| Dignos para siempre de mi respeto ...
NOTA DEL AUTOR
En esta narración, que, lo reconozco, es, no obstante su brevedad, una obra bastante com¬pleja, no he tenido la menor intención de traer a cuento lo sobrenatural. A pesar de ello, no ha fal¬tado algún crítico que la considerase desde este punto de vista y advirtiera en ella mi propósito de dar rienda suelta a mi imaginación, dejándola trasponer los límites del mundo de la humanidad viva y doliente. Pero, a decir verdad, mi imagi¬nación no está hecha de una materia a tal punto elástica, y tengo para mí que, si intentase some¬terla a la prueba de lo sobrenatural, el fracaso sería tan lamentable como enojoso y vacuo. Por otra parte, jamás me habría arriesgado a seme¬1ante tentativa, abrigando, como abrigo, moral e intelectualmente, la invencible convicción de que todo lo que cae bajo el dominio de nuestros sentidos, por excepcional que sea, no podría diferir en su esencia de todos los demás efectos de es¬te mundo visible y tangible cuya parte consciente venimos a formar. El mundo de los vivos encie¬rra ya por sí solo bastantes maravillas y misterios; maravillas y misterios que obran por modo tan inexplicable sobre nuestras emociones y nuestra inteligencia, que ello bastaría casi para justificar que pueda concebirse la vida como un sortilegio. No; mi conciencia de lo maravilloso es demasia¬do firme para que pueda dejarse nunca fascinar por el simple sobrenatural, que, en resumidas cuentas, no es sino un artículo de manufactura fabricado por espíritus insensibles a las secretas sutilezas de nuestras relaciones con los muertos y los vivos en su infinita muchedumbre: profana¬ción de nuestros más tiernos recuerdos; ultraje a nuestra dignidad.
Fuese cual fuese mi modestia innata, jamás condescenderá a subvenir a mi imaginación re¬curriendo a vanas invenciones comunes a todas las épocas y capaces de henchir de indecible tris¬teza a todos aquellos que, poco o mucho, sienten el amor de la humanidad. En cuanto al efecto de un choque mental o moral sobre un espíritu sen¬cillo, nadie podrá negar que constituye un tema de estudio y de descripción perfectamente legí¬timo. El ser íntimo de Mr. Burns ha recibido un choque violento en el curso de sus relaciones con su antiguo capitán, y de ahí, dado su estado de sa¬lud, que se manifieste en él una manía supers¬ticiosa, mezcla de temor y de animosidad. Ello constituye uno de los elementos de esta narra¬ción, pero ni encierra nada de sobrenatural, ni, realmente, contiene nada que provenga del más allá de los confines de este mundo en que vivimos y que, seguramente, encierra ya por sí solo bas¬tante misterio y terror.
Es probable que si hubiese publicado esta na¬rración, cuyo proyecto me viene ocupando des¬de hace largo tiempo, bajo el título de El Primer Mando, ningún lector imparcial, dotado o no de espíritu crítico, habría visto en él el menor asomo de sobrenatural. No insistiré aquí sobre los orí¬genes del sentimiento que ha hecho nacer en mi espíritu el título definitivo de este libro: La Lí ¬nea de Sombra. La primera intención de esta obra era el presentar ciertos hechos referentes a ese instante en que la juventud despreocupada y ardida alcanza la época más consciente y conmo¬vedora de la madurez. Huelga decir que, en pre¬sencia de la prueba suprema de toda una genera¬ción, he tenido la conciencia cabal del carácter restringido e insignificante de mi humilde expe¬riencia. No se trata aquí de paralelismo alguno, ni jamás se me ha ocurrido semejante idea. Pero sí experimentaba el sentimiento de algo semejan¬te, aunque con una enorme diferencia de propor¬ciones, entre lo que puede ser una simple gota de agua comparada con -la amarga y tumultuosa in¬mensidad de un océano. Cosa, al fin y al cabo, perfectamente natural, pues siempre que nos po¬nemos a meditar sobre el sentido de nuestro pro¬pio pasado, éste parece llenar el mundo entero con su profundidad y extensión. Este libro fue es¬crito durante los tres últimos meses del año 1916. De todos los temas a disposición de un escritor, éste era el único que estaba en condiciones de tentar por aquella época. La profundidad y la naturaleza del sentimiento en que me dispuse a abordarlo quizás encontraron su más cabal ex¬presión en la dedicatoria que va al frente, aun¬que hoy ésta me parezca singularmente despro¬porcionada: nuevo ejemplo de la abrumadora grandeza de nuestras propias emociones.
Dicho esto, séame permitido hacer unas cuan¬tas observaciones sobre la materia misma de esta narración. Su marco pertenece a esa parte de los mares del Extremo Oriente de que he extraído, durante mi vida de escritor, la mayor parte de mis asuntos. El solo hecho de confesar que pensé du¬rante largo tiempo en este relato bajo el título de El Primer Mando, indicará ya al lector que se re¬fiere a una experiencia personal. Y, efectivamen¬te, de una experiencia personal se trata, vista con la perspectiva del recuerdo y coloreada con ese amor que no podemos por menos de experimen¬tar con respecto a acontecimientos de nuestra pro¬pia vida que no nos ofrecen motivo alguno de ru¬bor. Y este amor es tan intenso -y aquí apelo a la experiencia universal- como la vergüenza y casi la angustia con que se recuerdan ciertas circuns¬tancias lamentables, incluso simples equivocacio¬nes cometidas en el pasado. Uno de los efectos de perspectiva del recuerdo es el mostrarnos las cosas mayores de lo que son, debido a que los puntos esenciales se encuentran en él aislados de su con¬torno de minucias cotidianas, automáticamente borradas del espíritu. Recuerdo con placer esta época de mi vida marítima, porque tras un co¬mienzo enojoso vino al fin a resolverse en un éxi¬to personal, del que conservo una prueba tangi¬ble en los términos de la carta que mis armadores me escribieron dos años más tarde, al dimitir mi mando para volver a Europa. Esta dimisión seña¬ló el comienzo de otra fase de mi vida marítima, su fase final, por así decirlo, que no dejó de colo¬rear, a su vez, otra parte de mis obras. Yo no tenía entonces la menor idea de que mi vida de marino tocaba a su fin, así que no experimenté otra tris¬teza que la de separarme de mi barco. Deplo¬ré también tener que romper mis relaciones con los armadores de éste, que me acogieran con gran cordialidad, depositando su confianza en un hom¬bre entrado, al fin y al cabo, por modo acciden¬tal a su servicio y en circunstancias realmente po¬co lucidas. Sin tratar por ello de depreciar un ápice el celo por mí desplegado, no puedo por me¬nos de sospechar ahora el importante papel que desempeñó el azar en el feliz término de la con¬fianza que en mí depositaran, y seguramente que no es posible recordar sin cierta satisfacción un tiempo en que el azar venía a secundar el propio esfuerzo. Las palabras «dignos para siempre de mi respeto, que he escogido como epígrafe, están sacadas del texto mismo de este libro, y aunque uno de mis críticos haya expuesto que debían aplicarse al barco, es evidente, a juzgar por el lugar en que se encuentran, que se refieren a los hombres que formaban su tripulación y que, aunque totalmente extraños a su nuevo capitán, le aportaron un concurso fiel durante aquellos veinte días en que constantemente pareció estar¬se a dos dedos de una lenta y mortal destrucción. Y he aquí, sin duda, el máximo recuerdo entre to¬dos, pues seguramente es cosa grande el haberse encontrado a la cabeza de un puñado de hombres dignos para siempre de nuestro respeto.
J. C.
1
... D'autres fois, calme plat, gran mi¬roir. De mon désespoir.
BAUDELAIRE
Sólo los jóvenes conocen momentos seme¬jantes. No quiero decir los muy jóvenes, no; pues éstos, a decir verdad, no tienen momentos. Vivir más allá de sus días, en esa magnífica con¬tinuidad de esperanza que ignora toda pausa y toda introspección, es el privilegio de la primera juventud.
Cierra uno tras de sí la puertecita de la infan¬cia y penetra en un jardín encantado. Hasta sus mismas sombras tienen un resplandor de pro¬mesa. Cada recodo del sendero posee su seduc¬ción. Y no a causa del atractivo que ofrece un país desconocido, pues de sobra sabe uno que por allí ha pasado la corriente de la humanidad entera. Es el encanto de una experiencia univer¬sal, de la que esperamos una sensación extraor¬dinaria y personal, la revelación de un algo de nuestro yo.
Llenos de ardor y de alegría, caminamos, re¬conociendo las lindes de nuestros predecesores, aceptando tales como se presentan la buena suerte y la mala -los puntapiés y las perras chi¬cas, como reza el adagio-, el pintoresco desti¬no común que tantas posibilidades guarda pa¬ra el que las merece, cuando no simplemente para el afortunado. Sí; caminamos, y el tiempo también camina, hasta que, de pronto, vemos ante nosotros una línea de sombra advirtiéndo¬nos que también habrá que dejar atrás la región de nuestra primera juventud. Éste es el período de la vida en que suelen sobrevenir aquellos mo¬mentos de que hablaba. ¿Cuáles? ¡Cuáles van a ser!: esos momentos del hastío, de cansancio, de descontento; momentos de irreflexión. Es decir, esos momentos en que los aún mozos propen¬den a cometer actos irreflexivos, tales como el matrimonio improvisado o el abandono de un empleo, sin razón alguna para ello.
Desde luego, no es ésta una historia conyu¬gal. No; el destino no me fue tan adverso. Mi acto, por inconsiderado que fuese, tuvo más bien el carácter de un divorcio, casi de una deser¬ción. Sin la menor razón que poder aducir sensa¬tamente, tiré mi empleo por la borda, abandoné el barco donde venía prestando mis servicios, barco del que lo peor que podía decirse es que era de vapor y, quizá, por lo tanto, sin derecho a esa ciega fidelidad que... Pero, después de todo, ¿a qué tratar de paliar un acto que yo mismo sos¬peché, ya en aquel momento, obedecía sólo a un simple capricho?
Fue en un puerto de Oriente. Era un barco oriental, puesto que a la matrícula de aquel puer¬to pertenecía. Traficaba entre islas sombrías, por un mar azul sembrado de arrecifes, el rojo pabe¬llón* ondeando a popa y, en el palo mayor, la en¬seña de la empresa naviera, roja también, pero con una cenefa verde y una media luna blanca en el centro, pues el navío pertenecía a un árabe, a un Sayed, por más señas, y de ahí la cenefa verde del pabellón. Este Sayed era el cabeza de una gran familia árabe de los Estrechos, pero difícil¬mente se habría encontrado al Este del canal de Suez un súbdito más fiel del complejo Imperio Británico. La política mundial no le interesaba para nada, pero ello no le impedía ejercer un gran poder oculto sobre los de su raza.
A nosotros poco nos importaba quién pudie¬ra ser el propietario del barco. Fuera el que fuese, se veía obligado a emplear hombres de raza blan¬ca en su tripulación, y la mayoría de los así em¬pleados jamás tuvieron ocasión de verle con sus propios ojos. Yo mismo, sólo una vez le vi, y por mera casualidad, en un muelle. Era un vejete me¬nudo, de tez bronceada, tuerto, vestido con una túnica inmaculada y calzado con babuchas ama¬rillas. Una turba de peregrinos malayos, a los que sin duda había regalado con vituallas y dinero, le besaba las manos gravemente. Sus limosnas, oí decir, eran frecuentes y alcanzaban a casi todo el Archipiélago. Pues ¿no está dicho, acaso, que «el hombre caritativo es el amigo de Alá»?
Hombre excelente (y pintoresco) este arma¬dor árabe, del que nadie se preocupaba lo más mínimo, y excelentísimo este barco escocés, de quilla a perilla, fácil de conservar limpio, dócil al timón como el que más y, a no ser por su propul¬sión interna, digno del cariño de todos. Todavía hoy conservo su recuerdo con profundo respe¬to. Por lo que se refiere al género de tráfico y al carácter de mis compañeros de a bordo, real¬mente no habría podido sentirme más satisfecho si un benévolo encantador hubiese creado a mi gusto la vida y los hombres.
Y, súbitamente, abandoné todo aquello: Lo hice a la manera, para nosotros irrazonada, del pájaro que abandona una rama segura. Hubiéra¬se dicho que, sin que ningún otro se percatase, había oído yo un murmullo o percibido algo. Tal vez fuese así, ¡qué demonio! Un día todo iba bien, al día siguiente todo había desaparecido: encanto, sabor, interés, contento, todo. Como veis, fue un momento de aquéllos. El malestar nuevo de la juventud que llega a su término se había apoderado de mí y me había arrastrado, arrastrado fuera del barco, quiero decir.
