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El Correo de la Unesco, marzo 1996
Claude Lévi-Strauss,maestro indiscutible de la antropología contemporánea, abordo dos veces, a petición de la Unesco, el tema del racismo, primero en Raza e historia (1952) y luego en Raza y cultura (1971).Presentamos aquí fragmentes de esos dos textos fundamentales.
RAZA E HISTORIA
El desarrollo de la humanidad no se cumple con una monotonîa uniforme, sino a través de formas extraordinariamente diversas de sociedades y civilizaciones. Esta diversidad intelectual, estética y sociolôgica no esta vinculada por ninguna relación de causa-efecto a la que existe en el piano biológico entre ciertos aspectos observables de los grupos humanes; son paralelas en otro terreno. Pero, al mismo tiempo, la diversidad cultural se distingue por dos caractères importantes.
En primer lugar, tiene otra dimensión. Existen muchas más culturas humanas que razas humanas, pues las primeras se cuentan por millares y las segundas por unidades. (...) En segundo lugar, a la inversa de la diversidad entre las razas, que présenta como principal interés el de su origen histórico y su distribución espacial, la diversidad entre las culturas plantea numerosos problemas, pues cabe preguntarse si constituye una ventaja o un inconveniente para la humanidad.
Por último, hay que preguntarse en que consiste esta diversidad, a riesgo de ver los prejuicios raciales, apenas desarraigados de su base biolôgica, renacer en un terreno nuevo. (...) No podemos pretender haber resuelto el problema de la desigualdad de las razas humanas negándolo, si no se examina el de la desigualdad o la diversidad de las culturas humanas que, de hecho si no de derecho, está en la mente de todos estrechamente ligado a aquél.
La colaboración de las culturas (...) La posibilidad que tiene una cultura de totalizar este complejo conjunto de invenciones de todo orden que llamamos civilización depende del número y de la diversidad de culturas con las que participa en la elaboración a menudo involuntaria de una estrategia comûn. Y decimos número y diversidad. La comparación entre el Nuevo y el Viejo Mundo en la víspera del descubrimiento ilustra bien esta doble necesidad.
La Europa del Renacimiento era el lugar de encuentro y de fusión de las más diversas influencias: las tradiciones griega, romana, germánica y anglosajona; las influencias árabe y china. La América precolombina no disfrutaba, cuantitativamente, de menos contactes culturales, pues las dos Américas forman juntas un vasto hemisferio. Pero mientras las culturas que se fecundan mutuamente en el suelo europeo son producto de una diferenciación de varias decenas de milenios, las de América, cuyo poblamiento es más reciente, han tenido menos tiempo para divergir y ofrecen un panorama relativamente más homogéneo. Además, aunque no podamos decir que el nivel cultural de México o Perú [en 1492] fuera inferior al de Europa (hemos visto que en ciertos aspectos era incluso superior), les diversos componentes de esa cultura estaban probablemente peer articulados. (...) Su organización poco flexible y escasamente diversificada puede explicar su hundimiento ante un punado de conquistadores. Y cabe buscar la causa profunda en el hecho de que los participantes en la "coalición" cultural americana diferían entre sî menos que los miembros de la "coalición" europea.
Por consiguiente, no hay una sociedad acumulativa en sí y para sí. La historia acumulativa no es la propiedad de ciertas razas o ciertas culturas que se distinguirían así de las demás. Es el resultado de la conducta de estas más que de su naturaleza. Ella explica cierta modalidad de existencia de las culturas, que no es otra que su manera de estar juntas. En este sentido, se puede decir que la historia acumulativa es la forma de historia característica de estos super organismos sociales que constituyen los grupos de sociedades, mientras la historia estacionaria en caso de que exista sería la marca de ese género de vida inferior que es el de las sociedades solitarias.
La exclusiva fatalidad, la ûnica tara que podría afligir a un grupo humano e impedirle realizarse plenamente es la de estar solo. Observamos asî cuán torpes e infructuosos son los intentes de justificar la aportación de razas y de culturas humanas a la civilización. Se enumeran rasgos, se examinan las cuestiones de origen, se conceden prioridades... Por bien intencionados que sean, estos esfuerzos son útiles porque fallan en tres aspectos.
