"La unidad de la cultura europea"
por Thomas Stearns Eliot.

      

 

en Notas para la definición de la cultura. Encuentro. Madrid (2003). 189 pág. Trad: Félix de Azúa. (Notes Towards the Definition of Culture, 1948)

La salud cultural de Europa requiere dos condiciones: que la cultura de cada país sea única y que las distintas culturas reconozcan la relación que hay entre ellas, de modo que cada una sea susceptible de recibir la influencia de las demás. Y esto es posible porque hay un elemento común en la cultura europea, una interrelación en la historia del pensamiento, los sentimientos y el comportamiento, un intercambio de arte e ideas. (...)

Es necesario aclarar el significado que asignamos a “cultura” si queremos aclarar la diferencia existente entre la organización material de Europa y el organismo espiritual de Europa. Si este último desaparece, lo que se organice no será Europa, sino únicamente una masa de seres humanos que hablan distintas lenguas. Y ya no habrá justificación para que sigan hablando distintas lenguas, porque no tendrán nada que decir que no pueda decirse igualmente en cualquier lengua. En pocas palabras, no tendrán nada que decir en poesía. Ya he afirmado que no puede haber cultura “europea” si los países se encuentran aislados unos de otros. Ahora añado que no puede haberla tampoco si los países son reducidos a su identidad. Necesitamos variedad en la unidad, no en la organización sino en la naturaleza.

 

Cultura y lengua

Así pues, entiendo por “cultura”, en primer lugar, lo mismo que los antropólogos: el modo de vida de un determinado pueblo que vive reunido en un mismo sitio. Esa cultura se manifiesta en sus artes, su sistema social, sus hábitos y costumbres, su religión. Pero la combinación de estos elementos no constituye la cultura, aunque a menudo, por conveniencia, hablemos como si así fuera. Esas cosas son simplemente las partes en que se puede atomizar la cultura, como las partes de un cuerpo humano. Pero del mismo modo que un cuerpo es algo más que la unión de sus partes constituyentes, la cultura es algo más que la unión de las artes, costumbres y creencias religiosas. Estos elementos actúan unos sobre otros y para comprender uno de ellos hay que comprenderlos todos. (...)

Es, pues, evidente que una de las posibles unidades de cultura es la de los individuos que viven juntos y hablan una misma lengua, porque hablar la misma lengua implica pensar, sentir y tener emociones de una forma bastante diferente a la de las gentes que hablan otra lengua. Sin embargo, las culturas de los distintos pueblos se influyen entre sí y es probable que en el mundo futuro todas sus partes se influyan unas a otras. Antes he sugerido que las culturas de los distintos países europeos se han beneficiado mucho en el pasado de las influencias mutuas. También he dicho que una cultura nacional que se aísla voluntariamente o que es separada de las demás por circunstancias que no puede controlar, se ve perjudicada por este aislamiento. Por último, un país que recibe cultura del exterior sin tener nada que ofrecer a cambio, o que pretende imponer su cultura a otro sin aceptar nada a cambio, se verá perjudicado por esa falta de reciprocidad. (...)

 

Cultura europea, cultura cristiana

Hay, sin embargo, en Europa una serie de rasgos comunes que permiten hablar de una cultura europea. ¿Cuáles son estos rasgos? La fuerza dominante en la creación de una cultura común entre distintos pueblos es la religión. (...). Yo hablo de la tradición cristiana común que ha hecho de Europa lo que es, y de los elementos culturales comunes que ese cristianismo ha traído consigo. Si mañana Asia se convirtiera al cristianismo, no pasaría por ello a formar parte de Europa. Nuestras artes se han desarrollado dentro del cristianismo, en él se basaban hasta hace poco las leyes europeas. Todo nuestro pensamiento adquiere significado por los antecedentes cristianos. Un europeo puede no creer en la verdad de la fe cristiana pero todo lo que dice, crea y hace, surge de su herencia cultural cristiana y sólo adquiere significado en relación a esa herencia. Sólo una cultura cristiana ha podido producir un Voltaire o un Nietzsche. No creo que la cultura europea sobreviviera a la desaparición completa de la fe cristiana. Y estoy convencido de ello, no sólo como cristiano, sino como estudiante de biología social. Si el cristianismo desaparece, toda nuestra cultura desaparecerá con él. Tendríamos entonces que comenzar penosamente de nuevo. No es posible adoptar una nueva cultura ya confeccionada. Uno ha de esperar a que crezca la hierba que alimentará a las ovejas que darán la lana con la que se hará un abrigo nuevo. Hay que pasar a través de muchos siglos de barbarie. No viviríamos para ver la nueva cultura, ni tampoco los nietos de los nietos de nuestros nietos, y en el caso de que llegásemos a verla, no seríamos felices en ella. Son muchas las cosas que debemos a nuestra herencia cristiana aparte de la fe religiosa. A través de ella trazamos la evolución de nuestro arte, tenemos una concepción del derecho romano que tanto ha contribuido a modelar el mundo occidental, una concepción de la moral privada y pública. Y a través de esa herencia tenemos en las literaturas de Grecia y Roma, nuestros modelos literarios comunes. La unidad del mundo occidental reside en esa herencia, en el cristianismo y en las antiguas civilizaciones griega, romana y hebrea; a las cuales a través de dos mil años de cristianismo, se remonta nuestra ascendencia. No voy a desarrollar este tema. Lo que pretendo decir es que entre nosotros el verdadero vínculo es esa unidad de elementos culturales comunes, formada a través de tantos siglos. Ninguna organización política o económica, por muy buenas intenciones que albergue, puede reemplazar lo que nos da esa unidad cultural. Si desperdiciamos o despreciamos nuestro patrimonio cultural común, no habrá organización o proyecto ideado por las mentes más ingeniosas capaz de ayudarnos o de unirnos.

 



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