza de corazón ocasiona numerosas muertes.
»Salomón declara: "La tristeza daña al corazón del mismo modo que la polilla a la lana de los vestidos y la carcoma al árbol". Y así debemos tener paciencia, tanto si perdemos nuestra prole como nuestra hacienda. Recuerda al paciente Job, que, a pesar de haber perdido a sus hijos y a su fortuna y soportar graves tribulaciones corporales, afirmaba: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Que se cumpla su voluntad. Alabado sea el nombre del Señor".
Melibeo replicó a todo ello:
-Tus palabras son certeras y provechosas, pero el dolor embarga mi corazón y no sé lo que debo hacer.
A lo que Prudencia replicó:
-Manda llamar a tus auténticos amigos y a tus familiares prudentes. Cuéntales la situación, escucha sus consejos y guíate por ellos. Salomón afirma: «Actúa siempre por consejos, y jamás te arrepentirás».
Entonces Melibeo, siguiendo el parecer de su esposa, Prudencia, convocó a numerosas personas: cirujanos, médicos, gente joven y madura, e incluso diversos enemigos suyos que se habían reconciliado con él. También acudieron varios de esos vecinos que -como de costumbre- se guían más por temor que por verdadera amistad. Asimismo se reunieron rastreros aduladores y sabios juristas, especialistas en Derecho.
Melibeo relató su desgracia a toda esa asamblea, y de sus palabras se deducía que su corazón abrigaba cruel enojo y estaba dispuesto a vengarse de sus enemigos y anhelaba declararles la guerra.
Un cirujano, en representación de los prudentes, se levantó y habló a Melibeo en los siguientes términos:
-A los cirujanos nos incumbe, señor, comportarnos con todos del mejor modo posible, allí donde se nos reclame, sin causar jamás perjuicio a nuestros enfermos. Por consiguiente, es frecuentísimo que cuando dos contendientes se hieren mutuamente, el mismo cirujano acude a curar a los dos. Así, el fomentar las guerras o partidismos no nos conviene a nuestra profesión. Por lo que respecta a tu hija, aunque tiene heridas graves, la cuidaremos noche y día con tal solícito cuidado, que con la ayuda del cielo, se pondrá buena en poco tiempo.
Los médicos efectuaron casi idénticos comentarios, aunque añadieron que «así como las enfermedades se curan con los humores opuestos, así los hombres entablan la guerra a modo de venganza».
Sus envidiosos vecinos, fingidos amigos falsamente reconciliados, y los aduladores ponían rostros compungidos y empeoraban y agravaban la situación; alababan sin mesura la fuerza, poder y caudal de Melibeo y de sus amigos y despreciaban a sus adversarios, y confesaban sin ambages que debería tomar cumplida venganza de sus enemigos y declararles la guerra.
Entonces se levantó un segundo abogado, con el consenso y consejo de otro colega, y le dijo lo siguiente: -Señorías, el asunto que nos ha reunido aquí es serio y de entidad: el agravio y maldad cometidos son de extremada gravedad, habida cuenta de los muchos daños que pueden derivarse en el futuro y también el poder y caudal de las partes implicadas; por todas estas razones, sería peligrosísimo dar un consejo equivocado. Por consiguiente, Melibeo, ésta es nuestra opinión: Cuida, sobre todo, de ti mismo de tal forma que no hayas menester guarda ni centinela que te custodie. Además, coloca en tu hogar una guardia suficiente para la seguridad de tu persona y de tu hogar. Sin duda, no podemos juzgar de provecho el decidir con tan poca reflexión el declarar la guerra o vengarse: no podría hacerse de modo que se obtuviera provecho. Para solucionar este asunto se precisa tiempo y tranquilidad. Lo afirma el refrán: «Quien decide con prontitud, pronto se arrepiente» Se considera también sabio al juez que capta un asunto con prontitud y lo juzga con calma. Pues, aunque toda demora resulta fastidiosa, cuando se trata de dictar sentencia o proyectar una venganza -dentro de lo prudente y razonable-, no es digna de censura.
»Jesucristo demostró esto con su ejemplo. Cuando le presentaron la mujer adúltera, no quiso Él, a pesar de saber lo que iba a contestar, dar una respuesta precipitada; prefirió deliberar y, por dos veces, escribió en la tierra. En consecuencia, precisamos deliberar, y luego, con el auxilio divino, te aconsejaremos del modo más conveniente.
Los jóvenes se rebelaron unánimemente, y casi todos gritaron alborotadamente, con menosprecio a los discretos ancianos, que se debe batir en caliente al hierro y que la venganza se ha de tomar cuando las ofensas se acaban de cometer. Y con gran clamor exclamaban: «¡Guerra, guerra!»
Se levantó entonces uno de esos sabios ancianos y, haciendo ademán para acallar y reclamar la atención de la asamblea, dijo:
-Señores, muchos de estos partidarios de la guerra ignoran lo que ella significa. En sus inicios, la guerra tiene unas puertas tan amplias y espaciosas, que todos pueden encontrarlas y entrar a su antojo, pero nunca resulta fácil saber cómo terminará. Una vez iniciada, muchos jóvenes que todavía no han nacido morirán en la lucha o en la miseria o bien vivirán de modo penoso. Y por esta causa, antes de empezar una guerra, siempre se han de celebrar muchas deliberaciones y consultas previas.
El anciano intentó respaldar sus afirmaciones con más argumentos, pero la mayoría le respondió con abucheos pidiéndole que acabase pronto. A decir verdad, el que predica a quien rechaza escucharle ocasiona enojo con sus palabras. Pues jesús de Sirach afirma que la música en medio del llanto desagrada, es decir, que lo mismo aprovecha hablar a quien nuestras palabras disgustan, como cantar ante el que llora. Y aquel hombre sesudo, al ver que no le escuchaban, se sintió ofendido. Porque ya lo aconsejaba Salomón: «No te esfuerces en hablar allí donde no te quieren escuchar». Este hombre prudente pensaba: «En verdad reza el refrán común que el buen consejo siempre falta cuando es más necesario.»
En esta asamblea de Melibeo se hallaban muchas personas que le susurraban algo en privado y luego, en público, le aconsejaban lo contrario.
Sin embargo, cuando constató que la mayoría de los presentes tomaba partido por la guerra, aceptó su criterio y respaldó plenamente su decisión.
Pero Prudencia, al darse cuenta de que su esposo optaba por el camino de vengarse de sus enemigos con las armas, se le acercó en el momento más oportuno, y le dijo con tono humilde:
-Señor, te ruego del modo más sincero que no prestes atención y no obres con precipitación. Pues Pedro Alfonso afirma: «No te apresures a retomar el bien o el mal; así tu amigo esperará y tu enemigo vivirá más tiempo en el temor. El refrán aconseja: «Se precipita correctamente quien espera con prudencia», y «No se obtiene provecho de la malvada precipitación».
Esta fue la respuesta de Melibeo a Prudencia, su esposa: -No me propongo seguir tu opinión por poderosos motivos y razones. Pues, ciertamente, si pretendiera cambiar, con tu consejo, lo que ha sido acordado y dispuesto de tantas maneras, me tomarían por loco. En segundo lugar, afirmo que todas las mujeres son malas: no hay entre ellas una sola buena. Tal como afirma Salomón, «entre mil hombres sólo encuentro a uno bueno; pero, a decir verdad, jamás encontré, entre todas las mujeres, a una buena». En consecuencia, caso de seguir tu consejo, parecería que te daba autoridad sobre mí (Dios no permita que esto ocurra). Jesús de Sirach afirma que «si la mujer manda, es contraria al marido». Y Salomón declara: «Jamás des poder sobre ti a tu mujer, a tu hijo o a tu amigo. Más vale que tus hijos te pidan lo que necesiten que estés en sus manos». Si obrara según tu opinión, mi decisión debería permanecer secreta durante algún tiempo; eso no es factible, pues está escrito que la charlatanería de la mujer sólo puede esconder lo que no sabe. Además, el filósofo afirma: «Las mujeres superan a los hombres en mal consejo.» Por estos motivos no debo seguir el tuyo.
