"poemas"
por John Donne.

      

 


La salida del Sol


Viejo necio afanoso, ingobernable sol,
      ¿por qué de esta manera,
      a través de ventanas y visillos, nos llamas?
      ¿Acaso han de seguir tu paso los amantes?
      Ve, lumbrera insolente, y reprende más bien
     a tardos colegiales y huraños aprendices,
      anuncia al cortesano que el rey saldrá de caza,
      ordena a las hormigas que guarden la cosecha;
      Amor, que nunca cambia, no sabe de estaciones,
      de horas, días o meses, los harapos del tiempo.

¿Por qué tus rayos juzgas
      tan fuertes y esplendentes?
      Yo podría eclipsarlos de un solo parpadeo,
      que más no puedo estarme sin mirarla.
      Si sus ojos aún no te han cegado,
      fíjate bien y dime, mañana a tu regreso,
      si las Indias del oro y las especias
      prosiguen en su sitio, o aquí conmigo yacen.
      Pregunta por los reyes a los que ayer veías
      y sabrás que aquí yacen Todos, en este lecho.

Ella es todos los reinos y yo, todos los príncipes,
      y fuera de nosotros nada existe;
      nos imitan los príncipes. Comparado con esto,
      todo honor es remedo, toda riqueza, alquimia.
      Tú eres, sol, la mitad de feliz que nosotros,
      luego que a tal extremo se ha contraído el mundo.
      Tu edad pide reposo, y pues que tu deber
     es calentar el mundo, con calentarnos baste.
      Brilla para nosotros, que en todo habrás de estar,
      este lecho tu centro, tu órbita estas paredes. -

 
      — Versión de Jordi Doce

 

Anzuelo

Ven a vivir conmigo y sé mi amante.
     A tentación llamemos nuevos goces
     —con argénteos anzuelos y sedales de seda—
     por doradas arenas de cristalino arroyo...

Y más que por el sol, al paso de tus ojos
     habrán de caldearse las aguas insinuantes.
     Peces enamorados implorarán en ellas
     se los deje a su antojo traicionarse.

Cuando nades en ese ardiente baño
     a ti se arrimarán de todos los rincones
     los amorosos peces, exultantes
     de cogerte lo mismo que tú a ellos.

Si te disgusta que el sol o la luna
     te vean, ensombrécelos.
     Pues si tengo tu venia para verte
     su luz —teniéndote— no necesito.

Deja que con su caña los otros se entumezcan
     y se raspen las piernas con conchas y estropajos.
     O que a traición asechen con malla mosquitera,
     o lazo que estrangula, a desdichados peces.

Que del nido de limo de la margen audaces
     manos toscas extraigan los peces enterrados.
     O curiosas traidoras —moscas de seda cruda—
     arroben errabundos ojos de pobres bichos.

Pero tú no precisas de añagazas afines
     porque tu propio anzuelo eres tú misma.
     El pez que no ha picado contigo todavía
     es más trucha ¡ay! que yo. -

— Traducción de José Luis Rivas

 

El testamento

     Antes que entregue al fin mi último suspiro, permíteme que exhale,
     oh poderoso Amor, algunas voluntades. Por la presente dejo
     mis pupilas a Argos, si mis pupilas ven,
     mas si son ciegas, a ti las dejo, Amor;
     a la Fama , mi lengua; a los embajadores, mis oídos;
     a las mujeres o al mar, mi llanto.
     Tú, Amor, me has enseñado tiempo hace,
     cuando me hiciste siervo de mujer que otros veinte tenía,
     a nada dar sino al que antes en demasía hubiese ya tenido.
      
     Mi constancia la doy a los planetas;
     mi verdad, a quienes viven en la corte;
     mi ingenuidad y mi franqueza
     doy a los jesuitas; a los bufones, mi melancolía;
     mi silencio, a cualquiera que haya vuelto de lejanos
      países;
     a un capuchino, mi dinero.
     Tú, Amor, me has enseñado, pues me hiciste
     amar donde el amor no tenía acogida,
     a dar tan sólo a quien el don no sirve.
      
     Doy mi fe a los católicos romanos;
     mis buenas obras doy a los cismáticos
     de Amsterdam; lo mejor de mis modos
     y mi cortesanía, a una universidad;
     mi modestia la doy a harapientos soldados;
     compartan los jugadores mi paciencia.
     Tú, Amor, me has enseñado, pues me hiciste
     amar a una mujer que mi amor tuvo en poco,
     a dar a quien mis dones juzga indignos.
      
     Doy mi reputación a cuantos fueron
     mis amigos; mi habilidad, a mis enemigos;
     lego a los escolásticos mis dudas;
     mi enfermedad, a médicos o a excesos;
     a la naturaleza, cuanto he escrito en verso;
     y a mis compañeros doy mi ingenio.
     Tu, Amor, que me rendiste
     a quien antes en mí este amor engendrara,
     me has enseñado a dar como si diese, cuando tan sólo restituyo.
      