Sólo éramos cuatro blancos a bordo, con una numerosa tripulación de kalashes y dos malayos de baja graduación. Al saber mi decisión, el capitán me miró fijamente, como si se preguntara qué mos¬ca me había picado. Pero era un marino y él tam¬bién, en su tiempo, había sido joven. Así pues, di¬simuló una sonrisa bajo su espeso bigote gris y de¬claró que, evidentemente, no podía retenerme por la fuerza si yo creía que debía marcharme. Y todo quedó dispuesto para que a la mañana siguiente me pagasen. Cuando salíamos del cuarto de los mapas, agregó de repente, con singular tono pen¬sativo, esperaba que encontrase lo que con tanta impaciencia buscaba. Frase amable y enigmática, que sentí penetraba en mí más profundamente que lo habría hecho un instrumento diamantino. Me parece que había comprendido mi caso.
Las maneras del segundo maquinista fueron muy distintas. Era un escocés, joven y vigoroso, de rostro y ojos claros. Su honrada faz rojiza emergió por la carroza de la cámara de máquinas, seguida por todo su cuerpo de hombre robusto; arremangado, se limpiaba lentamente los maci¬zos antebrazos con un puñado de estopa. Sus ojos claros tenían una amarga expresión de dis¬gusto, como si nuestra amistad hubiese queda¬do reducida a cenizas. Enérgicamente, declaró: “ ¡Ah!, sí; ya había pensado yo que era ya tiempo de que volvieses a tu casa para casarte con cual¬quier chica estúpida”.
Todo el mundo sabía en el puerto que John Nieven era un misógino feroz; lo absurdo de esta salida me probó que había querido moles¬tarme, diciéndome la frase más hiriente que pu¬do ocurrírsele. La risa con que respondí a sus pa¬labras parecía pedirle excusas. Después de todo, sólo un amigo podía enfadarse así. Pero, en el fondo, me sentí un tanto apabullado.
Nuestro primer maquinista juzgó de manera igualmente característica, aunque más amable, mi manera de obrar. También él era joven, pero muy delgado, y su rostro macilento aparecía en¬marcado por una barba castaña y sedosa. De la mañana a la noche, en el mar o en el puerto, po¬día vérsele midiendo a grandes pasos la cubierta de popa, con una expresión de intenso éxtasis producido por la continua atención que dispen¬saba a los molestos desórdenes de su organismo. Nuestro primer maquinista era un dispéptico in¬veterado. Su manera de juzgar mi caso fue muy sencilla: declaró que la causa radicaba en el mal funcionamiento de mi hígado. ¡Evidentemen¬te! Me aconsejó que hiciese un nuevo viaje antes de retirarme y que durante ese tiempo me trata¬se con cierto específico en el que tenía una fe ab¬soluta.
-Le diré a usted lo que voy a hacer. Voy a comprarle de mi bolsillo dos frascos. Eso es. No puedo decirle nada mejor, ¿no es cierto?
Creo que, al menor signo de debilidad por mi parte habría perpetrado esta atrocidad -o generosidad-. No obstante, en aquel momento me sentía más descontento, disgustado y obsti¬nado que nunca. Aquellos últimos dieciocho meses, llenos, sin embargo, de tantas experien¬cias nuevas y diversas, no me parecían ya sino una lúgubre y prosaica pérdida de tiempo. Me parecía -¿cómo expresarlo?-, me parecía co¬mo si no contuviesen la menor verdad.
¿Qué verdad? Yo mismo me habría visto en aprietos para decirlo. Y si hubiesen insistido en preguntármelo, sin duda habría acabado, sim¬plemente, por echarme a llorar. Todavía era lo bastante joven para ello.
Al día siguiente, el capitán y yo arreglamos mis asuntos en la Oficina del Puerto. Era una habitación grande y de techo elevado, fresca y blanca, en la cual la luz tamizada brillaba serena¬mente. Todo el mundo, empleados y gentes de fuera, estaba allí vestido de blanco. Sólo los pe¬sados y bruñidos escritorios formaban en el cen¬tro una fila oscura y reluciente. Algunos de los papeles que los cubrían eran azules. Enormes punkahs enviaban desde lo alto una agradable corriente de aire a través de aquel inmaculado interior y sobre nuestras frentes sudorosas.
El empleado a quien nos dirigimos hizo una amable mueca, que conservó hasta que, en res¬puesta a la maquinal pregunta: «¿Desembarca usted para reembarcar?», respondió mi capitán: «No; desembarca definitivamente.» Su mueca se trocó entonces, bruscamente, en expresión so¬lemne. No levantó los ojos hacia mí hasta el mo¬mento en que me tendió mis papeles, con una expresión de tristeza, como si aquello fuese mi pasaporte para los infiernos.
Mientras me guardaba los papeles en el bol¬sillo, murmuró no sé qué pregunta al capitán, y oí que este último respondía alegremente:
-No. Nos deja para regresar a su casa.
-¡Ah! -exclamó el otro, meneando melan¬cólicamente la cabeza ante la idea de mi triste destino.
A pesar de que nunca le había visto fuera de aquel edificio oficial, se inclinó por encima de su escritorio para estrecharme compasivamente la mano, como se la estrecharía a un pobre diablo que se hallase a punto de ser ahorcado. En cuan¬to a mí, temo haber hecho mi papel sin la menor gracia, con el aire empedernido de un criminal impenitente.
No había ningún barco que partiese para Europa antes de cuatro o cinco días. Siendo ya, desde aquel instante, un hombre sin barco, ha¬biendo roto momentáneamente mis lazos con el mar, siendo, en suma, sólo un pasajero eventual, tal vez hubiese sido más conveniente por mi par¬te alojarme en un hotel. Precisamente allí cerca, a dos pasos de la Oficina del Puerto, se encon¬traba uno: un edificio bajo, que, con sus blancos pabellones y columnatas, en medio de sus céspe¬des bien cuidados, tenía todo el aire de un pala¬cio. Allí habría tenido, realmente, la impresión de ser un pasajero; pero, lanzándole una mirada hostil, me encaminé hacia el Hogar del Marino.
Caminaba tan pronto al sol como a la som¬bra de los grandes árboles de la explanada, sin darme cuenta del uno ni gozar de la otra. El calor de aquel Oriente tropical penetraba a través de la fronda, envolvía mi cuerpo, ligeramente vestido, se abrazaba a mi rebelde descontento como para privarlo de su libertad.
El Hogar de los Oficiales era un gran bungaló, con una amplia galería exterior y un jardinci¬to, separado de la calle por unos cuantos árboles y extrañamente parecido a un jardín de arrabal. Esta institución tenía más bien carácter de club, pero con un no sé qué de oficial que le daba el hecho de estar administrada por la Oficina del Puerto. Su gerente ostentaba oficialmente el tí¬tulo de primer administrador. Era un desventu¬rado hombrecillo, todo arrugado, que, vestido con una casaca de yóquey, habría desempeñado su papel a la perfección. Evidentemente, en al¬gún momento de su vida, había tenido algo que ver con el mar; aunque es muy posible que la re¬lación no pasara de una malhadada tentativa.
Yo habría creído que sus funciones eran de las más fáciles, si él no hubiese tenido la costum¬bre de afirmar a cada instante que aquel empleo
no tardaría en ser causa de su muerte. Afirma¬ción un tanto misteriosa. Tal vez fuese que todo le costaba demasiado trabajo. En cualquier caso, parecía molestarle en extremo el que hubiese al¬guien alojado en la casa.
Al penetrar en ella, no pude por menos de pensar que el administrador debía de alegrarse de mi ingreso. El edificio estaba más silencioso que una tumba. No vi a nadie en el salón ni en la galería, aparte de un hombre en el extremo opuesto, adormecido sobre una chaise longue. Al ruido de mis pasos, entreabrió un ojo, que re¬cordaba abominablemente el. ojo de un pesca¬do. No conocía a aquel hombre. Volví sobre mis pasos y, cruzando el comedor -una habitación desnuda, con un punkah inmóvil suspendido en¬cima de la mesa del centro-, fui a llamar a la puerta en que se leían estas palabras, escritas en letras negras: «Primer administrador.»
No habiendo oído en respuesta más que una doliente queja: «¡Dios mío, Dios mío, qué se les ocurrirá ahora! », me colé sin más.
Era aquélla una habitación muy singular pa¬ra los trópicos. Se hallaba casi a oscuras y tenía ese olor propio de las habitaciones que perma¬necen largo tiempo cerradas. Aquel hombre ha¬bía guarnecido de horribles cortinas de encaje, extraordinariamente amplias y polvorientas, sus ventanas, a la sazón herméticamente cerradas. En los rincones se apilaban cajas de cartón se¬mejantes a las que emplean en Europa las costu¬reras y modistas; y, no se sabe cómo, el primer administrador se había procurado un mobiliario que muy bien habría podido venir directamente de cualquier respetable salón del East End lon¬dinense: un sofá y sillones rellenos de crin. Al¬cancé a distinguir algunas sucísimas cubiertas de respaldo a punto de crochet, arrojadas sobre aquel horrible mobiliario, que inspiraba tanto más espanto cuanto más difícil era adivinar qué accidente misterioso, qué necesidad o qué fantasía lo había reunido allí. Su propietario se había despojado de la chaqueta y, en pantalón y chale¬co de franela, asomaba tras de aquellos respal¬dos, acariciándose los codos puntiagudos.
Cuando supo que tenía la intención de alo¬jarme allí, dejó escapar una exclamación de an¬gustia, pero no pudo negar que la mayor parte de las habitaciones estaban libres.
-Muy bien. ¿Puede darme usted la habita¬ción que ocupé la última vez?
Lanzó un débil gemido tras de la pila de cajas de cartón amontonadas sobre la mesa y que po¬dían haber contenido guantes, pañuelos o corba¬tas. Todavía me pregunto qué guardaría en ellas aquel hombre. De su madriguera `se desprendía un olor de coral en putrefacción, de polvo orien¬tal, de muestras zoológicas. Sólo conseguía ver la parte superior de su cabeza y sus ojos afligidos le¬vantados hacia mí por encima de aquella barrera.
-No estaré más de dos o tres días -le dije, esperando reanimarlo.
-¿Querrá usted pagar por anticipado? -su¬girió de inmediato.
-Por supuesto que no -exclamé indignado apenas hubo pasado el primer momento de asombro-. ¡Jamás he oído cosa semejante! Se necesita cara dura...
El hombre, desesperado, se llevó las manos a la cabeza, y este gesto acabó con mi indignación.
-¡Dios mío, Dios mío! No se ponga usted así. A todo el mundo le pregunto lo mismo. -Lo dudo -dije ásperamente.
-Pues bien, si no lo he hecho, voy a hacerlo, pues si ustedes, caballeros, consintieran en pagar por anticipado, yo podría hacer pagar igualmen¬te a Hamilton. Siempre desembarca sin un cénti¬mo, y aunque tenga dinero jamás quiere saldar su cuenta. No sé cómo arreglármelas con él. Siempre se pone a blasfemar, asegurando que en modo alguno puedo arrojar a la calle a un blan¬co. Si usted quisiera...
Yo estaba estupefacto. E incrédulo. Sospe¬chaba una impertinencia gratuita de su parte. Con tono enfático declaré que preferiría verlos ahorcados a él y a Hamilton, y le rogué que me condujese a mi habitación sin más historias. Sa¬có entonces una llave de no sé dónde y salió de su escondrijo, lanzándome al pasar una mirada oblicua y solapada.
-¿Hay aquí algún conocido mío? -le pre¬gunté, antes de que se hubiese marchado de mi habitación.
Había recobrado ya su tono habitual, impa¬ciente y llorón, y me contestó que allí estaba el capitán Giles, de regreso de un viaje al mar de Sulú, y otros dos huéspedes. Al cabo de un mo¬mento de silencio, agregó:
-Y, naturalmente, Hamilton...
-¡Ah!, sí, Hamilton... -contesté.
Y el lamentable personaje se retiró con un gruñido postrero.
Aún me exasperaba su desvergüenza cuando entré en el comedor para almorzar. Ya se hallaba en su puesto vigilando a los criados chinos. El almuerzo estaba servido en un extremo de la lar¬ga mesa y el punkah, que se balanceaba perezo¬samente, sólo abanicaba un desierto de madera bruñida.
Éramos cuatro en torno del mantel. Uno de ellos, el desconocido durmiente de la galería. Te¬nía ahora los ojos medio abiertos, pero parecía no ver. El dignísimo personaje que se sentaba a su lado, un rostro adornado con cortas patillas y mentón cuidadosamente rasurado, era, natural¬mente, Hamilton. Jamás he visto a nadie desem¬peñar con tanta dignidad el papel que la Pro ¬videncia tuvo a bien asignarle en la vida. Me habían dicho que me consideraba como un sim¬ple aficionado. Al ruido que hice al apartar mi silla, levantó, no sólo los ojos, sino también las cejas.
El capitán Giles ocupaba el extremo de la mesa. Cambiamos algunas palabras de cortesía y me senté a su izquierda. Gordo y pálido, con una
frente calva semejante a un gran domo relucien¬te, se le habría tomado por cualquier cosa menos por un marino. Nadie, por ejemplo, se hubiera
sorprendido de que fuese arquitecto. En cuanto a mí, y por absurdo que esto pueda parecer, me hizo el efecto de un sacristán. Tenía el aspecto de un hombre del que pueden esperarse prudentes consejos y sentimientos morales, entremezcla¬dos oportunamente a una o dos vaciedades, ins¬piradas no por el deseo de deslumbrar, sino por una honrada convicción.
