"De la continuidad : tiempos de historia y de cultura"
por Claudio Guillén.

      

 

discurso leído el día 2 de febrero de 2003 en su recepción pública

EXCELENTÍSIMO SEÑOR DIRECTOR,
SEÑORAS Y SEÑORES ACADÉMICOS:

I

La continuidad en los usos, los ritos y los protocolos es lo que señala más visiblemente el existir de las grandes instituciones. De análogo modo las comas y los puntos y comas, las exclamaciones y las interrogaciones, marcan el ritmo del lenguaje en nuestra práctica habitual. Pero las superficies no revelan por fuerza los procesos más significativos, es más, los principales y primordiales, que animan y hacen posible la persistencia a lo largo de los años de semejantes instituciones. Observaba Joaquín Casalduero que es necio desdeñar las superficies. Digamos que las continuidades se caracterizan por la pluralidad de sus estratos, desde los más tangibles hasta los más profundos. No seré yo quien simplifique los dinamismos que dieron y siguen dando vida a la Academia; aunque sí osaría destacar con toda sencillez el amor a nuestra lengua.

Y he aquí que yo mismo me encuentro convertido en pretexto de un rito, en punto y coma de una larga prosa ininterrumpida, en sujeto de una investidura cuya amplitud y generosidad me abruman. Sería indecente en este ámbito decir que no tengo palabras, pero sí afirmo que no hay gratitud que esté a la altura del grado de buena voluntad con que habéis mirado mis trabajos y mis días. No sólo deslumbra la brillantez ostensible del presente acto. Es inevitable que este muy alto honor provoque inquietudes e interrogaciones íntimas en quien tan agradecido lo recibe. La consciencia de la propia trayectoria -la historia de toda una vida-, la pregunta acerca de la posible continuidad -esta vez individual- de esa vida, y de cómo este reconocimiento excepcional ha de teñir su pasado y su futuro, son consecuencias en mi caso ineludibles. Más de la mitad de mi existencia transcurrió fuera de España, a raíz del exilio al que de niño me llevó mi padre. ¿Qué pensaría don Vicente Llorens, el admirable colega que fue mi maestro en el conocimiento de los destierros, acerca de lo que hoy me acontece? ¿Cabía imaginarse que podía llegar hasta tal extremo el desexilio? Dentro de un momento volveré a Vicente Llorens y a este complejo de cuestiones.

II

Vuestra liberalidad me eleva al estrado donde se encuentra el sillón que estrenó hace algo más de veinte años don Rafael Alvarado. Era éste el primero de los nueve sillones que fueron creados en 1980, casi siglo y medio después de la anterior ampliación. Claro está que una ampliación no manifiesta un corte o una ruptura, sino todo lo contrario, la voluntad de continuidad y de consolidación. Ahora bien, sería sensato comentar que soy yo quien no puedo ser sucesor de tan eminente científico, si por suceder queremos decir entender los contenidos de la obra del gran predecesor. Qué duda cabe que soy un inútil en los terrenos que Rafael Alvarado pisaba, pero, por mucho que no se me alcancen tales saberes, sí puedo añadir que mi ignorancia no paraliza mi capacidad de admiración. Alvarado fue al propio tiempo un científico y un humanista. En él se hermanaban esas «dos culturas» cuya separación C. P. Snow lamentaba hace años en un famoso libro. Digamos que si yo no comprendía a Rafael Alvarado, él me hubiera comprendido a mí.

Practicó Alvarado y cumplió de mil modos y con infatigable constancia su vocación de investigador y promotor de conocimientos en los más variados campos de la Historia Natural. Contribuyó a la publicación de obras colectivas sobre embriología, histología y estructura vegetal; y sus trabajos más especializados se ocupan no sólo de histología y embriología sino de morfología animal, zoofilogenia, biogeografía, ecología y teoría de la evolución. Salta a la vista la apertura de compás que supone la diversidad tan grande de estas contribuciones. Asimismo se advierte en ellas una pronunciada inclinación teórica; y si tenemos en cuenta el interés de su autor por las aplicaciones de las Matemáticas a la Biología, es evidente que junto al afán de conocer con exactitud creciente el mundo de los seres animales y vegetales, rigurosamente inmenso, se manifestaban siempre en Alvarado las exigencias y las inquietudes del pensador. Esta inquietud siente la necesidad, ante la infinidad de los seres, de la integración y la congregación que el entendimiento humano hace posibles. Y este proceso integrador tiene que pasar, claro está, por el uso del lenguaje, que es práctico y creador a la vez, y, en fin de cuentas, por la elaboración de la terminología y la nomenclatura a las que había de dar cabida el Diccionario de la Academia.

El conjunto de voces que compone una nomenclatura científica, al parecer meramente técnica y sumamente especializada, se apoya ante todo en una taxonomía, en esa percepción ordenada y racional de los seres que tanto debió al impulso de Linné, el gran naturalista sueco de la Ilustración. ¿Son acaso más patentes las continuidades en la Historia de las Ciencias Exactas que en la de las Humanidades o la de las Ciencias Sociales? Como quiera que sea, vosotros habréis descubierto desde cerca la consciencia teórica que estas tareas implicaban en el quehacer de Rafael Alvarado; y que don Pedro Laín Entralgo glosó a las mil maravillas en su contestación al discurso de ingreso de 1982. Yo, profesor de Literatura Comparada -disciplina que sólo a un considerable nivel de abstracción tiene en común con la Historia Natural el afán de integración o de estructuración de la inmensa diversidad así de la biosfera como de esa otra esfera que constituyen a escala mundial las creaciones de la imaginación humana-, temo trivializar hoy estas preocupaciones que conocéis muy bien. El taxónomo, al esforzarse por clasificar los animales y las plantas, pasa luego en la práctica a ser poco menos que un lingüista, creador de neologismos y revisor de términos, basándose en el conocimiento de las lenguas clásicas de las que procede el castellano, al igual que de no pocas lenguas modernas.

Se procede así a relacionar res y verba, los seres y las palabras, les mots y les choses, la abundancia de nuestra experiencia del mundo y las restricciones, como asimismo las oportunidades, del lenguaje. Nos hallamos ante un antiguo cruce de preguntas, que trae a la memoria naturalmente a los principales filósofos griegos, pero también a unos grandes poetas modernos, como apunta Pedro Laín, y yo diría hasta al héroe de Jorge Luis Borges en «Funes el memorioso». Hay alrededor de un millón de especies de animales. ¿Cómo distinguir entre ellos mediante un número circunscrito de palabras vulgares? La distinción entre especies del biólogo, en primer lugar, no coincide muchas veces con la del uso corriente. Escribe Alvarado que los vencejos, que son apodiformes, «zoológicamente no debieran llamarse "pájaros", aunque todos los llamemos así».

