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Los países más frágiles están abriendo los ojos a la cruda realidad: una profunda crisis económica, innumerables catástrofes naturales y gobiernos que se derrumban. Este año profundizamos más que nunca en qué ha ido mal y quién ha tenido la culpa.
Puede que Yemen no salga aún en las portadas de los periódicos, pero los gobiernos de todo el mundo lo observan con atención. El Estado yemení se encamina hacia el desastre: reservas de petróleo y de agua menguantes; una turba de inmigrantes –algunos de ellos supuestamente relacionados con Al Qaeda– que llegan en masa desde el vecino fallido de al lado, Somalia; y un Gobierno débil cada vez más incapaz de conseguir que todo siga funcionando. Muchos temen que Yemen se convierta en el próximo Afganistán: un problema mundial en forma de Estado fallido . Y no sólo es Yemen. La crisis financiera ha sido una experiencia casi mortal para Pakistán, carcomido por la insurgencia, y que se mantiene vivo con ayuda del FMI. La onda expansiva de la crisis ha golpeado a Camerún, provocando revueltas, violencia e inestabilidad. Otros países dependientes del comercio internacional de materias primas –Nigeria, Guinea Ecuatorial o Bangladesh– también se han llevado lo suyo este último año, al ser víctimas de lo que el economista Homi Kharas denomina “efecto latigazo”: una espectacular subida de precios seguida de su desplome. Nada permite pensar que en 2009 la situación vaya a mejorar.
Muy al contrario, la recesión mundial está extendiendo el temor a que se desmoronen numerosos Estados de golpe. Ahora más que nunca, los líderes mundiales, desde la ONU y el Banco Mundial hasta el Gobierno de EE UU, podrían verse en la penosa necesidad de elegir entre Estados fallidos. Lo cual no es más que un caso complejo del viejo e incómodo dilema: ¿a quién ayudar cuando tantos lo necesitan?
Se trata de un cuestión dura para tiempos duros, y constituye el telón de fondo del quinto Índice anual de Estados fallidos , una colaboración entre la Fondo por la Paz, entidad de estudios independiente, y Foreign Policy . Mediante el uso de 12 indicadores de cohesión y rendimiento de los Estados, y el análisis detallado de más de 30.000 fuentes de información públicas, se pudo clasificar a 177 países en función de su riesgo de fracaso, y se configuró una lista con los 60 Estados más vulnerables.
La decisión de a cuáles ayudar depende en gran medida de sus necesidades. Y es que, como diría Tolstói, cada Estado que fracasa, lo hace a su manera. Por ejemplo, este año Georgia empeoró 23 puestos en el índice debido a un fuerte repunte del escurridizo indicador “invadido por Rusia”. Somalia y la República Democrática del Congo fracasan porque sus Gobiernos oscilan entre la debilidad permanente y la inexistencia; en cambio, Zimbabue y Myanmar (antigua Birmania) se hunden porque sus Ejecutivos son lo suficientemente fuertes como para ahogar la vitalidad de su población. Irak es un fracaso, pero puede que su trayectoria apunte hacia arriba, mientras que Haití también es un fracaso, pero resulta difícil imaginar ninguna mejoría. Otro hecho a tener en cuenta es que un mayor riesgo de fracaso no siempre es sinónimo de peores consecuencias si dicho fracaso llega a producirse. Por ejemplo, Zimbabue (2º puesto en el índice) técnicamente está peor que Irak (6º puesto), pero las consecuencias geopolíticas de un fracaso del Estado iraquí serían mucho más graves. Por eso Pakistán (10º) despierta más preocupación que Guinea (9º), y Corea del Norte (17º) más que Costa de Marfil (11º).
Luego hay casos paradójicos, como el de Irán, que ha empeorado 11 puestos este año. Con su ya maltrecha economía, un Estado parásito hundiéndola aún más, y encima una crisis mundial, no es de extrañar que flaquee. Pero hay un aspecto bastante importante en el que el régimen de los ayatolás no es un fracaso, sino más bien un éxito: la carrera por conseguir armas nucleares. Y es este éxito el que lo mantiene a flote, por encima de las malas noticias de sus innumerables fracasos.