A pesar de ser muy conocido y apreciado en el mundo marítimo, no tenía empleo fijo. Ni lo deseaba. Tenía una posición propia y peculiar: era un perito. Un perito -¿cómo lo diría yo?-¬en navegación complicada. Se le suponía conoce¬dor como nadie de los lugares del Archipiélago más lejanos y peor señalados en los mapas. Su ce¬rebro debía de ser un almacén completo de arre¬cifes, posiciones, bajos fondos, siluetas de pro¬montorios, formas de oscuras costas, perfiles innumerables de islas desiertas o habitadas. Un navío con destino a Palawan o cualquier otro pa¬raje por el estilo, contaría siempre con los ser¬vicios del capitán Giles, ya para un mando tem¬poral, ya «para ayudar al capitán». Se decía que, en la perspectiva de semejantes servicios, recibía un sueldo fijo de un poderoso armador chino. Por otra parte, siempre estaba dispuesto a rele¬var a un capitán que desease pasar un tiempo en tierra, sin que jamás naviero alguno se hubiese opuesto a estas combinaciones, pues era opinión corriente en el puerto que no podía encontrarse capitán mejor que Giles. Sin embargo, a los ojos de Hamilton no era más que un «aficionado». Yo creo que para Hamilton «aficionado» era un tér¬mino genérico que nos englobaba a todos; aun¬que interiormente hiciese, creo yo, algunas dis¬tinciones.
No traté de entablar conversación con el ca¬pitán Giles, a quien no había visto más de dos veces en mi vida. Pero, naturalmente, él sabía quién era yo. Al cabo de un momento, inclinan¬do hacia mí su voluminosa y reluciente cabeza, me dirigió la palabra con el tono amable que le era habitual. Me dijo que, viéndome allí, era de presumir que pasaba algunos días de licencia en tierra.
Su voz era naturalmente baja. Elevando un poco el tono de la mía, respondí:
-No; he dejado el barco definitivamente.
-Eso quiere decir que ya es usted un hom¬bre libre por algún tiempo -comentó.
-Sí, desde las once lo soy -dije.
Al ruido de nuestras voces, interrumpió Ha¬milton su comida. Con la mayor suavidad, de¬jó su cuchillo y su tenedor y, quejándose a me¬dia voz de «este infernal calor, que quita el apeti¬to», abandonó la estancia. Casi de inmediato, le oímos salir del edificio y bajar por la escalinata de la galería.
Entonces, el capitán Giles declaró tranqui¬lamente que sin duda Hamilton había ido a pro¬curar conseguir mi antiguo empleo. El primer administrador, que había permanecido junto al muro, acercó a la mesa su rostro de cabra desven¬turada y se dirigió a nosotros con tono plañide¬ro. Quería exponernos sus eternas quejas contra Hamilton. Aquel hombre le creaba constante¬mente dificultades con la Oficina del Puerto, por el estado de su cuenta. Pluguiera al cielo que con¬siguiese mi puesto, aunque, después de todo, eso no le produciría sino un alivio momentáneo.
-No se preocupe usted -dije yo-. Hamil¬ton no conseguirá mi puesto. Mi sucesor ya está a bordo.
Pareció sorprendido, y al oír la noticia su rostro se descompuso un poco. El capitán Giles no pudo por menos de reír quedamente. Nos le¬vantamos de la mesa y salimos a la galería, dejan¬do al indolente desconocido al cuidado de los chinos. Al salir, alcancé a ver que habían puesto ante él un plato con una tajada de piña y que es¬peraban, a sus espaldas, para ver lo que sucede¬ría. Pero el experimento fue inútil. El hombre continuó impasible.
El capitán Giles me confió en voz baja que era un oficial del balandro de un rajá, venido a nuestro puerto para entrar en el dique seco. Sin duda se había estado «divirtiendo» la noche anterior, agregó, frunciendo la nariz, con un aire confidencial que me agradó en extremo, pues el capitán Giles no carecía de prestigio. Se le atri¬buían maravillosas aventuras y hasta una miste¬riosa tragedia, y nadie tenía nada que decir con¬tra él.
-Recuerdo -prosiguió- la primera vez que desembarcó aquí, hace ya algunos años. Me parece como si fuera ayer. Era un chico encanta¬dor. ¡Ah, estos chicos encantadores!
No pude contener la risa. El capitán pare¬ció estupefacto, pero luego comenzó a reír con¬migo.
-¡No, no! No es eso lo que quería decir -exclamó-. Lo que quiero decir es que hay muchos de ellos que se reblandecen aquí ense¬guida.
En broma, sugerí que aquel calor embrutece¬dor era la principal causa de ello. Pero el capitán Giles dio muestras de una filosofía más profun¬da. Ciertamente, la vida era fácil en Oriente para los blancos, pero lo difícil era continuar siendo blanco, y algunos de aquellos chicos encantado¬res no lo sabían. Me lanzó una mirada penetran¬te y, con un tono de viejo tío bonachón, me pre¬guntó a quemarropa:
-¿Por qué dejó su empleo?
Me sentí irritado, pues ya comprenderéis lo que semejante pregunta tenía de exasperante para quien tampoco sabía una palabra de algo que atañía de manera tan esencial a sí mismo. Di¬ciéndome en mi fuero interno que era preciso cerrar el pico a aquel moralista, le pregunté, con un tono a la vez provocador y amable:
-¿Cómo...? ¿Me desaprueba usted? Quedó tan desconcertado, que no pudo sino mascullar confusamente:
-¿Yo?... En términos generales...
-Y no pudo salir adelante. Pero se replegó en buen or¬den, al amparo de una chuscada sobre su propia persona, haciéndome observar que también él se reblandecía y que aquél era el momento en que solía echar su siestecilla cuando se hallaba en tie¬rra-. Muy mala costumbre. Muy mala costum¬bre -concluyó.
La sencillez de aquel hombre habría desar¬mado una susceptibilidad aún más juvenil que la mía. Así, cuando, en el almuerzo del día siguien¬te me hizo un saludo con la cabeza y me dijo que la tarde anterior se había encontrado con mi ca¬pitán, agregando en voz más baja: «Lamenta mu¬cho su partida. Jamás había tenido un segundo con quien se entendiese mejor», le respondí se¬riamente y sin la menor afectación que, realmen¬te, nunca me había encontrado tan bien en un bar¬co ni relacionado mejor con ningún otro capitán en todo el tiempo que llevaba en el mar.
-En ese caso... -murmuró.
-¿No le han dicho, capitán Giles, que tengo intención de regresar a casa?
-Sí -respondió benévolamente-, ¡pero he oído decir esto con tanta frecuencia!
-¿Y qué? -exclamé.
No pude por menos de pensar que era el hom¬bre más limitado y menos imaginativo que había conocido. No sé ya lo que iba a agregar, cuando Hamilton, muy retrasado, entró en el comedor y fue a ocupar su lugar de costumbre. Así pues, me contenté con murmurar:
-En todo caso, esta vez lo verá usted confir¬mado.
Hamilton, recién afeitado, saludó secamente al capitán Giles, pero no condescendió a poner siquiera los ojos en mí, y sólo abrió la boca para decir al primer administrador que la comida que le servían no era digna de un caballero. El inter¬pelado pareció tan abrumado por su aflicción que ni le quedaron fuerzas para gemir. Se con¬tentó con levantar los ojos hacia el punkah, y eso fue todo.
El capitán Giles y yo nos levantamos de la mesa, y el extranjero sentado al lado de Hamil¬ton imitó nuestro ejemplo, poniéndose de pie penosamente. El pobre diablo había procurado hacer penetrar en su boca un poco de aquella in¬digna comida, no porque tuviese hambre, sino porque esperaba, creo yo, recobrar así en cier¬to modo el respeto de sí mismo; pero, después de haber dejado caer por dos veces su tenedor, pareció considerarse definitivamente vencido, y permaneció sentado, inmóvil, con aire de extre¬mada mortificación y una horrible mirada vi¬driosa. Mientras estuvimos en la mesa, el capitán Giles y yo habíamos evitado mirar hacia su lado.
Una vez en la galería, el extranjero se detu¬vo bruscamente para hacernos, con expresión de ansiedad, una larga observación, cuyo sentido no logré interpretar del todo. Hubiérase dicho que hablaba un horrible lenguaje desconocido. Pero cuando el capitán Giles, tras un momento de reflexión, le contestó: «Sí, seguramente; tiene usted razón», el individuo pareció encantado y se fue, andando casi sin tambalearse, a buscar un poco más lejos una chaise longue.
-¿Qué quería decir? -pregunté con cierta repugnancia.
-No lo sé. No debemos ser demasiado du¬ros con un camarada. Puede usted estar seguro de que sufre. Y, mañana, todavía será peor.
A juzgar por su apariencia, eso parecía impo¬sible. No pude por menos de preguntarme qué clase de complicado libertinaje lo había condu¬cido a semejante estado. Pero la benevolencia del capitán Giles iba acompañada de un cierto aire de satisfacción de sí mismo que me disgustaba. Riendo ligeramente, le dije:
-En todo caso, aquí está usted para mirar por él.
Hizo un gesto de negación, se sentó y cogió un periódico. Yo hice otro tanto. Los periódicos eran antiguos y carecían de interés, llenos casi en su totalidad de descripciones estereotipadas de las ceremonias con que se había celebrado el ju¬bileo de la reina Victoria. Sin duda habríamos cedido rápidamente a la somnolencia de aquel mediodía tropical si la voz de Hamilton no se hubiese dejado oír en el comedor. Hamilton aca¬baba su comida. La puerta, muy ancha, tenía abiertos de par en par sus dos batientes y él no sospechaba que nos hallásemos sentados tan cer¬ca. Le oímos, pues, contestar en altavoz y con tono arrogante a una observación que el primer administrador se había aventurado a hacer.
-Puede usted estar seguro de que no acep¬taré un empleo cualquiera. No se encuentra to¬dos los días un caballero. No hay para qué apre¬surarse.
Se oyó al administrador murmurar algo, y luego, nuevamente, a Hamilton, que respondía con un tono todavía más acentuado de desprecio:
-¿Cómo? ¿Ese joven mentecato que se cree un personaje por haber sido durante tanto tiem¬po segundo de Kent...? ¡Absurdo!
Giles y yo nos miramos. Kent era mi antiguo capitán. Las palabras: «Habla de usted», que murmuró el capitán Giles, me parecieron com¬pletamente ociosas. Sin duda el administrador insistió en su opinión, pues de nuevo se oyó a Hamilton, todavía más desdeñoso si era posible, declarar enfáticamente:
-Eso no tiene pies ni cabeza. No se compite con un aficionado semejante. Tenemos todo el tiempo para nosotros.
Enseguida oímos un ruido de sillas que se movían, de pasos, y las plañideras exhortaciones del administrador persiguiendo a Hamilton has¬ta la puerta de entrada.
-Cierto, es un individuo demasiado inso¬lente -observó, de manera inútil, a mi parecer, el capitán Giles-. Muy insolente. Sin embargo, usted no le ha hecho nada, que yo sepa, ¿no es cierto?
-En mi vida le he hablado -respondí con aspereza-. No comprendo qué quiere decir con eso de «competir». Ha procurado obtener mi puesto después de que yo lo abandoné, y no lo ha logrado. No es eso, precisamente, lo que podría llamarse competir.
El capitán Giles meneó, pensativo, su volu¬minosa y benévola cabeza.
-No lo ha logrado -repitió con lentitud-. No, con Kent no era probable obtenerlo. Kent no se consuela de que usted lo haya abandonado y dice que es usted un buen marino.
Arrojé el periódico que aún tenía en la mano, me levanté y con la palma de la mano abierta gol¬peé la mesa. ¿Por qué demonios había de volver siempre a aquel asunto, que a mí solo importa¬ba? Aquello era, realmente, exasperante.
La perfecta tranquilidad con que me miraba el capitán Giles me redujo al silencio.
-No hay nada en ello que pueda molestarle -murmuró tranquilamente, con un deseo visi¬ble de apaciguar la infantil irritación que había producido con sus palabras.
Y, en realidad, tenía un aspecto tan inofensi¬vo que procuré explicarme de la mejor manera. Le dije que no deseaba oír una sola palabra más sobre lo que ya era cosa pasada. Durante todo el tiempo que duró, aquello había sido muy agra¬dable, pero ahora que había terminado prefería no hablar, y ni siquiera pensar en ello. Estaba ab¬solutamente decidido a regresar a Europa.
Giles escuchó toda mi tirada con expresión particularmente atenta, como si hubiese queri¬do sorprender en ella una nota falsa; luego, se enderezó y pareció meditar con ahínco sobre el asunto.
-Sí, ya me había dicho usted que deseaba regresar. ¿Tiene ya algo en perspectiva allí?