El taxónomo se ve obligado de tal suerte a relacionar los términos científicos con la percepción común de los seres vivos, así como el académico debe luego decidir qué palabras han de ir en un Diccionario no especializado sino de utilidad general. Los dos acompañan así al pájaro individual en el vuelo que -simplificando mucho- lo lleva a sumarse correctamente a una especie y luego a encontrar su sitio y a posarse en el Diccionario.

Cierto que son miles y miles las obras que constituyen la inmensa esfera de la literatura. Ninguno ha leído todos los poemas, como tampoco nadie ha visto todos los pájaros. Yo mismo me he interesado por la teoría de los géneros literarios, por la trayectoria de su determinación y su contribución a los avatares de la Poética. Los géneros, subgéneros y otras modalidades componen sistemas que ordenan el caos de los hechos y condicionan la percepción del lector. A veces recurrimos, como los taxónomos, a neologismos técnicos basados en las lenguas clásicas. Gérard Genette, que fue profesor de griego en su juventud, nos legó buen número de acuñaciones helénicas en su espléndido análisis de las clases que discierne la narratología. Es Genette uno de los estudiosos que con mayor eficacia se ha consagrado a la Teoría de la Literatura, disciplina que en España alcanza altos niveles de calidad. Los colegas que la cultivan admitirán conmigo que su empeño no se reduce a establecer el andamiaje conceptual que hace posible el estudio crítico e histórico de la literatura, por mucho que prevalezca, sino que es importante también el estímulo ofrecido por las formas de pensar, o las metodologías teóricas, propias de otras disciplinas, como la Filosofía, la Psicología, la Antropología o la Historia de la Ciencia.

Desde tal ángulo es oportuno y aleccionador observar, con Rafael Alvarado, la fuerza integradora que conlleva el desarrollo de la taxonomía biológica. Es decir, su contribución a la continuidad de los saberes en el tiempo; y su afán de estructuración de los seres en el espacio.

III

Volviendo la mirada hacia tiempos y espacios más míos, y antes de dedicar la mayor parte de estos minutos a evocar a don Vicente Llorens -su figura, su obra y alguna de sus ideas principales-, quiero recordar a unos compañeros de generación que hoy tengo muy presentes. No he ocultado en más de una ocasión mi escaso apego al concepto de generación, considerado como clave del conocer histórico. Pero es término práctico si lo empleamos con toda sencillez para designar a unas personas a quienes aunaron la amistad y la cronología. Me refiero a los que fueron originariamente hijos de emigrados, transportados a América individualmente por sus padres, y colectivamente por el exilio posterior a la Guerra Civil española. Ruptura desmesurada y corte profundo, los de este éxodo, pero también formación sucesiva de unos ámbitos donde los hijos no pudieron sino sentirse herederos de la España democrática y republicana, de las obras y los hombres que sus padres habían conocido y admirado3. Nombraré solamente a unos pocos españoles jóvenes que en México, de 1948 a 1950, sacaron adelante la revista Presencia, animados por uno de sus mayores, Emilio Prados. Casi la misma edad tenían, no mucho más de veinte años, Ramón Xirau, que luego se distinguió notablemente como pensador, crítico y poeta catalán (y responsable de la revista Diálogos), Roberto Ruiz, Manuel Durán, Carlos Blanco Aguinaga, José Miguel García Ascot y Tomás Segovia. Algunos fueron fundadores luego de la Revista Mexicana de Literatura, inspirada desde lejos por Octavio Paz y desde cerca por Carlos Fuentes, su entonces probable y ya brillante sucesor, y dirigida durante unos años por Tomás Segovia. Varios de ellos se trasladaron a Estados Unidos, como profesores, donde tuve la oportunidad de tratarles y de hacer frente con ellos a la situación en que nos encontrábamos. Roberto Ruiz ha introducido a lo largo de más de media docena de novelas y de volúmenes de cuentos -así Los jueces implacables (México, 1970) y Paraíso cerrado, cielo abierto (México, 1977)4- unos mundos ante todo imaginarios con tanta exactitud como si fueran ante todo reales, valiéndose de su total dominio de una lengua de excepcional sabor. Manuel Durán ha interpretado luminosamente la literatura española no ya desde su cátedra de la Universidad de Yale sino en muy numerosas publicaciones, suscitadas por una variedad de autores y de épocas. Si al principio fue poeta en catalán, publicó luego en castellano buen número de libros de poesía, meditativa e irónicamente pronunciada por un observador distante pero nunca indiferente. Carlos Blanco Aguinaga es el autor muy conocido y apasionado de varios libros y ensayos que hoy se nos aparecen como contribuciones decisivas, indispensables, sobre Unamuno, por ejemplo, Cervantes, Emilio Prados, es más, sobre siglos enteros de literatura española. Por si fuera poco, ha publicado seis obras de creación narrativa desde 19845. La última, muy bien hecha, tiene por título un bello endecasílabo, Esperando la lluvia de la tarde (Madrid, 2000). Perdónenme estos colegas si hoy sólo toco superficies y me quedo tan corto al mencionarles. Agrego que Tomás Segovia reunió en un volumen de 1998, Poesía (1943-1997), una obra poética de finísimo valor. Mi camino se cruzó pocas veces con el de Segovia, que además siguió siempre el suyo, disidente, alejado de esquemas convencionales, como también los de la emigración6.

Todos ellos han obedecido a una irresistible vocación literaria, fieles a los requerimientos de su memoria histórica, próximos desde dentro a todas las letras hispánicas, libres de etiquetas y lazos colectivos, llevados por aquel vivir dividido a una suerte de lucidez y de entrega a sus propósitos mejores. Me decía una vez Roberto Ruiz que lo valioso de nuestra situación era que nos obligaba a plantear el problema de la identidad de la persona. Pero es éste, el condicionamiento del exilio, cuestión que nadie ha esclarecido mejor que Llorens.

En Valencia nace Vicente Llorens Castillo, el 10 de enero de 1906, en Jalance están sus raíces. Sus padres eran de Jalance, pueblo del suroeste de la provincia, camino de Ayora y Almansa, adonde volvían para las vacaciones, y donde él se hará una casa al final de su vida. Y donde morirá setenta y tres años después. En Valencia cursa sus estudios hasta la conclusión del primer año de universidad, en 1923, cuando sólo tiene diecisiete años; y qué duda cabe que luego, durante los años anteriores a la Guerra, se sentirá muy próximo a unos amigos que se esforzarán por enriquecer y elevar el nivel de la cultura, es más, del vivir valenciano, como otros españoles entregados a un proyecto de creación y renovación del país. Destacan en ese grupo Eduardo Ranch, músico y crítico musical, Vicente Sos Baynat, geólogo, y Adolfo Pizcueta, animador de la revista Taula de Lletres, en la que colaborará Llorens.

