|
Babelia 4.03.2006.
La República no pasó de ser un proyecto. Respondía a un ideal que era rechazado tanto por soviéticos como por fascistas"
Francisco Ayala es la lucidez incesante. Radical, escueto; su compromiso
mayor es con la exactitud, su mirada es la que a veces te da las respuestas,
y sus silencios son sosegados pero también exactos, inmediatos. Sus ojos
hablan; son penetrantes, a veces te abrazan, y a veces también te preguntan,
en silencio. Ayala se acerca a su siglo. Lo cumple el 16 de marzo. Asume con
cierta indiferencia todos los compromisos que tiene por delante, y se
defiende de tanto ajetreo sintiéndose "otro" cuando le hablan del
cumpleaños.
Estos días lleva encima muchas preguntas, y muchas respuestas; "me siento",
dice en broma, "como un contestador automático". Así que a veces repregunta.
"Usted siempre ha parecido soliviantado, rabioso con lo que sucede".
"¿Y qué
entiende usted por soliviantado?" "Dijo hace poco que lo que nos rodea es
deleznable". "¿Y qué entiende usted por deleznable? Preguntaré en la
Academia a ver qué se entiende allí por deleznable".
Ahí está, Ayala, es así. La edad, cree, es un accidente de la vida, la vive
así, con vigor pero también con la convicción de que ya no puede hablar del
futuro, "el futuro es algo que a mí ya no me es dado, he sentido cómo se
aleja". "Tuve una enfermedad hace poco, la superé, y desde entonces mi
posición consiste en verme un poco como si fuera mi antepasado. Es decir, yo
ya no miro al futuro como mi futuro". Dice Ayala, con esa mirada que a veces
cae sobre ti como un interrogante: "Yo no avanzo hacia un futuro, sino que
veo cómo pasó". Pero se enfrenta al centenario con el ánimo "de quien está
expectante; yo sé que estamos pendientes de la celebración de un centenario,
que todos los amigos lo esperan, y claro, aquí estoy yo, dispuesto a no
defraudarles. ¡No depende tan sólo de mí! A esta edad, cualquier cosa puede
dar al traste con esta expectativa. Como dice el tango, un tropezón
cualquiera lo da en la vida. ¡Imagínese qué pasaría si la expectativa no
puede cumplirse!".
Estos días todos le pedimos que haga memoria, que repita anécdotas, que
están en aquel libro extraordinario, Recuerdos y olvidos, y él bromea: "¡Voy
a hacerme promoción! ¡Que lean mi libro, ahí están las respuestas!". Su
memoria, dice, es "rara; recuerdo cosas que están en la noche de los
tiempos, y no consigo traer a mis recuerdos sucesos que están perfectamente
documentados...".
Sin embargo, hace unas semanas, cuando se reunió con los arquitectos que
preparan, para Granada y para Madrid, la gran exposición de su centenario,
le fueron evocadas algunas escenas de su niñez, cuando a los ocho años iba
al cine con su madre, y relató con todo detalle, por ejemplo, la vez que fue
a ver en la Gran Vía granadina La bestia humana, basada en la novela de
Zola. Apareció en la pantalla Francesca Bertini, recordó Ayala, "y le
pregunté a mi madre: '¿Ésa es la bestia humana?', y mi madre me dijo:
'Calla, tonto".
Su madre era pintora; cuando ella decidió abandonar los pinceles se los pasó
a Ayala... "Fuimos muchos hijos", recuerda él ahora, "así que un día
abandonó su equipo de paletas... Me sentí un poco obligado, porque el arte
me interesaba, y pinté. Pero no lo hacía a satisfacción mía... En literatura
me ha pasado lo mismo: cuando no he estado satisfecho no he publicado, sólo
he publicado aquello de lo que hubiera estado satisfecho. Y destruí todas
las pinturas que hice. ¡Y ahora no he querido dejar nada escrito con lo que
no estuviera conforme para que no me saquen las vergüenzas después de
muerto!".