En lugar de contestar que eso no le importa¬ba, respondí malhumorado:
-Nada que yo sepa.
Ciertamente, yo ya había enfocado ese as¬pecto un tanto oscuro de la situación que yo mismo me había creado al abandonar un empleo satisfactorio, y la verdad es que no las tenía todas conmigo. Estuve a punto de agregar que el senti¬do común no tenía nada que ver con mi manera de obrar y que ésta no merecía, Por lo tanto, el interés que parecía inspirarle. Pero Giles se ha¬bía dedicado a exhalar bocanadas de humo de su corta pipa de madera, y tenía un aspecto tan plá¬cido, tan limitado, tan vulgar, que realmente no valía la pena crearle un rompecabezas con un ex¬ceso de sinceridad o de ironía.
Envuelto en una nube de humo, me pregun¬tó bruscamente, a quemarropa:
-¿Ha tomado ya su pasaje
Vencido por la descarada obstinación de un hombre con el cual era verdaderamente difícil mostrarse grosero, contesté con extremada deli¬cadeza que todavía no había hecho ninguna diligencia al respecto. Pensaba que al día siguiente tendría tiempo de sobra para hacerlo.
Y estaba a punto de alejarme, sustrayendo así mis asuntos privados a los esfuerzos ridículamente inútiles que hacía Giles para probar su consistencia, cuando el capitán colocó su pipa ante sí de manera significativa, como si quisiese indicar que había llegado el momento crítico y se inclinó de lado sobre la mesa que nos separaba.
-¡Ah! ¿Conque todavía no lo ha tomado? -Y agregó, bajando la voz misteriosamente-: Pues bien, en ese caso me parece conveniente que sepa que aquí sucede algo.
Yo nunca me había sentido más desligado de las cosas de este mundo. Aunque liberado por algún tiempo del mar, había conservado ese es¬tado de ánimo de los marinos, que se sienten completamente ajenos a todo lo que pasa en tierra. ¿En qué podía concernirme aquello? La agitación del capitán Giles me producía más compasión que curiosidad.
A manera de preámbulo, me preguntó si el administrador me había hablado por la mañana, a lo que respondí que no, agregando que si lo hubiese intentado no habría encontrado por mi parte mayor estímulo. No tenía las menores ga¬nas de conversar con aquel individuo.
Sin desalentarse por mi petulancia, el capitán Giles, con una expresión de profunda sagacidad, comenzó a hablarme con toda clase de detalles de un ordenanza de la Oficina del Puerto. Pero ¿qué interés podía tener eso para mí? Aquella mañana habían visto pasar por la galería a un or¬denanza que llevaba en la mano una carta, un so¬bre oficial. Según la costumbre de aquellas gen¬tes, se la había mostrado al primer blanco que encontró, que no resultó ser otro que nuestro amigo de la chaise longue. Como sabemos, éste no se hallaba en estado de interesarse por las cosas sublunares, y se contentó con alejar al or¬denanza con un gesto. El ordenanza recorrió entonces la galería y cayó sobre el capitán Giles, que, por azar extraordinario, se encontraba allí.
Habiendo llegado a esta parte de su discurso, se detuvo para mirarme fijamente.
La carta, prosiguió, estaba dirigida al primer administrador. ¿Qué podía el capitán Ellis, jefe del puerto, escribir al administrador? Éste iba todas las mañanas, puntualmente, a la Oficina del Puerto a dar su informe, pedir órdenes, etcé¬tera. Apenas hacía una hora que había regresado de allí, cuando se presentaba un ordenanza ofi¬cial persiguiéndolo con una carta. ¿Qué signifi¬caba aquello?
Y comenzó a meditar. Evidentemente, no era por esto... y tampoco podía ser por aquello. En cuanto a esa otra razón, era igualmente inadmi¬sible... La inanidad de todo ese discurso me dejó verdaderamente perplejo. Si aquel hombre no hubiese sido tan simpático, casi me habría dado por ofendido. Pero, en realidad, sólo me sentía apenado por él. La expresión singularmente se¬ria de su mirada me impidió reírme en sus nari¬ces. Tampoco bostecé en sus barbas. Me conten¬té con mirarlo.
Y, aquí, su tono se hizo más misterioso toda¬vía. Apenas el hombre (esto es: el administrador) hubo leído la carta, se precipitó sobre su sombre¬ro y se lanzó fuera de la casa; pero no porque aquel mensaje lo llamase a la Oficina del Puerto. No era allí adonde había ido. No había estado ausente bastante tiempo para ello. Al cabo de un instante regresó repentinamente y, arrojando le¬jos de sí su sombrero, comenzó a correr por el comedor, gimiendo y golpeándose la frente. El capitán Giles observó tan singulares sucesos y no dejó de meditar desde entonces sobre el asunto.
Realmente, comenzaba a compadecerme de él. Con un tono que me esforcé en hacer lo me¬nos sarcástico posible, le dije que me alegraba de que hubiese encontrado en qué ocupar la ma¬ñana.
Con su desarmante sencillez me hizo obser¬var -como si el hecho hubiese tenido alguna importancia- cuán singular era que justamente hubiese pasado él allí la mañana. Casi siempre. salía antes del almuerzo y visitaba las diferentes oficinas o iba a ver a sus compañeros del puerto. Pero aquel día no se había sentido muy bien al levantarse; nada grave, apenas lo suficiente para sentirse perezoso.
Me decía todo eso con la mirada fija, concen¬trada, cuya expresión, que contrastaba con la inanidad absoluta de sus palabras, daba la im¬presión de una triste y dulce demencia. Y cuan¬do, bajando la voz misteriosamente, acercó un poco su silla, comprendí de pronto que una ex¬celente reputación profesional no era siempre una garantía de sentido común.
Yo no creía ignorar entonces en qué consiste exactamente el sentido común y no sabía hasta qué punto es delicada esta cuestión y relativa, en suma. Como no quería herir la sensibilidad del capitán, simulé un vivísimo interés. Pero cuan¬do me preguntó misteriosamente si recordaba lo que acababa de suceder entre nuestro adminis¬trador y «ese Hamilton», no pude sino asentir con un gruñido, volviendo al mismo tiempo la cabeza.
-Sí. Pero ¿recuerda usted cada una de las palabras? -insistió con amabilidad.
-No sé. Eso no es asunto mío -dije, esta¬llando, y en voz alta mandé al administrador y a Hamilton a hacer compañía a los demonios.
De ese modo esperaba dar fin a todo aquello, pero el capitán Giles continuaba mirándome con expresión pensativa. Nada podía detener¬lo. Me hizo observar entonces que mi persona había salido a relucir en aquella conversación. Como yo procurase conservar un aire de indife¬rencia, el capitán se tornó implacable. ¿Había oído yo lo que había dicho aquel hombre? ¿Sí? Y, entonces, ¿qué pensaba yo de ello? Necesita¬ba saberlo.
La apariencia misma del capitán Giles excluía toda sospecha de malignidad. Así pues, lle¬gué a la conclusión de que era, simplemente, el imbécil más desprovisto de tacto que hubiese soportado nunca la tierra. Casi me reproché mi debilidad y el haber intentado iluminar su pobre inteligencia. Acabé por declararle que no pensa¬ba nada de ello y que Hamilton no merecía si¬quiera el honor de un pensamiento. Lo que un repugnante holgazán -« Sí, eso es lo que es», me interrumpió el capitán Giles...- piense o diga, no debe preocupar a las personas decentes, y yo estaba absolutamente decidido a no prestar la menor atención a semejante cosa.
Esta actitud me parecía tan sencilla y natural que me sorprendí al ver que el capitán Giles no daba ninguna señal de asentimiento. Una estupi¬dez tan perfecta casi resultaba interesante.
-¿Qué quería, pues, que hiciese? -le pre¬gunté, riendo-. No seré yo quien vaya a bus¬carle querella por la opinión que de mí tenga. He oído muy bien la manera desdeñosa con que se refiere a mí. Pero nunca me ha manifestado su desprecio abiertamente; jamás lo ha expresado ante mí. Hace un momento no sospechaba que podíamos oírlo. Lo único que lograría con otra actitud sería ponerme en ridículo.
El obstinado capitán Giles continuaba fu¬mando tristemente su pipa. De pronto, se le ilu¬minó el rostro y exclamó:
-No me ha comprendido usted.
-¿De veras? Me alegra saberlo -dije.
Con mayor animación aún, me repitió que no le había comprendido. Ni tanto así. Y con tono de creciente complacencia en sí mismo me aseguró que a él no se le escapaba nada, o casi nada, que reflexionaba mucho y que su expe¬riencia de la vida y de los hombres lo conducía, en general, a una apreciación exacta de las cosas.
Esa manera de hacer su propio panegírico cuadraba perfectamente con la laboriosa inani¬dad de la conversación, todo lo cual fortalecía en mí aquella vaga sensación de que la vida no era más que una sucesión de días malgastados, sen¬sación que, casi inconscientemente, me había hecho abandonar un buen puesto y camaradas a los que apreciaba para escapar de la amenaza de semejante vacío... y, todo, para caer, al pri¬mer paso, en aquella inanidad. Tenía ante mí un hombre cuyo carácter y capacidades elogiaban todos, y descubría en él un absurdo y triste char¬latán. Y, sin duda, lo mismo acontecía en todas partes, del este al oeste, de arriba abajo de la es¬cala social...
Me sentía presa de un gran desaliento, de una especie de embotamiento moral. La voz de Giles seguía sonando complaciente, como la voz de la hueca y universal vanidad, y ello sin que me produjera ya la menor irritación. No había nada nuevo, original, revelador que esperar de este mundo, ninguna sabiduría que adquirir, ningún placer que gustar. Todo era estúpido y artificial, como el mismo capitán Giles. Y eso era todo.
El nombre de Hamilton hirió de pronto mi oído, sacándome de mis abstracciones.
-Creía que ya habíamos terminado con él -dije con marcado disgusto.
-Sí, pero dado lo que acabamos de oír, creo que debería usted hacerlo.
-¿Qué es lo que debería hacer? -pregunté, enderezándome, estupefacto-. ¿Hacer el qué?
El capitán Giles me contempló muy sor¬prendido.
-Pues... que debe usted hacer lo que le aconsejé que intentase: ir a preguntar al adminis¬trador lo que contenía esa carta de la Oficina del Puerto. Pregúnteselo sin darle tiempo a meditar. Por un instante quedé desconcertado. Ver¬daderamente, aquello era lo bastante inesperado y original para resultar perfectamente incom¬prensible. Idiotizado, murmuré:
-Pero si yo pensaba que era Hamilton a quien usted...
-Exactamente. No le deje usted hacer. Haga lo que le digo. Acometa al administrador. Apues¬to que lo hará saltar -insistió el capitán Giles, agitando su pipa hacia mí. Enseguida aspiró rápi¬damente tres bocanadas.
Su expresión de triunfante perspicacia era in¬descriptible. Sin embargo, aquel hombre conti¬nuaba siendo una criatura extrañamente sim¬pática. Todo él irradiaba benevolencia, de una forma ridícula, plácida, impresionante. De to¬dos modos, era exasperante. Pero yo declaré con frialdad, como quien se enfrenta con lo in¬comprensible, que no veía ninguna razón para exponerme a un sofocón por parte de aquel in¬dividuo. Era un administrador poco satisfac¬torio, y un pobre diablo además, al que, llega¬da la ocasión, daría con mucho gusto un tirón de orejas.
-¡Tirarle de las orejas! -exclamó el capitán Giles, escandalizado-. ¡Como si eso le fuera a servir de algo a usted!
Esa observación estaba tan desprovista de oportunidad que era imposible tratar de tomarla en cuenta. Pero el sentimiento de lo absurdo aca¬baba por ejercer en mí su conocida fascinación. Comprendí que no debía dejar que me hablase por más tiempo. En consecuencia, me levanté, declarando bruscamente que era un contrincante demasiado fuerte para mí y que no alcanzaba a comprenderlo.
Sin dejarme tiempo para alejarme, prosiguió, con tono diferente, que revelaba su obstinación, y sin dejar de chupar su pipa:
-Sí... es un... individuo sin importancia.... no hay duda. Pero pregúntele sencillamente... Eso es todo.
Esa nueva actitud me impresionó o, al me¬nos, me detuvo. Pero la razón no tardó en preva¬lecer de nuevo, y abandoné la galería tras dirigir¬le una sonrisa desprovista de alegría. En unos cuantos pasos llegué al comedor; habían levanta¬do la mesa y la habitación estaba vacía. Durante ese corto lapso diversos pensamientos pasaron por mi mente: que el capitán Giles había querido burlarse, divertirse a costa mía; que sin duda de¬bía parecerle yo muy tonto y crédulo; que yo conocía muy poco la vida...
De repente, para gran sorpresa de mi parte, se abrió ante mí, al otro extremo del comedor, la puerta en que se hallaba inscrito el nombre de «Administrador», y el individuo en persona se precipitó fuera de su horrible madriguera y se dirigió hacia la puerta del jardín, con su aire ab¬surdo de bestia acorralada.