Ahora, el año 1923, Llorens se traslada a la Universidad de Madrid, la de Ortega y Gasset, García Morente y Américo Castro, con quienes prosigue sus estudios hasta 1926. Todo sucede como si estuviera destinado a emprender una muy larga peregrinación, pasando de un espacio cultural a otro, como si fueran esferas concéntricas, y de un idioma a otro. En el otoño del 26 Américo Castro le recomienda para uno de los lectorados que regenta la Junta de Ampliación de Estudios dirigida por don José Castillejo. Mucho después Llorens elogiará la figura de Castillejo, «cuya influencia en la renovación de la vida cultural española... caracterizará toda una época»7. Efectivamente, ocupan por esos años lectorados en Europa filólogos y escritores de la talla de Dámaso Alonso, José F. Montesinos, Amado Alonso, Pedro Salinas, Joaquín Casalduero y Jorge Guillén. A Llorens le toca por suerte Génova, donde se compenetra con la lengua y la literatura italianas, amén de otras oportunidades que se le ofrecen a su espíritu observador. «Duc una vida agradable -escribe en valenciano a fines de 1926 a unos amigos-, baldament modesta... En la literatura italiana escomense a ficarme dins. L'italià el parle ja bastant bé i ara comence a estudiar el genovès que és molt semblant al català». El joven lector, que se distrae tocando la guitarra clásica, conoce en un concierto de Andrés Segovia a Lucia Chiarlo, que será un día su mujer.

Tres años después, en 1929, le encontramos en Alemania, dando clase en Marburgo, bella población que al principio le produce una agradable impresión. Pero al año siguiente Leo Spitzer, el grandísimo romanista vienés, le llama a la Universidad de Colonia, donde también va a ocupar un lectorado. Ahora bien, los tiempos en Europa se van alterando gravemente y los pensamientos de Llorens son otros. En una carta del 14 de mayo de 1931 a su gran amigo Eduardo Ranch -cuya lectura debo a la generosidad excepcional de Amparo Ranch, su hija-, manifiesta el joven Lektor su decepción y su creciente inquietud. «La vida social aquí -explica- es realmente inconcebible». Y añadía:

A mí me basta comparar mi vida en Génova. A los pocos meses, conocía todo el mundo... Mi aislamiento es absoluto e insoportable... Observarás que estoy poseído de ira antiprofesoral. Ira que sólo podía nacerme aquí en Alemania, donde los profesores -pagados como ministros- obstruyen con su dogmatismo de gente bien retribuida y de alemanes, todo resquicio de sensibilidad libre y creadora. El encasillamiento de la cultura me parece la aberración máxima... Como ves, algo monstruoso... La ciencia y el arte -y esto es lo peor- han de ser profesorales.

Y en carta del 22 de junio de 1931, recapitula que si «Italia fue una revelación súbita pero que ya llevaba yo dentro», el contraste con la vida alemana es «tan violento, que ha alterado todo el mundo de valores que yo me había forjado». También explica:

Y he venido a descubrir el Mediterráneo...: Alemania es aún un pueblo bárbaro. Esta gente son los nuevos ricos o algo peor de nuestra cultura, quiero decir de nuestra cultura romana. Roma se me aparece ahora como el milagro máximo de una cultura social en el mundo. Roma es el Imperio y el Catolicismo y es Florencia y el Renacimiento; es París y la Revolución. Roma es una tradición de elegancia y de buen gusto, pero es también el máximo esfuerzo de fuerza y de jerarquía... El germano ama la Natur, el romano la Civitas. De la naturaleza sólo viene confusión, de la ciudad ordenación. Me dirás, quizá, que estoy d'Orsinizando... Lo anterior salió de mi pluma muy lejos de La Bien Plantada. La piedra de toque del refinamiento de una tradición es la mayor o menor facilidad que da para caer en lo monstruoso o confuso... Nosotros somos en esto un poco Alemania y por eso yo, como español, no me cansaré nunca de predicar una tradición humanista. A nosotros casi tanto como a Alemania nos hace mucha falta la limpia arquitectura, los salones literarios, con buenos vinos y buenas mujeres que no hagan sólo bolillos; y distinción. Distinción sobre todo...

Cierto que son palabras hiperbólicas y juveniles. Creo también que significativas. Llorens ha asistido a la consolidación del fascismo en Italia y ahora contempla el ascenso del racismo nacionalsocialista. Pero el prestigio cultural de Alemania en ese momento es enorme. Lo que está en juego no es solamente la ordinariez de aquella vida germánica, aunque es digno de notar el valor que se asigna a una convivencia social civilizada9.

Lo más grave, Señores, es lo que constituirá el enigma aterrador del siglo XX, la coincidencia de la cultura y la barbarie, del progreso y el crimen estatal, de la alta tecnología y la guerra, no sólo en Alemania sino en toda Europa. Lo que hay que percibir es la facilidad mayor o menor con que se cae «en lo monstruoso o lo confuso». De esta precariedad no se libra España, que Llorens mira desde la actitud que para los espíritus liberales de su tiempo se cifra en la insatisfacción, tanto social como política.

No había más nacionalismo loable que éste: el descontento emprendedor. Entiéndase que las dimensiones culturales, sociales y políticas del vivir de una nación son indivisibles. Indivisibilidad primordial para Llorens, sobre la que volveré con motivo de la experiencia del destierro.

A fines de 1932 y principios de 1933 Llorens, que ha presenciado la quema de libros frente a la Universidad de Colonia, envía al diario El Mercantil Valenciano cinco crónicas políticas sobre los avances del nazismo. En 1933 las autoridades despojan a Leo Spitzer, judío, de su cátedra y sus derechos civiles. Terminado el semestre Llorens renuncia a su puesto. Regresa a Madrid y se incorpora a la nueva sección de Literatura Contemporánea del Centro de Estudios Históricos, que organizaba su amigo Pedro Salinas. Pero José Castillejo le ofrece un puesto de profesor en la nueva Escuela Internacional Plurilingüe, y al año siguiente su dirección. Hoy no hemos olvidado del todo lo que fue, como escribiría Llorens, aquel «experimento educativo nuevo en Europa», basado en los objetivos de la Institución Libre de Enseñanza. Era en efecto un primer intento de lo que hoy, o mejor, mañana, podría generar la Unión Europea. (Se desarrollaban paralelamente en el niño «su formación en la lengua y cultura patrias y su capacidad receptiva de lenguas y culturas de otros pueblos», con profesorado de los respectivos países y especial interés en «el cultivo de aptitudes» y «la actividad del niño en contacto con las realidades que ha de explorar».) Por aquellos días se relaciona Llorens con Rodolfo Llopis, promotor de proyectos educativos en tiempos de Azaña. Vale decir que se adhiere al institucionismo y al socialismo a la vez. Estamos en 1934. Dos años después la Escuela desaparece.