La cuestión de qué Estados fallidos requieren atención bien puede reducirse a cuáles plantean una amenaza mayor para el mundo en su conjunto. Pero incluso la supuesta conexión entre ellos y el terrorismo no está tan clara como muchos presuponen desde que el 11-S activó la alarma sobre las consecuencias de que haya Gobiernos que no controlan su territorio. Ahí tenemos a Somalia, que este año repite en el puesto número 1. Un reciente informe del Centro de Lucha contra el Terrorismo de West Point, basado en documentos incautados a Al Qaeda, ha revelado que la organización de Bin Laden lo pasó bastante mal cuando intentó usar Somalia como base de operaciones por las mismas causas que las misiones de paz internacionales de los años 90 fueron incapaces de operar en el país: infraestructuras pésimas, demasiadas violencia y delincuencia y carencia de servicios básicos, entre otros factores. En resumen, Somalia es demasiado desastrosa incluso para Al Qaeda.
¿Qué Estados fallidos constituyen amenazas para la seguridad mundial y cuáles son sólo una tragedia para su propia población? Es una pregunta trascendental en este año que vivimos peligrosamente, al igual que otras: ¿Cuáles pueden ser los siguientes países en reventar? ¿Existen bolsas de prosperidad dentro de Estados fallidos ? ¿Quién (o qué) tiene la culpa de que las cosas vayan mal: gobernantes corruptos, sociedades disfuncionales, vecinos perjudiciales, la crisis mundial, los infortunios de la historia, o simplemente la geografía?
EL PELIGRO QUE VIENE
Hay países como Zimbabue y Sudán que llevan años en los primeros puestos del Índice. Sin embargo, en 2008 nuevos Estados se han acercado al precipicio. Estos países –en vías de fallar, más que fallidos– podrían encaminarse al desastre en los próximos meses. “Muchas veces es más fácil tratar con Estados fallidos que con los que están fallando”, advierte Alan Doss, representante especial de la ONU en la República Democrática del Congo. En estos Estados en vías de fracaso, “te enfrentas a todos los problemas relacionados con el poder y la soberanía”, explica, “y no quieren consejos”.
Camerún
Camerún, un país habitualmente tranquilo, vivió un 2008 agitado. Los precios de los alimentos se dispararon durante el primer semestre, haciendo que el creciente desempleo resultase inaguantable. Cuando el presidente, Paul Biya, cambió la Constitución para prolongar su medio siglo en el poder, estallaron protestas y disturbios en Duala, la capital comercial. La violencia ha remitido, pero con la economía en caída libre puede que la calma sea sólo temporal. La bajada del precio de la madera y de otras materias primas ha hecho perder a las empresas 630 millones de dólares desde el comienzo de la crisis, y la mayoría de los proyectos mineros, hidroeléctricos y agrícolas están en peligro. Entre tanto, oleadas de refugiados entran por la frontera con Chad, añadiendo más presión. No existe una oposición política, pero nuevas protestas callejeras y el descontento popular podrían hacer que 2009 sea un año desagradable.
Guinea Conakry
El desgraciado ascenso de Guinea se produce tras el golpe de Estado de finales de 2008, el primero desde que su longevo presidente, Lansana Conté, usara ese mismo método para llegar al poder en 1984. Conté falleció en diciembre, y un grupo de jefes militares tomó las riendas del país. El nuevo presidente militar, el capitán Moussa Dadis Camara, se ha afianzado en el poder, si bien ha prometido convocar elecciones a finales de este año. En cualquier caso, la vida de los guineanos no ha cambiado mucho, explica Michael McGovern, antropólogo de la Universidad de Yale (EE UU). La población sufre la misma carencia de servicios y los mismos abusos por parte de las fuerzas de seguridad. Human Rights Watch acusa a los soldados guineanos de robo generalizado. El tráfico de drogas se ha disparado, mientras los precios de los pocos productos que el país exporta legalmente están cayendo.