Todavía hoy no sé lo que me obligó a gri¬tarle:
-Oiga. Espérese un momento.
Tal vez fue la mirada de soslayo que me diri¬gió o bien el hallarme todavía bajo la influencia de la misteriosa gravedad del capitán Giles. En todo caso, fue un impulso interior, un efecto de esa fuerza que habita nuestras vidas y las modela a su antojo. Pues si no se me hubiesen escapado aquellas palabras y mi voluntad no tuvo en ello parte alguna- seguramente mi existencia sería aún la de un marino, aunque en una direc¬ción que hoy me es imposible concebir.
No; mi voluntad no tuvo en ello parte algu¬na. A decir verdad, apenas había emitido aque¬llas palabras fatales cuando ya lo lamentaba pro¬fundamente. Si el hombre se hubiese detenido y me hubiese mirado de frente, yo habría empren¬dido la retirada. No tenía el menor deseo de con¬tinuar a expensas mías ni a las del administrador la estúpida broma del capitán Giles.
Pero el viejo instinto humano de la persecu¬ción entró entonces en juego. El administrador se hizo el sordo, y yo, sin reflexionar siquiera por un instante, me lancé a lo largo de la mesa y le corté la retirada en la misma puerta.
-¿No puede usted contestar cuando se le habla? -pregunté brutalmente.
El administrador se apoyaba en el quicio de la puerta. Su expresión denotaba un desconcierto total. Mucho me temo que la naturaleza huma¬na no abrigue solamente sentimientos genero¬sos. Hay en ella aspectos bastante desagradables. Sentí que la cólera me dominaba, y ello única¬mente, según creo, a causa del aspecto miserable de mi presa. ¡Pobre diablo!
Sin más ceremonias, lo ataqué:
-He sabido que esta mañana llegó una comunicación oficial de la Oficina del Puerto para el Hogar. ¿Es verdad?
En lugar de contestarme, como habría podi¬do hacerlo, que me ocupase de mis asuntos, em¬pezó a gemir, con un tono en que se traslucía su imprudencia. No había conseguido encontrar¬me en ninguna parte aquella mañana. Después de todo, él no podía correr tras de mí por toda la ciudad.
-¿Quién le pedía que lo hiciera? -grité, al tiempo que mis ojos descubrían las interiorida¬des de cosas y palabras cuya insignificancia me pareciera tan desconcertante y fastidiosa.
Declaré que deseaba saber lo que decía aque¬lla carta. La firmeza del tono qué empleé y la de mi actitud eran fingidas sólo a medias. Algunas veces la curiosidad puede ser feroz.
El administrador se refugió en un farfullar descosido y malhumorado. Aquello no me con¬cernía, murmuró. Yo. le había dicho que regresa¬ba a Europa, y desde el momento que regresaba a Europa, no veía por qué había él de...
Ése era el sentido general de su argumenta¬ción, a tal punto incongruente, que casi resul¬taba insultante. Insultante para mi inteligencia, por lo menos.
En esa región crepuscular que separa la ju¬ventud de la madurez en que yo me encontraba entonces, se es particularmente sensible a este
género de insulto. En realidad, temo haberme mostrado demasiado violento para con el admi¬nistrador, pero éste no era hombre capaz de afrontar cosas ni gentes. Tal vez el uso de los es¬tupefacientes, tal vez la embriaguez solitaria...,. y, cuando perdí los estribos hasta el punto de inju¬riarlo, se turbó y comenzó a gritar.
No quiero decir con esto que lanzase un gran grito. Fue una confesión cínica, hecha a voz en cuello, y, sin embargo, tímida, lastimosamente tímida. Sus palabras no eran muy coherentes, pe¬ro sí lo suficiente para quedarse, en un princi¬pio, con la boca abierta. La indignación me hizo apartar la mirada de él, y entonces vi en la entra¬da de la galería al capitán Giles, que contempla¬ba tranquilamente la escena: su propia obra, por así decirlo. Su pipa, negra y humeante, cogida en su grueso puño paternal, atraía la mirada, lo mis¬mo que el brillo de la gruesa cadena de oro que cruzaba su chaqueta blanca. Toda su persona exhalaba un aire de tan virtuosa sagacidad que cualquier inocente habría recurrido a él con toda confianza. Y yo recurrí.
-¡Quién se lo habría podido figurar! -le grité-. Era un aviso pidiendo un capitán para un navío. Según parece hay un mando vacante, y a este individuo no se le ocurre otra cosa que guardárselo en el bolsillo.
El intendente lanzaba gemidos desesperados:
-¡Usted será la causa de mi muerte!
La vigorosa palmada que aplicó al mismo tiempo a su mísera frente no fue menos ruidosa. Pero, cuando me volví para verle, había desapa¬recido. Se había eclipsado no sé por dónde. Esa súbita desaparición me hizo reír.
A mi entender, aquella fuga ponía fin al inci¬dente. El capitán Giles, en cambio, sin dejar de mirar fijamente hacia el lugar por donde había desaparecido el administrador, comenzó a tirar de su imponente cadena de oro, hasta que al fin salió el reloj de un profundo bolsillo, como sale una palpable verdad del fondo de un pozo. Con ademán solemne, volvió a meter el reloj en su bolsillo, contentándose con decir¬
-Las tres en punto. Si se apresura usted, lle¬gará a tiempo.
-¿A tiempo de qué? -pregunté.
-Pues, hombre, a la Oficina del Puerto. Es necesario saber de qué se trata.
Hablando en puridad, el capitán tenía razón. Pero jamás me han gustado mucho las investiga¬ciones para desenmascarar a las gentes, y otras cosas de ese estilo, moralmente muy meritorias, sin duda. Ese episodio sólo se me presentaba des¬de un punto de vista puramente moral. Si alguien había de causar la muerte del administrador, no veía yo por qué no había de ser el propio capitán Giles, hombre de edad y de importancia y pen¬sionista habitual del Hogar. En tanto que yo, en comparación, me hacía el efecto de ser en aquel puerto una simple ave de paso. Y, en efecto, ya en aquel instante habría podido decirse que había roto los lazos que me ligaban a él. Murmuré, pues, que no pensaba..., que aquello no me con¬cernía en nada...
-¡En nada! -repitió el capitán Giles, dan¬do muestras de una indignación tranquila y resuelta-. Ya Kent me había advertido de que era usted un muchacho singular. Y ahora me di¬ce usted que no le interesa la capitanía de un barco... ¡Eso, después de todo el trabajo que me he tomado!
-¡El trabajo! -murmuré, sin compren¬der-. ¿Qué trabajo?
Todo lo que yo recordaba era el haber sido mixtificado y penosamente importunado por su conversación durante una hora larga. ¡Y a eso llamaba tomarse mucho trabajo!
Giles me miraba con un aire de satisfacción que habría resultado insoportable en cualquier otro. Repentinamente, como si al volver la pági¬na de un libro descubriese la palabra que explica¬ra todo lo anterior, comprendí que aquel asunto tenía también otro aspecto aparte del simple¬mente moral.
Entretanto, yo continuaba inmóvil. El capi¬tán Giles comenzaba a perder la paciencia. Aspirando rabiosamente una bocanada de humo, volvió la espalda a mis vacilaciones.
Y, sin embargo, no había vacilación por mi parte. Me sentía, si así puedo decirlo, mental¬mente desazonado. Pero, tan pronto como com¬prendí que en aquel viejo y estéril universo, ob¬jeto de mi descontento, existía algo así como un mando que tomar, recobré mis facultades loco¬motivas.
Del Hogar de los Oficiales a la Oficina del Puerto había un buen trecho de camino, pero, con aquella mágica palabra de «mando en la ca¬beza, en un abrir y cerrar de ojos me encontré en el muelle, ante un gran portal de piedra, en lo alto de una blanca escalinata de cortes peldaños.
Todo aquello me hizo el efecto de haber sali¬do rápidamente a mi encuentro. A mi derecha, la gran rada no era sino un espejear de resplande¬ciente azul, y el vestíbulo oscuro y fresco me tra¬gó bruscamente al salir de aquel calor y aquella claridad, de las que no tuve conciencia sino en el momento mismo en que salía de ellas.
En cierto modo, la gran escalera interior se in¬sinuó por sí misma bajo mis pasos. Un mando es un poderoso sortilegio. Los primeros seres hu¬manos que distinguí claramente desde el momen¬to en que me aparté de la indignada espalda del capitán Giles fueron los hombres de la chalupa de vapor del puerto, que esperaban en el amplio re¬llano de la escalera, frente al pasillo cerrado con cortinas que llevaba a la oficina de navegación. Una vez allí me abandonó el entusiasmo. La atmósfera administrativa es de tal naturaleza que mata todo lo que vive y respira energía humana, y es capaz de apagar la esperanza, como el temor, bajo la supremacía de la tinta y el papel. Abru¬mado, pasé por debajo de la cortina que el pa¬trón malayo de la chalupa recogió ante mí. En la oficina, no había nadie fuera de los empleados que escribían, colocados en dos filas laboriosas. Pero el jefe de servicio se precipitó desde su es¬trado y vino a detenerse ante mí, sobre las grue¬sas esterillas que señalaban el paso a través de la habitación.
Aquel empleado ostentaba un nombre esco¬cés, pero su tez tenía un hermoso color oliváceo; su corta barba era negra como el azabache y sus ojos, negros también, tenían una expresión lán¬guida. Con tono confidencial, me preguntó:
-¿Desea usted verlo?
Yo había perdido toda vivacidad de espíritu y de cuerpo, al simple contacto de aquella admi¬nistración. Lánguidamente, contemplé al escri¬ba y le pregunté con tono cansado:
-¿Qué cree usted? ¿Sería de alguna uti¬lidad?
-¡Pero, hombre...! Si ha preguntado hoy dos veces por usted.
Como es natural, se refería a la autoridad su¬prema, al superintendente de la Marina , al jefe del puerto: un altísimo personaje a los ojos de todos aquellos plumíferos de la oficina. Pero esa opinión no era nada comparada con la que el mismo superintendente tenía de su grandeza.
El capitán Ellis se consideraba una especie de emanación divina (en el sentido pagano de la pa¬labra): el vice-Neptuno, por así decirlo, de los mares circunvecinos. Si en realidad no mandaba las olas, pretendía al menos regir el destino de los mortales cuya existencia transcurría sobre las aguas.
Tan exaltadora ilusión le confería un carácter inquisidor y perentorio. Y como era natural¬mente colérico, había quienes no se presentaban ante él sin temblar. Era temible, no en virtud de sus funciones, sino a causa de sus injustificables pretensiones. Hasta entonces nunca había teni¬do yo nada que ver con él.
-¿Es cierto? -exclamé-. ¿Ha preguntado dos veces por mí? Entonces, tal vez haga bien en entrar.
-Seguramente, seguramente.
El jefe del despacho me precedió con cierta afectación a través del dédalo de despachos, has¬ta llegar ante una alta e imponente puerta, que abrió con gesto deferente.
Sin soltar el tirador, se detuvo en el umbral y, luego de lanzar una mirada respetuosa a la habi¬tación, me hizo con la cabeza un ademán silen¬cioso, Enseguida salió dulcemente, cerrando la puerta tras de sí con la mayor delicadeza posible.
Tres grandes ventanas se abrían sobre el puer¬to. Sólo dejaban ver el espejo azul profundo del mar y el azul luminoso y más pálido del cielo. A lo lejos, vi, sobre la extensión de aquellos dos to¬nos de azul, la manchita blanca de un gran navío que acababa de llegar y se disponía a anclar en la rada exterior. Debía de tratarse de un navío que llegaba de Inglaterra después de noventa días de travesía. Un navío que llega del mar y cierra sus blancas alas para tomar reposo es siempre un es¬pectáculo emocionante.
La primera cosa que vi a continuación, fue el plateado mechón que coronaba el rostro rojizo, liso y -si no hubiese sido por su aspecto de lo¬zanía- casi apoplético del capitán Ellis.
Nuestro vice-Neptuno no era barbado ni se veía ningún tridente en un rincón de la estancia, a la manera de un paraguas, pero su mano soste¬nía una pluma, la pluma oficial, mucho más po¬derosa que la espada para hacer o deshacer la for¬tuna de los simples trabajadores. Por encima del hombro, contemplaba mi entrada.
Cuando estuve a una distancia conveniente de él, me dirigió una interpelación a modo de saludo: -¿Dónde ha estado metido todo este tiempo?
Como aquello no le interesaba en modo al¬guno, no presté la menor atención a su salida y me contenté con decirle que, tras enterarme de que necesitaban un capitán para un velero, creía que podría hacer una petición...
-¡Cómo! ¡Qué diablos! Si es usted, precisa¬mente, el hombre que necesitamos, y al que es¬cogeríamos aunque hubiese otros veinte en pos del puesto. ¡Pero no hay peligro! Todos tienen demasiado miedo para aprovechar esta oportu¬nidad. Ésa es la cuestión.