En un ensayo sobre la persona y la obra de Llorens, Clara Lida evoca su participación en la Guerra y otras etapas de su vida con perfecta precisión. Muy escaso hoy de tiempo, remito a la lectura de esas páginas excelentes. Actuó Llorens al principio «en la primera línea de fuego, hasta que fue asignado a actividades de comunicación e inteligencia», junto al general austríaco Julius Deutsch, en varias campañas del litoral levantino12. Luego, con el traslado del Gobierno a Barcelona, fue destinado a una subsecretaría del Ministerio de Defensa13. Como teniente del Ejército republicano, se agregó a uno de los últimos grupos que cruzaron la frontera, sumándose a los cientos de miles de españoles que se refugiaban en Francia. Por fortuna logró reunirse con su mujer en París, y, tras no pocas estrecheces y dificultades, no habiendo podido entrar en una expedición rumbo a México, no dudó en aceptar, poco después del comienzo de la Segunda Guerra Mundial, la oportunidad de salir para la República Dominicana. El 25 de octubre de 1939 zarpaban los Llorens de Saint-Nazaire en el Flandre, con un conjunto de trescientos españoles. El 7 de noviembre desembarcaban en Ciudad Trujillo.

Fueron tres los países que acogieron a colectivos de refugiados: México, Santo Domingo y Chile. En Santo Domingo se encontraron con la experiencia de la dictadura. Escapaban del trueno y daban en el relámpago. Trujillo, tirano feudal, propietario del país entero, les había recibido por razones de política exterior, aparentando ser un demócrata. En realidad su régimen traía el terror y la «paulatina degradación moral» a muchos miles de seres. «Nosotros fuimos en Santo Domingo una abreviada España republicana»15, escribirá Llorens hacia el final de su vida, en un libro de 1975, Memorias de una emigración. Santo Domingo, 1939-1945. En un país de menos de dos millones de habitantes se establecieron unos cuatro mil refugiados, muchos en la capital, la única gran ciudad. El efecto fue sin duda extraordinario. Los españoles ocuparon cátedras en la Universidad, crearon ateneos y centros docentes, montaron exposiciones, fundaron revistas, transformaron sectores enteros de la economía del país; en suma, «se metieron en todo» -como dice Pedro Vergés-. Uno de ellos, José Almoina, llegó a ser secretario particular de Trujillo, relación por la que luego pagó con su vida; como también fueron asesinados Jesús de Galíndez y Alfredo Pereña. También es verdad que otros crecieron y se hicieron en la emigración, antes de pasar a Puerto Rico, La Habana, México o Caracas, como por ejemplo Eugenio F. Granell, que al llegar era violinista y al salir era pintor; y también escritor -surrealista- de talento17.

En su libro Llorens señala las profesiones y las clases sociales de los emigrados, narra sus fatigas y altibajos, y describe muchas vidas individuales, algunas más novelescas de lo que fueran antes de la guerra. Muy poco dice de sí mismo. Incorporado a la Universidad como catedrático, se le requirió la preparación de una Antología de la literatura dominicana, que se imprimió el año 1944 en Santiago de los Caballeros18. Todo lo presenta Llorens con la capacidad de perspectiva, la paciencia exhaustiva, la exactitud y falta de pedantería que eran tan suyas. Y esa tranquilidad del historiador que sabe que nunca irá tan despacio como la Historia misma. Se trata en este caso de un singular exilio colectivo. Es oportuno indicar sus efectos más generales, sin dejar de discernir entre los unos y los otros. Había refugiados hostiles a su entorno forzoso, otros más adaptables. Algunos eran más solidarios, y otros se desentendían por completo de los demás. El destierro se creía pasajero y en efecto la situación de todos era más o menos provisional. Los orígenes regionales solían acusarse, desde lejos. Pero era común una pronunciada ampliación de miras, una actitud menos provinciana y una forma diferente de ver y entender a España. La vida social más pobre y la escasez de empleos hacían que el emigrado se dedicara plenamente a su trabajo, sin apenas dispersión, y profundizara tal vez en sus aptitudes. Inédito mundo, en suma, el que se rememora, en absoluto reacio Llorens a la melancolía y a la observación no sólo de lo pintoresco sino de lo absurdo y desmesurado de aquella peripecia humana.

Uno de los libros de ensayos suyos se titulará Literatura, Historia, Política (Madrid, 1967). Comenta muy bien Clara Lida que a lo largo de la obra de Llorens «lo literario y lo histórico» serían cada vez más «dos caras inseparables de la misma moneda». Hace un momento hablábamos de la indivisibilidad de lo cultural, lo social y lo político. Son rasgos que suelen caracterizar también la experiencia del exilio. Para el intelectual, Señores, o el que no lo es, para toda persona pensante, no es cuestión de elegir entre estar au-dessus de la mêlée o a la altura de las circunstancias. La rotura del exilio es más que una circunstancia. En la vida del exiliado, rota como se rompe un hueso, la experiencia de la Historia es no menos constante que avasalladora; y los procesos políticos atraviesan el ser de la persona, calándola hasta las entrañas.

Desde el punto de vista más bien negativo de Llorens el destino del desterrado es muchas veces la frustración. «El vivir es una continuidad, y lo que malogró su vida fue precisamente una honda escisión»19. ¿Pero cuántas veces no acentúa él también los logros y las realizaciones? En Hispanoamérica el español podía escribir libros, contribuir a revistas y periódicos, o ganarse unos cuartos traduciendo20, siempre en su propia lengua. Puntualiza Llorens que tras una «etapa de plenitud» brillantísima las letras españolas disfrutaban a la sazón de gran prestigio. Fue un momento de excepcional influencia. Pedro Salinas, cuya lealtad como amigo no era inferior a su capacidad de acción, se acordó de Llorens y logró atraerle a la Universidad de Puerto Rico en 1945. Dos años después repitió la jugada, llevándole a la excelente Johns Hopkins University, de Baltimore, en donde había ido a parar también el ilustre Spitzer. La emigración, subraya Llorens, «produjo un corte, una discontinuidad en las letras españolas»21, lo que es indiscutible. Aun más, causó una bifurcación, entre el itinerario de las letras peninsulares y el de los escritores de la diáspora. Pero no siempre hubo discontinuidad en el ejercicio de la amistad, como bien demuestra la vida de Llorens. En 1949 Américo Castro, que veinte años antes le mandaba a Génova, le recomienda para una cátedra en la Universidad de Princeton, donde permanecerá hasta su jubilación.