Una vez Prudencia escuchó con gran paciencia y mansedumbre cuanto su esposo tuvo a bien comunicarle, pidió licencia para hablarle y, después, se expresó en estos términos:
-Tengo argumentos para rebatir tu primera razón. Cambiar de parecer cuando una cosa varía o se ve de distinta manera que al principio, no constituye locura. Si, por causa justificada, tú dejas de ejecutar lo que habías jurado o prometido, no por ello se te considerará como perjuro o falso. El libro ya dice que el hombre sabio no miente cuando dirige sus propósitos a lo mejor. Y aunque los tuyos han sido aceptados y ratificados por muchos, no debes aplicarlos si no te placen. Pues lo útil y lo verdadero de las cosas se encuentra más en poca gente discreta y prudente que en las grandes concurrencias donde todos gustan y hablan a su antojo. Verdaderamente semejante multitud carece de seriedad.
»En tu segunda razón presupones la maldad en todas las mujeres; por ello -si estoy en lo cierto-, pones a todas las mujeres en el mismo rasero y, como dice el Libro, "todo le desagrada a quien todo desdeña". Y Séneca añade: "El sabio no debe despreciar a nadie, sino enseñar lo que sabe sin presunción u orgullo. Y las cosas que desconozca no debe avergonzarse de aprenderlas e inquirirlas de sus inferiores". Es fácil de comprobar que ha habido multitud de mujeres buenas. A decir verdad, Jesucristo Nuestro Señor jamás hubiera consentido en nacer de mujer si todas las mujeres hubiesen sido malvadas. Y además, cuando Jesucristo Nuestro Señor resucitó de la muerte a la vida, prefirió -por la gran bondad que se da en la mujer- aparecerse antes a las mujeres que a los apostoles.
»Y aunque Salomón afirme que jamás encontró mujer buena, no se deduce el que todas fueran malas; pues aunque él no encontrase ninguna, no es menos cierto que muchos otros hombres han hallado mujeres buenas y honradas. O acaso Salomón quería indicar que no encontró una mujer absolutamente buena; es decir, que, tal como lo recuerda Él en su Evangelio, la bondad absoluta no se da en persona alguna, sino en Dios, ya que no existe una sola criatura que no carezca de parte de la perfección divina, su Creador.
»Tu tercera razón es ésta: afirmas que si te dejas guiar por mi opinión, parecería que me dabas poder y autoridad sobre ti. Con todo respeto, señor, esto no es así. Pues si lo fuera -el que el hombre se aconsejara únicamente con los que ejercen autoridad sobre él-, nadie pediría consejo con frecuencia. Sin embargo, el hombre que pide consejo acerca de algo mantiene la opción de seguirlo o rechazarlo.
»En cuanto a tu cuarto argumento -la charlatanería de las mujeres oculta su ignorancia, lo que significa que una mujer es incapaz de encubrir lo que sabe-, debes entender, señor, que esta afirmación hace referencia a las mujeres parlanchinas y malvadas; de ellas los hombres declaran que "tres cosas sacan a un hombre de casa, a saber: humo, goteras, y mujer malvadas". De ellas Salomón comenta que "sería preferible morar en el desierto que con mujer pendenciera". y con tu permiso, señor, esto no reza conmigo; has constatado mi exagerado silencio y gran paciencia, así como visto que sé mantener secreto lo que debe permanecer oculto.
»Por lo que respecta al quinto argumento, que la mujer supera al hombre en mal consejo, Dios sabe que está aquí fuera de lugar. Compréndelo: pides consejo para obrar el mal; y si obras de este modo y tu mujer refrena tu malvado propósito y te convence con argumentos y buenos consejos, es dig na de loa y no de vituperio. Así debes captar el pensamiento del filósofo cuando afirma: “La mujer supera al hombre en malvado consejo.”
»Y como quiera que vituperas todos los argumentos de las mujeres, te mostraré con numerosos ejemplos cómo muchas se han comportado estupendamente y sus consejos han sido provechosos y saludables. También algunos hombres han afirmado que los consejos de las mujeres han sido excesivamente costosos o escasamente dignos de loa. También algunos afirman que el consejo femenino es de elevado coste o de poco valor. Pero aunque existan muchas mujeres malvadas y de pérfido consejo, con todo, los hombres han encontrado numerosas mujeres que aconsejan con gran sabiduría y discreción.
»Mira cómo Jacob obtuvo la bendición de su padre, Isaac, y la primacía sobre el resto de sus hermanos gracias a los buenos consejos de su madre, Rebeca. Los buenos consejos y conducta de Judit libraron a su ciudad natal, Betulia, de las manos de Holofernes, que la había sitiado con intención dé arrasarla. Abigail libró a su marido, Nabal, del rey David, que pretendía su muerte y, con su buen consejo y comprensión, aplacó la cólera del rey. El pueblo de Dios prosperó bajo el rey Asuero por el buen consejo de Ester.
»Se podían dar otros muchos ejemplos de buen consejo femenino. Además, cuando Dios creó a Adán pensó: "No es bueno que el hombre esté solo; démosle alguien semejante a él que le ayude". Si las mujeres no fueran buenas y sus consejos útiles y justos, el Señor, Dios de los cielos, no las habría creado, ni las habría denominado ayuda del hombre, sino confusión del mismo. Y lo que antiguamente dijo un sabio viene aquí muy a cuento: "El jaspe es mejor que el oro; la sabiduría, mejor que el jaspe; la mujer, preferible a la sabiduría, y mejor que la mujer, nada."
»Podría arguir, señor, muchos otros razonamientos para demostrarte que existen muchas mujeres buenas, de consejo acertado y prudente. Y así, si quieres confiar en mi consejo, señor, te prometo que tendrás a tu hija sana y salva, y, además, conseguiré que salgas con honor de este embrollo.
Melibeo, después de escuchar el discurso de Prudencia, su esposa, dijo:
Ahora veo cuán verdadero es el dicho de Salomón. Él afirma que las palabras proferidas con discreción y orden son como panales de miel que proporcionan dulzura al espíritu y salud corporal. Mujer, tus dulces palabras, y también porque he comprobado tu tremenda honradez y discreción, me mueven a dejarme guiar en todo por tu consejo.
-Ahora, señor -dijo Prudencia-, ya que te dignas dejarte llevar por mi opinión, quiero manifestarte cómo has de proceder al elegir tus consejeros.
»En primer lugar debes pedir al Altísimo en todas tus obras que Él sea tu primer consejero, instructor y consolador, al igual que Tobías mandaba a su hijo: "Bendecirás a Dios y le pedirás que encamine tus pasos en todo tiempo". Procura, pues, que tus decisiones tengan como punto de mira al Señor. Santiago declara: "Si cualquiera de vosotros ha menester sabiduría demándela a Dios".
»Después de esto te autoconsultaras y examinarás bien tus pensamientos para ver qué es lo más provechoso para ti. Y luego apartarás de tu corazón tres cosas que se oponen a un consejo correcto, a saber: ira, codicia y atolondramiento.
»En primer lugar, y por muchas razones, el que se aconseja consigo mismo ha de carecer de ira. Lo primero es que el iracundo siempre se cree capaz de hacer lo que no puede. En segundo lugar, el colérico no puede discernir adecuadamente. En tercer lugar, según Séneca, "el airado y enojado no puede hablar de algo sin vituperarlo". Y así, con sus malvadas palabras, induce a otros a la cólera.
»Tal como afirma el apóstol, debes apartar la codicia de tu corazón: "La codicia es la raíz de todos los males". Ciertamente, puedes creer que el codicioso no logra juzgar ni pensar, sino únicamente satisfacer su codicia, sin que jamás pueda encontrarse satisfecho, ya que cuanto más tenga, más codiciará.
»Asimismo, señor, has de apartar de tu corazón al atolondramiento, pues estarás incapacitado para juzgar una idea repentina con criterio recto; al contrario, debes examinarla con frecuencia. Pues, tal como escuchaste con anterioridad, el refrán corriente dice que «quien pronto decide, pronto se arrepiente». Por supuesto, señor, el hombre no siempre se halla en idéntica disposición, ya que, en ocasiones, cosas que parecen buenas de realizar, otras veces se consideran de modo contrario.