Yemen
Los refugiados y los extremistas constituyeron las importaciones más destacables de Yemen en 2008. El año pasado, más de 50.000 emigrantes somalíes cruzaron el Golfo de Adén en barco para llegar al país. Y aunque muchos luego prosiguen viaje hacia el Golfo Pérsico en busca de trabajo, miles más languidecen dentro del país sin apenas derechos ni protección. Al percibir que el presidente yemení, Ali Abdullá Saleh, es demasiado débil como para impedirles organizarse y entrenarse, también han entrado miembros saudíes de Al Qaeda. “En Arabia Saudí todo el mundo sabe que cuando te metes en problemas te marchas a Yemen”, afirma Christopher Boucek, de la Fundación Carnegie. En enero, las ramas de Al Qaeda en ambos países anunciaron que se fusionaban, y desde 2004 una rebelión chií en la zona fronteriza se reactiva de forma intermitente. La economía ha llegado a una situación desesperada. El 80% del presupuesto estatal depende de unas reservas de petróleo que se agotan a gran velocidad. El crecimiento de la población ha hecho que el desempleo suba por las nubes.
Etiopía y Eritrea
Enemigos irreconciliables cuya frontera permanece militarizada desde la guerra que les enfrentó hace una década, se han hundido en la clasificación de este año. En Etiopía, la represión gubernamental contra la oposición y las ONG hizo aumentar la tensión política, mientras la llegada de refugiados somalíes agudizó el conflicto latente en la región de Ogadén. El país, propenso a sufrir sequías, se ha visto muy afectado por la subida de los precios de los alimentos en la primera mitad de 2008. Al otro lado de la frontera, Eritrea “ejerce su control hasta extremos escalofriantes”, cuenta Christopher Albin-Lackey, de Human Rights Watch. La emigración de jóvenes que huyen del reclutamiento militar, junto a la malnutrición infantil, han convertido a Eritrea en uno de los mayores exportadores de refugiados del mundo.
Guinea-Bissau
Con acceso al inmenso mercado ilegal de drogas europeo y un Estado débil incapaz de intervenir, Guinea-Bissau se está convirtiendo en el primer narcoestado africano. El valor de venta de la cocaína requisada durante 2007 equivalía al 25 % de su PIB, y se piensa que las fuerzas de seguridad están implicadas en el tráfico. “Cuando las drogas llegan con tanto dinero [los traficantes], tienen fácil asegurarse la lealtad de los militares”, afirma Antonio Mazitelli, de la ONU. Por desgracia para la clasificación del país en el Índice del año que viene, no parece que 2009 vaya a ser más estable: en marzo pasado, el presidente y el jefe de Estado Mayor del Ejército fueron asesinados.
EL 'EFECTO LATIGAZO'
Por Homi Kharas
Los países más débiles fueron los que más sufrieron los altibajos de 2008.
Sólo era cuestión de tiempo que la crisis financiera global, que en estos momentos asola las economías desarrolladas, llegase a los países pobres. En abril, el Banco Mundial predijo que 50 millones de personas podrían caer en la pobreza durante los siguientes meses. Pero, al igual que en 2008, las afectadas no fueron tanto las finanzas de alto nivel como las materias primas de toda la vida. Durante la primera mitad del año pasado, los precios de las materias primas se dispararon, poniendo los alimentos y otros bienes fuera del alcance de mucha gente. Luego, a partir del tercer trimestre de 2008, muchos de estos recursos –como el petróleo, el aluminio, el cobre, el níquel y el maíz– se desplomaron, en lo que constituyó la mayor caída de precios en términos porcentuales desde 1970. El latigazo de los precios dejó a los Estados fallidos temblando, y puede que el suplicio no haya terminado.
Ya antes de 2008 los países frágiles dependían precariamente de las materia primas. Algunos, como Sudán, son vulnerables porque disponen de materias primas para exportar, lo cual alimenta un destructivo sistema de sobornos, corrupción y búsqueda del lucro del que disfrutan quienes ostentan el poder. Otros, como Bangladesh, son frágiles porque al carecer de materias primas se ven obligados a importar a precio de mercado alimentos, petróleo y minerales para la población. Sin instituciones sólidas que amortigüen los impactos, estos países sufren mucho con los altibajos de las materias primas.