Ahí es donde tuve la buena fortuna de tratarle. Cuando llegué a Princeton, recién doctorado, el año 53, se acababa de morir Einstein y Thomas Mann ya se había marchado a California. Pero los exiliados eminentísimos pululaban -procedentes de países como Hungría, Alemania o Italia- y en cualquier cafetería tropezabas con un Premio Nobel. Y sin embargo los cuatro españoles que coincidían en el pueblo sentían el deseo prioritario de hablar y pasar luengas horas juntos. Don Vicente era comunicativo, muy expresivo, no menos castizo hablando que escribiendo, pero siempre con gran modestia y una necesidad interior de distancia y de justicia. «Vicente era -referirá Francisco Ayala en sus Memorias- hombre de ingeniosa, amenísima e inagotable locuacidad»22. Con unos pocos amigos y alumnos era evidente que le gustaba compartir admiraciones y recuerdos, relativos sobre todo al destierro que había vivido y seguía viviendo tan intensamente. Leía en el original y valoraba las obras mejores de la literatura europea, reunidas en el conjunto firme de una aún concebible cultura humanística. Él y yo nos entendimos bien, dentro de la natural asimetría que existía entre el aprendiz de profesor, deseoso de adentrarse lo más posible en una Historia de España que desconocía, y el maestro generoso. Era un hombre bueno don Vicente, un hombre bueno de verdad y recto, más que arbitrariamente bondadoso. Ahora me doy cuenta de que él y yo congeniamos enseguida, puesto que le ayudé a corregir las pruebas de Liberales y románticos, que salió en México el año 5423.

Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra (1823-1834) es hoy por hoy un clásico, un libro que todo estudioso del siglo XIX español tiene que conocer. Con él el exilio se eleva a un nuevo nivel de significación, o digo más, adquiere una variedad de sentidos. Queda estudiado a fondo un destierro particular, el de los liberales refugiados en Inglaterra tras la invasión absolutista de 1823. Pero Llorens interpreta también la relevancia del destierro como una estructura sociopolítica reiterada a lo largo de los siglos y que pide ser entendida y pensada en relación con el devenir de la cultura española. Estas conexiones entre variados exilios, entre repetidas escisiones, entre diferentes eliminaciones y mutilaciones, proyectan una luz necesaria sobre la historia de España y permiten acceder a una visión apropiadamente compleja y tal vez más verdadera de su carácter y de su desarrollo en el tiempo.

Pone de relieve Llorens lo insólito desde tal ángulo del primer tercio del siglo XIX. Tras la invasión francesa, de 1808 a 1814, «la vida intelectual se paralizó por completo». A continuación se suceden y se superponen los éxodos. Primero el de unos diez mil españoles afrancesados; luego el de los liberales y constitucionales perseguidos por Fernando VII, vaciando de tal suerte al país de sus minorías dirigentes; y en 1823 la segunda ola de la emigración liberal, que llegó a Gibraltar, a Francia, a Malta, etc.; y sobre todo a Londres, donde fijaron su residencia «poco más de mil familias». Entre 1814 y 1820, con la reacción absolutista, «se produjo en la España literaria un vacío casi total». Después de 1823 otro tanto sucede, con la excepción de algunos amigos de Lista y Hermosilla, a quienes era vedada toda novedad. Y hasta que la «joven generación de los -25- Estébanez y Mesonero empieza a distinguirse hacia 1831, apenas puede hablarse -fuera del teatro- de producción literaria en España». Raras veces se habrá visto tan prolongada no ya discontinuidad sino paralización, al borde de la extinción, del vivir de una antigua y famosa literatura.

Tampoco en esta ocasión deja Llorens de apuntar algunos de los rasgos generales del destierro como forma de existencia. El intelectual refugiado de todos los países suele buscar en la pluma un recurso económico. El destierro coincide al principio con la consciencia de lo provisional, y también con la esperanza del retorno. El desterrado siente especial predilección por su lengua, en cuya conservación encuentra un consuelo. Y es frecuente la hostilidad entre el político y el intelectual24. Pero lo que busca Llorens no es la idea platónica de esa forma de vida sino la comprensión de un singular destierro histórico y en consecuencia de lo sucedido antes y después en España. La emigración política es a la vez colectiva e individual. Hubo bandazos y contradicciones, pero cabe decir que los emigrados de Londres formaban una «unidad orgánica». Desde ésta se puede apreciar mejor la contribución y la fisonomía de cada una de las muchas personalidades que Llorens describe con su rigor y ponderación de siempre. Entre ellas sobresalen, como es sabido, intelectuales, políticos y militares de la talla de Mendizábal, Espoz y Mina, Torrijos, Antonio Alcalá Galiano, José Joaquín de Mora, o Ángel Saavedra -el futuro duque de Rivas-. Y «el señorito de la emigración española», el futuro José de Espronceda.

Y, más enigmático, José María Blanco White, emigrado voluntario desde 1810, que, cubierto por aquella ola, acaba sobresaliendo y demostrando a todos su superior inteligencia. A Liberales y románticos debemos su redescubrimiento, que hará posible luego los trabajos de Juan Goytisolo y Antonio Garnica25. Llorens introduce, fascinado, la extraordinaria y compleja figura del heterodoxo sevillano. Cristiano errante, insatisfecho perenne, Blanco, desde su revista Las Variedades o el Mensajero de Londres, promueve la prioridad de la espontaneidad y de la libertad en la práctica de la poesía, entendida no ya como imitación de lo real sino, lo que es un paso importantísimo, como creación ilimitadamente imaginativa y simbólica. (En su defensa de la ficción mítica y creadora va mucho más lejos que Joseph Addison en su conocido ensayo «The Pleasures of the Imagination».) Sin duda había podido admirar las obras de Wordsworth, Scott o Byron, así como el pensamiento crítico alemán en las traducciones de los Schlegel o a través de la Biographia Literaria de Coleridge (1817). Fue una voz, la de Blanco, que no desoyeron los mejores críticos de la emigración liberal, como Alcalá Galiano26.

¿No hay mal que por bien no venga? Llorens resume que en los orígenes del Romanticismo español «el primer núcleo se encuentra entre los emigrados en Londres». Afirmación que algunos estudiosos del Romanticismo más tarde le echarán severamente en cara.