»Una vez te hayas aconsejado contigo mismo y llegado a una decisión después de prolongada deliberación, debes ante todo guardar secreto. No reveles a nadie tu decisión, a menos que estés seguro de que, al hacerlo, mejore tu situación. Jesús de Sirach lo advierte: "No reveles tu secreto o tu locura ni a amigo ni a enemigo, pues todos te escucharán, te pondrán buena cara y te alabarán en tu presencia, pero te menospreciarán a tus espaldas".
»Otro sabio afirma: "Resulta dificil hallar quien sea capaz de guardar un secreto." Y en el Libro se lee: "Mientras almacenas tu secreto en tu corazón, lo guardas en una prisión; si lo descubres a otro, te tenderá una trampa." Y, por consiguiente, es preferible esconder tu consejo en el interior de tu corazón que rogar que tenga los labios sellados al que se lo revelaste.
»Séneca afirma: "Si aconteciera que no pudieras ocultar tu consejo, ¿cómo osas rogar a una persona que lo guarde con seguridad?" Con todo, si estás convencido que el revelar un secreto a alguien te va a colocar en situación más ventajosa, entonces lo manifestarás del modo siguiente. En primer lugar tu expresión no delatará si deseas la paz o la guerra, o eso o aquello, sin dejar traslucir tu voluntad e intenciones. Has de saber que, por lo general, los consejeros son amantes de la lisonja, y especialmente los de los grandes señores, en consecuencia, procuran proferir siempre cosas agradables y gratificantes, aunque sean falsas o inútiles. Por ellos los hombres afirman que el hombre rico recibe buen consejo en contadas ocasiones, a no ser el suyo propio.
»A continuación ponderarás quiénes son tus amigos y tus enemigos. Busca, entre los primeros, el más fiel, prudente, anciano y experto en aconsejar. Consúltale según convenga.
»Primero debes llamar a los amigos leales. Salomón afirma que así como el corazón de un hombre se deleita en un sabor que es dulce, del mismo modo el consejo de un amigo leal proporciona dulzura al alma. También dice que "no existe nada comparable a un verdadero amigo". Ciertamente, ni el oro ni la plata se pueden comparar con la buena voluntad de un amigo auténtico. Y también afirma que "un verdadero amigo es un baluarte inexpugnable, y encontrar a uno es un tesoro inapreciable".
»A continuación deberás también tener en cuenta si esos auténticos amigos están dotados de prudencia y discreción. En el Libro se lee: "Recurre al consejo de los prudentes". Y por tal motivo pídelo a tus amigos maduros que han acumulado dilatada experiencia y presenciado muchas cosas, y son de probada fiabilidad. También en el Libro se lee que "la sabiduría radica en los viejos, y la prudencia, en la longevidad". Y Tulio asegura: "Las grandes hazañas no siempre se llevan a término con la fuerza o con la actividad corporal, sino con el buen consejo, con la autoridad de las gentes y con el saber; estas tres cosas no disminuyen con los años, sino que se acrecientan y fortalecen a diario".
»Y, además, tendrás siempre presente esta norma general. En primer lugar recurre al consejo de pocos amigos, pues Salomón asegura: "Aunque tengas muchos e íntimos amigos, escoge entre mil a quien te ha de aconsejar". Pues aunque de entrada sólo te confies a unos pocos, siempre puedes aconsejarte con más en caso de necesidad. Pero comprueba siempre que tus confidentes reúnan las susodichas tres condiciones, a saber: autenticidad, prudencia y vasta experiencia. Y nunca obres bajo los dictámenes de un solo confidente, pues a veces conviene ser aconsejado por muchos. Ya lo declara Salomón: "La salvaguardia de las cosas radica en tener muchos consejeros".
»Ahora que ya sabes en dónde buscar tus confidentes, te enseñaré qué clase de consejos debes seguir. De entrada, evita los consejos necios. Pues Salomón afirma: "No sigas la opinión de los necios, pues sólo aconsejan según los dictámenes de su inclinación y sus apetitos". El Libro declara: "El necio se distingue por pensar mal de todo el mundo con ligereza, y con igual ligereza se imagina en posesión de todas las virtudes".
»Rehúye asimismo la aparición del adulador que, en vez de declarar la verdad de las cosas, procura alabarte y lisonjearte. Ya lo dijo Tulio: "La lisonja es la peor de las pestilencias de la amistad ". El Libro declara: "Rehúye y teme más las dulces y lisonjeras palabras del adulador que las acres recriminaciones de un amigo que te canta las verdades."
»Salomón afirma que las palabras del adulador constituyen una insidia para cazar a los inocentes. También opina que quien profiere dulces y placenteras palabras a un amigo le está tendiendo una red bajo sus pies para atraparle. Y, por consiguiente, afirma Tulio: "No dejes que tus oídos sean propensos a los aduladores y no te dejes aconsejar por palabras lisonjeras".
»Y Catón comenta: "Pondera bien y rechaza las palabras agradables y dulces".
»Rehúye igualmente el consejo de tus enemigos con los que te hubieras reconciliado. El Libro proclama que nadie retorna incólume al favor de su antiguo enemigo. E Isopo declara: "No confies en aquel con quien guerreaste o tuviste enemistad, y no le descubras tu secreto." Y Séneca nos describe el por qué: "Es imposible que no quede rescoldo donde hubo gran fogata largo tiempo".
»Por consiguiente, Salomón aconseja: "Jamás confies en tu antiguo adversario ". A pesar de que el enemigo se haya reconciliado, dé señales de humildad y doblegue la cerviz, jamás has de fiarte de él. Sin duda, simulará mansedumbre para provecho propio y no por afecto hacia ti, creyendo, ya que no le hubiera sido posible lograrlo por las armas, poderte vencer con esta falsía.
»Ya lo advierte Pero Alfonso: "No frecuentes la compañía de tus antiguos enemigos, pues te devolverán mal por bien".
»Evita igualmente el mal consejo de tus servidores que te tributan grandes muestras de reverencia, porque bien puede suceder que obren impulsados por temor y no por afecto. Ya afirmó con fundamento el filósofo: "Nadie es completamente sincero con quien le teme mucho." Y Tulio corrobora: "Por grande que sea el poder de un emperador, no dura mucho si su pueblo no alberga más amor que temor".
»Elude también el consejo de los proclives al vino, ya que son incapaces de guardar un secreto. Salomón lo afirma: "Donde la embriaguez campa, no hay nada secreto".
»Desconfia sobremanera de los que te aconsejan una cosa en privado y otra opuesta en público. Casiodoro sentencia que es una falsía el fingir hacer o decir algo en público y obrar lo contrario en privado. También has de sospechar de los consejos de los malvados, pues el Libro sentencia: "El consejo de los malvados está repleto de fraude".
»David añade: "Bienaventurado el que no sigue el consejo de los malos".
»Evita asimismo el consejo de los jóvenes, pues carece de madurez.
»Ahora que te he indicado, señor, de quiénes deben aconsejarte, te explicaré -de acuerdo con el pensamiento de Tulio de qué modo has de analizar el que te den. Ante todo, en el estudio de tu consejero debes tener en cuenta muchas circunstancias. En primer lugar, has de considerar que en lo que te propongas y sobre lo que verse el consejo, debes manifestar y sostener la verdad, a saber, has de relatarlo de modo claro. Pues el que habla con falsedad no puede recibir buen consejo acerca de un asunto sobre el que miente.
»A continuación ponderarás si lo que piensas ejecutar con el consenso de tus consejeros sigue los cánones de lo razonable, y si cae dentro de tus posibilidades, y si la mayoría y lo más selecto de tus consejeros están o no de acuerdo contigo.
»Seguidamente debes considerar si el odio, la guerra, la paz, el perdón, el provecho o el daño serán las secuelas del consejo tomado. De entre ellas seleccionarás la más provechosa y dejarás las otras.
»Luego ponderarás de qué raíz se genera el asunto deliberado y el fruto capaz de engendrar y producir. También considerarás el origen de todas esas causas que las producen.