Parecía muy irritado. Inocentemente, dije:
-¿De veras! ¿Y por qué, si puede saberse?
-¿Por qué? -exclamó con vehemencia-. Los veleros les causan miedo. Temen una tripu¬lación de blancos. ¡Demasiadas preocupaciones! ¡Demasiado trabajo! ¡Demasiado tiempo lejos de tierra! La vida fácil y las chaise longues les van mejor. Aquí me tenía usted con el telegrama del cónsul general ante mí y sin esperanzas de en¬contrar al único hombre capaz de aceptar y lle¬var a cabo semejante misión. Ya empezaba a creer que también usted tenía miedo...
-No he tardado mucho en venir a la Oficina -observé calmosamente.
-Y, sin embargo, usted goza aquí de una buena reputación-gruñó, con expresión de fu¬ria y sin mirarme.
-Encantado de oírselo decir-repuse.
-Sí; sólo que no se le encuentra cuando se tiene necesidad de usted. Usted sabe muy bien que no estaba allí. No es posible que el tal admi¬nistrador se atreviese a olvidar un mensaje pro¬veniente de este despacho. ¿Dónde diablos se me¬tió usted durante toda la mañana?
Me contenté con sonreír amablemente; el ca¬pitán pareció recobrar el dominio de sí mismo y me ofreció asiento. Luego me explicó que, ha¬biendo muerto en Bangkok el capitán de un bar¬co inglés, el cónsul general le había cablegrafiado pidiéndole que enviase un hombre competente para encargarle del mando.
Según parece, Ellis había pensado de inme¬diato en mí, aunque la notificación transmitida al Hogar de los Oficiales estuviese, por princi¬pio, dirigida a todo el mundo. Ya estaba prepara¬do el contrato. Me lo dio a leer, y cuando se lo devolví diciéndole que aceptaba sus condicio¬nes, el vice-Neptuno lo firmó, lo selló con su mano todopoderosa, lo dobló en cuatro (era un pliego azul de tamaño comercial) y me lo entre¬gó de nuevo: regalo de extraordinaria eficacia, pues al guardarlo en mi bolsillo sentí que la ca¬beza me daba vueltas ligeramente.
-Es su nombramiento -me dijo con cierta gravedad-, en el que constan las condiciones aceptadas por la compañía. Ahora bien, ¿cuándo cree usted que podrá tomar posesión?
Respondí que, si era necesario, partiría ese mismo día. Al punto, me cogió la palabra. Aque¬lla misma noche, a eso de las siete, zarparía para Bangkok el vapor Melita. Oficialmente, reque¬riría al capitán de aquel barco para que me lle¬vase a bordo, esperándome hasta las diez de la noche.
A continuación se levantó de su sillón, y yo hice otro tanto. Ya no era posible dudar: la cabe¬za me daba vueltas y sentía todos mis miembros singularmente pesados, como si hubiesen creci¬do durante el tiempo que había permanecido sentado allí. Lo saludé con una inclinación de la cabeza.
Un cambio sutil se operó en las maneras del capitán Ellis, como si hubiese dejado a un lado su tridente de vice-Neptuno. En realidad, sólo había dejado, al levantarse, su pluma oficial.
2
Me estrechó la mano.
-Y bien -me dijo-, ya es usted dueño de sí mismo; ya está usted nombrado oficialmente, bajo mi responsabilidad.
Llevó su amabilidad hasta conducirme a la puerta. ¡Qué lejana me parecía ésta! Andaba como un hombre encadenado. No obstante, por fin llegamos a ella. La abrí como si obrase en sueños. En el último momento, la camaradería de la profesión lo dominó todo, más fuerte que cualquier diferencia de edad y rango. Lo domi¬nó todo en la voz del capitán Ellis.
-Adiós... y buena suerte -me dijo, tan cor¬dialmente que sólo pude contestarle con una mi¬rada de gratitud.
Di entonces media vuelta y salí, para no vol¬ver a verlo nunca más en mi vida. No había dado tres pasos por la oficina de los empleados cuando oí a mis espaldas una voz ruda, fuerte e impe¬riosa, la voz de nuestro vice-Neptuno dirigién¬dose al jefe de servicio, quien, después de intro¬ducirme, había permanecido evidentemente en las cercanías.
-Señor R. -dijo-, ordene que tengan pre¬parada la chalupa para conducir al capitán a bor¬do del Melita, esta noche, a las nueve y media.
-Bien, capitán -respondió R., y el acento estupefacto de su voz me asombró. Luego me condujo apresuradamente hasta el rellano de la escalera. Todavía llevaba yo mi nueva dignidad tan ligeramente que no sospeché que era yo, el capitán, el objeto de esta última amabilidad. Hubiérase dicho que, de repente, me había brotado un par de alas en la espalda. Apenas si rozaba el encerado suelo.
Pero R. estaba impresionado.
-¡Diantre! -exclamó una vez que llegamos al descanso. La tripulación malaya de la chalu¬pa miraba, petrificada, al hombre por quien te¬nían que estar tanto tiempo de servicio, lejos de sus juegos, de sus amiguitas o de sus simples ale¬grías domésticas-. ¡Diantre! ¡Su propia chalu¬pa! ¿Qué le ha hecho usted, si puede saberse?
Su mirada estaba llena de respetuosa curiosi¬dad. Yo, por mi parte, me sentí muy confuso.
-¿Era para mí? Ni siquiera lo sospechaba -balbucí.
R. meneó la cabeza largo rato.
-Sí, y la última persona por quien se ha he¬cho tanto como por usted era un duque. Sí, señor. Probablemente esperaba verme caer desma¬yado, pero yo tenía demasiada prisa para entre¬garme a excesos emocionales. Mis sentimientos se hallaban arrastrados por un torbellino tal, que esa estupefaciente revelación no pareció intro¬ducir en ellos cambio alguno, limitándose a caer en mi cerebro en ebullición y yendo conmigo a la deriva, después de que me hube despedido de R., breve pero efusivamente.
El favor de los poderosos pone una aureola en torno del afortunado objeto de su elección. Aquel excelente hombre me preguntó si podía serme útil. Sólo me conocía de vista y sabía muy bien que nunca volvería a verme. Como todos los marinos del puerto, yo sólo era un pretexto para escrituras oficiales, para fórmulas llenadas con toda la artificial superioridad que un hom¬bre de pluma y tinta conserva sobre aquellos que tienen que luchar con realidades, fuera de los muros sacrosantos de un edificio oficial.
¡Qué fantasmas debíamos de ser nosotros para él! Simples símbolos, con los cuales se juga¬ba en los libros y en los pesados registros: enti¬dades sin cerebro, sin músculos, sin inquietudes, casi sin utilidad, y, desde luego, de una clase muy inferior.
Y he aquí que ese hombre, después de sus horas de oficina, me preguntaba si podía serme útil en algo.
A decir verdad, habría debido sentirme con¬movido hasta las lágrimas, pero ni siquiera se me ocurrió pensarlo. Aquello no era sino un mila¬gro más en tan milagrosa jornada. Me separé de él como si también él hubiese sido un simple símbolo. Floté hasta el pie de la escalera. Salí flo¬tando por la imponente puerta oficial. Y flotan¬do seguí mi camino.
Empleo esta palabra, prefiriéndola al térmi¬no «volar», porque tengo la clarísima impresión de que, por muy exaltado que me hallase por los transportes de mi juventud, no por ello mis mo¬vimientos eran menos deliberados. A toda aque¬lla abigarrada humanidad, blanca, negra y ama¬rilla, que se ocupaba de sus asuntos, debí hacerle el efecto de un hombre que anda con relativo so¬siego. Ninguna abstracción habría podido igua¬lar mi total desapego de las formas y colores de este mundo. En cierto modo, era absoluto.
Y, sin embargo, de repente, reconocí a Ha¬milton. Lo reconocí sin esfuerzo, sin sobresalto, sin sorpresa. Sí, era él, dirigiéndose tranquila¬mente hacia la Oficina del Puerto, con toda su rígida y arrogante dignidad. Su rostro rubicun¬do lo delataba de lejos. Parecía llamear desde la otra acera, desde la parte en sombra de la calle.
También él me había visto. No sé qué impul¬so inconsciente exuberancia, sin duda-, me hizo agitar la mano en un saludo claramente di¬rigido a él. Esa falta de tacto se me escapó aun antes de haberme creído capaz de cometerla. La enormidad de mi descaro lo hizo detener¬se en seco, como herido por una bala. A decir verdad, hasta creo que tropezó, aunque sin caer por ello; al menos, no me di cuenta de lo contra¬rio. En un momento, lo dejé atrás, y ya no volví la cabeza. Había olvidado su existencia.
Los diez minutos que siguieron, lo mismo habrían podido ser diez segundos que diez si¬glos, a juzgar por la falta de conciencia que tuve de ellos. Los transeúntes podrían haber caído muertos en torno a mí, desplomarse las casas, tronar los cañones, sin que me percatase de nada. Iba pensando: «¡Caramba! ¡Ya lo tengo!» Es de¬cir, el mando. Y logrado de una manera que nun¬ca, en mis modestos ensueños, había previsto.
Comprendí que mi imaginación sólo había seguido hasta entonces rumbos convencionales y que mis esperanzas siempre habían estado de¬masiado apegadas a la tierra. Yo había considera¬do el mando de capitán como el resultado de una lenta promoción al servicio de una compañía respetable, la recompensa de largos y leales ser¬vicios. Aunque, en realidad, no hay por qué ha¬blar de servicios leales, pues éstos se hacen por amor propio, por amor a un barco, por amor a la vida que se ha elegido, y no pensando en una re¬compensa.
En la noción de recompensa hay siempre al¬go desagradable.
Pero, en fin, el caso es que ya tenía aquel man¬do, allí mismo, en mi bolsillo, de manera inne¬gable, aunque completamente inesperada; eso rebasaba mi imaginación y mis previsiones más razonables; y ello, por si fuera poco, a pesar de no sé qué oscura intriga urdida para privarme de él. Verdad es que la intriga había sido bastante mezquina, pero, no obstante, contribuía a esa im¬presión de maravilla, como si diese a entender que yo había sido destinado especialmente para aquel barco desconocido por un poder superior a todos los prosaicos agentes del mundo comercial.
Un extraño sentimiento de alegría comenzó a apoderarse de mí. Si hubiese trabajado diez años para obtener aquel mando, sin duda no ha¬bría experimentado, al lograrlo, nada semejante. Sentía hasta un leve temor.
-Calma, calma -me dije en voz alta a mí mismo.
El infortunado administrador parecía espe¬rarme ante la puerta del Hogar de los Oficiales. Había allí una ancha escalinata de pocos pelda¬ños, en lo alto de la cual el administrador se pa¬seaba de un lado a otro, como si estuviese sujeto por una cadena. Parecía un perro abandonado. Hubiérase dicho que tenía la garganta demasia¬do seca para ladrar.
Debo confesar que me detuve antes de en¬trar. En mi carácter acababa de operarse una revolución. El administrador esperaba, boquia¬bierto, conteniendo la respiración, mientras yo lo miraba fijamente durante medio minuto. -¿Conque se figuraba usted que me lo iba a birlar sin más ni más? -le pregunté, al fin, con tono sardónico.
-Usted había dicho que regresaba a Euro¬pa-dijo, con un chillido lastimero-. Usted lo dijo. ¡Usted lo dijo...!
-Veremos lo que dirá el capitán Ellis de se¬mejante excusa-repuse lentamente, con aire si¬niestro.
Su mandíbula inferior no había dejado de temblar y su voz se asemejaba al balido de una cabra enferma.
-¿Me ha denunciado usted...? ¡Usted me ha perdido!...
Ni su angustia ni el absurdo aspecto que pre¬sentaba lograron desarmarme. Era aquélla la pri¬mera vez que trataban de perjudicarme volunta¬riamente o, al menos, la primera que me daba cuenta de ello. Y todavía era yo muy joven, to¬davía me hallaba de este lado de la línea de som¬bra para no sorprenderme e indignarme.
Lo miré con expresión inflexible. Era preci¬so dejar a aquel bribón temblando de miedo. Se golpeó la frente, mientras yo entraba en el edifi¬cio, perseguido hasta el comedor por sus lamen¬taciones:
-Bien decía yo que usted sería la causa de mi muerte...
No solamente me alcanzaron esos lamentos, sino que resonaron hasta en la galería, haciendo salir de ella al capitán Giles.
Le vi ante mí, sobre el umbral de la puerta, en toda la vulgar solidez de su cordura. La cadena de oro brillaba sobre su pecho. Su mano blandía la pipa encendida.
Le tendí la mano calurosamente, y, no sin cierta sorpresa, terminó por contestar a mi gesto con bastante cordialidad, y con la leve sonrisa de una sapiencia superior, que, como un cuchillo, cortó mis demostraciones de gratitud. Creo que ya no logré articular una palabra más. Además, a juzgar por el calor de mi rostro, me había rubo¬rizado como si acabara de cometer una mala acción. Adoptando un aire de indiferencia, le pregunté entonces cómo demonios había hecho para descubrir el pequeño complot que tan se¬cretamente se había tramado.