Claro está que también señala y hasta subraya la producción durante el exilio liberal de narraciones de inspiración patriótica -Trueba y Cosío-, de novelas de costumbres, y de un medievalismo -el Moro expósito de Rivas- que venía a ser una «evasión romántica» hacia el pasado27. Muy patente queda que ya se cultivaba esa literatura histórico-nacional con la que años después, en España, acabará hundiéndose el primer Romanticismo.

A trazar con todo esmero y detalle esta curva descendiente consagra Llorens el libro cuyas pruebas corregía al fallecer en 1979, El Romanticismo español (Madrid, 1979), compendio histórico y crítico que va de 1814 a 1854. Gracias a esta riquísima presentación mejoramos nuestra comprensión de no pocos componentes del repertorio de motivos que es el Romanticismo y de lo que acaso pueda llamarse la «concepción romántica» de la vida. Concepción que aspira a ser ilimitada, sin excluir ninguno de sus elementos, como los irracionales, misteriosos o sobrenaturales28. La entera realidad, «imaginativa y sensorial, es digna de representación artística», por obra del poeta y de su plena libertad. Así el amor y la muerte se enlazan más estrechamente que nunca. Y la escritura da cabida a multitud de temas. Se empieza a valorar la juventud y lo juvenil, a profundizar en la consciencia individual del tiempo humano, a describir una Andalucía reinventada desde el arabismo incipiente, a conocer el mundo protestante, a destacar personajes como el «reo de muerte» en una poesía de tendencia social (Victor Hugo), etc. Y todo ello queda vinculado por el historiador y el crítico, además, a una verdadera sociología de la literatura, atenta, como en la Introducción a una historia de la novela en España en el siglo XIX (1955; 2.ª ed., 1973) de un buen amigo de Llorens, José F. Montesinos, al entorno socioeconómico de la producción literaria.

Dos campos se ofrecen al escritor deseoso de darse a conocer, el teatro y el periodismo; «con la diferencia de que en el periódico solía firmar con su nombre o sus iniciales, mientras que en los carteles anunciadores del estreno no figuraba el nombre del autor». Llama la atención hasta qué punto, sobre todo después de 1833, sobresalen los periódicos y las revistas. «El predominio del periódico -lo más barato para el lector y más beneficioso para el autor- en el comercio literario es casi absoluto en los primeros años de la década romántica». Las revistas buscan un público más amplio que antes, interesándose ahora en el femenino. Las novelas históricas tardarán en abrirse camino, como las de Walter Scott, sin ir más lejos, traducidas del francés en ediciones publicadas en Burdeos o Perpiñán. Los libros llegan a ser artículos de consumo, conforme va importándose esa «comercialización de la literatura» que tanto sitio venía ocupando en Francia. El incremento de la traducción es notable. «La distancia que así se produjo entre la minoría culta y la mayoría ignorante empezó a acortarse en el período que estamos viendo [1834-1844], carente de Índices y de censura, y orientado, por motivos económicos y políticos más que literarios, hacia la captación del mayor número posible de lectores. Pero el acercamiento no había de lograrse manteniendo el nivel anterior, sino con un descenso pronunciado».

Todo lo cual -la mujer lectora, el auge del periodismo, la traducción, la comercialización creciente del libro- no asegura lo más mínimo la continuidad de la gran creación en poesía o narrativa, pero sí encauza una vida y una sociedad literarias que a todas luces auguran las de épocas muy posteriores. El historiador de esa sociedad destaca muy útilmente una de sus condiciones, la del lugar del poeta en ella. Ahora el poeta se aparta del literato y es ante todo un artista. El poeta «se agrupa con el pintor y el músico». Orientación, ésta, realmente decisiva.

Y el crítico en Llorens no deja de percibir y de reconocer la calidad literaria en aquellas obras que la consiguieron. Los destellos más intensos, más o menos próximos a la evolución europea, con Larra y Espronceda, pertenecen a esa década, la llamada «década progresista y romántica», de 1834 a 1844. No se pidan más logros, ni más invenciones o transgresiones. No hay más cera que la que arde. Y es que en todo momento incrementan su fuerza un Romanticismo conservador y todo cuanto perpetúa el siglo XVIII neoclásico. Son conclusiones relacionables con la trayectoria social y política de la nación. «En un país como España, donde la discrepancia en materias políticas y religiosas constituyó durante tanto tiempo un delito, no era fácil romper de la noche a la mañana el conformismo tradicional»29.

Cuál no sería la sorpresa de Llorens si supiera que en lo sucesivo sus contribuciones se diluirían en las polémicas en torno al Romanticismo español. No hay ira como la filológica, ya anotaba él con motivo de Antonio Puigblanch30. Yo, sin ser experto en estas lides, sí oigo de paso la cacofonía que producen los romanticólogos. Re cuerdo lo que encarecía el gran Montesinos: que conviene no confundir los problemas con los líos.

Pues bien, he aquí que un eminente especialista sostiene que una primera época del Romanticismo español, que durará treinta años y no debe nada al extranjero, empieza hacia 1770 y tiene por modelo las Noches lúgubres de Cadalso, que inaugura nada menos que el Romanticismo europeo. Según él, las reediciones de Cadalso y de Meléndez Valdés aseguran su continuidad durante las primeras décadas del XIX. (No dice que las traducciones de Rousseau no se publicaban a la sazón en España: La nueva Eloísa, traducida por Marchena, sale a luz en Barcelona en 1836. El Fausto de Goethe no sale en español hasta 1856. Los escritores alemanes no llegarán sino tarde, en tiempos de Bécquer y Sanz del Río.) Un viejo hispanista había creído a pies juntillas, por otro lado, que con el movimiento romántico volvía a manifestarse una querencia consustancial desde siempre con la cultura española. Pero un distinguido y mucho más joven hispanista mantiene, en cambio, que un auténtico y elevado Romanticismo, del que es paradigma lo meditado y escrito por los románticos alemanes, nunca llegó a realizarse en España antes de Luis Cernuda. (Ese otro heterodoxo sevillano.) En los románticos españoles, se declara, no hay pensamiento.

Permitidme que me ahorre el esfuerzo de introducir más teorías. Me reduzco a tres comentarios. Recuérdese, en primer lugar, que ningún período es uniforme, ni ninguna sociedad es unánime31. Y así como con un Rousseau, por ejemplo, irrumpen descubrimientos y rechazos esenciales, otros escritores se opondrán a esas innovaciones; y no serán sino parciales las rupturas. La cultura de determinado momento es un conjunto compuesto de opciones y diferencias, uno de cuyos rasgos es la perduración de aquellas antiguallas que conservan más o menos su vitalidad y luego desempeñan una función nueva en relación con el conjunto. De ahí que, como dijo hace poco un gran político español, la Historia no se pueda cortar como una barra de pan.