Siempre ha sido muy exigente, en primer lugar "para conmigo mismo; yo me
pongo un límite a lo que hago. Si lo alcanzo, me siento bien, y si no
alcanzo los niveles que me he impuesto, pues se acabó".
Exigente consigo mismo, desde siempre. "Y supongo que ese carácter es el que
tuve desde niño; los caracteres varían muy poco, por lo que veo, por lo que
aprecio en los demás. Yo me reconozco a mí mismo en cada momento de mi vida.
También en las posibles fallas...".
En Recuerdos y olvidos esa impresión que tiene Ayala sobre sí mismo se hace
patente: equilibrado, radical, ha visto la vida como un espectáculo que le
ha sorprendido a veces, y que a veces también le ha llenado de melancolía.
Contenido, también, no ha dejado que la emoción excesiva nuble su capacidad
para entender que no todo el monte es orégano. Del mundo que le rodeó, y del
que le rodea, tiene ahora una opinión que pudo haber escrito en cualquier
lugar de esas memorias: "Me siento un espectador soliviantado, e incluso
asqueado, porque están pasando muchas cosas que no me gustan".
Quienes lean ese libro, Recuerdos y olvidos, y ahora Alianza Editorial lo va
a reeditar, con importantes incorporaciones, podrán asombrarse de la
capacidad de observación, de retentiva, de penetración intelectual,
sentimental y literaria de Ayala, pero sobre todo notarán que en todas las
circunstancias de su vida (los descubrimientos, las contrariedades, la
guerra, el exilio, la vida literaria) ha sido un contemplador radical de los
que lanzan primero una mirada implacable contra sí mismo y después
comprueban el estado "deleznable" del mundo que les ve vivir.
Entre las actividades que el centenario le ha deparado, hubo una en Granada
que el autor de El fondo del vaso no hubiera querido perderse por nada del
mundo: el encuentro con unos escolares granadinos que iban a hablar con él
sobre su Historia de la libertad, que este año se regala en su ciudad natal
y que él escribió en 1943, en plena guerra mundial.
Una ligera indisposición le impidió estar en el Ayuntamiento. "¡Y es lo que
más he sentido! Quiero que conste... Escribí ese libro en un momento en que
estaba desacreditada la libertad; por un lado estaba el fascismo, y el
nazismo, y por otro lado estaba el comunismo, y yo me sentí en el deber de
escribir un libro muy simple, muy didáctico, con una prosa totalmente clara,
inteligible, sencilla, para los muchachos, para los chicos de instituto...".
Ese libro está ahora ahí, reeditado; "y ojalá valga de ayuda para la
formación de los muchachos".
PREGUNTA. Que no haya más mártires ni verdugos, es lo que parece proponer su
libro.
RESPUESTA. Eso no necesito ni proponerlo: ¡es lo que haría cualquier persona
decente! ¡Que no haya más mártires ni verdugos!
P. Desde que escribió ese libro, la libertad ha sufrido múltiples acosos...
R. ¡Y los que seguirá sufriendo! Lo que yo hacía en Historia de la libertad
era explicar el concepto de libertad civil; era un libro didáctico, en él no
hay un gramo de propaganda.
P. Ahora podría leerse como una reflexión para este tiempo.
R. Pero yo escribí el libro en un momento muy especial. Había en torno
nuestro propuestas políticas que negaban la libertad del individuo, había
totalitarismos de un lado y de otro, y yo lo que proponía es una idea
liberal, un sistema político en el que el individuo tuviera su propio
terreno, su propio reino...
En aquella reunión con los chicos, el comisario de su centenario, su paisano
Luis García Montero, pidió a los estudiantes que hicieran sus preguntas al
maestro. Nosotros también tomamos notas, y se las expusimos a Ayala, tal
como fueron hechas. Nos dijo: "Hágalas, póngase en el terreno de los niños".
P. Una pregunta de los niños. ¿Por qué escribió cuentos?
R. Pues yo diría que porque me dio la gana, pero como no le estoy
respondiendo a usted sino a los niños, les diría que los formatos literarios
responden a las épocas, cada época tiene sus formatos... La novela tuvo su
tiempo, que fue un tiempo glorioso, pero ahora mismo no se escriben novelas,
simplemente se escriben, pero sería mejor que no se escribieran. Hablo, por
supuesto, del género novela tal como lo conocemos.