Con tono de complacencia murmuró que apenas sucedía nada en la ciudad de cuyas inte¬rioridades no estuviese él enterado. Y en cuanto
al Hogar, desde hacía diez años se alojaba en él de vez en cuando. Nada de lo que pasaba en él podía escapara su gran experiencia. Aquello no le había costado ningún trabajo. Absolutamente ninguno.
Luego, con su gruesa y plácida voz, expresó su deseo de saber si me había quejado oficial¬mente de la actitud del administrador.
Le contesté que no, a pesar de que no me ha¬bía faltado ocasión para hacerlo, ya que el ca¬pitán Ellis había comenzado por echarme una reprimenda de la manera más ridícula por no ha¬berme encontrado en el Hogar cuando tenía ne¬cesidad de mí.
-Es un viejo divertido -me interrumpió el capitán Giles-. ¿Y qué le respondió usted?
-Le dije, sencillamente, que en cuanto me enteré de su mensaje me había presentado en la Oficina. Nada más. No tenía intención de per¬judicar al administrador. No vale la pena hacer daño a un individuo semejante. No, no me quejé, pero creo que él está persuadido de lo contrario. Dejémosle que lo crea. Saldrá ganando un susto, que no olvidará tan pronto, pues de un puntapié el capitán Ellis sería capaz de enviarlo al centro de Asia...
-Espéreme un momento -dijo el capitán Giles, alejándose bruscamente.
Tomé asiento. Me sentía extenuado, con la cabeza pesada. Apenas había tenido tiempo para reunir mis ideas, cuando ya regresaba el capitán Giles, excusándose por la ausencia y murmuran¬do que había querido ir a tranquilizar a aquel in¬dividuo.
Le miré, sorprendido. Aunque, en el fondo, aquello me daba igual.-Me explicó que había en¬contrado al administrador tendido boca abajo sobre el canapé. Ahora, ya estaba tranquilo.
-No se hubiera muerto de miedo -dije con desprecio.
-No, pero habría podido tomarse una dosis demasiado alta de uno de esos frasquitos que guarda en su habitación -respondió el capitán gravemente-. Ya una vez, hace dos años, ese imbécil trató de envenenarse.
-¿De veras? -pregunté con frialdad-. En todo caso, su existencia no creo que sea muy preciosa.
-Lo mismo podría decirse de muchas otras.
-¡No exagere! -protesté, riendo con ner¬viosismo-. Pero ahora me pregunto sincera¬mente qué sería de esta parte del mundo, capitán Giles, si usted le retirase su protección. En sólo una tarde me ha procurado usted un mando y ha salvado la vida del administrador. Lo que no aca¬bo de comprender es que haya podido usted ma¬nifestar tanto interés por uno y otro al mismo tiempo.
El capitán Giles permaneció un momento si¬lencioso. Luego, repuso gravemente:
-En el fondo, no es un mal administrador. En todo caso, sabe encontrar un buen cocinero. Y, lo que vale más, es capaz de conservarlo. Re¬cuerdo los cocineros que teníamos aquí antes de su llegada...
Debí de hacer un movimiento de impacien¬cia, pues Giles se detuvo, excusándose de entre¬tenerme con su charla cuando lo más probable era que careciese de tiempo suficiente para hacer mis preparativos.
Lo que en realidad necesitaba yo era estar a solas un momento. Así pues, me apresuré a apro¬vechar la ocasión. Mi alcoba, situada en un ala aparentemente inhabitada de la casa, era un re¬fugio tranquilo. No teniendo nada que hacer, ya que no había desembalado mis cosas al llegar, me senté sobre el lecho y me abandoné a las in¬fluencias del momento. A las influencias inespe¬radas...
Ante todo, me sorprendió mi estado de áni¬mo ¿Por qué no estaba más sorprendido? ¿Por qué? En un abrir y cerrar de ojos me veía investi¬do de un mando, y no de acuerdo con el curso habitual de las cosas, sino como por arte de ma¬gia. Realmente, debería estar mudo de asombro. Pues no. Me asemejaba a esos personajes de los cuentos de hadas, a los que nada sorprende nunca. Cuando de una calabaza brota una carroza de gala perfectamente equipada para conducirla al baile, Cenicienta no se maravilla, sino que sube muy tranquila a la carroza y parte hacia su mag¬nífico destino.
El capitán Ellis -especie de hada feroz- ¬había sacado del cajón de su escritorio un nom¬bramiento de capitán casi tan milagrosamente como en un cuento de hadas. Pero un mando es una idea abstracta, y sólo me pareció una mara¬villa de segundo orden, hasta que hube entrevis¬to como en un relámpago que implicaba la exis¬tencia concreta de un barco.
¡Un barco! ¡Mi barco! Aquel barco era mío; la posesión y custodia de él me pertenecía más absolutamente que ninguna otra cosa en el mun¬do; él iba a ser el objeto de mi responsabilidad y devoción; me esperaba allá lejos, encadenado por un sortilegio, incapaz de moverse, de vivir, de recorrer el mundo hasta que yo no hubiese llegado -semejante a una princesa encantada-. Su llamamiento me había venido del cielo, en cierto modo. Yo jamás había sospechado su exis¬tencia; ignoraba su aspecto; apenas había oído su nombre y, sin embargo, he aquí que estábamos ya indisolublemente unidos para una cierta por¬ción de nuestro futuro, destinados a hundirnos o a navegar juntos.
Una pasión súbita, hecha de ávida impacien¬cia, corrió de repente por mis venas y desper¬tó en mí una sensación de vida intensa que hasta entonces había ignorado y que no he vuelto a ex¬perimentar después.
Entonces descubrí hasta qué punto era yo marino de corazón, de pensamiento y, por así decirlo, físicamente; un hombre que sólo se inte¬resaba por el mar y los barcos: el mar, el único mundo que contaba, y los barcos, piedra de to¬que de la virilidad, del temperamento, del valor y la fidelidad... y del amor.
Fue un momento delicioso; un momento único. Me puse de pie en un salto y durante un largo rato caminé arriba y abajo por la habita¬ción. No obstante, cuando pasé al comedor, ya había recobrado el dominio de mí mismo. Una 'completa inapetencia era la única huella que que¬daba de mi agitación.
Tras declarar mi intención de trasladarme a pie al muelle, en vez de hacerlo en coche, el des¬graciado administrador -preciso es reconocer¬lo- dio pruebas de gran actividad, buscando a los culis que debían transportar mi equipaje. Partieron al fin, llevando todo lo que me perte¬necía -a excepción de un poco de dinero que llevaba en el bolsillo- colgado de una larga pér¬tiga. El capitán Giles se ofreció a acompañarme.
Seguimos el umbroso paseo de árboles que atravesaba la explanada. Bajo los árboles, reinaba una frescura relativa. El capitán Giles se echó a reír y declaró:
-Conozco a alguien que se alegrará de no volver a verlo.
Adiviné que se refería al administrador. Hasta el último momento, el divertido hombrecillo me había mostrado un rostro malhumorado y teme¬roso. Expresé a mi compañero la sorpresa que me causaba el que aquel individuo hubiese querido jugarme una tan mala pasada sin razón alguna.
-¿Acaso no comprende usted que lo que él deseaba era desembarazarse de nuestro amigo Hamilton, haciéndole obtener el puesto en su lugar? De ese modo se habría desembarazado de él para siempre, ¿comprende usted?
-¡Cielos! -exclamé, sintiéndome ligera¬mente humillado-. ¿Es posible? ¡Se necesita es¬tar loco! ¡Ese holgazán arrogante y descarado! En la vida habría conseguido... Y, no obstante, sí, casi lo había logrado, pues, al fin y al cabo, la Oficina del Puerto tenía que enviar a alguien.
-Cierto. Hasta un imbécil como nuestro administrador puede tornarse peligroso a ve¬ces -declaró sentencioso el capitán Giles-. Y precisamente porque es un imbécil -agregó, de¬sarrollando complaciente su pensamiento en voz baja. Luego, a manera de demostración, conti¬nuó-: Pues nadie que tenga sentido común quiere arriesgarse a perder el único empleo que puede salvarlo de la miseria, por el simple placer de evitar una contrariedad, una pequeña moles¬tia. ¿No es cierto?
-Sin duda -respondí, conteniendo la risa que me producía la manera misteriosa y a la vez vaga con que me revelaba las conclusiones de su sabiduría, como si éstas fuesen el fruto de opera¬ciones ilícitas-. Pero ese individuo me pare¬ce realmente un poco chiflado. A la fuerza tiene que serlo.
-¡Desde luego! Y yo creo que todos lo so¬mos un poco aquí abajo -declaró con tranqui¬lidad.
-¿No hace usted excepciones? -pregunté, deseoso de conocer su opinión.
Permaneció en silencio un buen rato y luego, volviendo bruscamente en sí, declaró:
-¿Por qué había de hacerlas? Lo mismo di¬ce Kent de usted.
-¿De veras? -exclamé, y de pronto me sentí lleno de amargura contra mi antiguo capi¬tán-. Pues no dice eso en el certificado de su puño y letra que llevo en el bolsillo. ¿Le ha dado a usted algún ejemplo de mi extravagancia? Con tono conciliador, el capitán Giles me explicó que aquello no pasaba de ser una obser¬vación amistosa, a propósito de la manera brus¬ca con que había abandonado yo, sin razón apa¬rente, su barco.
Al oírlo, no pude por menos de gruñir.
-¡Ah!..., abandonado su barco... -Y apreté el paso.
El capitán Giles se mantuvo a mi lado, en medio de la profunda oscuridad de la avenida, como si su conciencia le impusiese el deber de
desembarazar a la colonia de un personaje inde¬seable. Jadeaba levemente, lo que le daba cierto patetismo. Pero yo no me sentía conmovido. Por el contrario, encontraba en ello una especie de placer malévolo.
No obstante, aminoré la marcha, casi hasta detenerme, y exclamé:
-Lo que yo deseaba ante todo era encontrar algo nuevo. Sentía que ya era tiempo. ¿Es ésta una prueba de extravagancia?
Giles no contestó. Salimos de la avenida. So¬bre el puente que atravesaba el canal, una forma oscura iba y venía como si esperase algo o a al¬guien.
Era un policía malayo, descalzo y con uni¬forme azul. La luz de un reverbero hacía brillar tenuemente el galón de plata de su gorra. Tími¬damente, miró hacia nosotros.
Antes de que hubiésemos llegado a su altura, dio media vuelta y nos precedió en dirección al muelle, del que apenas nos separaba un centenar
de metros. Cuando llegamos allí, encontré a mis culis en cuclillas. Habían conservado la pértiga sobre los hombros, y todo lo que me pertenecía, colgado aún de la pértiga, yacía por tierra, entre ellos. En el muelle no había absolutamente na¬die, a excepción del agente de policía, que nos sa¬ludó.
Según parece, había detenido a los culis por parecerle sospechosos y les había prohibido el acceso al muelle; pero, a una señal mía se apresu¬ró a levantar el veto. Los dos impasibles indivi¬duos, después de levantarse al mismo tiempo y lanzando un débil gemido, comenzaron a trotar sobre las planchas, mientras yo me preparaba para despedirme del capitán Giles, que perma¬necía inmóvil, como un hombre cuya misión toca a su fin. Preciso era confesar que la había cumplido bien. Y mientras yo buscaba una frase de circunstancias, he aquí que se me adelantó, diciéndome:
-Me temo que no van a faltarle los embro¬llos y las preocupaciones...
Le pregunté qué le hacía pensar eso, y con¬testó que su experiencia del mundo en general: un barco alejado durante tanto tiempo de su puerto, la imposibilidad de comunicar por telé¬grafo con la compañía, y muerto y enterrado el único hombre que podía explicar las cosas...
-Y además, usted, novato en estos asuntos -declaró, con tono que no admitía réplica y a manera de conclusión.
-No insista-le dije-. Lo sé de sobra. An¬tes de mi marcha habría deseado recibir de usted siquiera una pequeña dosis de su experiencia. Pero como esto no puede hacerse en diez minu¬tos, no vale la pena pedírselo. Además, la chalu¬pa está esperándome. Pero la verdad es que no me sentiré realmente tranquilo hasta encontrar¬me con mi barco en pleno océano índico.
Evasivamente, observó el capitán Giles que de Bangkok al océano índico había una buena distancia, y al murmullo de su voz, como a la dé¬bil luz de una linterna sorda, entreví por un ins¬tante un largo cinturón de islas y arrecifes exten¬diéndose entre aquel barco desconocido que era mío y la libertad de las grandes aguas del globo.
