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Capítulo de En el Estado) En: Vuelta (México) cap. 2, 1977, pp. 4-7
Falacias, infundios. Lo cierto es que yo fui desvirgada -o deshonrada, si usted lo prefiere así- el día de mi primera comunión. Me explicaré: Tanto por parte de padre-como de madre procedo ‘de ilustres familias; de rancio abolengo, casas nobles, títulos de grandeza, linajes destinados al trono, luchas dinásticas, traiciones, simonías, perjurios, de todo: ensoberbecimiento de los grandes señores, perfidias de los eclesiásticos, revueltas campesinas. La familia de mi padre, de origen saboyardo, extendía sus dominios a todas las riberas del Mediterráneo, ese aparentemente apacible pero inquieto, tortuoso y multiforme mar interior, esa líquida lengua que al penetrar, invadir y sellar las profundas invaginaciones a que diera lugar la separación de los tres continentes históricos engendrará en las interioridades de cada seno y de cada golfo, las más delicadas, perversas, sugerentes y nocivas delicias de que puede presumir nuestra moribunda civilización. Pues bien, como decía, la familia de mi padre poseía dominios muy extensos, innumerables señoríos, fincas de todas clases, centenares de predios y montes de caza, grandes dehesas de centenares de posturas; miles y miles de posturas, millares de fanegas, decenas de millares, centenas de millar, millares de millares de centenares de millar, millones de fanegas, de acres, de días de buey, de siglos de buey diría yo, por no hablar de las deciatinas, millares de deciatinas, centenares de millares de deciatinas, tal vez millones que un día pasarían a mis manos pues -como sin duda ha adivinado usted- por las venas de mi madre corría una mezcla de sangre eslava, rutenia, montenegrina. .”
“¿Circasiana?”
“,De circasiana nada. He dicho rutenia, montenegrina. . .
Como un gran cauce que recoge todas las aguas montaraces de alejadas cordilleras perdidas entre las nubes, el cuerpo de mi madre había recibido la sangre de los godos, de los gépidos, de los alanos, de los hérulos, de los acacirios, los turingios, los marcomanos -de los que heredé la profundidad y constancia en la mirada-, los eslavones, los escirros, los rugienses, de los longobardos -de cabelleras azafranadas-, los tracios -crueles y embusteros-, los albanos, los valones, los amautes -de quienes saqué la firmeza y esbeltez de tobillos-, los ligures -que me legaron su frigidez-, los ostrogodos -su amor a las piedras y joyas-, los ingros, los livonios, los permios -siempre sedientos-, los vogules, los votiacos, los cheremisos -aduladores, buenos comerciantes-, los mordvinenses, los ostiacos, los cóncicos, los cimbros, los meseguetas, en cuyas llanuras el hielo es dorado.
En fin ¿para qué seguir? Pero desde luego nada de circasiana.
No estaría yo aquí. No faltaría más ¡circasiana! Pero ¿qué se ha creído usted? ¿A qué viene semejante impertinencia?
Repito que se trataba de grandes linajes rutenios, paflagonios, escitas pero nada de circasianos, que al juntarse dieron lugar a una mezcla explosiva. Temperamentos calientes y apasionados en cuerpos duros y fríos que jamás se doblegaron ante las debilidades de la carne o los desvaríos de la sociedad. Me refiero a la concupiscencia, sobre la que nunca he podido tener ideas claras a causa de la miscenegación de mis antepasados. Prevalecía sin embargo una ambición sin ningún género de trabas, un orgullo satánico, una ilimitada capacidad de entrega y ni el menor asomo de compasión hacia el vencido. Linajes ilustres, calamidades sin cuento. Sequías pavorosas, inundaciones que borraban del mapa pueblos enteros, incendios, pillajes. Estupros, amores incestuosos. Padres que bajaban a la tumba rabiando de ira por las traiciones e ingratitudes de SUS hijos; hijos que profanaban los lechos de las amantes de los padres; la anona, luego la emancipación de los esclavos, las luchas de religión, el látigo. La subversión. Mujeres acosadas y perseguidas que buscaban refugio en húmedos conventos amurallados, cerca del lago Switez, donde Chopin veía todas las noches los brillos de una ciudad sepultada bajo las aguas negras. Cosas todas ellas apasionantes bajo cuyo signo nací yo pero que, al parecer, apenas dicen nada al oído moderno.