»Y cuando hayas examinado tu consejo del modo que te acabo de comentar, y detectado la parte mejor y más provechosa, y recibido la aprobación de mucha gente sabia y experimentada, entonces considerarás si lo puedes ejecutar y llevarlo a feliz término. Resulta indudable: no es razonable que uno empiece algo que no tenga posibilidades de realizarlo adecuadamente; asimismo nadie debe echar sobre sus espaldas fardo que no pueda llevar. Ya reza el refrán: "Quien mucho abarca, poco aprieta." Y Catón añade: "Intenta ejecutar lo que caiga dentro de tus posibilidades, no sea que la carga se te vuelva tan insoportable que te veas precisado a abandonarla ".
»Y si se te planteara la duda entre ejecutar algo o no, opta por padecer antes de empezarlo. Pedro Alfonso comenta:
"Opta por el no antes que por el sí cuando puedas hacer algo de lo que luego te arrepentirás". A saber, es preferible permanecer callado a hablar. Así, pues, por poderosos motivos captarás que si puedes llevar a cabo algo de lo que te arrepentirás, es preferible que sufras antes que comenzarlo. Bien afirman los que propugnan que nadie intente ejecutar algo si ponen en duda sus posibilidades reales.
»Después de ello, una vez examinado tu consejo del modo descrito con anterioridad, y sabedor de que puedes llevarlo a término, debes mantenerlo con firmeza hasta el final.
»Ahora parece razonable y adecuado que te explique cuando y cómo se puede cambiar de opinión sin ser digno de reproche.
»A decir verdad, se puede cambiar de opinión y criterio cuando se dan nuevas circunstancias o las causas que lo motivaron desaparecen. Tal como la ley lo afirma: "A nuevos hechos corresponden nuevos consejos." Y Séneca apostilla: "Cambia de decisión si ésta ha llegado a oídos de tu enemigo". También puedes variar tu decisión si, por error o por otra causa, puede derivarse daño o perjuicio. Cambia de opinión si tu consejo es poco honrado o procede de una causa que así sea. Pues las leyes declaran que "todos los mandatos que no son honestos carecen de valor; y lo mismo reza para los mandatos imposibles, o que no se pueden observar o llevar a cabo con bien.
»Y adopta esta norma general de conducta: afirmo que un consejo absolutamente inamovible bajo circunstancia alguna es realmente malo.
Cuando Melibeo hubo escuchado las enseñanzas de Prudencia, su esposa, le replicó con las siguientes palabras: -Señora, hasta ahora me has enseñado de un modo global a elegir y conservar a mis consejeros adecuada y propiamente. Pero me gustaría conocer tu opinión sobre los que, de hecho, en las presentes circunstancias, he elegido. -Señor -repuso ella-, te suplico humildemente que no te enfrentes a mis argumentos de un modo obcecado ni tomes a mal que te diga cosas desagradables. Pues Dios sabe que es mi propósito hacerlo para tu bien, tu provecho, y también para tu honor. A decir verdad, espero de tu bondad tomes con paciencia mis palabras. Confia en mí plenamente, pues los consejos que has pedido en este asunto no son propiamente tales, sino más bien un impulso o arrebato de locura, y en la decisión adoptada te has equivocado de varias formas.
»Primero y ante todo, erraste al convocar a tus consejeros, pues debiste haber llamado de entrada a unos pocos, y después, en caso necesario, habrías podido apelar a más. De hecho, has convocado repentinamente a consejo a mucha gente pesada y de discurso plomizo.
»Tampoco acertaste al no llamar sólo a amigos fieles, probados y experimentados, sino más bien a gente extraña y halagadora, aduladores con falsía y antiguos enemigos, y a personas que te respetan, pero que no te aman. Y tampoco acertaste al convocar a la ira, a la codicia y al atolondramiento. Estas tres cosas se oponen a un consejo bueno y provechoso. Ni tú ni tus consejeros habéis contrarrestado estos tres sentimientos de vuestros corazones.
»Igualmente obraste mal en manifestar a tus consejeros tu pensamiento o intención de pelear enseguida como venganza. Por tus palabras detectaron cuáles eran tus móviles. Y por ello te aconsejaron de acuerdo con tus pensamientos antes que con tu conveniencia.
»También erraste al suponer que te bastaba con escuchar los menguados consejos de esos confidentes, cuando en realidad tenías necesidad perentoria de más opiniones y deliberación para llevar a cabo tus propósitos.
»También erraste al no examinar tu objetivo de la manera anteriormente descrita, ni en la manera pertinente a este caso. Y erraste, además, al no discriminar a tus consejeros, es decir, entre tus auténticos amigos y tus confidentes embaucadores, sin enterarte de los propósitos de tus viejos y leales amigos, sino que reuniste todos los pareceres en una mezcolanza y optaste por el de la mayoría. Y ya sabes de sobra que los locos son siempre más numerosos que los cuerdos, de donde se colige que en las asambleas multitudinarias se tiene más en cuenta al número que a la sabiduría de las personas, y siempre prevalece el consejo insensato.
Melibeo replicó de nuevo y dijo:
Admito que me he equivocado, pero como me has dicho antes que no es vituperable el cambiar a los consejeros en ciertos casos y por razones justas, estoy dispuesto a cambiarlos del modo que tú dispongas. El refrán afirma que el pecar es humano, pero, sin duda, empecinarse en el pecado es diabólico.
A esto replicó Prudencia con las siguientes palabras: -Examina las opiniones y veamos quién te aconsejó mejor y habló del modo más sensato. Y ya que debemos efectuar esta tensión, empecemos por los médicos y cirujanos, que fueron los primeros en hablar. Y ya que ellos lo hicieron con discreción y sabiduría, tal como conviene a su condición, pues tratan a todos con honra y provecho sin molestar a nadie, y aplican su competencia profesional en curar a los que tienen bajo su cuidado, opino que merecen una elevada y soberana recompensa por sus nobles palabras.
»Señor, del mismo modo que te han dado la respuesta adecuada, así se esmerarán en cuidar a tu estimada hija. Y aunque sean amigos tuyos, no permitas que no te cobren honorarios; al contrario, debes recompensarles con inequívoca largueza.
»En lo que se refiere a la afirmación de los médicos respecto a este caso, a saber, que una enfermedad se cura con la contraria, me apetecería saber cómo la has entendido y cuál es tu criterio.
Melibeo replicó:
-Esta es mi opinión: ya que mis adversarios actuaron en mi contra, yo debo responder con algo que se les oponga; pues, ya que me vengaron y ofendieron, así yo me he de vengar y ofenderles. De este modo un contrario se opone al otro.
La señora Prudencia apostilló:
-Vaya, vaya. ¡Con qué ligereza tiende el hombre a satisfacer sus propias inclinaciones y placer! Sin lugar a dudas, la afirmación de los médicos no ha de interpretarse de este modo. Resulta cierto que la maldad no se opone a la maldad, ni la venganza a la venganza, ni la injuria a la injuria; antes bien, son parecidas. Por consiguiente, una venganza no se aplaca con otra, ni un error con otro, sino que se encrespan y enconan mutuamente. Las palabras de los médicos deben interpretarse de este modo. Lo bueno se opone a lo malo, la paz a la guerra, la venganza al perdón, la discordia a la concordia, y así por el estilo. En resumen, la maldad se vence con la bondad, la guerra con la paz, y así con todo lo demás.
»El apóstol San Pablo lo refrenda en muchos lugares. Afirma: "No devuelvas mal por mal, ni palabras injuriosas con palabras injuriosas; al contrario, haz bien a quien te perjudica y bendice a quien te maldice". Y en muchos otros pasajes recomienda la paz y la armonía.
»Pero ahora comentaré la opinión suministrada por los juristas y sabios. Éstos consideran que, sobre todo, deberías custodiar tu persona y tu casa, y que, dadas las circunstancias, deberías obrar cautelosa y reflexivamente.