P. ¿Ve mal la literatura?
R. La literatura no la veo mal, porque es eterna como expresión de la
personalidad. La literatura es la expresión verbal de los valores estéticos.
Eso es la literatura para mí.
P. ¿Y cree que el formato de la novela se ha desnaturalizado?
R. No, creo simplemente que se ha agotado. Se han escrito tantas y tan
buenas novelas, pero ahora creo que el formato se ha agotado... Pero, bueno,
esperemos a que se publique alguna buena novela, como la que escribió
Proust, por ejemplo...
P. ¿En Proust pone usted una frontera?
R. Yo no pongo fronteras en ninguna parte... La realidad no es tajante
nunca. Y ya no se puede hablar de los géneros como hablamos en el pasado.
¿Qué es una novela, o un drama? Ya no hay fronteras tajantes ni en los
géneros.
P. Otra pregunta de los niños. ¿Qué libros había en su casa?
R. ¡Todos los libros! Qué sé yo. Estaban los clásicos, desde luego, estaba
la novela del siglo XIX, las grandes y las mediocres...
P. A los chicos les hizo mucha gracia lo que les contó García Montero sobre
las malas palabras que aprendió del Quijote...
R. Sí, lo he contado varias veces: leí el Quijote desde muy chico, y cuando
mi madre se asombraba de las palabras que usaba, y que no eran ortodoxas en
casa, me preguntaba: "¿Y de dónde sacaste esas palabras?". Y yo le señalaba
el libro, del Quijote, de dónde iba a ser.
P. Los niños le preguntan de nuevo: ¿qué le queda a usted de Granada?
R. Me queda todo, porque el sitio donde uno ha nacido marca las primeras
huellas que el mundo deja en la conciencia del ser humano. Y eso es
indeleble. La huella de la primera juventud no se borra.
P. Decía Antonio Muñoz Molina, su paisano, que hay en usted un inconfundible
humor granadino, y que los granadinos son muy especiales...
R. Yo creo que sí, que en todas partes hay rasgos muy volátiles, muy
mutantes, rasgos colectivos que van cambiando. Y sí, hay un humor muy
especial, un poco amargo, no es un humor festivo, como puede ser el que hay
en otras regiones de Andalucía; por ejemplo, el de Sevilla es un humor
festivo. Era un poco melancólico el de Granada. Y digo era porque llevo sin
vivir en Granada muchísimo tiempo. Desde la adolescencia, cuando me fui, he
vuelto a Granada pero no he vivido allí, por lo tanto no puedo juzgar. A
veces pregunto si algo se dice tal como yo lo escuché en la infancia, y no
se dice así... Todo cambia.
P. Usted volvió a Granada en 1960...
R. Después del largo exilio. Y la encontré más o menos igual. Había cosas
que se habían perdido... Tuve allí una recuperación de cosas del pasado. ¡Y
todo era mucho más chico en la realidad que como lo recordaba yo con mis
ojos de niño!
P. Lo cierto es que en el exilio, y usted lo cuenta, no se sintió nunca
extranjero.
R. ¡Ni en España me he sentido nunca patriota!
P. ¿Sigue siendo ahora ésa su sensación?
R. Pues sí, para qué le voy a engañar.
P. Volvió luego muchas veces.
R. Pero no a quedarme. Entre 1960 y 1975 volví muchas veces, sobre todo en
verano. A veces aprovechaba las vacaciones, porque yo era catedrático en
Estados Unidos, y venía para seguir en contacto con España. Así que viví el
espectáculo de transformación que desde esos años se estaba dando en este
país. ¡Este país ha cambiado de fisonomía tantas veces a lo largo de mi
vida! Ha cambiado tanto que no se parece nada una España a las otras, y de
eso mucha gente no tiene noción aquí. Sobre todo los jóvenes...