Primero, el mérito de una invención atribuido a una u otra cultura nunca es seguro. (...) En segundo lugar, las aportaciones culturales siempre pueden repartirse en dos grupos. Por un lado, tenemos indicios y adquisiciones aisladas cuya importancia resulta fácil evaluar y que ofrecen además un carácter limitado. (...) En el polo opuesto (naturalmente, con una serie de formas intermedias) hay contribuciones que ofrecen un carácter de sistema, es decir, que corresponden a la forma elegida por cada sociedad para expresarse y satisfacer el conjunto de sus aspiraciones humanas. La originalidad y la naturaleza irreemplazables de esos estilos de vida, o como dicen los anglosajones de esos patterns, son innegables, pero como representan tantas opciones exclusivas es difícil imaginar cómo una civilización podría esperar beneficiarse del estilo de vida de otra, a menos que renunciara a ser ella misma.
Efectivamente, los intentos de compromiso solo pueden desembocar en dos resultados: o bien, la desorganización y el hundimiento del pattern de uno de los grupos, o bien, una síntesis original, que consiste en la aparición de un tercer pattern, el cual se vuelve irreductible con respecte a los otros dos. Por otro lado, el problema no consiste en saber si una sociedad puede beneficiarse o no del estilo de vida de sus vecinos, sino en que medida puede llegar a comprenderlos e incluso a conocerlos. (...)
La civilización mundial Por último, no hay contribución sin beneficiario Pues si bien existen culturas concretas que podemos situar en el espacio y en el tiempo, y de las que podemos decir que han "contribuido" y que continúan haciéndolo, cuál es esta "civilización mundial", supuesta beneficiaria de todas esas contribuciones? No es una civilización distinta de las demás, que disfrutan todas de un mismo coeficiente de realidad. (...) [Es] una noción abstracta a la que otorgamos un valor moral o lógico: moral, si se trata de un fin que proponemos a las sociedades existentes; lógico, si queremos agrupar en un mismo vocablo los elementos comunes a las diferentes culturas que el análisis permite distinguir. En ambos casos hay que reconocer que la noción de civilización mundial es muy pobre y esquemática y que su contenido intelectual y afectivo carece de densidad. Pretender evaluar las aportaciones culturales de una historia milenaria, relacionándolas exclusivamente con el modelo de una civilización mundial que tiene todavía una forma hueca, sería empobrecerlas singularmente, vaciarlas de su contenido y conservar solo un cuerpo descarnado.
(...) La verdadera contribución de las culturas no consiste en el catálogo de sus invenciones particulares, sino en la distancia diferencial que ofrecen entre ellas. El sentimiento de gratitud y humildad que cada miembro de una determinada cultura puede y debe manifestar hacia las demás debe fundarse en una sola convicción: que las demás culturas son diferentes de la suya, en los aspectos más diversas (...)
Hemos considerado la noción de civilización mundial como una especie de concepto limite, o como una forma simplificada de designar un proceso complejo, pues si nuestra demostración es válida, no hay, no puede haber, "una civilización" en el sentido absoluto que a menudo damos a este término, ya que la civilización supone la coexistencia de culturas que presentan la máxima diversidad y consiste en esa misma coexistencia. La civilización mundial no es más que la coalición, a escala mundial, de culturas que preservan cada cual su originalidad.
RAZA Y CULTURA
[En 1952] en un opúsculo escrito a petición de la Unesco recurrí a la noción de coacción para explicar que las culturas aisladas no podían esperar crear por sí solas las condiciones de una historia verdaderamente acumulativa. Decía que para ello era preciso que diferentes culturas combinaran voluntaria o involuntariamente sus apuestas respectivas aumentando asî la posibilidad de realizar, en el gran juego de la historia, las largas series que les permiten progresar. Los genetistas formulan actualmente sobre la evolución biológica teorías similares a esta al mostrar que un genoma constituye en realidad un sistema en el que ciertos genes desempeñan un papel regulador y otros ejercen una acciôn concertada sobre un solo carácter o, al contrario, cuando son varios los caracteres que dependen de un mismo gen. Lo que es cierto a nivel del genoma individual lo es también a nivel de una población, de modo tal que, por la combinación de varios patrimonios genéticos donde se habría reconocido hace poco un tipo racial , un equilibrio óptimo se establezca y aumente sus posibilidades de supervivencia. En ese sentido puede afirmarse que en la historia de los pueblos la recomposición genética desempeñaba un papel semejante al de la recomposición cultural en la evolución de las formas de vida, técnicas, conocimientos y creencias por cuyas diferencias se distinguen las sociedades. (...)