No obstante, no experimentaba la menor aprensión. En aquel tiempo estaba yo bastante familiarizado con el Archipiélago. Un extremo cuidado y una paciencia extrema me guiarían a través de aquella región de tierras anfractuosas, de brisas débiles, de aguas muertas, hasta el mo¬mento en que sentiría por fin balancearse mi bar¬co en alta mar e inclinarse bajo el soplo podero¬so de los vientos, que le darían el sentimiento de una vida más vasta y más intensa. La ruta sería larga. Todas las rutas que conducen al objeto de nuestro deseo lo son; pero yo podía seguir esta ruta con el pensamiento, sobre el mapa, profe¬sionalmente, con todas sus dificultades y com¬plicaciones. De todos modos, era una cosa bas¬tante sencilla. Se es marino o no se es. Y yo esta¬ba seguro de serlo.
El golfo de Siam era la única parte del trayec¬to desconocida para mí. Así se lo declaré al capi¬tán Giles, pero no porque me inquietase gran cosa. El golfo pertenecía a aquella misma región cuya naturaleza conocía yo, cuya alma me pare¬cía haber penetrado durante los últimos tiempos de aquella existencia con la que rompía ahora de manera tan súbita.
-El golfo... ¡Ah!, sí, un rincón de mar muy divertido -declaró el capitán Giles. Divertido, en aquel caso, era una palabra vaga. La frase parecía expresar la opinión de una persona que tuviese sus razones para maldecir aquella región.
No pude profundizar la naturaleza de su co¬mentario. Además, no tenía tiempo para ello. Aun así, en el último momento y por iniciativa propia, el capitán Giles me dio este consejo:
-Pase lo que pase, manténgase siempre al Este del golfo. Los parajes del Oeste son peli¬grosos en esta época del año. No se deje usted sorprender allí. Podría costarle un disgusto.
Aunque me fuera difícil imaginar qué demo¬nio podría impulsarme a conducir mi barco al centro de las corrientes y los arrecifes de la costa malaya, le di las gracias por su consejo.
Calurosamente, estrechó la mano que yo le tendía, y nuestras relaciones terminaron brusca¬mente con estas palabras:
-Buenas noches.
Esto fue todo lo que supo decir: «Buenas no¬ches.» Nada más. No sé lo que yo mismo tenía intención de decirle, pero en todo caso la sorpre¬sa me obligó a tragarme mis propias palabras. Atragantándome ligeramente con una especie de premura nerviosa, exclamé:
-¡Buenas noches, capitán Giles, buenas noches!
Sus movimientos siempre eran lentos, pero ya se iba esfumando su silueta a lo lejos antes de que yo consiguiese dominarme lo bastante para imitar su ejemplo y dar media vuelta en direc¬ción al muelle.
Mis movimientos, en cambio, nada tuvieron de lentos. Precipitándome por los peldaños de la escalinata, salté a la chalupa. Aún no había llega¬do a la cabina cuando la ligera embarcación se apartó del muelle con el repentino girar de su hé¬lice y el resoplido duro y entrecortado del tubo de escape, cuyo embudo de cobre brillaba débil¬mente.
El único ruido que podía oírse era el sordo ru¬mor del remolino que se formaba a la popa de la embarcación. La ribera se hallaba sumida en el si¬lencio del más profundo reposo. Yo miraba des¬aparecer la ciudad, tranquila y silenciosa, en me¬dio de la noche cálida, hasta que una brusca lla¬mada: «¡Eh, la chalupa!», me hizo volver la cabe¬za hacia proa. Estábamos junto a un blanco vapor fantasmal. En el puente, y a través de las redondas portillas, brillaban luces. Y la misma voz gritó: -¿Es nuestro pasajero?
-Sí -respondí a voz en cuello. Evidentemente, la tripulación estaba alerta. Yo oía a los hombres correr en todos sentidos. El moderno espíritu de precipitación se mani¬festó en las órdenes:
-¡Virad sobre la cadena! ¡Arriad la escala! Y también en la urgente petición que se me hacía:
-Pronto, capitán. A causa de usted tenemos un retraso de tres horas... Debíamos zarpar a las siete, ¿lo sabía?
-No, no sabía nada -contesté.
El espíritu de la precipitación moderna se hallaba encarnado en un hombre flaco, de bra¬zos y piernas largos y barba gris recortada con cuidado. Su mano delgada estaba caliente y seca. Con tono febril, declaró:
-Aunque me ahorcasen, no habría espera¬do cinco minutos más, así se tratara del jefe del puerto...
-Allá usted -le dije-; no fui yo quien le pidió que me esperase.
-Espero que no contará usted con cenar aquí -declaró bruscamente-. Esto no es un hotel flotante. Es usted el primer pasajero que tengo en mi vida, y espero que también sea el úl¬timo.
Dejé sin respuesta tan hospitalaria comuni¬cación y, de seguro, tampoco él esperaba que le contestase, pues se precipitó hacia el puente para aparejar.
Durante los cuatro días que me tuvo a bordo no cejó en esta actitud hostil. Puesto que su bar¬co se había retrasado tres horas por mi causa, no me perdonaba que no fuese un personaje más importante. No lo confesaba abiertamente, pero este sentimiento de malhumorado asombro se traslucía constantemente en sus palabras.
También era éste un hombre de mucha expe¬riencia, y le gustaba hacer ostentación de ella, pero no podría imaginarse contraste más grande que el que ofrecía con el capitán Giles. Esto me habría divertido, si hubiera necesitado divertir¬me. Pero no tenía la menor necesidad de diver¬siones. Me sentía como el enamorado que espe¬ra la hora de una cita. La hostilidad humana me era indiferente. Pensaba en mi barco desconoci¬do, y en este pensamiento había de sobra para divertirme, atormentarme y absorberme.
Mi anfitrión era lo bastante perspicaz pa¬ra comprender mi estado de ánimo. Comenzó, pues, a burlarse de mis preocupaciones, em¬pleando esa manera que ciertos viejos cínicos y malhumorados adoptan con respecto a los sue¬ños e ilusiones de los jóvenes. Aunque sabía que casi todos los meses arribaba a Bangkok y que, por lo tanto, debía conocerlo de vista, me guardé muy bien de interrogarle sobre el aspecto de mi barco. No quería exponer el barco, mi barco, a una descripción desdeñosa.
Aquel capitán era el primer hombre verda¬deramente antipático que había encontrado en mi vida. Sin siquiera sospecharlo ¡no!, no lo sospechaba- mi educación distaba de haber ter¬minado.
Sólo sabía que no le era agradable y que sen¬tía cierto desprecio por mi persona. ¿Por qué? Al parecer porque su barco se había retrasado tres horas por mi causa. ¿Quién era yo, al fin y al cabo, para que se me hiciese semejante merced? Jamás habían hecho cosa parecida por él. Era una especie de celosa indignación lo que sentía.
Mi expectación, mezclada de ansiedad, se exasperaba por momentos. ¡Qué largos me parecieron los días de aquella travesía y, no obs¬tante, cuán pronto pasaron! Una mañana, muy temprano, franqueamos la barra y, mientras el sol se levantaba magnífico sobre las llanuras ri¬bereñas, remontamos las innumerables curvas del río y, después de pasar bajo la sombra de la gran pagoda dorada, alcanzamos los arrabales de la ciudad.
Ante mí se extendía, sobre las dos riberas, aquella capital oriental que aún no había sufrido la conquista de los blancos; una sucesión de casas oscuras, hechas de bambú, de esterillas, de hojas, toda una arquitectura vegetal brotaba de la tierra oscura, sobre las orillas del río cenagoso. Asom¬braba el pensar que en aquellos millares de ha¬bitaciones humanas no había entrado sin duda más de media docena de libras de clavos. Algunas de aquellas casas, hechas de ramas y de hierbas, como los nidos de una especie acuática, se adhe¬rían a las riberas bajas. Otras, parecían haber surgido del agua misma, y las había también que flotaban en largas filas, ancladas en medio del mismo río. Aquí y allá, dominando la masa tu¬pida de techos oscuros y bajos, se levantaban grandes edificios de cal y canto, el palacio del rey, templos suntuosos y deteriorados, que se desmoronaban poco a poco bajo la abrumadora, palpable casi, luz vertical del sol, que parecía pe¬netrar en nuestros pechos cada vez que aspirába¬mos e infiltrase en nuestros miembros por cada poro de nuestra piel.
Justamente en aquel momento, la ridícula víctima de los celos, no sé por qué razón, mandó parar las máquinas. El vapor derivó lentamente con la corriente. Sin cuidarme de la novedad del paisaje, me paseaba de un lado a otro del puente, presa de una vaga inquietud, mezclando román¬ticas ensoñaciones con una lúcida apreciación de mis propias capacidades. Se acercaba el instante de asumir el mando y de dar mi medida en aque¬lla prueba suprema de mi profesión.
De pronto, me oí llamar por aquel imbécil. Me hacía señas de que subiese a su puente.
Poco me importaban sus llamadas, pero, co¬mo parecía tener algo especial que decirme, tre¬pé por la escala.
Una vez junto a él, me puso la mano en el hombro y me hizo girar ligeramente, en tanto que con la otra mano me mostraba algo.
-Allí tiene usted su barco, capitán.
Sentí un golpe en el pecho; uno solo, como si mi corazón hubiese cesado de latir. A lo largo de la ribera estaban amarradas diez o más naves; la que me señalaba mi anfitrión se hallaba medio oculta por su vecina.
-Dentro de un momento estaremos frente a él -añadió.
¿Qué acento tenían sus palabras? ¿Burlón? ¿Amenazador? ¿O, simplemente, indiferente? No podría decirlo. Pero sospechaba alguna ma¬levolencia en aquella súbita manifestación de in¬terés.
Se alejó de mí y, entonces, apoyándome en la baranda del puente, miré por encima de la borda.
No me atrevía a levantar los ojos, pero era preci¬so hacerlo; sin embargo, por más esfuerzos que hacía, no lograba decidirme. Hasta creo que tem¬blaba.
No obstante, tan pronto como mis ojos se posaron sobre mi barco, todo temor se disi¬pó rápidamente como un mal sueño, con la dife¬rencia de que los sueños no dejan tras de sí nin¬guna vergüenza y que por un instante me sentí enrojecer, recordando mis injustificadas sospe¬chas.
Sí, él era. La vista de un casco y su aparejo me llenaron de una gran alegría. Aquel sentimiento del vacío de la vida que tanto me había inquieta¬do los meses anteriores, perdió de pronto su amarga razón, su poder nefasto, ahogándose en la corriente de una emoción dichosa.
A la primera ojeada, comprobé que se trata¬ba de un barco de primera clase, una criatura ar¬moniosa por las líneas de su esbelto cuerpo y la altura bien proporcionada de sus mástiles. Cua¬lesquiera que fuesen su edad y su historia, había conservado la marca de su origen. Era uno de aquellos barcos a los que la virtud de su línea y de su construcción preservan de toda vejez. En medio de sus compañeros amarrados a la orilla y todos mayores que él, parecía el producto de una raza superior: como un corcel árabe en me¬dio de una fila de caballos de tiro.
Una voz dijo a mis espaldas, con tono des¬agradablemente equívoco:
-Espero que esté usted contento, capitán. No me volví siquiera. Era el capitán del va¬por. Yo sabía que, a pesar de cuanto tratara de in¬sinuar, a pesar de todo lo que pudiera pensar de él, mi barco, semejante en esto a algunas mujeres excepcionales, era uno de ésos seres cuya simple existencia es un deleite objetivo: uno siente la sa¬tisfacción de vivir en un mundo en que semejan¬te criatura existe.
Aquella ilusión de vida y de personalidad que nos encanta en las más bellas obras humanas, ema¬naba de sus formas. Una enorme carga de madera de teca oscilaba por encima de su escotilla: materia inanimada al parecer más pesada y voluminosa que cuanto había a bordo. Cuando comenzaron a bajarla, el choque de la garrucha contra una jar¬cia hizo correr un leve estremecimiento por toda la fábrica, desde la línea de flotación hasta los más su¬tiles nerviecillos del aparejo. Realmente, parecía una crueldad cargarlo de ese modo...
Una media hora después, al poner por pri¬mera vez el pie sobre su puente, experimenté una profunda satisfacción física. Nada habría podido igualar la plenitud de aquel momento, la ideal perfección de aquella emocionante expe¬riencia que se me concedía sin la labor prelimi¬nar ni las desilusiones de una carrera oscura.
De una mirada, recorrí, envolví, me apropié la forma que daba cuerpo al sentimiento abstrac¬to de mi mando. De inmediato una multitud de detalles, perceptibles sólo para un marino, lla¬maron con fuerza mi atención. Por lo demás, su existencia se me antojaba como ajena a toda con¬dición material. La ribera a la que estaba amarra¬do me parecía inexistente. ¡Qué me importa¬ba ningún país del mundo! En todas las tierras bañadas por aguas navegables, seguirían siendo idénticas nuestras relaciones -y más íntimas que cuanto pudiera expresarse con palabras-. Aparte de esto, cada episodio y cada decoración sólo sería un espectáculo efímero. La misma tri¬pulación de culis amarillos, atareada en torno de la escotilla principal, era menos consistente que la sustancia de que están hechos nuestros sue¬ños. Pues, ¿quién en el mundo querría soñar con chinos... ?
Me dirigí hacia la popa y sub& |