»En lo referente al primer punto, la defensa de tu persona, debes comprender que quien está en guerra, sobre todo, ha de suplicar devota y humildemente a Jesucristo para que sea su protector y valedor ante el peligro. Indudablemente, sin la ayuda de Jesucristo Nuestro Señor, nadie en este mundo puede recibir suficiente socorro y consejo. El profeta David es de la misma opinión cuando declara: "Si el Señor no la guarda, en vano trabajan los que custodian la ciudad".
»Después, señor, confia tu seguridad personal a fieles, conocidos y probados amigos, y pídeles que te ayuden. Catón afirma: "Si precisas ayuda, pídesela a tus amigos, pues el mejor médico siempre será un auténtico amigo.
»Aléjate de las personas ajenas y de los embusteros y desconfía de su compañía. Pedro Alfonso amonesta: "No te hagas acompañar en tu camino de hombre extraño, a no ser que sea antiguo conocido tuyo. Y si se encuentra contigo de modo casual y sin tu consentimiento, inquiere de un modo sutil sobre su vida anterior, y no le digas adónde vas, suminístrale una dirección falsa. Y si portare una lanza, colócate a su diestra; y si espada, a su siniestra".
»Te lo recalco: evita la gente que antes mencioné y rechaza su compañía y sus consejos. No presumas de fortaleza de modo que desestimes la de tus enemigos; no te apoyes en tu jactancia: el prudente siempre teme a sus enemigos. Salomón ya lo afirma: "Dichoso quien todo lo teme, porque, sin duda, mal le irán las cosas a quien por alocada osadía de su corazón y por atrevimiento alberga mucha arrogancia".
»A continuación debes estar siempre prevenido contra las insidias e injerencias, pues Séneca declara: "El hombre prudente y temeroso del mal, los evita, y quien elude la tentación no cae en ella. Aun cuando te creas en lugar seguro, procura defender tu persona. Rehúye el descuidar tu propia protección ante tus enemigos, bien sean grandes o pequeños." Séneca comenta: "Quien está bien aconsejado teme incluso al menor de sus enemigos". Y Ovidio comenta que "la diminuta comadreja puede matar al enorme toro y al ciervo salvaje».
»También leemos en el Libro: "Una pequeña espina puede ocasionar un pinchazo muy doloroso a un rey, y un perro apresar a un jabalí."
»Sin embargo, no te digo que debas ser tan cobarde que titubees donde no existe causa alguna de temor. El Libro comenta que "algunos sienten deseos de engañar, pero temen ser engañados". Recela también ser envenenado y aléjate de la compañía de los insolentes, pues se lee en el Libro: "No te juntes con los insolentes y huye de sus palabras como el veneno."
»Y por lo que respecta al punto segundo -el de la solícita defensa de tu casa-, quisiera saber tu opinión y decisión sobre este asunto.
La respuesta de Melibeo fue la siguiente:
-Esta es mi sincera respuesta: que debo proteger mi casa con torreones, al estilo de los castillos y otros edificios, y con armaduras y artillería; con todo ello podré defender mi persona y vivienda de forma que mis enemigos teman aproximarse a ella.
Prudencia respondió:
-Resulta de elevado coste y afán protegerse con altos torreones y grandes edificios, que son, en ocasiones, fruto del orgullo. Y una vez ejecutadas las obras, éstas no valen un rábano si no se defienden con amigos leales, auténticos, prudentes y probos. Y debes captar que la mejor y más aguerrida guarnición de un hombre rico -con vistas a la protección personal y de sus bienes- radica en la estima de sus súbditos y vecinos. Pues así comenta Tulio: "Existe una clase de defensa inexpugnable e indestructible: el amor que a un señor profesan sus ciudadanos y su pueblo."
»Ahora, señor, abordemos el punto tercero. Tus antiguos y prudentes consejeros afirman que no debes obrar con precipitación, sino con extremo cuidado y deliberación. Juzgo, en verdad, que tal afirmación rezuma prudencia y verismo. Tulio lo refrenda: "Prepáralo con extremo cuidado antes de empezar cualquier asunto".
»Te exhorto a que en temas de venganza, bélicos, de lucha y de fortificación te prepares con gran ahínco antes de emprenderlos. Tulio exclama: "Una minuciosa preparación antes de la batalla ocasiona una victoria rápida". Y Casiodoro: "La resistencia se acrece cuando más largo es el preaviso".
»Pero ahora toquemos la decisión acordada por tus vecinos -tus reverenciadores exentos de amor, tus antiguos enemigos reconciliados, tus aduladores-, que te dieron en privado un consejo determinado y el opuesto en público; y también el consejo de la gente joven: el de vengarse y pelear inmediatamente.
»Ciertamente, señor, tal como he dicho con anterioridad, erraste sobremanera al convocarles a consejo. Razones expuestas con anterioridad descalifican a tales consejeros con claridad. Sin embargo, bajemos a pormenorizar.
»En primer lugar, has de proceder según el pensamiento de Tulio. La verdad de este asunto o de este consejo, ciertamente, no precisa grandes investigaciones; notorios son los autores de esos agravios e injurias y la naturaleza de los mismos.
»Acto seguido revisarás el segundo requisito que Tulio menciona al respecto. Éste inserta algo que denomina "consentimiento", es decir, qué, quiénes y cuántos son los que respaldan bien la decisión de una rápida venganza o la de estar acordes con tus enemigos.
»Indudablemente, por lo que respecta al primer punto, es notoria la clase de gente que opta claramente por una decisión rápida: los que te aconsejan emprender la guerra de inmediato no son amigos tuyos.
»Consideremos ahora a aquellos amigos a los que tú aprecias como a ti mismo. Aunque tienes poder y riquezas, estás solo, ya que no tienes un hijo varón, sino una hija; ni tampoco hermanos, primos hermanos ni parientes próximos que induzcan a tus enemigos a no atacarte o a destruirte por temor. Eres consciente de que tu hacienda, con el tiempo, deberá distribuirse entre varios, y cuando cada uno haya recibido esa menguada recompensa, poco anhelo tendrán de vengar tu muerte.
»Por otra parte, tres son tus enemigos, con numerosa descendencia, hermanos, primos y otros parientes próximos; así, aunque exterminases a dos o tres de ellos, quedarían muchos para vengarse de ti y aniquilarte. Y aunque tus parientes fuesen más fieles y fuertes que los de tu enemigo, son, sin embargo, lejanos y tú tienes poca relación con ellos; al contrario, los de tu enemigo guardan estrecha relación con él. En lo tocante a este tema, su posición es, pues, mejor que la tuya.
»Sopesa igualmente si el consejo de los que abogan por la venganza se ajusta a razón. Bien sabes que la respuesta es "no", pues el derecho y la razón prohiben la venganza, que es privativa del juez, el único con jurisdicción sobre ella, según los requerimientos legales.
»En lo referente al punto que Tulio denomina "consentimiento", considera si tu poderío y tu fuerza pueden llevar a término tu propósito y el de tus consejeros. Ciertamente puedes responder negativamente, pues hablando con propiedad sólo se puede hacer lo lícitamente ejecutable. Así, desde el punto de vista legal, no puedes vengarte por tu cuenta. En consecuencia, no estás facultado a llevar a cabo tu propósito.
»Vayamos ahora al tercer punto, que Tulio denomina "consecuencia". Aquí la consecuencia es la venganza que te propones; pero de ella se derivaría otra venganza, peligros y guerras, y otros daños innumerables ajenos a la guerra, que de momento no vislumbramos.
»El cuarto punto de Tulio, "engendramiento", considera que la ofensa por ti padecida se ha originado en el odio de tus enemigos. Tu venganza engendraría otra venganza y, como ya hemos mencionado, muchos problemas y dilapidaciones de riqueza.
»Finalmente, señor, llegamos al último punto que Tulio etiqueta con el nombre "causas". Comprende que el agravio recibido se debe a determinadas causas que los sabios denominan Onensy Efficiens, Causa longinqua y Causapropinqua, es decir, la causa remota y la causa próxima. La causa remota es Dios Todopoderoso, causa remota de todo. La causa proxima fueron tus adversarios. La causa accidental fue el odio. La causa material, las cinco heridas de tu hija. La causa formal, la actuación de tus enemigos, que, mediante escaleras, franquearon los ventanales. La causa final la constituía la muerte de su hija, que, si no se llevó a término, no fue por no habérselo propuesto. Por lo que respecta a la causa remota -cuál fue el motivo que les indujo a venir o qué les sucederá a ellos en tal caso-, sólo puedo hacer conjeturas o suposiciones, sin juzgar. Supongo que acabarán mal, pues el Libro de los Decretos afirma: "Lo que comenzó mal, rara vez y con muchísima dificultad concluirá bien".