No se puede decir que los saboyardos fueran de temperamento ardiente y lúbrico en contraste con unos samoyedos tan sólo atentos al pillaje y la crueldad. Eran mitad y mitad. Todos ellos aportan sus rasgos genéricos que se incorporan a mi carácter en la debida proporción y con resultados contradictorios e imprevisibles: frígida por lo general, soy una tempestad en mis raros momentos de éxtasis; interesada y cruel para el amor tanto como generosa, desprendida y entusiasta para los negocios. Como le decía, fui deshonrada el día de mi primera comunión. Era todavía una niña, sí, muy niña, muy delicada; apenas la futura mujer apuntaba en las tímidas prominencias de los senos y en las rubias y ralas pubescencias, cuando a la naturaleza plugo colorear con una nota sombría y roja aquel radiante plexo llamado a transmitir su calor a una generación que conservaría de sus rasgos. . . ”
“Qué coño circasianos. Nada de circasianos, ya le he dicho que no hay nada de eso ¿De dónde lo ha sacado usted?
Más me hubiera valido, ahora que lo pienso, pero no hubo nada de eso, nada tengo que ver con ese pueblo. Le decía que los rasgos de una futura gran dama; delicados, nobles, virginales, esos que delatan a la par que un espíritu curioso, rigoleur y un poco tornadizo, esa exquisita inocencia y ese escaso poder de concentración que, al parecer, tanto atraen a sádicos, perversos y maníacos. Sí, muy niña, sin el menor conocimiento de los misterios y pasiones que encierra la vida, sin que todavía hubieran resonado en mis vasos las mudas voces del instinto, sin haber atendido jamás la llamada del complot. . .”
“¿Del complot?”
“Eso he dicho, del complot. Realmente me asombra usted. En fin, una colegiala. En efecto, fui educada en Suiza, en uno de los grandes internados de Neuchâtel reservados a las señoritas de la más alta sociedad, la crema de Europa con alguna ferretera americana, chacarera de la Pampa, princesas de la Sublime Puerta. Mis padres tuvieron buen cuidado al elegir el establecimiento pero, tal vez debido a sus frecuentes disputas y querellas concernientes a los bienes parafernales, negligieron el cumplimiento de los deberes pascuales de una hija única a la que sólo veían en los breves periodos de vacaciones. Por eso hice la primera comunión algo tarde aunque siendo todavía una niña, la inocente y primaveral criatura en la que, con todo, el observador sagaz habría adivinado los rasgos y caracteres de la futura Astaroth, la nueva Ledo, la moderna Kalipigos -la de la hermosa grupa, sosteniendo en alto su falda-, la segunda hija de Fahes, el monstruo bisexuado incestuoso, la rubia Afrodita Morfo, la de las múltiples formas, y hasta si me apura usted la Ambologera del siglo XX, la que retrasa la vejez. Un portento, un verdadero prodigio, de niña. De Neuchâtel fui llevada con toda pompa -pero sin ruido, sin innecesarios apresuramientos- a un castillo que la familia de mi madre poseía en unos riscos subcarpáticos que dominan las fértiles vegas del Tisza y a fin de que -siguiendo las advertencias del capellán del internado- cumpliera con el precepto en el seno de la familia reunida para tal ocasión. Fue un día de gala para toda la provincia, un día de regocijo y amnistía porque dada la particular posición de mis padres dentro de sus respectivas familias, la introducción del primer alimento espiritual en el cuerpo de su única hija revestìa la importancia de una reconciliación que cancillerías, patriarcados y diócesis venían reclamando desde las guerras de religión y quién sabe si desde las querellas del cismático Ignacio. Vinieron gentes de todos los rincones de Europa, del sereno y enigmático Adriático, de la lejana, helada y picuda Gdansk, de la despreocupada Valaquia, del rumo roso Brabante, del siempre adusto y agresivo Franco Condado; vino el voïvoda de Macedonia acompañado de su Estado Mayor y varios jefes religiosos y militares de las estepas. . .”