A principios de 2008, los países exportadores obtuvieron grandes beneficios al dispararse el precio de las materias primas. Los productores de petróleo y gas, como Azerbaiyán, Nigeria, Turkmenistán y Yemen, lograron tremendos ingresos. A los productores de alimentos, como Burundi y Sierra Leona, también les fue bien. Los gobiernos populistas de Bolivia e Irán rápidamente incrementaron el gasto social.
El festín se vio truncado cuando el precio del petróleo se hundió; muchos países productores se vieron obligados a reducir drásticamente su presupuesto, y parece que 2009 va a ser igual de duro. Veinte Estados frágiles (de los 56 sobre los que hay datos) probablemente sufrirán una disminución real de la renta per cápita en 2010 a causa de la crisis mundial y la bajada del precio de las materias primas. Guinea Ecuatorial y Nigeria, países ricos en petróleo, podrían sufrir caídas del 13,5% y el 9,5 %, respectivamente.
Los grandes importadores de materias primas, como Bangladesh, Etiopía y Pakistán, ya empezaron a pasar estrecheces antes de 2008. Algunos se vieron obligados a mendigar al FMI. Por fortuna para ellos, la segunda parte del latigazo les salvó in extremis . El PIB de Islamabad, que en 2008 se redujo un 1,8 % a causa del elevado precio de los productos importados, en 2009 va a crecer un 2,4% en poder adquisitivo, lo que hará que su economía crezca un 2,5 % en términos reales. Si no fuera por el hundimiento del precio del petróleo, Pakistán y otros en su misma situación estarían ahora viviendo un 2009 mucho más duro.
Para los Estados fallidos, el efecto latigazo no es importante sólo por sus efectos sobre el balance económico. La conexión entre inestabilidad económica y agitación política es un hecho real. El economista Paul Collier estima que el riesgo de conflicto sube un punto porcentual por cada punto que baja la tasa de crecimiento económico. Países que eran estables gracias a las ganancias imprevistas de 2007 y 2008 ahora perderán estabilidad, mientras que los países importadores la ganarán.
PROBLEMAS EN TEHERÁN Por Djavad Salehi-Isfahani
Irán ha caído 11 puestos en el Índice este año. ¿Qué ha ido mal?
Cuando en marzo de 2008 el Consejo de Seguridad de la ONU aprobó la tercera oleada de sanciones contra Irán por su programa nuclear, la economía del país, impulsada por precios récord del petróleo, aún parecía estar en auge. Los ingresos petrolíferos le habían permitido crecer a un saludable ritmo del 6,9% durante 2007. Incluso había disminuido el nivel de pobreza, según el Banco Mundial. Así que ¿cómo ha subido este año el país 11 puestos en el Índice?
El Índice penaliza correctamente a Teherán por su mala gestión macroeconómica. Después de que el presidente Mahmud Ahmadineyad incrementase el gasto social para “hacer llegar el dinero del petróleo a todos los hogares”, la inflación interanual se multiplicó por dos, pasando del 15% al 30%. El aumento de la demanda hizo que el precio de bienes como la vivienda se disparase, asfixiando a los pobres y a la clase media. La llegada masiva de productos baratos importados evitó una subida aún mayor de los precios, pero perjudicó a la industria local, destruyendo puestos de trabajo. Con el fin de contener la inflación, el Banco Central restringió duramente el crédito, lo cual dañó aún más a las empresas y provocó más despidos. En diciembre, la inflación efectivamente había bajado al 20 %, pero probablemente el desempleo había aumentado. La tasa de paro en Irán ronda el 12%, y tres de cada cuatro desempleados tienen menos de 30 años.
Ahmadineyad decidió redistribuir el dinero del petróleo, entre otros motivos, a causa del creciente descontento por las desigualdades. Pero también en este aspecto los resultados han sido decepcionantes. Entre 2005 y 2007, los ingresos del 20% más rico de la población crecieron cuatro veces más rápido que los del quintil más bajo. El dinero proveniente del petróleo, que fluye a través de la injusta estructura de acceso al poder y a los cargos en Irán, parece empeorar la distribución de la renta.
