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publicado en La Vanguardia, el 20 de marzo del 2004.
artículo ganador del PREMIO GODÓ DE PERIODISMO 2005.
Los acontecimientos del fin de semana del 14 de marzo en España, marcado
por la victoria electoral del Partido Socialista, quedarán en los anales
de la comunicación política. Creo útil recordar la secuencia de los hechos
antes de analizar su significación. Una semana antes de las elecciones, el
sondeo de Noxa para La Vanguardia apuntaba hacia una situación de empate
técnico entre los dos grandes partidos. Tres días después, los sondeos internos
del Partido Socialista situaban al PSOE con una ventaja de entre 2 y 4 puntos
sobre el PP. Por tanto, Zapatero tiene razón cuando señala el deseo de cambio
político en el país como causa fundamental del giro electoral. Pero la amplitud
de la victoria del PSOE sí parece estar relacionada con la movilización ciudadana
durante el fin de semana. Y esa movilización fue absolutamente espontánea
y protagonizada por jóvenes. Fueron manifestaciones convocadas mediante mensajes
por teléfonos móviles y, en menor medida, por internet. Y el manejo de SMS
es una práctica habitual entre los menores de 30 años, menos difundida en
el resto.
El sábado 13 el tráfico de mensajería móvil aumentó en un 20% y el domingo
en un 40%. Es plausible que esa movilización influyera en los dos millones
de nuevos votantes que generalmente se abstienen más que sus mayores, y que
esta vez participaron activamente en las elecciones con un objetivo claro:
derrotar al PP. Eso gritaban los manifestantes en la calle Génova de Madrid:"Mañana votamos, mañana os echamos". Y lo hicieron, votando útil,es decir,
socialista, pese al poco entusiasmo que la mayoría de los jóvenes tiene por
un partido que aún los tiene que convencer de que es capaz de cambiar con
la sociedad. Los jóvenes, y otros menos jóvenes, reaccionaron contra la realidad
de una guerra a la que se opuso la inmensa mayoría y que ahora ha llegado
a nuestra casa. "Vuestra guerra, nuestros muertos", le decían al PP. Pero
también, y sobre todo, protestaban contra la manipulación informativa del
Gobierno, que intentó suprimir información y aseverar la autoría de ETA por
lo menos hasta el día después, confiando en sacar renta electoral.
Cuando algunos medios de información, en particular la Ser y La Vanguardia, consiguieron
romper la desinformación (escandalosa en el caso de TVE) y plantearon la
hipótesis islámica, la indignación se hizo clamor: ¡¡¡Mentirosos!!!", decían
miles y miles de ciudadanos entre el estruendo de las cacerolas de protesta.
Ha sido, pues, una protesta ética, contra la política del miedo y la mentira,
al tiempo que la continuación del gran movimiento pacifista despreciado por
Aznar en su momento. Pero sin la capacidad autónoma de comunicación instantánea
que proporcionan los móviles e internet, esa indignación generalizada no
se hubiera traducido en movimiento colectivo, en ocupación del espacio público,
sin esperar a consignas de nadie. Ahora se empiezan a entender los extraordinarios
efectos políticos que puede tener la construcción de redes de comunicación
autónomas.
Las consecuencias de esta movilización y de la elección de Zapatero como
presidente del Gobierno son profundas. Primero, en la forma de hacer política.
Creo que Zapatero ha entendido ese mensaje de regeneración de la política.
Pero debe saber que los ciudadanos, y los jóvenes más que los demás, estarán
atentos al cumplimiento de la palabra dada. Por eso, ha mantenido la promesa
electoral de retirar nuestras tropas de Iraq mientras se mantenga una ocupación
militar al margen de la autoridad de las Naciones Unidas. Esa decisión golpea
la línea de flotación de la coalición política en torno a Bush. Porque, en
cierto modo, concuerda con la argumentación de Kerry: para combatir eficazmente
al terrorismo hay que actuar multilateralmente y contando con la legitimidad
de las Naciones Unidas. La derrota de Aznar puede prefigurar la de Bush.
Esta política no es una rendición frente al terrorismo, sino la aceptación
democrática del deseo de los ciudadanos, a quienes se deben los gobernantes.
La gran mentira es la asimilación entre terrorismo islámico y guerra y ocupación
de Iraq. Se sabe desde hace tiempo que Al Qaeda no tenía conexión con Saddam
y que Saddam ya no tenía armas de destrucción masiva. Y que la guerra de
Iraq, y subsiguiente ocupación, se debe a la voluntad de dominación geopolítica
en una zona clave del mundo, asegurando de paso el control del petróleo iraquí.
Por tanto, la guerra de Iraq ha perjudicado la lucha contra el terrorismo
islámico, porque ha alimentado la hostilidad a Occidente en los países musulmanes,
proporcionando caldo de cultivo para la reconstrucción de las redes fundamentalistas.
Salir de Iraq no es ceder al chantaje del terror, sino evitar caer en la
trampa de Bin Laden. La trampa que consiste en identificar su lucha a la
lucha de todos los musulmanes humillados por Occidente. Lo esencial es desligar
Iraq de Al Qaeda para concentrarse en destruir las redes terroristas islámicas
y establecer políticas de cooperación y diálogo con los países musulmanes,
privando al terrorismo de bases de recomposición.
Si en los próximos meses las posiciones dialogantes francesa y alemana ganan
terreno en Europa y Kerry restablece el respeto de Estados Unidos a la legalidad
internacional, la historia recordará que el detonante de ese proceso fue
la elección de Zapatero. Una elección marcada por la movil-ización autónoma
de la gente contra la mentira como forma de gobernar. Una mentira que se
hizo insoportable cuando se mezcló con nuestros muertos.
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