"Sobre la paulatina elaboración del pensamiento a medida que se habla"
por Heinrich Von Kleist.

      

 

Heinrich von Kleist (1777-1811) redactó este magnífico escrito a su amigo Rühle von Lilienstein, hacia 1805. En el describe su propia experiencia en Berlín, cuando se examinaba de la licenciatura de Derecho.

Querido y discreto amigo: cuando quieras saber algo, y no seas capaz de averiguarlo meditando en solitario, te aconsejo que hables de ello con el primer conocido con el que te tropieces. No necesita éste disponer de una cabeza privilegiada, ni lo que te propongo es que lo interrogues acerca de tu problema: por el contrario, debes responderle tú mismo. Ya te veo enarcar las cejas asombrado y replicar que antaño se te aconsejó hablar sólo sobre aquello que comprendieses bien. Pero en el pasado hablabas seguramente con la petulancia de querer instruir a los otros; y yo deseo que hables con la juiciosa intención de instruirte a ti mismo. De suerte que ambas reglas de prudencia, distintas para diferentes casos, tal vez ahora resulten ser compatibles sin dificultad. Dicen los franceses quel'appétit vient en mangeant; un principio basado en la experiencia que sigue siendo verdadero cuando aparece reformulado paródicamente como l'idée vient en parlant. A menudo, inclinado en mi escritorio sobre unos documentos, intento encontrar el punto de vista desde el cual enjuiciar correctamente un pleito enredado. Entonces, ocupado como está mi fuero interno en su empeño por aclararse, suelo mirar hacia la luz, hacia el punto de mayor claridad. O busco, cuando se me propone un problema algebraico, la ecuación inicial que articula los datos del problema, y de la que se deducirá la solución mediante un sencillo cálculo. Pues mira: cuando hablo acerca de ello con mi hermana, que trabaja sentada detrás de mí, averiguo lo que quizá no hubiera podido aclarar tras horas enteras de cavilación. No es que ella me lo diga en el sentido propio de la palabra, ya que no conoce el Código legal, ni ha estudiado los tratados matemáticos de Euler o de Kõstner. Tampoco es que ella me guíe con preguntas sagaces hasta el meollo del asunto; aunque esto último también ocurre a menudo.
Tengo de antemano alguna oscura noción, vinculada lejanamente con lo que busco. Y si con osadía la tomo como punto de partida, el entendimiento, a medida que progresa el discurso, forzado a hallar un final para ese comienzo, troquela la confusa noción inicial hasta conferirle plena nitidez, de forma que el conocimiento para asombro mío ya está listo al acabar el periodo oratorio. Intercalo sonidos inarticulados, alargo las locuciones conjuntivas, utilizo también tal o cual aposición que en realidad no es necesaria y me valgo de otros artificios que dilatan el discurso con objeto de ganar el tiempo necesario para la forja de mi idea en el taller de la razón. En esos momentos, nada me ayuda más que un gesto de mi hermana, como si quisiera interrumpirme. Pues a mi entendimiento, ya de por sí en tensión, lo acicatea todavía más el intento de arrebatarle desde fuera el discurso en posesión del cual se halla; y semejante a un gran general cuando se ve en un atolladero, hace dar a sus facultades lo mejor de sí mismas.
En este sentido, entiendo el provecho que podía resultarle a Molière de su criada; pues el asignar a la moza como él pretende , un juicio crítico capaz de corregir el suyo propio, revelaría una modestia de cuya presencia en aquel pecho de poeta desconfío. Para el que habla, existe una peculiar fuente de entusiasmo en el rostro humano de un interlocutor; y una mirada que expresa la comprensión de un pensamiento formulado sólo a medias nos regala a menudo la formulación de la otra mitad. Tengo para mí que más de un gran orador, al abrir la boca, aún no sabía bien lo que iba a decir. Pero la convicción de que las circunstancias por sí mismas, y la excitación de su entendimiento resultante de ellas, producirían la necesaria copia de los pensamientos, le confería el atrevimiento necesario para arrancar de cualquier modo. Un discurso semejante es, en verdad, un pensamiento en voz alta. La sucesión de ideas y de sus designaciones progresa paralelamente, y los actos del entendimiento para las unas y las otras son congruentes. El lenguaje no constituye entonces traba alguna, no supone un calzo que