Tampoco debemos exagerar la debilidad económica iraní. Por ejemplo, el Índice critica con demasiada dureza a Irán por su déficit presupuestario y por controlar los precios. El presupuesto estatal de 2008 se basaba en una previsión de precios de 39,70 dólares por barril de petróleo, mucho menos de lo que costó el barril durante gran parte del año, lo que significa que el gasto deficitario seguramente se compensó de sobra. Y aunque el Gobierno comenzó a limitar la compra de gasolina subvencionada, se podía adquirir combustible a precios que, aun siendo algo mayores, estaban muy por debajo del precio de mercado. Por último, cualquier aumento de la pobreza será amortiguado por el sistema gratuito de enseñanza, la atención sanitaria básica universal y las ayudas económicas.
Puede que lo que el Índice dice que ocurrió en 2008 en realidad sea lo que está ocurriendo en 2009. Precios del petróleo aún más bajos provocarán un enorme déficit. Si el Gobierno trata de mantener su nivel de gasto, volverá a dispararse la inflación. Si cae en la tentación de controlar el precio de productos clave, la tasa de cambio o las tasas de interés, perjudicará las exportaciones.
ZONAS VERDES
Donde funcionan los ‘Estados fallidos' Disfrutando del aire acondicionado del centro comercial Silverbird Galleria en Lagos, Nigeria, a uno le cuesta recordar que está en el 15º Estado más fallido del mundo. Las elegantes cafeterías y la ropa de diseño encajan a la perfección con el enclave financiero más moderno de África, donde abundan trajes de oficina y se oyen conversaciones sobre la rentabilidad de las últimas inversiones. Este glamouroso oasis de Victoria Island, en Lagos –a menos de una hora en avión de los valles plagados de rebeldes de la región petrolífera– no es ninguna anomalía en Nigeria ni en muchos otros Estados fallidos. Muchos tienen capitales relucientes o prósperos centros comerciales, mientras en el resto del país reina la inestabilidad.
Somalia
El enclave de Somaliland, en el norte de Somalia, tiene pocas cosas para recomendar. Sufre pobreza endémica, un desempleo creciente y hay seis campos de refugiados diseminados en torno a la capital, Hargeisa. Sin embargo, “comparado con Somalia, Somaliland es el paraíso”, dice Christopher Albin-Lackey, de Human Rights Watch.
Desde que en 1991 declaró su autonomía, Somaliland ha celebrado elecciones, ha creado un Gobierno que funciona y ha logrado algo parecido a la paz en un país donde reina la anarquía. Parte del mérito hay que atribuírselo a la geografía y a la historia. Somaliland, situada en el arco superior del territorio en forma de boomerang que ocupa Somalia en el Cuerno de África, fue gobernada por los británicos hasta 1960, mientras que el resto del país estuvo bajo dominio italiano. Pero un factor quizá aún más importante es lo que Lackey denomina “una verdadera obsesión por mantener la paz por la paz” en un país que ha disfrutado muy poco de ella.
Los atentados suicidas ocurridos en octubre contra misiones extranjeras y de la ONU en Hargeisa dejaron claro que no debemos ser demasiado optimistas. Pero aun así, Somaliland, que se dispone a celebrar elecciones este año, tiene un aspecto mucho menos desastroso que las regiones vecinas del Sur. A diferencia de la capital nacional, Mogadiscio, al menos Hargeisa tiene misiones internacionales.
Sudán
Durante la última media década, la capital sudanesa, Jartum, ha vivido un boom. En 2008, se calculó que los ingresos de la venta de petróleo alcanzarían los 7.000 millones de dólares, con los que financiar carreteras, grandes proyectos agrícolas e hidráulicos, la modernización de la red de ferrocarril e incluso un nuevo aeropuerto de 1.300 millones de dólares, que será uno de los mayores de África. El país comenzó el año con la intención de construir antes de 2013 unos 11.000 pisos y chalets de lujo para los ricos, cada vez más numerosos. Incluso ahora, hay inversores chinos, indios, malasios y de los Emiratos Árabes Unidos interesados.