Naturaleza/cultura: un viejo debate [Pero] no sería exagerado insistir en un hecho: si bien la selección permite que las especies vivientes se adapten a un medio natural o resistan mejor a sus transformaciones, cuando se trata del hombre este medio deja de ser esencialmente natural; extrae sus características distintivas de condiciones técnicas, económicas, sociales y mentales que, con la intervención de la cultura, crean para cada grupo humano un entorno particular. Por ello se puede dar un paso más y considerar que las relaciones entre la evolución orgánica y la evolución cultural no son solamente de analogía, sine también de complementariedad. (...)
Posiblemente en los orígenes de la humanidad la evolución biológica seleccionó rasgos preculturales, tales como la posición erguida, la habilidad manual, la sociabilidad, el pensamiento simbólico y la aptitud para vocalizar y comunicarse. En cambio, desde que la cultura existe, es ella quien consolida estos rasgos y los propaga; al especializarse, las culturas consolidan y favorecen otros rasgos, como la resistencia al frío o al calor (en sociedades que han debido, de buen grado o por la fuerza, adaptarse a extremos climáticos), las disposiciones agresivas o contemplativas, la ingeniosidad técnica, etc. Tales como los captamos a nivel cultural, ninguno de esos rasgos puede vincularse claramente a una base genética, pero no se debería excluir que lo estén a veces de forma parcial y por el efecto médiate de lazos intermediarios. En ese caso sería juste decir que cada cultura selecciona aptitudes genéticas que, por retroacción, influyen sobre la cultura que había contribuido previamente a su fortalecimiento.
Una justificación ideológica. Al remontarse a los comienzos de la humanidad a un pasado cada vez más remoto, que actualmente calculamos en millones de años, la antropología física retira una de sus principales bases a las especulaciones racistas, pues le que se desconoce aumenta así mucho más rápidamente que el número de indicadores disponibles para jalonar los itinerarios seguidos por nuestros lejanos antepasados en el curso de su evolución.
Los genetistas asestaron un golpe aun más decisiva a esas especulaciones al reemplazar la noción de tipo por la de la población, la noción de raza por la de patrimonio genético, y al demostrar que un abismo separa las diferencias hereditarias, según se las atribuya a la actividad de un solo gen diferencias poco significativas desde el punto de vista racial, ya que probablemente están dotas de un valor adaptativo o a la acción combinada de muchos, le que las convierte prácticamente en indeterminables.
Solo desde hace unos diez anos empezamos a comprender que discutimos el problema de la relación ente evolución orgánica y evolución cultural en termines que Auguste Comte hubiera llamado metafísicos. La evolución humana ne es un subproducto de la evolución biológica, pero tampoco es completamente distinta de ella. La síntesis entre esas dos actitudes tradicionales es ahora posible, siempre que, sin contentarse con ideas preconcebidas y con soluciones dogmáticas, los biólogos y los etnólogos temen conciencia de la ayuda que pueden prestarse mutuamente y de sus respectivas limitaciones.
Esta inadecuación de las respuestas tradicionales explica probablemente porque la lucha ideológica contra el racismo ha resultado tan poco eficaz en el plano práctico. Nada indica que los prejuicios raciales disminuyan, y todo conduce a pensar que, luego de breves treguas locales, resurgen en otras partes con una intensidad aun mayor. De ahí, el afán de la Unesco de reiniciar periódicamente un combate cuyo resultado parece, por lo menos, incierto.
jPero estamos totalmente seguros de que la forma racial que ha adoptado la intolerancia sea resultado exclusive de ideas falsas que algunas poblaciones mantendrían sobre la dependencia de la evolución cultural respecte de la evolución orgánica? .jEsas ideas no proveen simplemente una justificación ideológica a oposiciones más reales fundadas en la voluntad de avasallamiento y en la correlación de fuerzas? Ciertamente ése fue el caso en el pasado. Pero, aun suponiendo que esa correlación de fuerzas se modificase, las diferencias raciales no continuarían sirviendo de pretexto a la dificultad cada vez mayor de convivir que inconscientemente afecta a una humanidad víctima de la explosión demográfica (...) una humanidad que comienza a aborrecerse a sí misma porque una intuición secreta le advierte que se ha vuelto demasiado numerosa para que cada uno de sus miembros pueda gozar libremente de esos bienes esenciales que son el espacio libre, el agua limpia, el aire puro?