inmoviliza la rueda del espíritu, sino que es como una segunda rueda fija en el eje de aquélla y rodando al unísono. Muy otra cosa sucede cuando la mente tiene el pensamiento listo ya antes de la alocución. Pues entonces ha de limitarse a su mera expresión, y esta tarea, más que estimularlo, no tiene otro efecto que el de distenderlo. Por tanto, cuando una idea es expresada profusamente, no se sigue de ello en absoluto que también haya sido pensada confusamente; antes bien podría darse el caso de que las expresadas más confusamente sean precisamente las pensadas con mayor claridad. A menudo, en una reunión en la que gracias a la conversación animada las ideas están fecundando continuamente los entendimientos, vemos cómo personas que por lo general se muestran retraídas, pues no se sienten dueñas del lenguaje, de sopetón se enardecen con un movimiento espasmódico y apoderándose del lenguaje dan a luz algo incomprensible. Sí; se diría que, una vez han captado la atención de todos, con un gesto tímido dan a entender que ellos mismos ya no saben a ciencia cierta lo que han querido manifestar. Probablemente esas personas han pensado con toda claridad algo muy acertado. Pero el súbito cambio de actividad, la transición del pensamiento a la expresión, reprimió la excitación del espíritu que resulta indispensable tanto para la conservación del pensamiento como para su generación. En tales casos es por completo imprescindible tener el lenguaje con facilidad a punto de poder emitir en sucesión tan rápida como sea posible lo pensado simultáneamente. Y en general cualquiera que hable más rápido que su oponente, supuesto que ambos se produzcan con igual claridad, tendrá una ventaja sobre él, pues en el mismo tiempo pone en combate más tropas que él.
La necesidad de una cierta excitación del entendimiento, incluso para engendrar de nuevo ideas ya tenidas con anterioridad, se hace patente cuando se somete a examen a cabezas esclarecidas y con instrucción, y sin ningún preámbulo se le plantean preguntas como la siguiente: ¿qué es el Estado? O bien, ¿qué es la propiedad?, u otras semejantes. Si estos jóvenes se hubiesen hallado en una reunión en donde ya se hubiera discutido sobre el Estado o sobre la propiedad durante cierto tiempo, acaso habrían dado fácilmente con la definición procediendo mediante comparación, aislamiento y combinación de conceptos. Pero aquí, donde falta por completo esa preparación del entendimiento, los vemos atascarse, y sólo un examinador incompetente concluirá de ello que no saben. Pues no es que nosotros sepamos, sino que más bien un cierto estado nuestro sabe. Sólo las mentes adocenadas, la gente que ayer aprendió de memoria lo que es el Estado y mañana ya lo habrá olvidado nuevamente, tendrán aquí la respuesta a mano. Acaso no haya ocasión peor para mostrar las buenas cualidades que un examen público precisamente. Aun sin tener en cuenta que es ya de por sí enojoso y hiere la sensibilidad e incita a mostrarse testarudo el que uno de esos eruditos negociantes nos examine los conocimientos (para comprarnos o rechazarnos según sean cinco o seis), es tan difícil tañer el entendimiento humano y lograr arrancarle su melodía personal, se desafina tan fácilmente en manos torpes, que incluso el más consumado conocedor de la persona, ducho hasta la maestría en el delicado arte de parir los pensamientos según Kant lo caracteriza, podría aquí cometer desaguisados a causa del desconocimiento de su recién nacido. Además, en la mayoría de los casos, lo que les hace lograr una buena calificación a tales jóvenes incluso a los más ignorantes es la circunstancia de que también los mismos examinadores, cuando el examen se realiza en público, tienen demasiado turbado su entendimiento como para poder juzgar con imparcialidad.
Pues no sólo son conscientes, a menudo, del impudor de todo este procedimiento exigir a alguien que vacíe su bolsa delante de nosotros nos avergonzaría, y más aún habría de suceder con su alma , sino que su propio intelecto ha de someterse a una peligrosa inspección en ese momento, y pueden dar gracias a Dios cuando ellos mismos logran salir del examen sin mostrar sus puntos flacos, de forma acaso más ignominiosa que la del jovenzuelo recién salido de la universidad a quien examinaban.



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