Este crecimiento se ha concentrado en el norte, en la zona de Sudán, donde se asienta el poder. “Se suele comparar a las zonas ribereñas [en el Norte] con los países de renta media”, explica François Grignon, director del programa para África del International Crisis Group (ICG). Lo que convierte a Sudán en uno de los Estados más fallidos es el resto de su territorio, donde escasean la inversión estatal y la extranjera. De hecho, según los expertos, la riqueza que rodea Jartum alimentó los agravios que provocaron los conflictos en el Sur y en el Oeste. Mientras en la capital se construían edificios de diseño, en el resto del país no existía lo básico para sobrevivir: agua, electricidad y seguridad.
Pakistán
Erigiéndose sobre el resto de la Provincia de la Frontera Noroccidental , Chitral no sólo destaca por estar a más de 1.100 metros de altitud. Este distrito de espectaculares paisajes montañosos, con 220.000 habitantes, es un reducto de relativa calma, rodeado por las regiones más conflictivas de Afganistán, de un lado, y las de Pakistán, al otro. Chitral es tan seguro que, cuando en julio se derrite la nieve, los campos de polo de la ciudad (los más elevados del mundo) acogen un prestigioso torneo de tres días. “El valle de Suat era la Suiza paquistaní”, dice Parag Khanna, de la New American Foundation, “Chitral lo sigue siendo de verdad”.
¿Por qué Chitral ha permanecido en calma mientras Suat cayó en manos de los talibanes? La buena gestión de las autoridades no tiene nada que ver en el éxito de Chitral, opina Khanna. La respuesta está en la geografía: alejado de las regiones agrícolas y de los recursos naturales, el distrito sirve de vía de acceso hacia los vecinos Afganistán y China. La nieve lo aísla de Pakistán durante gran parte del año, quedando únicamente una carretera de conexión con el resto del país, cada vez más caótico. También la población de la ciudad es diferente. La mayoría pertenece a la etnia jo, así que permanece al margen de las tensiones étnicas de la provincia. Con suerte, la remota Chitral se librará de la talibanización que padece el resto de Pakistán.
TODAVÍA PEOR Por Stephan Faris
Si piensa que los ‘Estados fallidos' están mal, espere a que cambie el clima.
Irremediablemente superpoblado, devastado por la pobreza, plagado de militantes islamistas, descuidado con sus bombas atómicas... A veces parece que Pakistán no puede ser más amenazador. Pero olvidémonos de los talibanes: los problemas actuales del país no son nada en comparación con lo que podría venírsele encima dentro de 25 años. Si nos preocupa la estabilidad de una de las regiones más volátiles del mundo, es el futuro de los glaciares del Himalaya lo que debería mantenernos en vela por las noches.
En la zona montañosa de Cachemira, cuyo control se disputan Pakistán e India, se ubica lo que podría convertirse en el epicentro del problema. Desde la separación de los dos países hace 62 años, la discusión sobre si Cachemira pertenece al Pakistán musulmán o a la India secular nunca ha remitido. A partir de 1998, cuando ambos países hicieron pruebas nucleares, se añadió además el riesgo de que el conflicto acabara en un cataclismo. Y pronto otro factor cada vez más importante hará subir la tensión: el 90% de la irrigación agrícola de Pakistán depende de ríos que nacen en Cachemira. “Este problema del agua entre ambos países es la clave”, me dijo Mohammad Yusuf Tarigami, un parlamentario de Cachemira. “Mucho más que cualquier otra preocupación política o religiosa”.
Hasta ahora, ambos bandos han sido capaces de mantener en segundo plano el problema del agua. En 1960, los dos países acordaron repartirse los seis afluentes que se alimentan en el río Indo. Nueva Delhi reclamó las tres ramas orientales, que fluyen a través de Punjab. El agua de los otros tres, que atraviesan Jamu y Cachemira, quedó en poder de Pakistán. Ambos países establecieron una superficie máxima irrigable en Cachemira y acordaron normas estrictas sobre las posibles formas y lugares de almacenamiento de agua. El Tratado sobre las Aguas del Indo resultante ha sobrevivido a tres guerras durante 50 años. A menudo es puesto como ejemplo de cómo la escasez de recursos puede llevar a la cooperación en lugar de al enfrentamiento.