»A continuación, señor, si me preguntaren por qué Dios permite que los hombres cometan semejante vileza, no sabría hallar la respuesta adecuada. El apóstol afirma que "los juicios y la sabiduría de Dios son insondables y ningún hombre puede comprenderlos ni escudriñarlos adecuadamente". Sin embargo, según ciertas suposiciones y conjeturas, creo y mantengo que Dios, que es justo y equitativo, debe haberlo permitido por una causa recta.
»Tu nombre, Melibeo, significa "hombre que liba miel". Has libado muchísima miel de dulces riquezas temporales y mundanas delicias y honores, que te han embriagado, y has olvidado a Jesucristo tu Creador. No le has prestado el honor y reverencia debidos, y no has observado las palabras de Ovidio, que afirma: "Bajo la miel de los bienes temporales se encubre el veneno que mata al alma". Y Salomón apostilla: "Si encuentras miel, sáciate; pero si la ingieres sin mesura, la vomitarás y te verás menesteroso y pobre".
»Acaso Cristo, en retorno, haya apartado su rostro y sus clementes oídos de ti, permitiendo que recibas un castigo idéntico a tu falta. Has pecado contra Jesucristo Nuestro Señor al permitir que los tres enemigos de la Humanidad, a saber, el mundo, el demonio y la carne, se apoderaran de tu voluntad a través de tus ventanas corporales, y al no presentar enérgica resistencia contra sus acometidas y tentaciones. Así, te han inflingido cinco heridas en cinco lugares; en otras palabras, los pecados mortales han penetrado en tu corazón por tus cinco sentidos. Y del mismo modo Jesucristo Nuestro Señor ha querido y permitido que tus tres enemigos entren en tu casa por las ventanas e hirieran a tu hija del consabido modo.
Melibeo replicó:
-A decir verdad, veo que te esfuerzas sobremanera con tus palabras a convencerme de modo que no tome venganza de mis enemigos, mostrándome los peligros y perjuicios que podrían derivarse de semejante actitud. Pero aquel que sopese los peligros y perjuicios inherentes a toda venganza, jamás optará por ella, pues le sería perniciosa, ya que ésta discrimina los malos de los buenos, y los que se proponen vengarse refrenan su propósito cuando consideran las penas y castigos que recaen sobre los culpables.
Prudencia replicó:
-Admito que de la venganza se deriven muchos bienes y males. Pero la venganza no incumbe a los particulares, sino únicamente a los jueces y a quienes tienen jurisdicción contra los malhechores. Aún más: así como un individuo particular peca al vengarse de otro, así también peca el juez que no castiga a quien se lo merece. Lo corrobora Séneca: "El que reprende a los malos es buen señor." Y Casiodoro añade: "El hombre teme cometer delitos cuando es consciente y sabe que esto desagrada a los jueces y soberanos." Otro apostilla: "El juez que teme administrar justicia engendra hombres malvados." Y San Pablo, en su Epístola a los romanos, afirma que "los jueces no blanden la lanza sin motivo", sino para penalizar a los malhechores y defender a los que obran el bien.
»Si quieres, pues, vengarte de tus enemigos, dirígete o presenta recurso al juez que goza de jurisdicción contra ellos, y éste los castigará según las exigencias y requerimientos de la ley.
Melibeo respondió:
-Esta clase de venganza no me gusta en absoluto. Después de meditarlo mucho, encuentro que la Fortuna me ha sido favorable desde niño, y me ha ayudado a superar numerosos y dificiles lances. Así, pues, la pondré a prueba ahora, con la ayuda de Dios, que me ayudará a vengar mi ofensa.
A lo que Prudencia respondió:
-Si quisieras seguir mi consejo, no te apoyarías en la Fortuna ni probarías suerte, porque, como afirma Séneca: "Lo efectuado con precipitación, y confiando en la Fortuna, jamás llega a buen fin." Y el mismo Séneca añade: "Cuanto más clara y brillante es la Fortuna, más frágil y quebradiza." No te fles, pues, de ella, ya que es inconstante e inestable. Cuanto más seguro estés de su ayuda, entonces te fallará y te engañará. Al afirmar que la Fortuna te ha mimado desde tu infancia, tanto menos debes confiar ahora en su favor. Séneca afirma: "El hombre favorecido por la Fortuna se convierte en un imbécil integral." Así, pues, ya que ansías vengarte y no te satisface el castigo judicial, considerando que el basado en la Fortuna es arriesgado e incierto, sólo te queda un camino: apela al juez Supremo, vengador de todas las afrentas y maldades. El, como personalmente atestigua, te vengará: "Deja la venganza en mis manos, y la llevaré a cabo". Melibeo respondió:
-Si no me vengo de las afrentas sufridas a manos de esos hombres, estoy incitando o invitando a que me infieran más. Pues escrito está: "Si no vengas una antigua afrenta, incitas a tus enemigos a que te infieran otras nuevas." También si adopto una actitud tolerante me pueden afligir con tantos agravios que sea incapaz de soportarlos o resistirlos, y por ello ser tenido por flojo o débil. Es un dicho común: "Una paciencia excesiva te acarreará numerosos e insoportables sufrimientos."
A lo que Prudencia respondió:
-Convengo en que el exceso de aguante no es provechoso; pero de esto no se deriva que quien sufre una afrenta deba vengarse de ella cuando semejante acción corresponde a los jueces, que son los designados para castigar los insultos y maldades. Así los dos apotegmas que has mencionado se aplican únicamente a los magistrados, pues cuando éstos se muestran tolerantes y poco severos, están como invitando e incitando a que un malhechor cometa nuevos agravios y maldades. También un hombre sabio dijo que "el juez que no castiga a un villano, le manda y ordena que cometa nuevas faltas". Si los magistrados y soberanos toleran blandamente a los malhechores de su jurisdicción, puede suceder que éstos, al acrecentar su fuerza y poder, terminen por arrojar de su escaño a quienes no atajaron sus desmanes.
»Pero supongamos ahora que estás autorizado a vengarte. Afirmo que, actualmente, no estás suficientemente capacitado para ejecutarla. Si te comparas con tus adversarios, verás, como antes te he hecho ver, que te aventajan en muchos terrenos. Así, declaro que, por el momento, te conviene mostrarte tolerante y paciente.
»Aún más. De sobra conoces el común refrán: "El que combate con uno más fuerte o poderoso que él está loco; es peligroso luchar con uno de igual a igual, es decir, con uno que posee pareja fuerza, y hacerlo con uno más débil, es necedad." Por tanto, uno debe rehuir la pelea con todas sus fuerzas. Salomón declara: "Gran cumplido es abstenerse de peleas y refriegas". "Y si aconteciera o sucediera que uno de gran fuerza o poder te afrentase, procura e intenta refrenar el agravio antes que vengarlo." Porque Séneca afirma que "quien se querella con otro más poderoso que él, en gran peligro se pone". Y Catón dice: "Sé tolerante cuando te ofende alguien más fuerte o de más elevada dignidad que tú; porque quien una vez te agravió, puede desagraviarte y serte útil en otra circunstancia".
»Pero aún en el caso de que poseas a la vez fuerzas y poder para ejecutar tu venganza, creo que en muchas ocasiones debes evitar vengarte, y optar por soportar con paciencia y ser tolerante con los agravios que te infirieron, sobre todo si tienes en cuenta tus propios fallos personales. Por ellos el propio Dios ha permitido, como te he relatado antes, que sufras tribulación. Pues el poeta sentencia que "debemos soportar pacientemente las tribulaciones, pensando y considerando que nos las hemos merecido".