Creo, además, que el crítico literario tiene la obligación de serlo, de valorar la calidad de la creación poética; y de tal suerte al que no le gusta Espronceda sólo le pido que lo diga y explique. Yo no tengo ese problema, porque, habida cuenta de que en «El estudiante de Salamanca» aparecen el sarcasmo, la apertura a lo fantástico y fantasmal, la polimetría, el maridaje del amor y la muerte, la rebelión del hombre y su desafío a Dios, de clarísimo linaje romántico, no dudo en decir que el «Canto a Teresa», con todos sus defectos, como la misoginia, es una de las grandes elegías de la poesía española. Hay que tener muy poco oído para no admitir que sus cadencias pertenecen a la memoria poética hispánica. Verdad es que un hiperbólico abuso de la palabra caracteriza la época; pero quién sabe si aquel abuso no hizo posibles las mejores réplicas posteriores, como la sobriedad de Azorín y el antirretoricismo de los poetas del grupo del 27.

También tengo por cierto, en tercer lugar, que la poesía no es cuestión de ideas. «Las artes -escribía Blanco White- no se dirigen al juicio sino a los afectos». No me refiero por supuesto al andamiaje conceptual anterior al poema, que es otro asunto (a esa Poética de la que dijo Benedetto Croce que en España por fortuna no había influido tanto en los poetas como en otras latitudes). Ni a la crítica que pueda escribirse después. En el poema mismo importa menos el pensamiento que el pensar, que un ir pensando que ocurre y que discurre a lo largo de su andadura. Lo que hoy atrae tantas veces al lector es la creación de una imaginada voz poética, piense o no piense, y la dramatización no de unas ideas sino de unas actitudes.

Lo que Llorens ha contado es la angustia y la dificultad del crecimiento del Romanticismo, que hinca sus raíces en el siglo XVIII, en el genio de Rousseau, en las fuerzas intelectuales y pugnas sociales que impulsaron la Revolución francesa. Es «la insatisfacción del hombre moderno que en el tránsito del siglo XVIII al XIX entra en esa nueva crisis cuya expresión literaria denominamos romanticismo. Época de cambio e inestabilidad en todos los órdenes, de constante desasosiego, de contradicción y duda». El Romanticismo no es una esencia sino el devenir europeo de una crisis profunda, múltiple, de diferentes velocidades, que en España se expresa entre contiendas graves y recaídas pronunciadas. La marcha del Romanticismo acusa la tensión entre la consolidación de la victoria de la burguesía y la afirmación de la modernidad, o sea entre dos rupturas, que entre nosotros se fragmentan en una serie de suspensiones, paréntesis y abandonos. Lo que se verificará en España es la discontinuidad en la lucha contra las continuidades -políticas, económicas, culturales-. Lo que estará en juego culturalmente será la integración del ámbito de las letras y las artes españolas en la modernidad europea35, por un lado, y por otro, el reencuentro de ese ámbito consigo mismo, con su propia historia y sus propios valores. Esta segunda reintegración, la del país en sí mismo, es lo que la sucesión de separaciones y expulsiones ha traducido una y otra vez en precariedad, insuficiencia y medianía.

La obra de Llorens nos invita así a tomar seriamente en consideración, Señores, dos percepciones fundamentales. La primera es lo que denomina el persistente anacronismo de la cultura española, «que vive en los tiempos modernos no sólo en una posición de inseguridad, sino moviéndose a contratiempo de la europea»36. Extraño destino el de España, que se describe así en Liberales y románticos:

Tolerante en la Edad Media, cuando el fanatismo domina en otras partes; intolerante en la Moderna, cuando surge en Europa el libre examen; oscurantista, cuando los demás ilustrados. En el siglo XIX España dio en ser liberal cuando la reacción absolutista trataba de sofocar en el continente el menor brote revolucionario. La España constitucional de 1820, cuya trayectoria tiene no pocas semejanzas con la España republicana de 1931, inició su existencia del modo más pacífico y jubiloso para acabar en una guerra civil y ser víctima de la intervención extranjera37.

Si hoy cito estas palabras es porque Llorens desde su exilio reflexionaba quizás no sólo para sí mismo y sus lectores de hace medio siglo sino para quienes luego pudieran aprender de lo acontecido en fases posteriores. Para nosotros también, desde luego, que somos los hijos de quienes han conocido dos o tres cambios de tal índole, pasando de un anacronismo a otro y logrando tal vez, en la actualidad, observar un grado importante de sincronismo con la trayectoria de Europa.

España y Europa, ¿hoy unánimes en su evolución?38 ¿Ya no experimentamos temporalidades divididas, estructuras político-sociales inconexas? Las condiciones de la investigación científica en España ¿están al nivel de las de Europa39? ¿Está Salamanca otra vez a la altura de Oxford? ¿Tanto han cambiado las costumbres y las modalidades de vida? ¿En qué injusticias no vamos a confundirnos con los otros? Hay interrogaciones que avivan nuestra consciencia del presente mejor que las cómodas respuestas, como estas cuestiones suscitadas por la primera percepción de Llorens y que no conviene desconectar de la segunda.

Ésta reconoce el problema de la discontinuidad cultural española, que el destierro dramatiza40. «Desde el punto de vista de la continuidad nacional -dice- el destierro viene a ser, tanto política como literariamente, un naufragio del que se salvan con el tiempo pocos restos, y no siempre los mejores»41. Consciencia histórica que ya fue la de Larra cuando en 1836 -33- expresaba la perplejidad de la juventud que mirando hacia atrás no veía más que una ausencia:

Desesperando entonces de unir el cabo interrumpido, y de continuar un movimiento paralizado dos siglos antes, creyó no poder hacer cosa mejor que saltar el vacío en vez de llenarlo, y agregarse al movimiento del pueblo vecino, adoptando sus ideas tales cuales las encontraba. Viose entonces un fenómeno raro en la marcha de las naciones: entonces nos hallamos en el término de la jornada sin haberla andado42.