“¿Circasianas tal vez?”
“No, ya le he dicho que no. No me interrumpa, por favor. También vinieron unos amigos de Barcelona, amigos de toda la vida, personas muy agradables. Ella es una Fontcuberta, una fortuna inmensa, dueños de media provincia; todos los años me invitan a pasar una temporada en su casa; tienen una casa espléndida por la parte alta del ensanche y una finca en Cambrils que es una auténtica maravilla. A mí me gusta mucho Barcelona y siempre que he ido por allí lo he pasado muy bien porque no se puede usted hacer idea de hasta qué punto son atentos y animados.
Están relacionados con lo mejor de la tierra y todas las noches tienen gente a cenar. Lo malo es que hace mucho que no voy, lo menos cuarenta años. No sé qué habrá sido de ellos. Pobre gente. La verdad es que se merecían otra cosa pero qué se va a hacer. La vida es así. Hay que seguir, no queda otro remedio. Qué peste. He tenido muy buenos amigos catalanes me he divertido mucho en Barcelona.
Tenían una ver adera obsesión por creerse más civilizados que los otros y eso los aniñaba un poco. Pero son amigos para toda la vida y saben cuidar lo que tienen.
El país es muy bonito aunque el agua es escasa y un poco dura. En fin, ellos lo pasan muy bien y tienen una gran afición a la montaña y a los orfeones. Como le decía, vinieron de todos los rincones de Europa y Asia Menor. . .”
“Y a la vihuela.”
“¿A qué vihuela?”
“A la vihuela en general ¿NO sabía usted que en Barcelona hay una gran afición a la vihuela en general?”
“No, no lo sabia, no había reparado nunca en ello. La verdad es que he estado allí muy pocas veces y siempre de paso. Pero no me extraña nada porque son gente muy preparada, que sabe cuidar lo que tiene. Sobre todo en los medios financieros y universitarios.”
“¿Qué medios son esos?”
“Ah, usted sabrá ¿Acaso no pertenece usted a esa clase de tipos que creen saberlo todo?”
“No, no lo creo. Pero a este respecto ahora recuerdo un chiste que viene al pelo y tiene verdadera gracia”.
“A ver.”
“Dice: el financiero justifica los medios económicos.
¿Verdad que tiene gracia, verdadera gracia? Está bien ¿eh?”
“No le veo la gracia por ninguna parte. No sé a qué viene todo esto ni qué secreto designio esconde usted al interrumpir constantemente mi relato.”
“Tan sólo quería indicar que tal vez sea en los medios universitarios de Barcelona donde exista una mayor afición a la vihuela”.
“No lo dudo. Allí saben cuidar todo eso y sienten un gran respeto por su cultura. Hay gente preparada, muy bien preparada. No faltan las conferencias ni los conciertos y saben gastar el dinero, lo mismo en una catedral que en una torre cerca de Tiana.”
“¿Circasiana?”
“Y dale ¡Qué manía! ¿Quién ha dicho nada de circasiano?
Ya lo diré cuando tenga que decirlo. No alcanzo a comprender el beneficio que saca usted al interrumpir constantemente mi relato. Le diré a este respecto que cuantas veces lo he narrado he despertado entre mis oyentes un interés tan vivo que sólo a duras penas y con grandes dificultades y alegando toda clase de inconvenientes -el cansancio, la falta de memoria, la carraspera- podía sustraerme a la petición.
Recuerdo a este respecto que un gran amigo y admirador mío, de una familia de origen circasiano. . .”
“¿Qué pasa? ¿Por qué se detiene ahora?”