P. ¿Y esta España de ahora qué le parece?
R. Se parece al resto del mundo occidental... Se ha homologado por completo.
P. ¿Y eso es bueno?
R. ¿Por qué no?
P. ¿Y contempla alguna etapa de su vida con una especial melancolía?
R. No, yo procuro tener una visión objetiva con respecto a todo lo que
veo...
P. Se suele interpretar que la República es una época para añorar...
¿Estamos equivocados?
R. La República fue un proyecto, no pasó de ser un proyecto, un proyecto que
tuvo su inicio, pero nada más.
P. ¿Por qué falló?
R. El régimen republicano no estaba en conexión con el mundo de aquel
momento; había aquí un concepto de la libertad que era rechazado por los
bloques existentes, algo que expongo en mi libro sobre la libertad. El
proyecto de República respondía a ese ideal que era rechazado tanto por
soviéticos como por fascistas. Ése era entonces el mundo occidental. La
República no tenía amigos y, por tanto, no tenía perspectiva.
P. ¿Se paró a sí misma?
R. Fue inmediatamente destruida... Cuando se produjo la sublevación militar
se acabó la República, porque durante la guerra lo que se sostenía era una
expectativa, una posibilidad de recuperar la República...
P. Cuando volvió de Buenos Aires, a reintegrarse a la vida española, en
medio de la Guerra Civil, hubo un episodio que le define, en el puerto de A
Coruña...
R. Sí, cuando un fascista se pavoneaba diciendo que nos iba a poner en fila
en el barco, para que hiciéramos el saludo romano... Decidí atrincherarme
con la familia en el camarote... Al final aquel personaje no llevó a cabo su
bravata... Me preparé para no sucumbir, pero si no había otro remedio lo
habría aceptado. Yo siempre he aceptado la fatalidad.
P. Cuando ya se produjo el exilio definitivo, ¿cuál fue su actitud?
R. Estabilizar mi vida. Cuando me encontré fuera de España decidí ir a
Buenos Aires, donde había tenido una buena acogida...
P. Se sintió como un argentino...
R. No, ¡si no me siento ni como español, cómo iba a sentirme como argentino!
El patriotismo ha sido una cosa de época también...
P. Pero ahora se vuelve a hablar de patriotismo...
R. Son nostalgias. Pasan cosas, luego se quieren recuperar: las nostalgias.
Pasa con tantísimas cosas.
P. Usted cuenta en Recuerdos y olvidos los vaivenes de su relación con su
paisano Melchor Fernández Almagro, que le ayudó al llegar a Madrid...
R. Sí, era amigo de la familia, vecino nuestro en Granada; era, pues, una
relación muy estrecha... Sí, esa relación se puede leer en Recuerdos y
olvidos...
P. Y cuando volvió usted del exilio él se asustó: ¡un republicano en casa!
¿Fue amarga la impresión que le dejó esa reacción?
R. Fue una impresión de escepticismo, de melancolía... Pero, bueno, ya uno
no puede dolerse por una debilidad humana...
P. Los chicos, otra vez: ¿por qué aborrecía las matemáticas?
R. No es que las odiara, pero he sido bastante torpe y lo sigo siendo para
las matemáticas. Con la geometría todavía podía, ¡pero con la aritmética!
Siempre se me resistió.
P. ¿Qué le interesa más de la celebración que preparan?
R. La celebración del centenario es algo superpuesto a mí; la acepto en su
integridad, porque sé que es algo que no hago yo, sino que hacen conmigo, es
decir, utilizándome a mí, bondadosamente, generosamente, porque después de
todo no soy yo el que lo hace, sino que me someto a lo que hagan conmigo. Si
fuera iniciativa mía yo no haría nada. No va en mí todo eso. Yo vivo en una
actitud de mirar el pasado con desapego, con distancia.
P. Celebran sobre todo su obra literaria.
R. Eso ya es cuestión de cada cual, cada cual cumple como quiere. De todas
maneras, la literatura es una cosa secreta que poquísima gente entiende y
capta, pero que envuelve a mucha gente.