     A aquel por el que doble la próxima campana
     dejo mis libros médicos; todos mis manuscritos
     de consejos morales doy a los manicomios;
     mis medallas de bronce, a los que viven
     en privación de pan; lego a los que viajan
     por tierras extranjeras mi lengua inglesa.
     Tú, Amor, que me impusiste amar
     a quien creyó su amor suficiente alimento
     para amantes más jóvenes, da también a mis dones igual desproporción.
      
     Dejaré, pues, de dar; mas desharé
     el mundo con mi muerte, porque con ella morirá el amor.
     Todas vuestras bellezas no valdrán más entonces
     que el oro de las minas cuando nadie lo extrae;
     ni serán ya más útiles todos vuestros encantos
     que un cuadrante solar en una tumba.
     Tú, Amor, me enseñas, pues me has enamorado
     de quien a ti y a mí deja en olvido,
     a inventar y aplicar el solo medio que a los tres a la
      nada nos reduce. - — Versión de José Ángel Valente

 

CANCIÓN

Ve y coge al vuelo una estrella fugaz,

Fecunda la raíz de la mandrágora,

Cuéntame dónde están los anos idos

O quién hendió la pezuña del diablo;

Enséñame a escuchar canciones de sirenas,

A evitar la punzada de la envidia

Y a descubrir

Cual es el viento

Que ayuda a mejorar a un alma buena.

Si el don tienes de ver visiones singulares

Y cosas invisibles,

Cabalga diez mil días con sus noches

Hasta que la vejez nieve en tu pelo.

Al volver, me dirás

Todas las maravillas que encontraste,

Y has de jurar

Que en parte alguna

Vive moza que sea fiel y bella.

Si das con una, infórmame.

Dulce sería tal peregrinaje;

Mas no, yo no lo haría

Aunque el encuentro fuera

En la casa de al lado, pues si aún era fiel

Cuando la descubriste, y al enviar tú la carta,

Ella será

Infiel a dos, o tres,

Antes de que yo acuda.

— Traducción de José Luis Rivas

 

LA PROHIBICIÓN


     Guárdate de quererme.
Recuerda, al menos, que te lo prohibí.
No he de ir a reparar mi pródigo derroche
de aliento y sangre en tus llantos y suspiros,
siendo entonces para ti lo que tú has sido para mí.
Pues goce tan intenso consume al punto nuestra vida.
Así, a fin de que tu amor frustrarse no pueda por mi muerte,
si tú me amas, guárdate de quererme.

      Guárdate de odiarme,
o de excesivo triunfo en la victoria.
No es que yo a mí mismo haga justicia,
y me resarza del odio con más odio,
pues tú el título perderás de conquistador
si yo, tu conquista, perezco por tu odio.
Así, a fin de que mi ser a ti en nada perjudique,
si tú me odias, guárdate de odiarme.

        Mas ama y ódiame también.
Así ambos extremos la función de ninguno cumplirán.
Ámame para que pueda morir del modo placentero.
Ódiame, porque tu amor es excesivo para mí,
o deja que los dos mutuamente, y no a mí, se destruyan.
Viviré enttonces para apoyo y triunfo tuyo.
Así, para que tú a mí, a tu amor y odio no destruyas,
déjame vivir, pero ama y ódiame también.

Versión de purificación ribes

 

 

EL MENSAJE

Devuélveme mis ojos largamente descarriados,
pues es ya mucho el tiempo que han estado sobre ti;
mas ya que tales males allí han aprendido,
     tales conductas forzadas
     y apasionamiento falso,
         que por ti
         nada bueno
pueden ver, quédatelos para siempre.

Devuélveme mi corazón inofensivo,
que pensamiento indigno no podría mancillarlo,
pero si el tuyo le enseñara
     a burlarse
     del amor;
          a quebrantar
          palabra y juramento,
quédatelo, porque mío no será.

Pero devuélveme mi corazón, mis ojos,
que pueda ver y conocer tu falsedad;
que pueda reírme y gozar
     cuando te angusties,
     cuando languidezcas
          por aquel
          que no querrá,
o, como tú ahora, falso sea.

Versión de Purificación Ribes

 

CONSTANCIA DE MUJER

Un día entero me has amado.
Mañana, al marchar, ¿qué me dirás?
¿Adelantarás la fecha de algún voto recién hecho?
               ¿O dirás que ya
no somos los mismos que antes éramos?
¿O que de promesas hechas por temor reverente
del amor y su ira, cualquiera puede abjurar?
¿O que, como por la muerte se disuelven matrimonios verdaderos,
así los contratos de amantes, a imagen de los primeros,
atan sólo hasta que el sueño, imagen de la muerte, los desata?
¿O es que para justificar tus propios fines
por haber procurado falsedad y mudanza, tú
no conoces sino falsedad para llegar a la verdad?
Lunática vana, contra estos subterfugios podría yo
                argumentar, ganando, si lo hiciera.
                Pero me abstengo,
porque mañana puede que yo así también piense.

Versión de Purificación Ribes

 

 


 



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