Los prejuicios raciales alcanzaron su mayor intensidad en los casos de grupos humanes reducidos por otros a un territorio demasiado estrecho, a una porción demasiado insuficiente de bienes naturales para que su dignidad no se sintiese herida, tanto a sus ojos como a los de sus poderosos vecinos. Pero la humanidad moderna, en su conjunto, no tiende a expropiarse a sí misma y, en un planeta que se ha tornado demasiado pequeño, no construye a sus expensas una situación semejante a la que algunos de sus representantes infligieron a las desventuradas tribus americanas o de Oceanía? ¿Qué sería, en fin, de la lucha ideológica contra los prejuicios raciales si se confirmara que siempre y en todas partes como le sugieren ciertos experimentos realizados por psicólogos basta formar equipos con sujetos de cualquier origen y colocarlos en una situación de competencia para que se desarrolle en cada cual un sentimiento de parcialidad y de injusticia frente a sus rivales?
Comunidades minoritarias que aparecen hoy en muchos puntos del mundo, como los hippies, no se distinguen del grueso de la población por la raza, sino por el género de vida, la moralidad, el peinado y la vestimenta; sin embargo, el sentimiento de repulsión, a veces de hostilidad, que inspiran en la mayoría es sustancialmente diferente del odio racial? Lograríamos que la gente realizara un verdadero progreso si nos limitáramos a disipar los prejuicios específicos sobre los que esos odios raciales, entendidos en sentido estricto, parecen basarse?
El espejismo dei entendimiento universal En todas estas hipótesis, la contribución del etnólogo a la solución del problema racial se revelaría irrisoria, y no es seguro que la que pidiéramos a los psicólogos y a los educadores fuese más fecunda, ya que, como nos enseña el ejemplo de los pueblos llamados primitivos, la tolerancia recíproca requiere dos condiciones que las sociedades contemporáneas están más lejos que nunca de cumplir; per una parte, una igualdad relativa, por otra, una distancia física suficiente.
Obviamente acariciamos la esperanza de que la igualdad y la fraternidad reinen un día entre los hombres, sin que elle comprometa su diversidad.
Pero si la humanidad no se resigna a transformarse en la consumidora estéril de los únicos valores que supo crear en el pasado, (...) deberá aceptar que toda creación verdadera implica una cierta sordera a la llamada de otros valores, pudiendo llegar hasta el rechazo, e incluso a su negación. Porque no se puede, a la vez, fundirse en el goce del otro, identificarse con él y seguir siendo diferente. Plenamente lograda, la comunicación integral con el otro condena en un plazo más o menos breve la originalidad de su creación y de la mía. Las grandes épocas creadoras fueron aquellas en que hubo un grade de comunicación suficiente para que interlocutores alejados se estimulasen, pero sin que esa comunicación alcanzara una frecuencia y rapidez tales que eliminara todos los obstáculos, indispensables tanto entre los individuos como entre los grupos, y facilitara los intercambios al punto de igualar y confundir su diversidad.
(...) Convencidos de que la evolución cultural y la orgánica son solidarias, [el etnólogo y el biólogo] tienen la certeza de que el retorno al pasado es imposible. Saben también que el camino que los seres humanos están recorriendo acumula tantas tensiones que los actuales odios raciales son una pálida imagen del régimen de intolerancia exacerbada que amenaza con instaurarse mañana, sin que sea necesario el pretexto de las diferencias étnicas. Para conjurar esos peligros, los de hoy y los de un futuro próximo, más temibles aun, debemos persuadirnos de que sus causas son mucho más profundas que las que cabe imputar a la ignorancia y a los prejuicios: solo podemos cifrar nuestra esperanza en un cambio del curso de la historia, más difícil de obtener que un progreso de las ideas.
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