»San Gregorio afirma: "Cuando uno considera sus numerosas faltas y pecados, entonces las penas y tribulaciones que sufre le parecen más leves; y cuanto más seria y profundamente medita en sus pecados, más livianas y llevaderas le parecerán." En consecuencia, debes humillarte y estar dispuesto a imitar la paciencia de Jesucristo Nuestro Señor, como aconseja San Pedro en sus Epístolas: "Jesucristo ha sufrido por nosotros y dado ejemplo para que todos le imitemos y sigamos, pues Él jamás pecó o profirió palabra maligna. No maldecía cuando los hombres le maldecían, ni los amenazaba cuando le atormentaban".
»El aguante que los santos del Paraíso mostraron cuando fueron afligidos por la tribulación sin culpa alguna debe también moverte a ser paciente. Piensa, además, que las tribulaciones de este mundo son de poca duración y pasan presto, y, en cambio, la paciencia en la aflicción produce eterna alegría en el hombre. Lo indica el apóstol en su Epístola con estas palabras: "La alegría de Dios es perdurable", es decir, eterna. También creo y sostengo con firmeza que el impaciente, o el que no quiere serlo, es un hombre ignorante y mal criado. Salomón declara al respecto que "la paciencia refleja la instrucción y la sabiduría de un hombre". Y en otro lugar sostiene que "el paciente se conduce con gran prudencia". Y continúa el mismo Salomón: "El colérico e iracundo alborota, el paciente se refrena y tranquiliza". Y sigue: "La paciencia es preferible a la gran fortaleza; y el autodominio del propio corazón es más loable que el conquistar importantes ciudades por la fuerza o poder". Y, por consiguiente, dice Santiago en su Epistolas que "la virtud que corona la perfección es la paciencia".
Melibeo respondió:
Admito, señora Prudencia, que la paciencia es la corona de la perfección, pero no todos pueden alcanzar la que propugnas. Ni yo mismo soy un hombre perfecto: mi corazón no hallará la paz hasta que yo me vengue. Mira cómo mis enemigos, a pesar del riesgo que corren al agraviarme, no albergan estos pensamientos, sino que buscan satisfacer sus malvados designios y propósitos. Y, así, considero que la gente no debe reprocharme el que, para vengarme, me arriesgue un poco, ni que cometa un grave exceso vengando un ultraje con otro.
Prudencia respondió:
-¡Ay! Manifiestas tu propósito y tus inclinaciones, pero bajo ningún concepto uno debe cometer exceso o injusticia con fines reivindicativos. Casiodoro afirma que «quien venga un ultraje obra tan mal como el que lo comete». En consecuencia, tu venganza se debe ajustar a derecho, es decir, a la ley, sin excesos ni afrentas. Y también pecas si quieres vengarte de las afrentas de tus enemigos de un modo ajeno a la legalidad. Y, en consecuencia, Séneca declara que «uno no debe vengar una maldad con otra». Y si afirmas que el derecho demanda que un hombre defienda la violencia con la violencia y la agresión con la agresión, tendrás razón si semejante defensa se efectúa sin dilación o interrupción, como autodefensa, no como venganza. Resulta pertinente que uno ponga moderación en su defensa, de modo que nadie pueda aducir crueldad o fogosidad excesivas, cosas ambas contrarias a la razón. De sobra conoces que ahora no ejecutarías una acción defensiva, sino vindicativa; en consecuencia, tu actuación no sería moderada. De ahí deduzco que la paciencia es buena, pues Salomón declara que «el impaciente recibirá gran daño».
Melibeo adujo:
-Te lo concedo: no es de extrañar que resulte perjudicado quien es impaciente e iracundo en temas que no le tocan o no son de su incumbencia. Pues la ley declara que «quien se entromete o inmiscuye en cosas que no le tocan, es culpable». Y Salomón dice que «quien se entromete en alboroto o refriega ajenas es semejante al que coge un perro por orejas». Pues del mismo modo que quien agarra un perro ajeno por las orejas resultará posiblemente mordido, también parece razonable que resulte perjudicado quien, por impaciencia, interviene en negocio ajeno que no le incumbe.
»Pero conoces perfectamente que este hecho, es decir, mi aflicción y ultraje, me han afectado mucho. Por consiguiente, no es de extrañar que esté impaciente y airado. Además, en perjuicio de tu opinión, no logro adivinar los graves daños que se puedan derivar de mi venganza, ya que soy más rico y poderoso que mis enemigos. De sobra sabes que con dinero y abundante caudal se arreglan los asuntos terrenos. Salomón lo corrobora: "Todo obedece al dinero".
Al ver Prudencia cuán engreído estaba su esposo de su dinero y riquezas y cómo menospreciaba el poder de sus enemigos, se le dirigió en estos términos:
Acepto, mi amado señor, tu riqueza y poder, y que el dinero ganado legítimamente, y usado adecuadamente, es bueno. Pues así como el cuerpo humano no puede vivir sin alma, tampoco puede hacerlo sin bienes temporales. También se pueden ganar numerosos amigos a través de las riquezas. Y por ese motivo afirma Pánfilo: «La hija de un boyero acaudalado podrá elegir esposo entre mil, pues ninguno de entre ellos la rechazará o la desairará.» También el mismo Pánfilo declara: «Si eres muy feliz -es decir, si eres muy rico-, entonces encontrarás multitud de camaradas y amigos. Si tu suerte se tuerce y te empobreces, despídete de los unos y los otros: te encontrarás -con la excepción de los pobres- solo y aislado.» El mismo Pánfilo añade incluso que «el siervo o esclavo por nacimiento se convierte en digno y respetable con sus riquezas». Y así como de la riqueza se desprenden grandes beneficios, así también se derivan multitud de daños y perjuicios de la pobreza. La pobreza extrema impele al hombre a numerosos perjuicios. Por esto, Casiodoro denomina a la pobreza madre de la ruina, a saber, madre de los derramamientos y destrucciones. En consecuencia, Pedro Alfonso confirma: «Quien -bien por haber nacido libre, bien por su linaje- se ve forzado a comer de las limosnas de su enemigo, por ser pobre, sufre una de las mayores adversidades de este mundo».
»Lo mismo opina Inocencio cuando en uno de sus libros afirma: "La situación del pobre mendigo es triste y desafortunada. Porque, si no mendiga, perece de hambre; y si pide, constreñido por la necesidad, perece de vergüenza; y la necesidad siempre le impele a pedir". Y, por consiguiente, afirma Salomón que "es preferible morir a poseer semejante pobreza". También el mismo Salomón añade: "Es preferible perecer de muerte amarga que vivir de este modo". Por todos estos motivos y por muchos otros- estoy conforme en que las riquezas bien obtenidas y aplicadas son provechosas. Así, quiero enseñarte a actuar correctamente en la adquisición y disposición de bienes.
»En primer lugar, no demuestres avidez por las riquezas, sino que búscalas poco a poco, con calma y de modo reflexivo. Pues quien codicia riquezas se entrega al robo y a toda suerte de maldades. Al respecto afirma Salomón: "Quien se apresura a enriquecerse no puede mantenerse inocente". Y también: "Las riquezas ganadas con rapidez se alejan de él pronto y velozmente; pero las que vienen poco a poco, siempre se acrecen y multiplican".
»Señor, incrementa tu patrimonio con tu esfuerzo e inteligencia, para tu propio provecho, sin causar perjuicio o injusticia a terceros. En la ley se lee que "el ocasionar daño a otra persona no enriquece a nadie". Es decir, existe un impedimento y prohibición legal para enriquecerse a costa del perjuicio apeno. Y Tulio comenta que "ningún agravio, ni temor mortal, ni nada que pudiera acontecerle, va tanto contra la naturaleza como el fomentar el propio provecho a expensas del mal de otra persona".