P. Ahora mucha gente vuelve a Recuerdos y olvidos para saber más de usted...
R. Sí, es un libro que revela bastante de mí, de épocas de mi vida
... En todas las épocas he tratado de crear literariamente algo que tuviera
un valor estético; otras cosas son discursivas, con las que he procurado
formar, persuadir, y otras son circunstanciales, respuestas a situaciones
concretas. El ser humano vive expresándose de un modo u otro, con palabras y
a veces sin palabras.
P. Habrá más Recuerdos y olvidos...
R. De eso mejor le habla Carolyn.
Y Carolyn Richmond, la esposa de Ayala, que trabaja con García Montero con
intensidad en la preparación del centenario, y que ha sido decisiva en el
proceso de reedición de obras de Ayala, apunta el proyecto: "Son escritos
posteriores, y nuevas fotos, que completan el volumen que ya publicó Alianza
Editorial, que lo reedita. Van a ser nuevos para los lectores. Y habrá un
ensayo muy hermoso sobre lo que Francisco piensa de la vejez".
P. ¿Y qué piensa usted de la vejez?
R. Pues la verdad es que no sé qué decirle.
P. Es curioso, con lo discreto que es usted, con lo íntimo que es, cuánta
autobiografía ha hecho.
R. Yo creo que todo lo que se escribe es autobiográfico en un sentido o en
otro. Mostrando tu actitud ante un suceso ya estás mostrando tu propia
biografía sin querer.
P. Y mientras ha revisado los textos que ahora publica, ¿qué le ha
sorprendido más?
R. Todo lo que he recuperado. Y lo que no he querido recuperar lo he tirado.
Me solidarizo con lo que publico. Respondo de ello. El resto, suprimido.
P. ¿Y a Carolyn, qué le ha sorprendido?
R. A mí me ha sorprendido la belleza de algunas ediciones antiguas, como
Historia de la libertad, Cazador en el alba o El boxeador y un ángel... Y la
revista Realidad, que va a ser la gran sorpresa del año. Renacimiento la va
a publicar en facsímil, tal como la hizo Francisco en Argentina. Los
dieciocho números, desde 1943 [cuando Ayala escribió su libro sobre la
libertad]. Se ha dicho y se ha repetido que fue la mejor revista de
Occidente en aquellos años, y no sólo del exilio. Del mundo. En ella
escribieron Jean Paul Sartre, Bertrand Russell, Borges, los grandes
escritores de entonces... Una revista de ideas, cargada de sorpresas.
Cuando nos vamos, Ayala nos deja hojear el primer número. Su editorial,
escrito por él, comienza así: "Nuestra cultura -la vieja cultura de
Occidente- ha llegado hoy a una situación excepcional. Por una parte,
atraviesa una formidable crisis; por la otra, se halla en la obligación de
proporcionar al mundo entero (...) un programa completo de vida y de
pensamiento, porque el proceso de unificación mundial que venía avanzando
desde hace tiempo se ha acelerado prodigiosamente en los últimos años, por
razones y en maneras tan varias como bien conocidas, haciendo de todo el
planeta una sola unidad...".
La realidad entonces, la realidad ahora. Francisco Ayala, 100 años
mirándola.
UNA VIDA
1906. Nace en Granada el 16 de marzo.
1918. Se traslada con su familia a Madrid.
1925. Publica su primera novela,
Tragicomedia de un hombre sin espíritu.
1931. Doctorado en Derecho.
1936-1939. Funcionario del Ministerio de Estado de la República.
1939. Sale de España. Se instala como profesor en Argentina.
1943. Publica Historia de la libertad.
1956. Se instala en Estados Unidos como profesor.
1960. Vuelve temporalmente a España.
1972. Premio de la Crítica por El jardín de las delicias.
1980. Se instala en Madrid.
1982. Comienza la publicación de sus memorias, Recuerdos y olvidos.
1983. Miembro de la RAE.
1991. Premio Cervantes.
1998. Premio Príncipe de Asturias de las Letras.
|
|