Mis oyentes sabrán suplir otros ejemplos, otros momentos decisivos del pasado ibérico, que han traído consigo soluciones de continuidad, pérdidas y opresiones decisivas, vacíos estériles, Índices, censuras y otras autodestrucciones. El propio Llorens, antes de llegar a los siglos XIX y XX en los que se centraba, hacía resaltar dos tiempos. Primero, la ocupación árabe durante los trescientos años que siguieron a la invasión de 711 vino a «romper la continuidad del legado clásico de la Antigüedad, apartando a los reinos españoles de la cultura europea», cuando empezaba la edad benedictina «y poco antes de iniciarse el renacimiento carolingio». Luego, sobre todo desde fines del siglo XVI, el poder dogmático y la censura inquisitorial paralizan en España los mejores estudios clásicos, el pensamiento renovador o disidente, la relación con las universidades extranjeras y las novedades científicas y filosóficas europeas. Es un segundo extrañamiento de Europa. No subestimemos el que la Inquisición durara «aproximadamente el tiempo transcurrido entre la muerte de Jorge Manrique y la de Larra»

Quiero sólo añadir que la mutación provocada por el Islam supuso una ruptura radical de entrada y otra de salida. Tengo presente no ya el tajo que divide al Islam conquistador de la Hispania visigótica, sino también el exilio profundo, porque es la pérdida de una parte del propio ser cultural, que acaece ocho siglos después con la desaparición de la cultura de- esos mismos árabes, como asimismo de la hebrea; y por añadidura, otro siglo más tarde, aquella expulsión de los moriscos que Ana Félix llama, hacia el final del Quijote (II, 63), «nuestro miserable destierro».

Sí pienso también que no son admisibles al respecto los tópicos cosméticos, las fórmulas tranquilizantes, las simplezas escolares, es más, la formidable trivialización que trae consigo, como harto sabemos, la cultura de la imagen y de los medios de comunicación. Es cuestión de hallar un equilibrio entre las respuestas a los dos grandes problemas que acabo de acentuar: el del anacronismo de la cultura española y el de su discontinuidad. Si se consigue la sincronía con Europa, no ha de ser mediante la permeabilidad a cualquier cosa, y a trueque de la diacronía, del desconocimiento de nuestra Historia, inmediata o pretérita, o su reducción a unas pocas curiosidades anodinas que nos han llevado finalmente al mejor de los mundos. Si no nos contraemos al «minucioso presente», que decía Borges, lo que está en juego es la existencia de una cultura no ya banalizada, no ya desmemoriada, sino desustancializada.

Pienso también que ningún cuestionamiento de la evolución de una sociedad, o de su relación con la de los países próximos, es posible si no tenemos muy en cuenta el carácter plural y estratificado de esa sociedad. Decíamos antes que las continuidades se caracterizan por la pluralidad de sus estratos. «La socialidad -escribía Ortega- se da siempre estratificada». No aludo así a la pluralidad regional o nacional de España, que es lo más obvio, ni a la conjunción en cualquiera de sus ciudadanos de más de una pertenencia, que para muchos salta asimismo a la vista, sino al hecho de que la sociedad misma es un complejo envolvente que incluye un número de planos que la consciencia analítica tiende a abreviar o a confundir. Son éstos, reduciéndolos a unos pocos, el nivel religioso, el moral, el político, el económico, el social y el cultural Aplicadas a ellos, la idea de continuidad y la de sincronía son conceptos temporales y divisibles. El desarrollo en el tiempo de cualquiera de esos estratos no es el mismo que el de los demás, ni tampoco su vinculación con el de ese mismo estrato en naciones vecinas. El tiempo real que vivimos, como miembros de una sociedad, es múltiple. Digámoslo deprisa: la Historia es un contrapunto de continuidades y discontinuidades superpuestas.

Una de las conclusiones del Quijote es que «el pasado no se restaura», recalca Llorens. Su paisano Juan Gil-Albert había regresado pronto, muy pronto, a su tierra, en 1947, y había vivido apartado y solitario. Max Aub había realizado el intenso periplo de La gallina ciega el año 69 y le había «hervido la sangre» ante la indiferencia de la gente. No habían sido sólo treinta años, era «el tiempo multiplicado por la ausencia». Y resumía: «he venido, pero no he vuelto»

El propio Llorens propendía, como ya dije, a sacar conclusiones sombrías de su experiencia del siglo XX. El 23 de abril de 1961, todavía en Princeton, me había escrito estas palabras acerca de la coyuntura mundial (respondiendo a una carta mía desde Sevilla):

En las actuales circunstancias del mundo quizá no haya lugar más adecuado que el de Sevilla, el Guadalquivir y la serranía de Ronda, para alejarse por un momento de las circunstancias históricas que nos toca vivir. ¡Qué cuadro!... Yo estoy desalentado, deprimido, entristecido. Preveo años tan malos, con un despliegue tan continuo de irracionalidad y absurdo, que la verdad es que no siento demasiado el acercamiento de la hora negra. Más negra que la visible, me parece difícil.

Cuando con los años 70 Llorens se acomodó por fin en su nueva casa de Jalance -unido en segundas nupcias a Amalia García-, no recobró con toda tranquilidad el espacio (indignado por la construcción de una central nuclear en las proximidades y, olvidado por muchos, sabemos que sintió en profundidad el dolor del destiempo. Él conocía bien la mezquindad de los retornos. Lo estudiado y lo vivido coincidían a la perfección. Veía Llorens que las obras de los grandes escritores exiliados no se recuperaban sino incompletamente. Unos pocos entendidos las habían leído durante la dictadura, pero el gran público no había tenido acceso a ellas. Le entristecían la privación de los mejores, la pérdida de lo mejor, que él había conocido desde cerca antes de la guerra, por un lado, y por otro, la persistencia de los defectos y modos más rancios y ordinarios de la sociedad española49.

Pero sin duda también entendía que no por no haber restaurado el pasado, Alonso Quijano había existido en vano. Hasta el último día, Señores, trabajó, escribió y se esforzó Llorens, como otros historiadores que también se merecen nuestra admiración, por contribuir a que se interiorizara entre los españoles la consciencia informada e inteligente de su vida pretérita. Y ello a fin de conseguir lo más deseable, el que el trayecto de esa consciencia histórica y el del quehacer presente se aproximaran y hasta se tocaran un día como dos rumbos convergentes. Confluencia que implicara no la reiteración de las intermitencias y contracorrientes del pasado, sino el surgir de un imprevisible porvenir distinto -distinto y conocedor de sus orígenes.

Evocaba Vicente Llorens la fuerza moral de una España «noble y libre». Yo agradezco la oportunidad de celebrar hoy su amistad y sobre todo lo que él era. No quiero ni debo olvidar su perfecta integridad personal, intelectual y política. Fue uno de esos españoles justos, cabales y justos, cuyo recuerdo justifica el orgullo y mantiene viva nuestra esperanza.

 

 

 

 


 



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