»Y aunque los poderosos y magnates se enriquecen con más facilidad que tú, no debes ser negligente o lento en afanarte en tu beneficio: huye siempre de la ociosidad. Salomón observa que "la ociosidad es la madre de numerosas maldades". Y el mismo Salomón añade que "quien se afana y ocupa en roturar la tierra comerá pan: pero el perezoso desocupado y sin trabajo se verá sumido en la misena y morirá de hambre". El perezoso e indolente nunca encuentra tiempo para trabajar. Ya lo dijo el poeta: "En invierno, el perezoso se excusa de trabajar a causa del frío, y en verano, del calor excesivo." Y Catón exhorta: "No te acostumbres a dormir demasiado, porque el descanso prolongado engendra y alimenta numerosos vicios". Y, en consecuencia, San Jerónimo declara: "Haz buenas obras para que el diablo, nuestro enemigo, no te encuentre ocioso", porque el diablo no hace sucumbir fácilmente a quien está empeñado en el bien obrar.
»Así, huye de la ociosidad en la adquisición de bienes, y después, utiliza tus ganancias, finto de tu habilidad y. esfuerzo, de forma que no te consideren ni mezquino ni cicatero, ni excesivamente pródigo y liberal. Catón afirma: "Utiliza los bienes ganados de modo que no te puedan llamar tacaño o avaro; el ser pobre de corazón y rico en bienes es sumamente vergonzoso para un hombre". Y asimismo dice: "Gasta con mesura tus ganancias", pues los que dilapidan y despilfarran tontamente sus bienes, intentan, al perderlos, arrebatar los del prójimo.
»Declaro, pues, que debes huir de la avaricia y utilizar tus bienes de forma que nadie te acuse de enterrarlos, sino de que los guardas bajo tu control y poder.
Un sabio critica al avaricioso en un par de versos: "¿Por qué y para qué entierra uno sus bienes movido por extrema avaricia si sabe sobradamente que necesariamente ha de morir? En esta vida presente, la muerte es el fin de todos." ¿Y por qué causa o razón se aferra y apega tan afanosamente a sus posesiones de modo que todos sus sentidos no se pueden alejar o apartar de ellas, si harto sabe, o tendría que saber, que, cuando muera, no se llevará nada de este mundo? Por consiguiente, San Agustín afirma que "el avaro se parece al infierno, que cuanto más devora, más insaciable se muestra".
»Pero así como debes evitar se te considere tacaño o avaro, igualmente has de evitar se te tache de excesivamente pródigo. Tulio afirma sobre este tema: "No tengas escondidos y soterrados tus bienes patrimoniales de modo que permanezcan ajenos a tu piedad y generosidad -es decir, dar parte a los que padecen gran penuria-; pero tampoco los tengas tan evidentes que sean comunes a todos".
»Después -en lo tocante a la disposición y uso de tus bienes-, debes tener siempre en tu pensamiento tres cosas, a saber: Dios Nuestro Señor, tu conciencia y tu reputación. Bajo ningún concepto, pues, hagas algo que en algún modo desagrade a tu Hacedor. Pues según afirma Salomón, "mejor es poseer pocos bienes y el amor de Dios, que tener muchas riquezas y perder la estima de Nuestro Señor". Y el profeta declara: "Es preferible ser un buen hombre y tener pocas riquezas y posesiones, que tener muchas y ser reputado como malo".
»Yo voy todavía más lejos. Todos tus esfuerzos en enriquecerte han de cumplir los requisitos de una buena conciencia. El apóstol declara que "lo que más nos debe alegrar aquí en este mundo es el testimonio de una buena conciencia" Y el hombre sabio sentencia: "Cuando su conciencia no se halla en pecado, la riqueza de un hombre es buena".
»En la obtención y disfrute de tus bienes debes poner un gran afán y diligencia en conservar y guardar tu reputación. Salomón afirma que "le es más útil y preferible a uno preservar la reputación que poseer muchos bienes". Y así afirma en otro lugar: "Pon gran diligencia en conservar tus amigos y tu buen nombre, porque eso es más duradero, aunque no sea de tanto precio".
»Indudablemente no merece el sobrenombre de caballero, si, además de Dios y su conciencia, se despreocupa de todo, incluso de su reputación. Y Casiodoro afirma que "el amor y deseo de una buena fama es señal de noble corazón". Y San Agustín sentencia: "Dos son las cosas necesarias: la buena conciencia y reputación; a saber, buena conciencia en tu interior, y buena reputación ante tu prójimo. Y quien se confie en su buena conciencia hasta el extremo que se despreocupa y desprecia su buena reputación, es un cretino integral".
»Señor, ahora que te he mostrado cómo debes adquirir y utilizar las riquezas, analicemos de qué forma la confianza que tienes en tu hacienda te mueve a buscar peleas y rencillas. Te aconsejo que no inicies las hostilidades confiando en tus posesiones, pues éstas son insuficientes para financiar la guerra. Un filósofo afirma al respecto: "Quien busca la guerra a cualquier precio, jamás tendrá lo suficiente para financiarla, porque cuanto más posea, mayores gastos tendrá en pos de la victoria y de la honra."Y Salomón declara que "cuanto mayor sea la riqueza de un hombre, más dilapidadores de sus bienes tendrá".
»En consecuencia, mi querido señor, aunque mucha gente te respalde por tus riquezas, no resulta bueno ni conveniente romper las hostilidades si puedes vivir en paz preservando tu honor y tu propio provecho. Las victorias de este mundo no dependen ni del valor humano ni del número o multitud de tropas, sino de la voluntad de Dios Omnipotente, en cuyas manos estamos. Y, por consiguiente, judas Macabeo, el caballero de Dios, al disponerse a luchar contra sus adversarios, viendo que éstos eran numerosisimos y más fuertes que su ejército, dirigió a su reducida hueste la siguiente arenga: "Nuestro Señor y Todopoderoso Dios igual puede otorgar la victoria a los pocos como a los más numerosos; la victoria en la lucha no se basa en el número de combatientes, sino en el Dios del Cielo, Nuestro Señor".
»Mi querido amo, ya que no existe nadie que tenga la seguridad divina en la victoria, ni de que Dios le ama, debe siempre temer mucho romper las hostilidades porque en los peligros bélicos sucumben tanto los débiles como los poderosos. Leemos en Reyes II: "Los hechos bélicos son fortuitos e inciertos”, pues igual alcanza una lanzada a uno como a otro. Y ya que existe tal peligro en la guerra, el hombre debe hacer lo posible para evitarla porque, como declara Salomón: "Quien ama el peligro perecerá en él"
Cuando la señora Prudencia hubo concluido su exposición Melibeo respondió:
-Me doy cuenta, señora Prudencia, por tus hermosas palabras y argumentos que has esgrimido, que la guerra te desagrada; pero no me has aconsejado sobre mi actuación para la situación presente.
Ella respondió:
Te aconsejo que llegues a un acuerdo y firmes la paz con tus enemigos. En sus Epístolas, Santiago afirma que «con la paz y la concordia las pequeñas riquezas se acrecientan, mientras que las grandes fortunas se pierden por la guerra y la discordia». Y bien sabes que la unidad y la paz son una de las mayores y más elevadas cosas de este mundo. Por este motivo Jesucristo Nuestro Señor dijo a los apostoles «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios».
Melibeo apostilló:
-¡Ay! Veo claramente ahora que no tienes en estima ni mi honor ni mi dignidad. Te consta que mis enemigos han iniciado este combate y querella con un ultraje, y te consta, asimismo, que ni buscan ni piden la paz. ¿.Acaso pretendes que sea yo quien vaya y me humille y me someta a ellos y suplique su favor? En verdad, esto no me reportaría honra alguna, ya que es opinión común que si el orgullo desmedido engendra desprecio, tal acontece con la exagerada humildad. Al oír estas palabras puso un rostro de enojo y replicó:
-Sin duda, señor, si no te ha de disgustar, te diré que estimo -siempre ha sido así- tu bien y reputación como los míos propios; ni vos ni nadie me ha visto jamás hacer lo contrario. De cualquier forma, no me he equivocado al aconsejarte la paz y la concordia. El hombre sabio aconseja que sea otro quien comience la contienda y tú quien inicie la reconciliación. Y el profeta declara: «Huye del mal y obra el bien; y, en cuanto de ti dependa, busca la paz y síguela». Sin embargo, no te digo que atosigues a tus enemigos con tus peticiones de paz, en vez de esperar a que ellos vengan a ti, porque conozco que tu dureza de corazón te impedir&aac |