Pero el éxito del tratado depende de que se mantenga un statu quo que se romperá a medida que el planeta se caliente. Tradicionalmente, los glaciares del Himalaya han regulado de manera natural las aguas de Cachemira. Las precipitaciones permanecen congeladas durante los meses fríos y luego se derriten durante la época de cultivo. Pero el Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático estima que, si el calentamiento global sigue avanzando a este ritmo, en 2035 la mayoría de los glaciares podrían haber desaparecido de las montañas. El agua que antes llegaba para la siembra se perderá en inundaciones invernales.
Las investigaciones de la ONG internacional ActionAid han descubierto que en Cachemira ya se sienten los efectos. En el valle raramente nieva y, cuando lo hace, casi nunca cuaja. El caudal estival de arroyos, ríos, manantiales y lagunas ha disminuido. En febrero de 2007, la nieve que se derretía se juntó con fuertes lluvias, impropias de esa estación, originando corrimientos de tierras en las laderas de las montañas. La autopista nacional –única vía de conexión de la región con el resto de India– quedó sepultada durante 12 días.
En general, los países controlan estas avenidas cíclicas mediante presas, pero para Pakistán esa no es una opción válida. Las mejores ubicaciones para presas están en Cachemira, donde Islamabad se ha opuesto radicalmente a los planes indios de alterar los ríos. Teme que en época de conflicto los gobernantes indios corten el suministro de agua o liberen una riada que arrase los campos paquistaníes. “En una situación bélica, India podría utilizar el proyecto como arma”, me dijo un periodista de Cachemira.
Lo cierto es que el agua ya está socavando la estabilidad de Pakistán. En los últimos años, la escasez de agua ha provocado un déficit de grano. En 2008, la harina escaseó tanto que se convirtió en uno de los temas centrales de las elecciones; el Gobierno desplegó miles de soldados para vigilar sus almacenes de harina. A medida que los glaciares retrocedan y los ríos se sequen, el problema se agudizará. Pakistán –inestable, sufriendo un descenso dramático del suministro de agua y arrinconado por unas fuerzas convencionales indias tremendamente superiores– se verá obligado a elegir entre tres opciones. Dejar que la población se muera de hambre. Cooperar con India en la construcción de presas, cediendo el control de sus aguas al país que considera su mayor enemigo. O alimentar el extremismo insurgente, confiando su suerte a que la violencia agote a los indios sin llegar a provocar una guerra abierta. “La idea de ceder territorio a India es un anatema”, explica Sumit Ganguly, profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Indiana (EE UU). “Sufrir es inaceptable, sobre todo para las élites. Así que, ¿cuál es la otra opción? Una escalada de violencia. Es una pésima noticia”, añade, refiriéndose al derretimiento de los glaciares. “Tiene muy, muy mala pinta”.
El enfrentamiento por el agua de Cachemira es sólo una de las muchas crisis geopolíticas ligadas al clima que se avecinan. Pueden desatarse desde conflictos económicos y legales que seguramente se resolverán de manera pacífica –por ejemplo, las aguas del Río Grande y el Río Colorado llevan mucho tiempo siendo objeto de controversia entre EE UU y México– hasta guerras en toda regla. En 2007, la ONG International Alert, con sede en Londres, elaboró una lista de países con alto riesgo de conflicto armado a causa del cambio climático. La lista contenía nada menos que 46 países, es decir, uno de cada cuatro, entre los cuales se encuentran algunos de los más inestables del mundo, como Somalia, Nigeria, Irán, Colombia, Bolivia, Israel, Indonesia, Bosnia, Argelia y Perú. De hecho, el cambio climático ya podría ser el causante de la fuerte sequía que contribuyó a desencadenar el conflicto de Darfur, en el que han muerto cientos de miles de personas.