“En fin, me he equivocado una vez más; creía que era usted más perspicaz; por otra parte se trata de una anécdota sin importancia pero confiaba -ay, ilusoriamente que a usted podría interesarle por su curiosidad en ciertos detalles que no vienen al caso. Como le decía, fue una fiesta memorable con la que mi familia, sin duda, quiso borrar pasados errores y presentar un talante más bondadoso hacia los pueblos y tribus que mantenía avasallados. El sacramento era, con toda probabilidad, poco más que un pretexto y muchas veces he pensado que de semejante hipocresía -como diría el doctor Pernochta- procede mi infantil aversión a la fellatio. Le diré que no es tanto aversión cuanto repugnancia aunque -para decirlo todo- me represento con frecuencia semejante asco como una reacción de carácter social e instintivo a la enorme atracción que sobre mi espíritu ejerce esa práctica aberrante. Y que como usted no tardará en saber me ha conducido hasta mi actual degradación, a los más nefandos si bien involuntarios crímenes, a la soledad más negra y espantosa, al desprecio a toda participación erótica que no sea con mi otro yo y a la más absoluta e insuperable falta de solidaridad y comunicación con mi medio. No, no es que lo eche de menos.
De sobra si qué es lo que echo de menos, no hace falta que venga usted a recordármelo con sus sucias propuestas, en el marco del lenguaje más soez que me ha sido dado escuchar en años. Y mire que yo he oído cosascosas que harían enrojecer a un regimiento de zapadores, la mayor parte de ellas provocada por la afluente agitación que henchía mis pechos y con la que he tratado con frecuencia de amamantar a esas espectrales criaturas del deseo. Y le diré más, tengo la impresión de que ambos echamos de menos lo mismo y aunque con eso no quiera decir que carece usted totalmente de esos atributos que califican al hombre, sí me permito creer que dista usted mucho de poder ofrecer esa equitativa retribución cuya sospecha es lo que mas despierta el apetito. En otras palabras, usted no es mi tipo porque ya lo fue. . . pero aun así. Fue una fiesta espléndida; la misa fue oficiada por el legado pontificio de Moravia, tío de mi madre, y a continuación se sirvió el desayuno en el parque.
Se celebró una fiesta para los niños -vigilados por sus tutores y ayas, mientras los padres se retiraron al interior a discutir sobre herencias, legados y mandas, todos los entresijos de la política testamentaria- con toda clase de juegos y concursos al aire libre que convocó mi madre porque siendo yo una de las niñas más aventajadas física e intelectualmente, era su intención y deseo que brillase como la estrella de mayor magnitud de toda la extensa constelación familiar.
Pero antes de cambiar los blancos ropajes del rito por un traje de corte más festivo, fue preciso que entrara a saludar y hacer donación de una estampa conmemorativa del acontecimiento al señor del castillo y patriarca de la localidad, un anciano tío de mi padre por línea política, que apenas veía la luz cenital, que sólo se alimentaba de limonadas, que casi invalido se veía reducido a un sillón de ruedas y que abandonado de sus fuerzas sólo sobrevivía gracias a SU furor y encono, a las venganzas de toda índole de que se valía su carácter despótico y arbitrario para sojuzgar y amedrentar a todos sus familiares con amenazas relativas a sus disposiciones testamentarias. Por eso con frecuencia he sospechado que en toda aquella inocente efeméride, tras los infantiles juegos en el parque se hallaban ocultos numerosos e inconfesables propósitos que al no rendir los frutos apetecidos indujeron en el alma de la niña el abismal temor -difícilmente expresable con palabras- a que todo obedecía a causas desconocidas. Que lo que en verdad mueve nuestro mundo no asoma nunca y que lo que aparece no tiene visos ni fuerza de realidad. Que toda experiencia se halla cubierta con un velo y que aquel que desee desgarrarlo a través del agujero no columbrará más que tinieblas: sordas, zumbantes, inquietantes y atrayentes, pérfidas tinieblas. Que todo sueño es el preludio de otro más profundo y sombrío Y que solamente acertará a vivir quien vuelva la espalda al conocimiento de la vida. Pensamientos todos ellos muy propios -sin desdeñar la metáfora del velo, acaso la más apropiada para tal ocasión para un día de semejantes transportes místicos.”
FIN
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