El aumento de la temperatura está sometiendo a estrés al planeta entero, y los primeros países en caer serán aquellos que, como Sudán, tengan menos capacidad para adaptarse. Comparemos Holanda con Bangladesh: ambos están expuestos a la subida del nivel del mar, ya que cuentan con grandes extensiones de territorio a una altitud próxima o inferior a la de los océanos. Pero los prósperos holandeses están construyendo sistemas de control de aguas con tecnología puntera y experimentando con casas flotantes. Lo único que pueden hacer los pobres bangladesíes es prepararse para emigrar a terrenos más elevados. “Es mejor no enredarse demasiado con la física climática”, dice Nils Gilman, analista del Grupo de Seguimiento y autor de un informe sobre cambio climático y seguridad nacional en 2006. “Deberíamos fijarnos en la geografía social, física y política de las regiones afectadas”.
Lo cierto es que Bangladesh podría ser uno de los países más amenazados del planeta. En una década normal, el país sufre una gran inundación. En los últimos 11 años, sus ríos se han desbordado tres veces, la última vez en 2007. Ese invierno el ciclón Sidr –una tormenta de categoría 5– llegó a las costas del país, arrasando las chozas de hojalata, destrozando los arrozales y sumiendo a la capital en la oscuridad. Puede que muriesen unas 10.000 personas. Es muy probable que los problemas de Bangladesh se reproduzcan entre sus vecinos, en una región donde los flujos migratorios siempre se han visto acompañados de tensiones. Por ejemplo, en el Estado indio de Assam, al noreste del país, los rápidos cambios demográficos han originado revueltas, masacres y la aparición de un movimiento insurgente. A medida que el calentamiento global vaya asfixiando Bangladesh, esta presión aumentará. Y en el peor de los casos –que el país sea golpeado por una riada catastrófica inesperada– la comunidad internacional tendrá que lidiar con una emergencia humanitaria en la que decenas de millones de desplazados por las inundaciones huirán a India, Birmania (antigua Myanmar), China y Pakistán. A medida que el planeta se caliente, puede que más años se parezcan al 2007, en el que la Oficina de Coordinación de Asuntos Humanitarios de la ONU anunció que había hecho frente a un número récord de sequías, inundaciones y huracanes. De las 13 catástrofes naturales a las que respondió, sólo una –el terremoto de Perú– no estaba relacionada con el clima. Algunos expertos han insinuado que EE UU podría no estar dotándose de lo necesario para responder a este desafío. Desde 2008, las leyes obligan al Ejército estadounidense a contemplar el cambio climático en sus planes pero, aunque los documentos estratégicos del Pentágono dibujan un futuro con tensiones climáticas, nada indica que el Departamento de Defensa esté tomando medidas al respecto. “Casi todo lo que el Ejército solicita sigue siendo para una guerra convencional contra una potencia adversaria”, dice Sharon Burke, especialista en energía y cambio climático del Centro para la Nueva Seguridad Americana, con sede en Washington. “Dicen que van a realizar más misiones humanitarias, pero nadie plantea ‘¿qué necesitamos?”. Por ejemplo, la velocidad con la que la guerra de Irak devora vehículos y material tiene asombrados a los estrategas militares. “¿Es un preaviso de cómo será actuar en condiciones más duras?”, se pregunta Burke.
Se prevé que algunos de los efectos más dañinos del cambio climático se manifiesten en un periodo de tiempo relativamente largo. Pero lo mismo ocurre con la modernización, la dotación de medios y la organización del Ejército. A medida que el calentamiento global desordena el clima en el mundo, está cada vez más claro que hay que empezar a pensar a largo plazo. Y, para ello, Occidente quizá necesite adoptar una definición más amplia de qué hace falta para protegerse del peligro. Puede que hacer frente a los efectos de sus emisiones signifique apuntalar gobiernos, desplegar fuerzas en zonas catastróficas o aplastar movimientos insurgentes, pero el grueso del esfuerzo occidental debe hacerse en casa. Si los ríos de Cachemira pueden sumir al sur de Asia en el caos, quizá la respuesta más eficaz sea hacer todo lo posible para que los glaciares nunca se derritan.
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